Crítica de La muerte de Luis XIV (La mort de Louis XIV)

La muerte de Luis XIV
Entonces llegará la nueva película de Albert Serra y cuatro cinéfilos medio locos de este país le harán caso. A lo sumo las dos o tres revistas especializadas y algún blog con la antena puesta. Poco importará que La muerte de Luis XIV saliera de Cannes a hombros, saludada como una de las propuestas (fuera de competición) más interesantes vistas este año. Pocos se molestarán en atender al el hecho de que este sólo sea un nuevo paso en una de las carreras más fascinantes, personales e imprescindibles que ha dado el cine reciente de este país. Nosotros seguiremos a lo nuestro y el bueno de Serra tendrá que seguir ganándose el prestigio de los Pirineos para arriba.

¿Que al susodicho le dará un poco igual? Pues también, ya lo conocemos.

Pero no deja de ser una lástima que el tipo de cine que plantea el de Banyoles pase por las carteleras tan de puntillas. Sí, es un cine radicalmente opuesto a los gustos predominantes (obvio y necesario), pero también es una poderosa muestra de independencia artística, de articulación de una visión personal y única. No exenta de conexiones (algunas interdisciplinarias) pero tremendamente única.

Claro que en La muerte de Luis XIV resuena, ya de entrada por afinidad temática, la aproximación a la figura que hizo Rossellini (La toma del poder por parte de Luis XIV). Que como movimiento osado hacia el retrato de un monarca nos invoca el que planteó Miñarro con Stella Cadente. Que en su puesta en escena palpita algo de Visconti y otro algo del Sokurov de Faust. Pero la película resulta tan personal y absorbente que al final uno se levanta de esa butaca con la sensación de haber estado en un lugar en el que difícilmente volverá a estar.

La muerte de Luis XIV es quizá la más sensorial de las películas de Albert Serra. Él sigue siendo él, pero ha mutado en otra cosa. Nunca ajeno a las composiciones estáticas, aquí se lanza directamente a por lo pictórico. Prescindiendo en casi todo momento de cualquier movimiento de cámara el realizador plantea una sucesión lírica de planos que apelan directamente a la pintura barroca. Casi hay momentos en que si no fuera por algunos ligeros movimientos de los personajes en escena podríamos pensar que estamos ante un lienzo de Rembrandt o Caravaggio. Sería pretencioso, melodramático y excesivo por mi parte apelar a una especie de síndrome de Stendahl, pero el trabajo de la luz y el color, de una expresividad apabullante, lo dejan a uno francamente chocado, abstraído, secuestrado.

¿Pero es todo formalismo? ¿Cuenta algo la película? Pues sí, y no. Más bien sugiere, plantea situaciones y apela a ciertas temáticas: el choque de la medicina versus la superchería, por ejemplo. Pero básicamente funciona como gran metáfora. Una alegoría del poder estático, apoltronado. De una monarquía que se mantiene en su trono, se resiste a desaparecer y prefiere quedarse apalancada, atendida por sus siervos, hasta languidecer miserablemente. Pura decadencia apoyada por el beneplácito pusilánime de sirvientes, lacayos e Iglesia.

Una decrepitud progresiva que tiene un único y enorme protagonista, alguien que ni por prestigio, ni por servicio prestado, ni por entrega a este papel concreto merece quedar para el final de esta torpe y deslumbrada reseña. Hablo de Jean-Pierre Léaud. La personificación definitiva del monarca, pero también de la decadencia, digna o indigna. Un trabajo de mímesis planteado desde un apabullante estatismo (sí, se puede) y basado en miradas hastiadas, susurros, gruñidos y farfulleos.

Serra le rinde merecida pleitesía, lo coloca como absoluto centro gravitacional de la película y entrega uno de sus títulos más logrados. Una obra maestra que no tiene por qué gustar a casi nadie. Y no pasa nada, hay que aceptarlo. Pero lo que sí es necesario es que, por lo menos a los que nos gusta este tipo de propuestas, podamos disfrutarlas en condiciones. Veremos.

9/10
Xavi Roldan

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