Crítica de The Human Centipede III: The Final Sequence

The Human Centipede III: The Final Sequence
No, si la culpa es nuestra. De todos, ojo, que aquí pillamos por igual unos y otros: al menos, quienes en su día nos dejamos engañar alegremente por un tal Tom Six, cineasta desconocido a quien dejamos que sus cuatro árboles mal puestos disimularan el bosque que se veía al fondo. Y que quizá ofrecía el desolador panorama que nos hemos ido encontrando desde entonces. En su día The Human Centipede nos revolvió a todos tanto, nos impactó de manera tan inesperada, que ni siquiera nos preocupamos por saber si detrás del gran invento del ciempiés humano, cumbre del cine gore y de la serie Z, había algo más: en concreto, una película. ¿Sabe alguien de algún valor cinematográfico que pudiera contener la cinta, más allá de su escabroso reclamo? No, y como la mayoría no la hemos desempolvado para comprobarlo, ahí quedó: como hito friki-gruesome-lo-que-sea, como recuerdo y nuevo clásico del género... al que siguió una primera gran hostia en forma de The Human Centipede II: Full Sequence. Ahí, el tal Six se vino arriba, y se lio con un discurso metalingüístico que no llevaba a ningún sitio, salvo a la exaltación de un ego que se ha descubierto mortalmente afectado de autofagia. Al final este ciempiés de películas se ha comido a sí mismo, y lo peor de todo es que, de paso, ha vomitado el resultado sobre nosotros. Y es que The Human Centipede III: The Final Sequence puede catalogarse, tranquilamente, entre las peores películas que jamás se han hecho.

Y es que lo suyo es inenarrable, el peor ejemplo imaginable de chicle estirado. Después de una historia cerrada a la que se le quiso forzar una dudosa (por soporífera, entre otras cosas) primera continuación, en forma de obseso con la película que decide recrear los actos vistos en pantalla, volvemos a las andadas con exactamente la misma excusa argumental, ya de por sí digna de un cortometraje y poco más, con tan sólo una diferencia: primero fue un parking, ahora, una cárcel. Ahora bien, la esperanza, por parte del espectador, era doble. Y por tanto, la engañifa ídem. Por un lado se esperaba que Six hubiese aprendido de sus errores, prueba de ello el abandono del pedante blanco y negro del segundo ciempiés. Por otro, se daba por sentada una compensación por los daños anteriores en forma de festival cafre sin parangón: ¡se nos prometió un ciempiés humano con cien personas! ¡Y con la recuperación del mad doctor de la primera entrega!

Nada. A tomar viento.

The Human Centipede III: The Final Sequence

Con unas ínfulas que ni el mismísimo Dupieux, el ¿cineasta? propone una nueva estafa en la que, básicamente, recupera su altivo discurso metalingüístico sin cambiarlo demasiado (oh, sí, los presos que se tragan –nunca mejor dicho- esas películas sin posibilidad de queja representan al espectador enjaulado que bla bla bla), ni mucho menos elevarlo del nivel de tierra por el que circula en todo momento, pero sí dando una vuelta de tuerca a su onanismo: ahora hasta se dedica una absurda presencia frente a las cámaras. El argumento desaparece por completo en pos de dos personajes que se limitan a gritarse el uno al otro (nada más), con la presencia de una tercera (actriz porno, por cierto) a quien maltratan de manera constante. El objetivo es el mismo de siempre: incomodar al espectador. Pero esta vez se busca por la peor vía de todas, pues se le incomoda por pura molestia. El griterío de un insufrible Dieter Laser acaba siendo exasperante, y para su desgracia, inversamente proporcional a las barrabasadas que dice y/o hace, que tan sólo remueven cuando de una castración toca tratar. Unos segundos de chicha y, por lo demás, este The Human Centipede III es un inofensivo, decepcionante, vacío muestrario de mal gusto cinematográfico: fea, mal hecha, peor contada, sin intérpretes, ni ritmo, mal hablada... literalmente, no tiene Ninguna Gracia.

Pero claro, uno espera y espera, pues antes o después llegará el dichoso ciempiés. Espera un minuto, espera diez, espera treinta. Y apenas si se menciona más que para mentar una y otra vez las ediciones en DVD de las dos películas anteriores. Siguen pasando los minutos, con a lo sumo un par de escenas de violencia festiva, que no nos engañemos, es lo que hemos venido a ver. Se llega a la hora de metraje y los griteríos ya están colmando la paciencia -Oh, mirad, Eric Roberts haciendo un cameo-. Es a la hora y veinte cuando por fin se empieza a proponerse la idea de la dichosa creación de la aberrante cadena humana. Esto es: a falta de unos 15 minutos para el final, dedicando a la obra final un par de minutos. The Human Centipede III: The Final Sequence es un timo en toda regla.

¿La última broma de Tom Six? ¿La lápida definitiva para su tumba? No es fácil entender las motivaciones de semejante decisión suicida, pero desde luego, si la idea era echar por tierra cualquier atisbo de credibilidad que pudiera quedarle, lo ha conseguido a las mil maravillas. El suyo es uno de los productos cinematográficos más feos que existen, tan lamentable como para no valer la pena siquiera por mera curiosidad malsana: ¿Tan mala es? Sí, tan mala, no hace falta ni que la veas. Carece de humor, carece de auténtica mala leche, y huye de cualquier atisbo de complicidad con el espectador, en pos de un gratuito y muy desagradable ataque para sus sentidos. Y esto hace que uno se pare a pensar: ¿y si en verdad el primer ciempiés también era una basura como las dos que vinieron después? Quizá en el fondo, a la trilogía le ocurra lo mismo que la creación del doctor loco: hay una cabeza, hay un culo, pero el intestino es el mismo. Lo que come uno lo caga el otro, pero si en algún punto algún eslabón de la cadena vomita, la mierda acaba volviendo a su punto de origen. O quizá haya que echarle la culpa a Kubrick, siendo el protagonista de esta aberración cinematográfica un claro homenaje al icónico sargento Hartman de La chaqueta metálica.

Lo que está claro es que esta basura no tiene perdón de Dios.
0/10

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