Aprendiendo a conducir: Crítica (Learning to Drive)

Aprendiendo a conducir
El raccord ¿Qué raccord? 
(Muchachada Nui) 

Ha vuelto Isabel Coixet. Y lo ha hecho pese a los consejos recibidos seguramente no por su entorno, pero sí por los resultados de sus últimas películas, ya insalvables hasta por parte del más acérrimo de sus fans. Ayer no termina nunca fue increíble, para mal, pero es que su primer intento de reinvención se tradujo en aquella abominación de terror juvenil titulada Mi otro yo, insalvable aun desde la benevolente perspectiva de quien se traga una tv-movie de las que rellenan las madrugadas de las cadenas secundarias del TDT. Segundo batacazo oficial que lejos de suponer una retirada ya de por sí tardía, fue interpretado por la catalana como una llamada más a la acción. Así que nueva reinvención profesional al canto (hay quien diría que su carrera da más vueltas que una peonza) y marchando una comedia ligera mínima pero, eso sí, ambientada en Nueva York; que se note el pedigrí. Patricia Clarkson y Ben Kingsley son los protagonistas de este Aprendiendo a conducir que, sin ser la peor película de la filmografía de la Coixet (de verdad, lo de Mi otro yo no tiene perdón de Dios), sí significa el punto más bajo de la misma por ser, de largo, la más olvidable.

Olvidable por mediocre. Nada hay en ella que no se haya visto mil veces, contado de igual forma y yendo a parar al mismo sitio de siempre. Es un ejemplo del peor cine caduco, el más casposo y antediluviano. Ese extinto que, sin embargo, sigue pariendo clones para alegría de un espectador igualmente en vías de extinción. Quién diría que la de la directora de Barcelona se consideraba, años ha, una de las voces más frescas del cine de por aquí. Escribo cuatro trazos del entramado principal: una señora aburrida y estirada es abandonada por su marido de la noche a la mañana; tiene una hija que vive lejos, así que encuentra en las clases de conducir que le imparte un inmigrante la fórmula para poco a poco ir rompiendo con sus miedos y sus puñetas, para aprender a vivir. Por su parte, ni que decir tiene que el indio sobrevive como puede en una sociedad que no se acaba de fiar de él, y manteniendo sus costumbres y principios que, atención, verán rebajada su inflexibilidad conforme progresen las clases. Derroche de originalidad narrado como cabe esperar: cámara muy próxima a los protagonistas, montaje ligero, un toque de comedia por aquí, otro de drama por allá, y si sobra espacio, que pase el retrato social. Nunca se llega a la carcajada, mucho menos a la lágrima, y dedicar tan poquito a la denuncia provoca un pastiche próximo a la parodia racista.

Aprendiendo a conducir

Una tremebunda decepción, en definitiva, por su nulidad emocional y su total carencia de estímulos para el espectador, que por más que siga de manera más o menos activa el film, no sacará nada, pero nada de nada, nuevo que justifique el esfuerzo de acudir a la sala a verlo. De hecho, si desprende algún sentimiento es más el de una incredulidad doble. Primero ante la forma en que el personaje de Kingsley es tratado: siempre acompañado de una banda sonora pintorescamente india, con un acento a lo Apu de Los Simpson, forzado hasta lo risible (no porque lo haga mal el actor, sino porque todos sabemos lo bien que habla e inglés en verdad)... de verdad que si no cae en el insulto racial poco le queda. Y segundo, ante una película que está mal hecha. Sorprende la bajeza de infinidad de sus planos, confundiendo lo cotidiano con la mayor de las vulgaridades; marea el abuso de montaje, resultante en infinidad de fallos de raccord, tan evidentes algunos como para sacar completamente al espectador de cualquier atisbo de empatía que pudiera estar sintiendo.

Aprendiendo a conducir no es peor que Mi otro yo, ni irrita más que Ayer no termina nunca. Pero porque, simple y llanamente, no es nada. Una película cansina, desfasada, enmohecida y deprimente. Un par de intérpretes atinados no le bastan a una especialmente pedante Isabel Coixet (en su disfraz de indie enrollada) para maquillar su alarmante falta de ideas, de estilo, de buen hacer cinematográfico. Mínimos indispensables para cualquier cineasta con vocación de querer perdurar... o tan sólo hacer las cosas bien. Si éste es su Entre copas, el horizonte de la responsable de Mi vida sin mí pinta francamente negro.
3/10

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