Ricki: Crítica (Ricki and The Flash)

Ricki (Ricki and The Flash)
Mirad, con que aquí estaba: Diablo Cody, nombre del momento durante aproximadamente 15 minutos, no estaba muerta, que diría Peret. En 2011 desapareció de nuestros radares de manera definitiva, tras estamparse la serie United States of Tara y agotar totalmente su mojo cinematográfico con una Young Adult que sin ser un desastre, sí confirmaba que lo de Juno, con toda esa ruptura de moldes que la aupó hasta la primera plana, fue flor de un día. En 2013 escribió y dirigió algo (Paradise suponía su debut tras las cámaras) pero no le gustó a nadie y ni siquiera llego a superar las fronteras oceánicas, por lo que, lo dicho: desde 2011 que desapareció en combate y hasta ahora que ha vuelto, sí, pero de refilón y casi como sin querer. Porque a ver: ¿cuántos sabíais que Ricki contaba con un guion suyo? Su nombre ha dejado de ser el reclamo de una vez; de hecho, ahora puede incluso jugar en contra del film que toque, máxime si, como el que nos ocupa, el gallito del corral es otro. Y es que ya se puede cantar misa, que esta es una película de Meryl Streep (de la Streep de ahora, esto es) y como tal debe aglutinar una serie de valores para gustar a su público, que es siempre el mismo, y ay del que cambie un ápice de los mismos. Imaginaos si llega a saberse que su guionista es la que dejó embarazada a una menor primero, y lio a Amanda Seyfried con Megan Fox después.

Claro que en este caso, ni rastro queda de aquella subversión. Redomada hasta lo irreconocible, queda del toque Cody apenas un background curioso del personaje principal, y ya. Una excusa, en otras palabras, que de hecho es lo único por lo que justificar, a la postre, la existencia de una propuesta que por lo demás es la misma historia de siempre, contada como siempre y presentada (gentileza del director/piloto automático Jonathan Demme) como siempre. Léase: vetusta integrante de un grupo de rock que toca en bares de mala muerte, apenas llega a fin de mes y ya debería ir pensando en la retirada, que recibe la llamada de su exmarido (Kevin Kline) diciéndole que vaya a verle, que la hija que tienen en común ha roto con su marido y requiere que la cantante recupere el papel de madre que abandonó años atrás; exmarido, claro, que es la antítesis del desmelene: felizmente casado de nuevo, adinerado, responsable y modelo a seguir. Piezas que son más bien clichés dispuestas sobre la mesa para que se monte el puzle que a estas alturas todos deberíais poder intuir sin problemas. Y no me refiero sólo al argumento: la previsibilidad de Ricki es tan acentuada que, simple y llanamente, es una película que el espectador ya ha visto.

Ricki and The Flash

Pero por supuesto, como sus objetivos pasan de forma exclusiva por la satisfacción de ese espectador que ya sabe lo que va a ver, no se puede decir que yerre el tiro. Si acaso, se le puede achacar cierto bajón rítmico hacia la mitad de su segundo acto, porque por lo demás, Demme, Cody y Streep paren un producto blanco e inocente, con mensajito moralizante, algún logro humorístico por aquí y otro intento de sensiblonería por allá, canciones reconocibles... y un clímax que hace de la boda inicial de Sexo en Nueva York 2 un dechado de sobriedad. Todo según lo establecido, todo 100% cine Streep, con una sola sorpresa: ella está creíble y no desafina ni cuando versiona a Bruce Springsteen.

La disfrutará, en definitiva, quien vaya preparado para ello. La odiará el resto de espectadores, en especial aquellos que acudan buscando de nuevo la brillantez que una vez pareció tener Diablo Cody en su bolígrafo: fue un espejismo, y la tibia, complaciente, desganada Ricki lo confirma.
4,5/10

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