Una historia real: Crítica (True Story)

Una historia real
Oíd, pues hemos estado moderadamente cerca de dar con un nuevo A sangre fría, versión cinematográfica (como intuyo que lo habremos estado previamente a nivel literario, con la obra en que se basa este film). Durante dos tercios de Una historia real, así de grande es la sorpresa. Para su debut como director de películas para la gran pantalla, tras su escueto paso por la televisión británica Rupert Goold ha tirado de ambición y ha recreado para la gran pantalla la relación entre el periodista Michael Finkel y el condenado, por haber asesinado a toda su familia, Christian Longo. Una relación forjada a base de correspondencia y visitas al correccional, pero también de necesidad mutua: la del primero, desacreditado periodista, por redimirse y dar el pelotazo con las exclusivas declaraciones del preso; la del segundo, por quemar naves (cuando la veáis lo entenderéis). Motivos de sobra para que su vínculo no crezca sano, sino que se alimente de mentiras y podredumbre, de obsesiones, y desemboque, en sentido figurado, en realidades paralelas y rupturas internas de diversa índole. Capote se obcecó en su momento; Finkel, según recogen sus memorias, también. Y de paso, mientras la película se mantiene en una línea de coherencia pura consigo misma, el espectador. Lástima que se acabe torciendo.

Durante dos terceras partes de su metraje, Una historia real hiela la sangre, porque juega con el respetable; nos hace seguir los pasos del protagonista, un excelente Jonah Hill, situándonos a su mismo nivel. Esto es: queriendo saber la verdad, y a la vez... pretendiendo hacer oídos sordos a la misma. Se trata de un tipo de luces y sombras, de cuyos errores y mentiras se nos hace partícipes nada más empezar, así como del (excesivo) castigo que recibe por ello. Buscamos el perdón, la segunda oportunidad y, mientras tanto, descubrimos a otro ser en la penumbra, que nos descoloca al principio y del que también dudamos. Por supuesto, en gran parte por obra y gracia de un no menos soberbio James Franco. Sorprende ver al tándem, dado a coincidir en comedias salvajes, interpretando tan sutiles y contenidos personajes, sumidos en un caos interior. Y quizá por ello le otorgamos un plus de empatía al conjunto, atendiendo con el corazón en un puño a sus charlas, las pesquisas del primero, y los flashbacks del segundo.

Una historia real

A todo esto, Goold (guionista y director) responde con pulso firme, estilo gélido y ritmo ídem. Logrando hacer de la suya una propuesta sumamente aprensiva pese a no enseñar nada, renegar de dramatismos exagerados y no recurrir a grandes giros impertinentes. Una película compacta y consecuente, sumamente elegante a nivele formal, y pausada pero de interés a la alza. Con todo de cara, en definitiva, para ser de las gordas del año. Hasta que se adentra en su tercer acto. A una muy desaprovechada Felicity Jones se le otorgan quince minutos de gloria traducidos, esta vez sí, en una concesión burda que nos despierta del sueño. Es el arranque oficial de una conclusión que pierde el norte, confunde su mensaje y echa por tierra todo el trabajo logrado hasta el momento, al caer en una resolución sencilla hasta lo idiota. Una historia real tenía que haber sido de los destacados del año: una cinta de corte sobrio y contenido, de obvios referentes pero sólida personalidad, excelente en lo audiovisual, así como en un guion obsesionado con sus personajes, interpretados de Oscar. Sin embargo, queda en un juego de niños correcto, vistoso, pero a duras penas recordable. Casi.
5,5/10

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