Crítica de Kong: La isla calavera (Kong: Skull Island)

Crítica  de Kong: La isla calaveraManda kingkones, que si por algo falle esta nueva, enésima reimaginación del mítico monete gigante visto por primera vez a principios de los años 30, sea por haber hecho más cosas bien, de las que se esperaban (o temían). Y es que Kong: La isla calavera empieza tan inesperadamente en forma, que tanto da la animadversión que pudiera generar el proyecto antes de su estreno. Y aguanta el tipo tan dignamente, que a la hora, hora y cuarto de metraje, ya nos tiene a todos, hasta el último de los mortales, absolutamente extasiados, zambullidos en este festival de chistes, homenajes que son casi parodias y empacho digital. A estas alturas, un remake más de King Kong, afectado además por su condición de crossover Godzilla (otro remake innecesario), requería de unas formas y un tono muy concretos; cosa que entienden a la perfección tanto el tándem de guionistas (Dan Gilroy y Max Borenstein; de las manos del primero salió Nightcrawler, del segundo es justamente la última incursión al universo del monstruo japonés) como el director, un Jordan Vogt-Roberts que sale del indie (la estimabilísima Los reyes del verano fue su debut y único trabajo hasta la fecha).

Gracias a ellos y a un reparto también sorprendente y en perfecta sintonía con lo que esta megaloproducción requería, se obra el milagro: los primeros dos tercios de la película son una gozada sin apenas mácula, una propuesta divertida y delirante a partes iguales. Kong: La isla calavera no esconde su condición de fotocopia de Godzilla (cambiando el marco de la acción y poco más), pero sí maquilla el cansino resultado de aquella trufándolo de evidentes referencias que van de Depredador a Apocalypse Now, de Aliens: El regreso a Aguirre, la cólera de Dios; así de loca está. Una broma cómplice, una acertadísima condición de no tomarse ni por un momento en serio a sí misma, presentada con interpretaciones absoluta y deliberadamente histriónicas (ideales Tom Hiddleston, Brie Larsson, Samuel L. Jackson, John Goodman o, sobre todo, John C. Reilly), y con un coqueto juego a la dirección y montaje, por el que se alternan con socarronería planos apoteósicos con minimalistas planos detalle, planos secuencia generosos con miniescenas de décimas de segundo, jugando así al anticlímax una y otra vez y pescando por sorpresa al espectador prácticamente siempre.

Todo ello acompañado de una selección de canciones de la época (los 70) tan benevolente como agradecida; todo ello acompañado de efectos especiales que, y ahí su última gran sorpresa de esta gloriosa hora y cuarto, en ningún momento se convierten en protagonistas principales. No, está claro que no es un guion de Oscar: es evidente que el film pasa por todos los lugares comunes habidos y por haber y, de hecho, a la mínima que rebaja un tono de su buen humor, quedan en evidencia sus vertiginosas carencias. Pero que consiga sobreponerse a la obligada intrusión de los efectos especiales, que consiga sacar de su panfletístico discurso un mensaje más irónico y autoparódico que otra cosa (James Cameron debería ver esta película una y mil veces y replantearse después la existencia de su casposísimo Avatar), que haga que tanto actor oscarizado u oscarizable conforme un grupo más creíble y humano de lo esperado… O qué demonios, que pase en un maldito suspiro todo, tiene mucho mérito.

Por eso jode que al final, deba acabar cumpliendo con el cupo de efectos especiales, y dedicar un último tramo a las hostias digitales. Que están muy logradas (Jordan Vogt-Roberts se divierte con los planos generados por ordenador), ojo. Y a fin de cuentas es a lo que veníamos: a ver a King Kong repartiendo leña en poco menos que un pressing catch selvático. Pero habíamos llegado tan inesperadamente bien a la prometida eyaculación de efectos especiales, que cuando llega ya no nos interesa, ni a nosotros ni a los propios responsables del film, que descuidan la épica y dejan los minutos finales en un sonoro meh, y a otra cosa mariposa. Oh, ¿qué otra cosa? Esperad al final de los títulos de crédito para averiguarlo.

En resumen: si Kong: La isla calavera tenía que ser una secuela/plagio del anterior Godzilla falla estrepitosamente, pero lo hace para bien: allá donde Gareth Edwards (director de aquella) se muestra incapaz de dotar a su película de humor autocrítico y calidez humana, Vogt-Roberts hace justo lo contrario haciendo del suyo un film perfectamente disfrutable por la empatía que se desprende por todos los personajes, humanos y no. Y si el bicho japonés se acababa convirtiendo en un héroe anónimo norteamericano para desesperación de muchos, aquí la misma carta se juega con la suficiente gracia como para entender perfectamente que estamos ante una broma, una gloriosa y muy bienvenida broma. Lástima de su deslucido tercio final dedicado exclusivamente a la acción y el CGI. Aunque quizá seamos nosotros, que le pedimos demasiado al cine comercial de hoy en día.
7/10
Por Carlos Giacomelli

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