Eternal: Crítica (Self/Less)

Eternal
Al ver los últimos movimientos de su filmografía, uno podría pensar que Tarsem Singh está pasando por un bache creativo de aúpa. Nada más lejos de la realidad: afortunadamente, poco importa que se tenga que encargar de una fotocopia Disney (una de las tres Blancanieves del 2012 fue suya: Mirror Mirror) como de un exploit de 300 (Immortals). El estilo barroco, las peripecias de la cámara, el horror vacui siguen siempre ahí, al pie del cañón, intactos. Una suerte, pues la imprenta del de The Fall puede acabar tornándose en el único valor por el que salvar una película del absoluto olvido. Caso de Eternal. ¿La putada? Que no haya nada mejor que decir de una propuesta que lo tenía todo de cara para calar tan hondo como para poder considerarse un nuevo hito de culto para la ciencia ficción con dos dedos de frente.

Y es que la potencia de su idea de base salta a la vista: los mejores cerebros que la humanidad ha dado no deberían cesar su actividad tan sólo porque el cuerpo que los contiene se deteriore, por lo que una empresa brinda la oportunidad, a quienes se lo puedan permitir, de mudar de piel y pasarse a un recipiente totalmente nuevo y joven. Despreciando de entrada todo atisbo de discusión sobre la (estimulante) asociación entre inteligencia y poder económico, queda otra importante mina de la que extraer jugo por un tubo: qué debate moral puede generar el hecho de ocupar un cuerpo ajeno, asesinando por consiguiente al habitante original. Y por ahí va, a veces, el guion de los hermanos Pastor (deudor en demasía de Plan diabólico), en lo que suponen los puntos fuertes del film. Es cuando logra implementar en el espectador las dudas que le surgen al protagonista (Ben Kingsley en la piel de Ryan Reynolds), cuando Eternal saca pecho y trata de orbitar por los universos de reportes en minoría modelos 6 de Nexus o códigos 46. Pero su lucha entre la serie A y la B es continua, y cada acercamiento a las grandes ligas tiene su contrapartida en forma de una resolución burda, un momento de excesiva relajación, un pasaje de acción de encefalograma plano o un giro demasiado cogido con pinzas. Vergüenzas a la vista de un film que quiere, pero no puede. La escena de la persecución de coches es la que acaba decantando la balanza de manera definitiva.

Suerte de un Tarsem Singh, ya lo avisábamos, con ganas. Capaz de sacar partido infinito del más irrelevante de los pasajes de transición, de reírse un poco de sí mismo (atención a ese tenemos que hablar bajándose de un coche y buscando el marco perfecto para ello: una pared plagada de coloristas grafitis con motivos animales) y por supuesto, de otorgarle a Eternal el ritmo que necesita. Su habilidad tras la cámara primero, el proceso de montaje después, infieren a la cinta un envoltorio de lujo y un tempo brioso y fresco, de modo que la vista del público puede deleitarse largo y tendido, al tiempo que el interés se mantiene durante mucho más tiempo de lo esperado. Lástima que acabe por adquirir protagonismo su trillado, previsible, y básico entramado. Un entramado menguante que nos sabemos de memoria, y que si no en todo caso se acierta a los dos minutos, pero que sin embargo se expone masticadito masticadito, hasta lo exasperante.

Eternal

Queda un entretenimiento vistoso pero tontuno. Una serie B maquillada de cine de primera categoría que a la que se pone seria, hace aguas por todos lados y, sin embargo, cuando se torna cafre desmonta el poco tinglado que podía quedar en pie. Un helado Flash que va que ni pintado para combatir las olas de calor de la temporada, pero que al cabo deja sediento, y mucho, al respetable. ¿Lo normal en esta clase de thrillers sci-fi de baja estofa? Sí, claro, pero qué pena. Aquí había juego para hacer mucho más que el mero Sin límites del año...
5,5/10

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