Del revés: Crítica (Inside Out)

Del revés
Hay que inventar nuevos epítetos, o algo así. Si hasta ahora siempre habíamos pensado que Pixar jugaba en otra liga en el mundo del cine de animación por ordenador, ahora se desmarcan de sus propios logros y se disparan hacia el infinito con esta Del revés. Una propuesta que no es que sea mejor que cualquier producto que puedan lograr sus competidoras, es que opera en una esfera totalmente distinta, en un lugar inalcanzable casi por cualquier narrador de historias del Hollywood actual. Toca hablar no de buen cine, no de solventes espectáculos, sino de prodigios. Porque aunque lo nuevo de Pete Docter (Up) reincide en los temas centrales a todo el cuerpo creativo de Pixar su enfoque, su modus operandi, sus pretensiones y sus logros son distintos, más abstractos y más líricos si cabe. Así que es un poco absurdo comparar esta con los mejores títulos de la casa, pongamos Wall·E o Toy Story 3, pero si alguien me obligara a ello lo tendría claro: estamos ante la mejor película de Pixar hasta el momento. La más madura, la más adulta y la más compleja. Tanto que a uno se le genera la duda de si el público más infantil será capaz de entender algo de lo que ocurre en pantalla, más allá del puro sentido de la aventura que recorre eufórico las arterias de la película.

La cosa, como en tantas otras ocasiones, se centra en lo que podría llamarse la Gran Aventura del Crecimiento. En ese momento del paso de la niñez a la pubertad en que todo cambia drásticamente, en la que la persona empieza a formarse, dejando atrás la infancia para emprender un proceso mucho más complejo y lleno de contradicciones. La audacia de Docter y Michael Arndt (coguionista junto al primero), colocarse en el interior de la cabeza de Riley, la niña protagonista para, digamos, antropomorfizar cada una de sus emociones primarias. Es decir, la alegría, la tristeza, el miedo, el asco y la ira se convierten en seres parlantes que, sentados ante una consola en el centro del cerebro de Riley, dirigen todas las acciones de la niña. Una niña que, además, está inmersa en un proceso turbulento y potencialmente traumático: la mudanza, junto con sus padres, a una nueva ciudad, el salto a una escuela distinta y el cambio de los amigos de toda la vida por un nuevo ambiente, totalmente desconocido. En semejante plano de cotidianidad/simbolismo, serán las propias emociones, especialmente Joy y Sadness (alegría y tristeza) quien deberán capitanear el proceso de transición y asumir ese momento justo de la construcción de la personalidad.

Del revés

De algún modo, Docter confiere una enorme profundidad al relato, que da a la película varias capas de narración y comprensión. Por un lado porque puede verse como una gran aventura multicolor que funciona a modo de metáfora de un viaje: Joy y Sadness, perdidas en el cerebro de Riley, deben volver al centro de control de emociones al mismo tiempo que la niña emprende ese viaje hacia su siguiente etapa vital. Por otro porque funciona como reflexión profunda entorno a la toma de la personalidad basada en la asunción de los propios recuerdos y el cambio de signo de los mismos, de una alegría del presente a la inevitable nostalgia por el tiempo pasado. Y en esencia porque está marcada por distintos planos simbólicos que conectan el mensaje final de la película con la propia manera de narrarla: Del revés habla de las emociones más puras y es en si misma un carrusel emotivo para el espectador, como si uno casi pudiera ver sus propios personajillos mentales operando en cada uno de los momentos de diversión, melancolía o miedo. De este modo nada es gratuito en la película. No hay momentos de drama forzado ni una tendencia a la lágrima fácil, porque en virtud de la tesis central la tristeza debe estar presente en la aventura. Sin tristeza no hay avance, del mismo modo que no lo habría sin alegría. De este modo Docter y su equipo decodifican el misterio de la felicidad, basado en la necesidad de abrazar la tristeza para comprenderla y con ello poder madurar.

Esto es Del revés, de hecho. Una película sobre la maduración. La más sutil, sensata y moderna que se ha producido en muchos años. También, en este sentido, la más necesaria. Porque en un mundo que a menudo se polariza con facilidad, donde cada día parecen olvidarse más los conceptos de empatía, matiz y sutileza emocional, y donde el sentido común resulta más perezoso, la película aboga por la complejidad, el cuidado y la sensatez. Hace notar que las relaciones entre las personas siempre están cargadas de pequeños resortes invisibles que deberían ser tenidos en cuenta por el otro, que la comprensión de los adultos respecto al mundo de los niños debe ser proactiva e inquieta. Que la mente de los niños es, en fin, un bien tan delicado o más que el de sus mayores. Todo ello, sin discursivismo, sin aleccionados baratos y sin falsa afectación. Al contrario, cuando se pone aventurera, la película abraza el sense of wonder de la manera más desprejuiciada posible y cuando pretende hacer reír encuentra la carcajada delirante con sus modos de comedia sofisticadísima y de un ingenio aplastante. No sé muy bien cómo pero Pixar ha vuelto a encontrar de nuevo la genialidad, y ha mejorado su propia fórmula usando los mismos componentes de siempre, logrando una muestra de cine de una implacable perfección química. Y no se entienda esto como palabrerío hueco, por favor: esta es justo la sensación que uno tiene viendo Del revés, la de estar ante un espectáculo de pureza total.

Del revés

Todo ello, por supuesto, sin renunciar a la potencia visual y a la innovación escénica. Esto es una nueva cumbre técnica del cine animado, cuya perfección en texturas e iluminación ya es plena y otorga una libertad expresiva absoluta. Pero es que además Docter y su equipo exhiben una elegancia y una clase insuitadas, al mismo tiempo que se permiten abstracciones que colocan la película en un plano a ratos casi experimental, profundamente arriesgado (la secuencia del atajo a la estación es probablemente el mejor ejemplo de ello) y, por consiguiente, adulto, en la mejor de las acepciones del término: por primera vez Pixar no ha hecho una película familiar (del mismo modo uso este concepto sin ninguna connotación negativa) sino una película madura que gustará a los niños pero habla de tú a tú a los mayores. Una película de arrollador ingenio, con un guión diamantino. Un espectáculo impecable y sin un solo fallo, sin ningún ingrediente que no sea de primera categoría (la música de Michael Giacchino es sublime, las interpretaciones, especialmente la de Amy Poehler, soberbias). Un título al que sólo le falta el paso de unos años para ser confirmado como uno de los mayores y más importantes clásicos del cine americano del siglo XXI. Por una vez me resulta inevitable recurrir a un calificativo del que, por lo general, suelo guardarme por pura prudencia. Esta vez lo vale: no estamos ante una buena película, estamos ante una auténtica obra de arte.

9'5/10

1 comentario:

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