San Andrés: Crítica (San Andreas)

En época de morcillas cinematográficas, morcillas cinematográficas tenemos. Es lo que hay, el calor del verano laxa las sinapsis de nuestras neuronas y terminamos tragándonos, por lo menos los más inconscientes de nosotros, una cantidad de bollería industrial cinematográfica insalubre, a razón de a tres o cuatro blockbusters por temporada vacacional. Es un vicio nocivo, una práctica de hedonismo a la larga desagradable... y un ejercicio de embrutecimiento moral tan jodidamente placentero que, a pesar del empacho de septiembre, volvemos a repetir cuando al cabo de un año de nuevo se presenta el muy pegajoso mes de junio. Así que dado nuestro yonkismo incurable con el tema, les corresponde a ellos, al Eje del Mal que reside en la nauseabunda Los Angeles, decidir si el producto que nos encasquetan va a ser mejor (Marvel suele lograr dianas) o peor. O, en otros términos, si va a ser un insoportable ejercicio de subnormalidad pagado de si mismo o por el contrario un agradable ejercicio de subnormalidad honesto y deshinibido. Ya, es un medidor que acabo de imponer, probablemente a la luz del estreno en salas de esta San Andrés, un criterio quizá difícilmente universalizable. Pero que me vale para esto: San Andrés es una mierda. Pero es una mierda sensata y es una mierda sincera. Un catastrofista de school tan old que se apropia de todos y cada uno de los parámetros de género codificados allá por los 50 y no hace absolutamente nada nuevo con ellos. Sólo, bueno, repetirlos esgrimiendo una factura técnica inescrutablemente aparatosa.

Seria insensato pues buscar en la propuesta de Brad Peyton un destello -una gota, una mota flotando en el aire, un maldito neutrón- de originalidad. Porque no existe. Ni en el conflicto macro (la californiana falla de San Andrés manda a tomar por culo todos los ratings de escalas de richter vistos hasta la fecha ¿Nepal? Jódete, yo más) ni en los micro (una familia en las puertas de la desestructuración debe reunirse / el matrimonio a punto del divorcio tiene que volver a encontrar su vigor emotivosexual / la jovenzuela de la familia tiene que agenciarse un maromo, preferiblemente british). Nada. Cero absoluto. Ni los personajes, ni sus reacciones, ni sus acciones, ni la peripecia, nada es nuevo. No es nuevo, pero es noble: apela a esos clásicos setenteros del cine de catástrofes y construye su carga dramática de similar manera. Diversificando las subtramas a partir de personajes icónicos (el héroe cachas probablemente afiliado a la NRA, la madre coraje que aún está bastante buena, los jóvenes que las pasan putas -y suelen acabar en un cubículo inundado a punto de ahogarse-, el científico al que nadie escucha a pesar de que tiene en sus manos la salvación del planeta) y centrando su poder emotivo en historias humanas, por chorras que sean. En San Andrés importa la destrucción masiva e irresponsable de mobiliario urbano, pero todo está vertebrado por ese reencuentro familiar cuyo motor es el "no te muevas, pequeña, que papá va a sacarte ahora mismo de ahí".


Es decir, espíritu conservador del que aprobaría Reagan y que se ve fortalecido (en ética y en estética) por los sucesos del 11-S. Otra vez. Cuando se termina la película un espectador medianamente incrédulo tiene que lidiar con la verdad que esconde semejante panfleto. Esto es un ensalzamiento desesperado y protocatólico de la institución familiar más nuclear. Y, más delirante aún, un desvergonzado flyer patriotero empeñado en recordarnos que, en virtud del fall and rise, América siempre vuelve a levantarse tras sus ocasionales caídas, y que lo hace con una erección de centauro. Pero es que nadie debería preguntarse por los valores morales de San Andrés, de la misma forma que sería absurdo buscarle algo más allá, y más serio -quitando una interesante inversión de roles en la pareja joven-, que el mero espectáculo. E insisto, en ese sentido la película es de una honestidad aplastante y avasalladora. ¿Quieren entretenimiento salvaje? Trato hecho, aquí hay para dar y vender en un sistema de secuencias de destrucción encadenadas una tras otra como si no hubiera, literalmente, un maldito mañana: terremotos, tsunamis, caída libre de edificios, carreras por tierra, mar y aire. ¿Aventuras? Por qué no, la película se las arregla para ser emocionante y chifladamente vibrante. ¿Carisma? A The Rock, ese monstruo con pinta de hitman samoano con la espina dorsal de un marine, le sobra. ¿Un par de buenas ideas de realización? Incluso de eso hay, siempre relacionadas con el modo de filmar el puro caos.

Así que sí. San Andrés ablanda el cerebro y entumece los globos oculares, pero también vigoriza los abdominales y fortalece el esfínter. Y si nuestro cometido en este mundo es ser cada día seres humanos más completos y eficientes, cada momento tiene su tipo de ejercicio tonificador: cuando no puede ser mental por lo menos uno puede aprovechar y largarse a un gimnasio a intentar convertirse en uno de esos World’s Strongest Men, zampando vigoréxicos a botes de cinco litros hasta lograr un tracto intestinal de acero. De ese modo no se es más inteligente pero se logran deposiciones como bujías de tractor. Bien, pues San Andrés es un season pass veraniego para dicho gimnasio. Las quejas, al boeing humano que guarda la puerta.

6/10

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