Crítica de Pos Eso

Pos Eso
El cine español está intentando adentrarse en el mundo de la animación desde varios frentes, siendo la opción digital la más llamativa (Las aventuras de Tadeo Jones, Mortadelo y Filemón contra Jimmy el cachondo). Ahora bien, mucho más interesante resulta la pugna por el sistema stop-motion, que hace un par de temporadas nos permitía disfrutar de una joya a convertir en culto como es la demasiado inadvertida O apóstolo, y que sigue siendo el principal vehículo expresivo de un Sam (Samuel Ortí Martí) que debuta en el largometraje tras cinco cortos empleando la misma técnica. Claro que esta segunda vía es de trayectoria aún más complicada así que ya os podéis imaginar: retrasos por un tubo, estreno mínimo, y seguramente recorrido comercial inexistente para un film que, la verdad... tampoco es para echar cohetes precisamente. Somos de apostar por la justa valoración del esfuerzo, y aquí se notan los años de producción, el esmero, y el cariño con que todo se ha realizado. Pero tampoco condicionaremos nuestra opinión al sudor con que se presente un film si éste, ay, no hay por dónde cogerlo. Caso de Pos Eso.

Las cosas empiezan razonablemente mejor de lo esperado: desde un desenfadado homenaje al más famoso arqueólogo de la historia del cine (y por lo tanto, con inevitables aires de Tadeo Jones colándose en el ambiente), Pos Eso despliega, en su prólogo, originalidad y frescura en sus gags, casando a la perfección con una muy cuidada técnica. Cuando toca echarle el muerdo al grueso de la trama y personajes, cambia de tercio pero sigue bastante atinada entre un argumento que ahora mira descaradamente a La profecía, El exorcista y similares, bañado de un imperante y bienvenidísimo tono cañí (sevillanas, toreros y demás), y cameos inesperados del petardeo popular, Belén Esteban, Carmen Sevilla y demás. Bien, mucho mejor de lo esperado todo, y puerta abierta a la esperanza: ¿cine de animación con plastilina, adulto, inteligente, y con mucha mala leche?

No, no podía ser todo tan de ensueño. Tras ese primer acto sorprendente y divertidísimo, tarda poco el film de Sam en perder el horizonte y caer en un error tras otro hasta hacer de sus escasos 80 minutos, una montaña. Su entramado, trillado como pocos, va perdiendo peso conforme evidencia que no da más de sí, que no pasa de la mera anécdota vista en incontables ocasiones, de la que ir extrayendo parodias de humor inversamente proporcional a su duración; su protagonismo se lo cede a los famosetes, como si de un Torrente en stop-motion se tratara. Sólo que estaríamos a la altura de Torrente 2. Esto es: chistes y chascarrillos más que agotados, que cuando saltan a escena la única reacción que reciben es la de sorpresa, al pensar que aún a estas alturas estemos con el por mi hija ma-to. Súmese a la dudosa mezcla un acto final en el que hace acto de presencia el temido PC: la plastilina intenta, sin suerte, combinarse con efectos digitales impropios de la época actual, en pos de un final que adopta la forma de un videojuego puro y duro, buscando reengancharse con la audiencia a base de un teórico subidón de adrenalina utópico.

Pos Eso

Culpa del desfase con que nos llega; culpa, por tanto, de lo difícil que está la situación de la animación en la industria española, o de las barreras a las que debe hacer frente toda producción que arriesgue y busque ser algo diferente en un panorama por lo general de lo más desalentador. Vale. Pero también culpa de un guión demasiado sencillo, por presentar un argumento inexistente (plagado de gags de los que sólo alguno se salva), pero sobre todo por antojarse de lo más caduco en su esencia: y es que aún habiéndola producido en una semana y recurrido a actores de carne y hueso, Pos Eso hubiera sonado a pasada de moda, a cortometraje alargado y repetitivo. A... pues eso: a fallida.
4/10

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