Ted 2: Crítica

Ted 2
Con Seth MacFarlane nos pasa un poco como con Los Simpson: no sabemos si ya no nos hace gracia porque se ha sobreexpuesto y ha perdido toda su inspiración o si es que, simplemente, él sigue siendo brillante pero nosotros nos hemos hecho mayores y nos hemos hartado. Y de alguna manera, lo vemos con apatía, pero sin morir en el intento. De cualquier modo, el creador de otra de las series animadas de alma vitriólica y malas maneras, Padre de familia, parece empeñado en seguir contactando con su público original y a cada paso que da parece un poco más alejado de lograrlo. Ted 2 sigue siendo MacFarlane en estado puro, retoma a los personajes allá donde los dejó al final de la primera entrega, vuelve a echar mano de su mala hostia habitual, insulta a quien le da la puta gana sin miedo a represalias y arma otro bromance destartalado para amantes del humor cerdo y la comedia stoner. Pero, como en su anterior Mil maneras de morder el polvo, MacFarlane parece ya algo desinflado y desinspirado, carente de esa chispa que, queremos pensar, alguna vez sí existió y acompañó a su malvado bidón de gasolina allá donde hiciera falta. En otras palabras, el tipo cada vez se revela más como un gamberro con ganas de tocar las pelotas (eso ya lo sabíamos) pero sin demasiado talento para construir gags (cosa que solamente sospechábamos); y cuando uno se pone a darle media vuelta más a lo que él propone no es raro que se encuentre exactamente con eso: que no hay demasiado ingenio. Sólo ácido.

Y cuidado, que eso también es importante. A veces la rabia, el descontrol o las simples ganas de zarandearle la vida al personal pueden situarse por encima de la inteligencia del autor si el escupitajo de veneno en cuestión contiene la suficiente carga tóxica. De no ser así, todo queda en gamberrada pueril, garantía de un par de carcajadas y para casa a lobotomizárselo todo. Es lo que ocurre con Ted 2: no es un páramo de la comedia, ni una película aburrida, ni requiere de posteriores cauterizaciones de lóbulos cerebrales. Regala un par de risas y un rato más o menos entretenido. Pero en absoluto duele de verdad. Ni tampoco se autorenueva como debería respecto a su precedente, ni transgrede absolutamente nada. Ningún código, ningún tabú (los guarreras de los Farrelly nos han llegado a herir más con películas que ya tienen tres lustros), nada. De hecho, Ted 2 es una película terriblemente convencional, esquemática, y si uno se para a pensar no tardará en darse cuenta de que en el fondo en estructura, planteamientos argumentales y diseño de personajes, esto no deja de ser una TVmovie de Disney Channel. Llena de lefazos, cachimbas, fucks y un final que cambia la, yo que sé, Feria de Jóvenes Ingenieros por una pretendida orgía pop en el Comic-Con. Pero por lo demás la cosa tiene pinta de producto destinado a cachorros de votantes del partido Republicano. Va en serio. Bueno, no. Un poco.

Ted 2

Expliquémonos mejor para aquellos que aún guarden una cierta esperanza hacia la figura de Seth MacFarlane y vean en esto un posible plan de sábado tarde. Como en la primera entrega, y en realidad como en gran parte de las comedias americanas de los últimos diez años, la amistad entre dos tíos es el primer foco de interés. Entre un tío y su oso de peluche, whatever. Ambos siguen compartiendo reflexiones de colgados en un sofá mientras se ponen hasta las cejas de mierda. Hay mujeres y tribulaciones con ellas, principalmente la de que se pongan o no hasta el culo de hachís y la de que sitúen a William Shatner en la saga Star Wars. También repite el desfile de cameos, a menudo justificados por si mismos más que por alguna necesidad de guión. Y la novedad está en que ahora, en una acertada decisión temática la cosa ha perdido un poco el mensaje peterpanil de la primera entrega para enfrentar a sus personajes con el fracaso de la mediana edad, a pesar de su perenne inmadurez. Entre ambas películas hay una elipsis interesante que coloca a los dos protagonistas en un punto de desencanto, de crisis sentimentales y de pérdida de la esperanza: Mark Wahlberg se ha divorciado y Ted se monta unos kitchen sink dramas con su mujer dignos de una cena en casa de los Loach. Para terminar de complicar las cosas, un jurado está a punto de declarar a Ted como un objeto, una corporación malvada quiere secuestrarlo y… bueno, sexo kinky, road movie de manual y escenas de juicios.

De alguna manera, Ted 2 termina divagando por todos esos terrenos dispares, no concretando demasiado y esponjándose, hinchándose hasta sabotear su propia eficacia. Da la sensación de que a la película le habría sentado de maravilla un buen un recorte de metraje. Una purga de gags inanes, de repeticiones, de escenas que no van a ningún lado y de un cierto sentimentalismo inexplicable. Y tampoco le habría venido mal un ritmo más picado y alguien que, tras la cámara, pudiera inyectar un poco de electricidad y personalidad al apartado formal. Es el problema de MacFarlane. Se pretende hombre orquesta y salvo en su vertiente interpretativa (su trabajo como voz de Ted sigue siendo de primera) no termina de verdad de llegar a todos los campos que pretende cubrir, dejando al producto en un medio camino que deja intuir lo que podría haber sido (una comedia-bofetón veloz, malparida y descarada) y torpemente esconde lo que de verdad es (un entretenimiento regulero y convencional). Mientras al mismo tiempo nos refuerza la sospecha de que todo tiene su momento y su lugar, y el de Seth MacFarlane parece estar ya un poco lejos del ahora y el aquí. Sí, definitivamente creo que el problema es suyo, no nuestro.

5/10

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