Crítica de Requisitos para ser una persona normal

¿Qué es ser normal? Bueno, no lo sé, e imagino que nadie debe saberlo, a pesar de que la protagonista de Requisitos para ser una persona normal esté convencida de que sí. A su parecer, normal es todo aquel que cumple una serie de condiciones básicas, más o menos comunmente aceptadas y cimentadas en la presunta opinión que la sociedad tiene sobre los ciudadanos más que en la que guardan estos sobre si mismos: normal es quien tiene un curro, una casa, una pareja sentimental, un puñado de hobbies, vida social, familiar y con todo ello es feliz. Normal no es quien se acepta, sino quien logra ser aceptado y es capaz de tachar de la lista todos esos ítems imprescindibles. Y la pobre María, treintañera licenciada que anda un poco perdida en su propia vida, resulta no cumplir ninguna de esas condiciones. Bueno, ni ella ni gran parte de los jóvenes urbanos de clase media que corretean por este tan convulso y recesivo siglo XXI nuestro. Al fin y al cabo el debut como directora de largometrajes de Leticia Dolera tiene formato de comedia romántica, pero se pretende (y tal y como están las cosas un poco lo consigue) un nuevo acercamiento referencial, pop y agridulce a toda una generación. La que nos encontramos ahora mismo en los alrededores de la treintena.

Y es difícil albergar algún tipo de duda respecto a los referentes y las intenciones de la directora y protagonista: esto es, eso, pura rom-com indie de espíritu norteamericano y formas instagrammer. Una película que apela al mismo tiempo a las comedias del Hollywood clásico, a los productos hipster de Zooey Deschanel, a la filosofía buenrollera del saber vivir feliz de post viral de Facebook, al desenfado naíf de los títulos más glucémicos que pasan por Sundance y al amor por la juguetería audiovisual del cine de Wes Anderson. Y ojo, no lo digo con ningún tipo de desprecio. Pero sí conviene, al echarse la película al cuerpo, saber qué podemos esperar de ella. Porque aquí hay poco interés en renovar los códigos del género (el guión es, para bien, de manual), poco en dar una vuelta sarcástica a los planteamientos convencionales, y bastante más en encandilar a un espectador que debe ir con las defensas bajas y predisposición hacia los cuentos modernos de olorcillo cool. En Requisitos todos los elementos escénicos (vestuario y peluquería, atrezzo, fotografía de tonos pastel) y narrativos (guión, música, montaje) están enfocados hacia un buenrollismo majo, hacia ese lugar donde habitan el resto de feelgood movies generacionales, desde ¿Qué me pasa, doctor? hasta hoy (vale, igual me he puesto un poco exhaustivo). Desde un punto de vista del moderneo "bien" urbano (la cineasta se muestra más cerca de lo hipster que del normcore), pero en esencia muy ligado a las estructuras narrativas clásicas. Dolera está, en resumen, poco interesada en cuestionar y mucho más en reafirmar.


Y lo hace mediante una película que, sigo diciendo, no es en absoluto mala en tanto que juega a un juego cuyas reglas se plantean desde el minuto uno, pero que telegrafía bastante todos sus movimientos. La protagonista es una manic pixie dream girl mediterránea porque así debe serlo (y porque encaja con una Dolera que no es ajena al prototipo: véase Violet). Su partenaire es un chubby adorable, gallego, barbudete y aparentemente pagafántico porque eso es más o menos lo que el público podría esperar de él. Los secundarios cómicos son una panda de pijales barcelonins de los que reírnos a gusto porque nosotros en realidad somos más guays y nos mola comprobarlo. La selección musical, muy Cites, está compuesta en un 80% por temas cuquis, delicados, bonitos (e insulsos e indistinguibles los unos de los otros, quitando tres excepciones) porque, ey, el espectador espera que le acaricien también el oído. Y la realización en general está más próxima a un anuncio de Estrella Damm -lo digo sin prejuicio- que a cualquier otra cosa porque, bueno, así todos podemos reconocerlo con facilidad.

Pero insisto y remarco: hay que aceptar todo ello antes de entrar en la película y entonces dejarse enamorar (o camelar) por sus partes positivas y sus numerosos aciertos. El primero y más importante de ellos, la innegable química de su pareja protagonista, monérrimos los dos, especialmente acertado él, un Manuel Burque que supone un sólido descubrimiento. Bien, ya hay mucho ganado con eso. Por otro lado la película se muestra ágil en su salto de la comedia casi disparatada de diálogos chisporroteantes y tontunas felices al drama sutil con poso doliente: el backstory de los protagonistas muestra una cierta garra dramática en momentos escogidos de manera inteligente (pienso en la historia de María y su madre viuda). Y, claro, reservan para el final un par de buenos temas musicales (de McEnroe y Tulsa, ahí es nada) y terminan tirando para cerrar el chiringuito de un Viaje a los sueños polares que no podría llegar en mejor momento. Y así no puede uno mantenerse frío, con el corazón -por lo menos el mío- tan arrebatado por un soplo. Al final con todo queda una película ajena a los malos rollos (expulsará de manera natural a los alérgicos a la sacarosa y a los antipáticos en general) que no descubre nada a grandes rasgos pero que, por lo menos, encamina a Leticia Dolera hacia una manera de hacer comedia en verdad poco socorrida en este país. Me vale; el primer paso es romper los moldes de nuestra industria. El siguiente debería ser romperlos en general. A ver si es verdad.

6’5/10

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