El cartero de las noches blancas: Crítica (Belye nochi pochtalona Alekseya Tryapitsyna)

El cartero de las noches blancas
Afirma Andrei Konchalovsky que para El cartero de las noches blancas se ha servido de inputs recibidos de Chéjov y de Bresson. Sin embargo, conforme progresa el visionado van apareciendo también apuntes que van de Dostoyevski (o Visconti, vaya) a De Sica, Herzog, Von Trier o, faltaría más, Tarkovsky. Y hablamos de Konchalovsky, director de Tango y Cash. Hay truco, y es que tras un largo periodo marcado por la indefinición, que lo llevó a huir de la URSS a principios de los 80 para dedicarse plenamente a Hollywood, y después alternar geografías y tipologías cinematográficas de todo tipo (llegando al mínimo histórico de Cascanueces 3D), el cineasta habla de una necesidad de reseteo que ha confluido en la película que nos ocupa. Una película mínima, rodada en un pueblo apartado de Rusia y con recursos tendientes a cero. Pero también una cinta totalmente libre, en busca de una personalidad que encuentra sobradamente (aun contando con tal lista de referentes), con las santas narices de, en definitiva, hacer lo que le venga en gana con el espectador. Su punch no es todo lo contundente que debería, quizá, pero si es el camino que el director ruso va a emprender desde ahora, ya tendrá tiempo de pulir los detalles que por ahora lo colocan un peldaño por debajo de Bilge Ceylan, Mungiu o su compatriota Sokurov.

Y es que quizá lo que más se eche en falta de El cartero de las noches blancas sea una sensación de aprensión, empatía o incomodidad mayor. Irónicamente, el (buscado) exceso de cotidianidad de sus personajes hace que el experimento no acabe de trascender. Co-escrito por la periodista Elena Kiseleva, el guion estudia a los vecinos de un pueblo que se ha quedado detenido en el tiempo: un hombre se monta a diario en su barca, y cruza un gran lago de un lado para el otro con tal de hacer llegar cartas y paquetes a las casas que se ubican alrededor del mismo. No llegan ni a treinta habitantes y todos se conocen entre ellos; todos están en un mismo estado de congelación, como a la espera de que acabe el día que es en verdad una vida entera que nunca cambia. El fenómeno de las noches blancas alarga precisamente los días, prolongando los crepúsculos hasta la media noche. Es un film profundamente melancólico que es, además, hiperrealista: amén de un estilo prácticamente mockumentary, no son actores profesionales sino los residentes reales del lugar quienes recitan, y en todos y cada uno de ellos pueden leerse las heridas de sueños rotos, de evolución truncada, o de mera existencia efímera sin propósito alguno (y en una casa que se cae a cachos). Ahora bien, poco o nada sabemos de sus pasados; al cartero es a quien mejor llegamos a conocer: hasta le vemos dentro de su sueño (dándonos la espalda mientras observa las ruinas de un colegio correspondiente a un pasado mejor), teniendo alucinaciones cargadas de un mensaje abierto a interpretaciones, manteniendo charlas (o acojonando vivo) al único niño del lugar.

El cartero de las noches blancas

Tantos y tan buenos factores dispuestos sobre la mesa son los que acrecientan la sensación de lástima por la ausencia de mayor visceralidad que mentábamos hace unas líneas: cuando Konchalovsky, por ejemplo, homenajea abiertamente a El ladrón de bicicletas, hace evidentes de manera involuntaria las diferencias entre uno y otro. Sin necesidad de recurrir a grandes tragedias, ese padre a quien le roban la bici transmite una aprensión sobrecogedora porque sabemos lo que ello supone; el paralelismo aquí se traduce en una anécdota curiosa y poco más. En verdad es a lo que juega el film, a la indiferencia de unos (personajes) y otros (espectadores, pero también el mundo que rodea el pueblo), y en este sentido, la escena del cohete que pasa totalmente desapercibido, y los títulos de crédito con la foto de familia (miradas viejas, cansadas, que solicitan ayuda y a su vez dicen que no quieren saber nada), son sendas declaraciones de intención inapelables. Arma de doble filo que a la vez eleva y condena una película anárquica, libre, atrevida y cargada de lirismo, pero a su vez, un punto más intrascendente de lo que esperaba ser. Con todo, habrá que seguir de cerca a un autor que obtenía gracias a ella un merecidísimo León de Plata a la mejor dirección. Veremos.
7/10

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