La bruja: Crítica (The Witch)

La bruja
Hablar de obras maestras a estas alturas es temerario. Pero hacerlo, como ya hacen algunos, de obras maestras de un determinado festival, ya tiene algo más de sentido. Y eso es lo que está ocurriendo en Sitges 2015 con La bruja, película inaugural del certamen que, al margen de dicha anécdota, aglutina suficientes valores como para llevar la voz cantante en materia de género... sea lo que sea lo que a día de hoy signifique ese concepto. Adaptando relatos e información recopilada en escritos teóricamente oficiales, Robert Eggers propone una rara avis en forma de película de brujas ambientada en el siglo XVII, sumamente estudiada para lograr varios objetivos. El primero de ellos, mantenerse fiel a sí misma en todo momento: no hay un solo fotograma que desentone en una exigente recreación atmosférica que es la principal clave del éxito del film. El segundo: dar un golpe en la mesa, darse a conocer película y director por todo lo alto, como producto de altos vuelos la primera, y como cineasta con talento el segundo. El tercer objetivo: hacer pasar al respetable un rato nada agradable, gentileza de un film extraño, incómodo, y tenso hasta casi lo insoportable. Consigue alcanzar estos y otros objetivos con holgura, por lo que alegría al canto: por fin una película de género con algo que decir y potencial suficiente para hacerse un hueco en la historia del cine reciente.

El valor más importante de La bruja es la inseguridad que consigue transmitir al espectador pese a suceder toda ella en un diminuto espacio, perfectamente acotado y reconocible para los ojos de éste: de entrada, una familia es desterrada y condenada a vivir en el campo, donde se ve acosada por una bruja. No sólo es pequeño el escenario (es casi una obra de teatro que sucede en una granja ruinosa), sino que Eggers muestra desde el principio a la bruja en pleno acto salvaje. No hay margen a la duda, y sin embargo... a uno le entra pánico por no entender. El film consigue desubicarnos, hacernos salir de una zona de total confort a un mundo desconocido (está muy poco explotado el universo de la brujería, y más en esta ambientación) y cuya certeza va disminuyendo conforme se coquetea con los diversos estados anímicos (y por tanto, mentales) de los personajes. La película no engaña en ningún momento, y pese a todo logra activar la alarma: ¿hasta dónde llega lo real, y dónde empieza la ensoñación?

Desasosiego por bandera en una cinta pensada para asustar (como pocas) sin generar escenas de terror. Ya no es sólo el pulso firme, contenido, abanderado de la atmósfera por delante del golpe de efecto; es que los demás elementos se alían con él para acabar de rematar la faena. Actuaciones excelentes (sorprende en especial la de la niña, una Ana Taylor-Joy que se enfrenta de tú a tú a Ralph Ineson y Kate Dickie), ambientación y fotografía gélidas, y una banda sonora de Mark Korven a la que se le puede achacar cierto exceso de cliffhanger sonoro, traicionando así el espíritu no efectista del film, pero que por lo demás acompaña a las mil maravillas a Eggers en su empeño por generar un poso oscuro en la platea, de muy difícil digestión por su lenta, pero en constante aumento, cocción. Empieza de sopetón y sin que el espectador se haya podido aún aclimatar, y a partir de ahí dibuja una curva ascendente de forma uniforme perfecta (y acabando muy, muy arriba).

Y luego están sus lecturas: desde la más obvia crítica a la religión, a ciertos toques moralmente dudosos (es un tanto misógina toda ella) pasando por interpretaciones con las que, si se quiere, se puede jugar. O sea, que por si fuera poco, La bruja nos mantiene en vilo también a nivel neuronal; es inteligente, tiene cosas que decir, tiene buen gusto y acojona todo lo que quiere y más. Por aquí no necesitamos mucho más para saber que estamos ante algo importante.
8/10
Por Carlos Giacomelli

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