Clown: Crítica

Clown
¿Os acordáis de aquel capítulo de Los Simpson en el que Homer se pone una peluca que le transforma en un criminal? Nada, una maldición que pesaba sobre ella, por ser pelo real perteneciente a un preso ejecutado tiempo atrás. Bien. ¿Os acordáis de It (o en su defecto, de cualquier episodio chungo que hayáis tenido con un payaso en vuestra infancia)? Sumad ambos factores, añadid a Eli Roth en la producción con lo que eso implica, gore y cachondeo autoconsciente, y el resultado es más o menos Clown, inesperada sorpresa que nos brinda el género, sobre un padre que acude a la fiesta de su hijo disfrazado de payaso puesto que el profesional contratado para la ocasión no se presenta. Para ello, se viste con un traje que encuentra en un baúl sospechoso... que resulta que no se podrá quitar, y que le cambiará la personalidad y algo más, incluyendo entre otros, su dieta. Ah, los payasos, benditos hijos de puta, desde ahora oficialmente encasillados en la categoría de devoradores de niños. A saber el trauma por el que habrá pasado el director y co-guionista, Jon Watts, para confluir en tan delirante pesadilla. Pero mirad, suerte para nosotros, si el resultado del mismo ha sido este.

Y no, no es que la película descubra la pólvora; que asuste o que alcance hito alguno en el cine de terror. De hecho, es una tv-movie y poco más, que a la que puede se encauza por los conocidos raíles del slasher al uso. Sólo que aporta los suficientes desvíos como para darle un toque de frescura al conjunto, y elevarlo a un nivel por encima del olvido automático al que suele caer esta clase de producciones. De entrada, por no arrugarse ante el sinsentido de su propuesta: lejos de buscar explicaciones creíbles, de ocultarse en giros argumentales plausible, esto va de un tío que se pone un disfraz de payaso maldito que no se puede quitar y que le transforma en un monstruo asesino. De principio a fin. Como tampoco se acongoja a la hora de mostrarse salvaje a nivel visceral: tiene pocos momentos dedicados a la emanación hemoglobínica, pero les sabe exprimir todo el partido posible, provocando risotadas y desagrados a partes iguales.

Clown

Pero lo más interesante son las víctimas del payaso; lo que consigue que la cinta siga antojándose más divertida, extrema, socarrona, fresca, o si se quiere (por aquello de la corrección política) terrorífica: niños. Clown arranca tirando de ingenio, pero conforme progresa hacia su último tercio, va perdiendo frescura. Se intuye todo lo que va a suceder, se sabe cómo va a acabar e incluso a niveles formales, amén de una agradecida solvencia, nada tiene que ofrecer Jon Watts. Lo dicho, esto no pasa de película a estrenar directamente en vídeo. Así que se agradece que quienes sufran sean (muy) menores. No es habitual ver sufrir a niños en pantalla, y aquí son asesinados de cualquier manera y con todo lujo de detalles. Claro, con la complicidad del espectador, quien es alertado en todo momento de dónde se está metiendo: primero con una escena de lo más intrascendente, pero dolorosamente vívida; segundo, con toda la leyenda que enarbola alrededor de la figura del payaso de antaño. Y por supuesto, sin pretender trascender lo más mínimo, ponerse dramática o similar. En todo momento se da por hecho que estamos ante una gran broma, como tal debe tomarse, y tal es su inocuidad.

En definitiva, lo único que requiere este film para ser disfrutado para por una correcta ubicación de expectativas: Clown es uno de esos posters que aparecen en las páginas de descarga de torrents a tres o cuatro nuevos por semana; una carátula de DVD que engorda las estanterías del final de una tienda, esas a las que nunca se llega; el último título de una maratón de cine de serie Z de un festival de género. Vamos, que se tiene que ver sólo cuando no hay nada mejor que hacer o cuando se está entre amigos y el grado etílico invita a consumir subproductos con los que echarse unas risas. En este género, es de las mejores que un servidor ha visto en años.
6/10

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