Profanación (Los casos del Departamento Q): Crítica (Fasandræberne)

Profanación (Los casos del Departamento Q)
No hay que ruborizarse, ni buscar explicación al respecto. Por muy de pedante que vaya uno, de sibarita cultural o como quiera autodefinirse, a veces, un thriller nórdico apetece. Entre Kafka y Dostoyevski puede colarse un Henning Mankell sin ninguna justificación, de la misma manera que entre Ciudadano Kane y El árbol de la vida puede caer un Profanación. Quizá sea una fórmula para desengrasar, un kit-kat sin por ello asesinar neuronas, aun siendo plenamente conscientes de que poco habrá en el enésimo ejemplo de esta nueva tendencia, tanto literaria como cinematográfica, que nos sorprenda, nos aporte novedad alguna, o nos satisfaga como consumidores de arte. De hecho, la gran mayoría de productos que nos llegan desde dichas latitudes forma parte de sagas, adaptaciones, y sagas de las adaptaciones. Es un género en sí mismo, a estas alturas, que se regenera y se alimenta de los espectadores o lectores que... eso, lo consumimos sin saber muy bien por qué, ni exigirle demasiado. De hecho, la película que ahora nos reúne es ya la segunda de la serie Los casos del Departamento Q, salto a la gran pantalla de los libros (ya van cinco publicados y uno al caer) de Jussi Adler-Olsen. Así que ya podéis imaginar la de revoluciones artísticas que se trae bajo el brazo...

Toca hablar, de nuevo, de una producción formalmente impecable, fiel a la línea acostumbrada de las industrias suecas, finesas o, en este caso, danesas: la segunda metedura de mano del cineasta Mikkel Nørgaard (uno de los responsables de la serie Borgen) a la franquicia tira de oficio con una fotografía gélida, y una dirección sobria, elegante, quizá algo relamida a veces, pero al mismo tiempo carente de escrúpulos a la hora de mostrar pasajes de violencia, con cotas de crueldad un punto por encima de lo hollywoodiense. En realidad esta hornada de propuestas no deja de ser un compendio de tv-movies vitaminadas, pero se agradece el esmero por maquillar sus limitaciones y presentarse por todo lo alto. Del mismo modo, toca hablar una vez más de un reparto correcto, capitaneado por Fares Fares y Nikolaj Lie Kaas (ambos repiten sus roles tras Misericordia, la primera entrega, y tras haber coincidido en El niño 44) como tándem de investigadores de personalidades dispares y por tanto en simbiosis. Muy aceptable, pero muy rutinario; el gran punto a favor del thriller nórdico es que rara vez desentona alguna de sus propuestas. Claro que por el contrario, también es difícil dar con la que realmente marque la diferencia.

Profanación (Los casos del Departamento Q)

Y este no es el caso, porque Profanación no descubre la pólvora en lo formal, ni mucho menos en lo argumental. Instaurada en la versión howtheydidit en vez de whodunit, pretende indagar en los personajes más que en un caso relativamente sencillo, más visceral que rompecabezas. El espectador sabe quiénes son los buenos y quiénes los malos, y tiene que ver cómo dan los primeros con los segundos, al tiempo que va descubriendo los pormenores del crimen. En este caso, doble asesinato y violación. Muy Fincher, si se quiere, quien no por nada adaptó de manera brillante para el cine norteamericano el primer Millennium del malogrado Stieg Larsson. Pero cuando le toca dar el do de pecho, falla. Tras dos actos atinados por consecuentes, argumentalmente plausibles, el film se adentra en el tercio de la resolución mediante una casualidad de lo más patillera, que de un plumazo se lleva toda la credibilidad de su entramado y le hace perder el oremus a una propuesta que incluso viola sus propias normas con un clímax impropio. Sí, es aprensivo. Sí, es entretenido. Pero más propio de una cinta de acción que del thriller contenido, elegante, parco en acción que hasta el momento habíamos deglutido.

Por supuesto, nada de eso importa puesto al final, Profanación es una película realizada con un piloto automático que se sabe que funciona, y que por motivos que carecen de justificación, reciben el visto bueno de quienes acudimos a ellos. Está bien hecho, tiene un ritmo (y humor incluso) marcadamente nórdico, entretiene, se olvida al instante y hablan danés. Pues venga, sabemos perfectamente lo que vamos a recibir, y así lo aceptamos, con cierto placer culpable si se quiere. Y que pase el siguiente.
5,5/10

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