La horca: Crítica (The Gallows)

La horca
Tenemos que asumir que el género del terror, y muy especialmente la ramificación cancerosa que le ha hecho metástasis en forma de found footage, cuenta con una serie de normas, tubos por los que vamos a tener que pasar tanto si nos gusta como si no: cierto exceso de exposición en su guion, minutos de basura en los que se supone que se presenta a los personajes, aun a sabiendas de que con ello se reste toda credibilidad al formato (si se supone que es "material encontrado en el lugar del crimen", ¿por qué está montado? Si es porque lo ha montado la supuesta policía, ¿por qué no ha cortado todo el relleno hasta llegar a los acontecimientos en sí, que son los que valen como prueba?), sustos sugestionados que no pasan de la broma, rupturas de cámara, micro y/o foco en los momentos más oportunos... lo asumimos, entramos en el juego; de lo contrario no tendría sentido asistir al visionado. Ahora bien, explotado como está el mundillo, la complicidad debe ir en las dos direcciones: los responsables de un nuevo producto de estas características deben ofrecer algo más, o ser lo suficientemente hábiles como para doblegar todo lo posible las normas, sin saltárselas pero coqueteando con ellas. De ahí el éxito de los primeros Paranormal Activity, impecables en el apartado formal, esforzados por reinventarse entrega tras entrega (atención a la demencial virguería argumental de la tercera), del imposible hiperrealismo 2.0 de Catfish, o de la entrada inmediata y autoparódica en materia de V/H/S. Si es que es de cajón que, a día de hoy, haya que buscar algún punto de frescura entre tanto corsé para convencer al respetable. Bueno, los de La horca por lo visto no lo tenían tan claro.

Subproducto indigno de la gran pantalla, vergonzoso ejercicio de enriquecimiento por deslucida repetición, sería temerario tildar a lo que nos ocupa de película, si es que aún se tiene cierta esperanza y se sigue asociando ese término a alguna forma de arte. Travis Cluff y Chris Lofing no tienen ningún gusto cinematográfico, o no tienen ganas de exponerlo, y su trabajo como directores, de entrada, se demuestra nulo. Nada hay en la cinta que nos haga creer que no la han hecho los primeros colegas a quienes les ha caído entre manos una cámara: el resultado es atroz, si tenemos en cuenta la evidente escasez de medios de que hace gala todo lo demás. No hay un solo escenario mínimamente cuidado, un vestuario digno, un efecto especial o de maquillaje que se salga de los límites de La hora chanante; razón de más para que sus directores se esforzaran por, no sé, crear una atmósfera acojonante, sonsacar al espectador con una puerta cerrada de golpe... algo. ¡Es que además avisan del susto acompañando a los instantes previos de música!

Sustos que, por cierto, se limitan a un ruidoso objeto de atrezzo cayendo al suelo y poco más.

La horca

Depositemos nuestras esperanzas, pues, en su argumento: en 1993 algo falló y una representación teatral se saldó con la muerte del protagonista; años después, un equipo de jóvenes estudiantes quiere llevar a cabo la misma obra en el mismo lug... un momento, ¿no está muy visto ya todo este rollo metalingüístico con maldición mediante? ¿No era Scream que ponía en evidencia lo gastado del recurso? ¿Y el fantasma de la obra (que, sí, vive en los pisos bajo tierra)? ¿No suena de 1910? Nada, ni una sola pizca de originalidad. En tiempos de remakes y secuelas, de plagios y de la alarmante falta de ideas en general, el libreto de La horca es fácilmente el ejemplo más desvergonzado de lucro por imitación que haya pasado por una sala en los últimos años. Pero peor que eso es su nulo sentido del tempo: tarda horrores en arrancar porque se pierde en descripciones baratas de personaje y en hilvanar torpemente un entramado forzado y casi inexistente, plagado de decisiones absurdas por parte del cuarteto protagónico; juega mal con la atmósfera y calcula mal los sustos, los momentos de tembleque visual (recordemos: material encontrado) y fallos de imagen/batería baja de la cámara; y limita el grueso del tinglado a eliminar por turnos a los cuatro jóvenes díscolos (por supuesto), recurriendo a la misma fórmula: separamos a uno del grupo, hacemos aparecer al fantasma al fondo de la imagen, explosión de altavoces y a otra cosa.

Así que en La horca tenemos, en resumen, un ejercicio de repetición nulo en todo lo que tenga que ver con el arte. De argumento ridículo y previsible, contado sin gracia alguna salvo la involuntaria (a veces es muy humorístico, a su costa: algunas decisiones y/o frases de las víctimas son tronchantes). Una película que se hace enervante conforme progresa, pero de puro desaguisado. Súmese la exasperante exposición de su guion ("vale, tengo que salir por esa ventana y para llegar a ella arrastraré esta mesa contra la pared"), lo hostiable de sus ¿actores?, y un doblaje al castellano digno de anuncio de línea erótica (el único mal del que el film no es culpable pero, hey, si la Warner tiene a bien estrenarla únicamente en castellano por aquí, allá ellos...), y ya está, marquemos la fecha: a 31 de julio de 2015, hemos encontrado la Peor Película del Año. Olé.
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