Crítica de Paterson

Jim Jarmusch. Tres décadas y media de carrera. Catorce largometrajes en su currículum. Y a 2016 aún posicionándose título a título como uno de los nombres que marcan la modernidad cinematográfica. Capaz de empaquetar dos películas en un mismo año y que una de ellas sea una de las mejores que ha rodado en los últimos veinte. La otra, por cierto, un divertido y visceral documental sobre Iggy Pop y los Stooges, Gimme Danger.

Paterson sería, pues, un milagro. Pero Jarmusch ya nos tiene un poco acostumbrados a ellos. Es simplemente una constatación.

Una muestra de maestría narrativa, dominio de las herramientas cinematogáficas y precisión en la articulación de un discurso propio pero nunca previsible. Paterson es una de esas películas construidas desde la sabiduría de quien sabe exactamente lo que quiere, pero no renuncia a la honestidad y la humildad para lograrlo. Y sus propios planteamientos argumentales apuntan hacia esa ideología creativa: Paterson cuenta la historia de Paterson, un conductor de autobuses de la población de Paterson, Nueva Jersey. Un tipo sencillo, callado y en esencia normal que escribe poesía en sus ratos libres y vive tranquilamente con Laura, su novia que a su vez tiene inquietudes artísticas.

Poco más. O por lo menos en apariencia. Esta es una historia diáfana y enigmática al mismo tiempo -tanto como su protagonista, un espléndido Adam Driver-, un retrato cotidiano lleno de sugerencias, de pequeñas metáforas, simbolismos y posibles interpretaciones. Un drama con toques de comedia servido en un marco de existencialismo de bolsillo centrado en la rutina. En las costumbres, en los gestos cotidianos que se repiten, y a veces se truncan sin perturbar en exceso el día a día. Un juego de repeticiones naturales, de duplicidades, lleno de pequeñas coincidencias, ecos y hermanos gemelos que se reparten por la trama principal y por las pequeñas microhistorias que la refuerzan. Semillas que se van plantando aquí y allá sin que necesariamente lleguen a recogerse, autoguiños y llamados a motivos que ya han aparecido antes en la película. Patrones que se repiten y que se extienden incluso a lo visual, cada vez más presentes en la escenografía las cenefas bicolor de Laura.

Una estructura narrativa que es toda una pequeña obra de orfebrería dramática, tan precisa y modesta como, podríamos llegar a pensar en un primer momento, el mecanismo de un reloj de pulsera. Pero pronto nos damos cuenta: en realidad Paterson responde a las arquitecturas literarias de la poesía. Es esta la historia de un poeta, y como tal está planteada como un texto lírico que posee su propia métrica y rimas internas. Una ambición que sin embargo evita el engolamiento, la pretensión y el artificio. Como digo es esta una película honesta, humilde y delicada pero para nada sencilla: cada uno de sus componentes está donde debe estar, nada sobra. Y nada está puesto al azar, aunque todo parece orgánico, fluido y natural.

Una historia sobre las expectativas vitales y la pulsión artística, que se encuentra siempre en los lugares y momentos más a priori insospechados: Laura, aspirante a artista profesional, se esfuerza en resultar creativa todo el tiempo y su obra termina cayendo en la repetición, en un tedio estilístico. Paterson mantiene su creatividad en un plano más discreto pero su poesía resulta sincera e imprevisible. Y permanentemente acompañado por la obra de William Carlos Williams termina viviendo momentos de autenticidad pura y reveladora que son servidos por el realizador con una cercanía y sutileza raras en el cine contemporáneo.

Nueva piedra de toque en el Universo Jarmusch.

9/10
Por Xavi Roldan

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