Crítica de Assassin's Creed

Assassin's Creed
Assassin’s Creed suponía en si misma un cortocircuito conceptual incluso desde antes de existir. Desde el momento en que nos enteramos de que la previsible traslación a la gran pantalla de la popular saga de videojuejos de Ubisoft iba a estar en manos de la plana mayor de la estupenda MacBeth. ¿Era posible que por una vez la adaptación cinematográfica de un videojuego pudiera ser de verdad relevante? No cuadraba. Había fe, pero la cosa no cuadraba. Efectivamente el resultado dista mucho en términos creativos de la anterior película de Justin Kurzel (que como esta también protagonizaban Michael Fassbender y Marion Cotillard) o de su abrasivo debut, Snowtown. Y arrastra ese espíritu contradictorio, desequilibrado, a lo largo de sus casi dos horas.

Así podríamos definir Assassin’s Creed. Como una enorme y constante contraposición de términos antitéticos. Es un espectáculo con vocación comercial, pero en su interior lucha por imponerse una cierta visión autoral. Es una cinta de acción con abundantes dosis de violencia, pero sin una gota de sangre saltando a la pantalla desde las múltiples gargantas seccionadas y carótidas apuñaladas. Es seria, sombría y carente de humor, pero resulta (casi conscientemente) ridícula. Su argumento es complicadísimo en términos de tecnicismos y mitología interna, pero cuando uno lo piensa descubre que es tremendamente simple. Sus dos líneas temporales (una en un presente tecnificado y otra en la Andalucía del siglo XV) no están equilibradas. Sus peleas están muy bien coreografiadas, pero se perciben como un auténtico caos mal controlado. Sus personajes son ambiguos, pero de tanto que lo son terminan resultando predecibles.

De todo ello se sale aturrullado, casi desorientado.

Kurzel no sabe muy bien lo que quiere, pero cuanto menos intenta imponer sus propios criterios escénicos. Siendo mucho más evanescente en lo visual que la atávica MacBeth, el realizador escapa, con éxito irregular, del mecanicismo narrativo de los blockbusters de manual. Lo mejor que se puede decir de Assassin’s Creed es que parece algo mínimamente distinto a una película comercial prediseñada con una máquina churrera. Juega mucho con la iluminación y trata de establecer una cierta tesis interna en virtud de la cual la luz simboliza justo eso, la iluminación, el conocimiento, especialmente el que se obtiene entorno a uno mismo: todos los momentos en que el protagonista entra en comunión con su avatar de hace 500 años están marcados por un juego de luces, sombras y colores casi fantasmagóricos. Una apuesta caótica y a ratos casi indescifrable parte culpa del exceso digital, parte del despiste de su director… que sin embargo no deja de ser loable.

También lo es un cierto germen de inconformismo que se aloja en el centro de su trama, algo raro en un blockbuster de estas características: la película aboga por el concepto de libre albedrío y por la visceralidad de algunos actos en verdad reprochables. Y aunque entierra sus intenciones morales bajo toneladas de acción trepidante y de aventuras inanes más preocupadas por contentar a los fans de la saga (a la que se mantiene fiel en iconografía e incluso representando casi todas sus mecánicas jugables) que en contar algo de verdad sugerente, creo poder adivinar que todo ello está ahí. Que menos aplastado por el peso de las exigencias comerciales el esforzado reparto habría podido desarrollar sentimientos y mensajes más interesantes. Que Assassin’s Creed podría haber sido cine de aventuras buscadamente incómodo, en lugar de accidentalmente incomodante.

Pero no. Se termina la película. Lo hace, de manera muy calculada, cuando empieza de verdad la trama y la cosa está clara: sea culpa de quien lo sea Assassin’s Creed queda en casi nada. No en algo excesivamente malo, sólo en algo tirando a raquítico. En un primer acto de lo que deberá ser, si la recaudación lo permite, una trilogía. De nuevo, vuelven a mandar los malos. El mercado se impone a la lógica narrativa.

En fin, Ubisoft. Bien pensado quizá debemos agradecer que por lo menos la película no tenga bugs.

Xavi Roldan

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