Crítica de La cura del bienestar (A Cure for Wellness)

Crítica de La cura del bienestar (A Cure for Wellness)

El agua que genera pesadillas

Gore Verbinski parecía haberse perdido en los últimos años en el universo Disney, entre franquicias piratas, llaneros solitarios abocados al fracaso y camaleones pistoleros (la cinta de animación Rango es quizá lo más interesante de este periplo, sin llegar a ser una obra redonda), y los aficionados al fantástico le aguardaban con los brazos abiertos, tras el relativo buen sabor de boca dejado por su remake yankee de The Ring, que sin ser mejor que la obra original nipona, sí cumplía con unos cuantos sustos efectivos, la traslación de un icono del género a Occidente y tenía buen gusto e interesantes ideas, para tratarse de un remake, que ha de lidiar con las fronteras limitadas por el filme del que parte.

Unos cuantos años después de asustar con ciervos y televisores averiados a Naomi Watts, el cineasta estadounidense regresa por sus fueros, con la historia de un broker que ha cometido ciertos delitos financieros, con una misión por parte de la cúpula de su empresa con el fin de limpiar su historial: viajar a los Alpes suizos y traer de vuelta a uno de sus superiores, para encasquetarle el marrón bursátil y que cargue con el muerto (hablando en plata), ya que parece haber perdido la cabeza durante su estancia en un balneario en la zona. Una vez allí, el joven empresario se encuentra con un centro muy hospitalario, donde todos los ancianos parecen vivir en paz y armonía, pero no logra dar con la persona que busca. Tras un inesperado accidente de coche en el bosque, volviendo al pueblo del lugar, se fractura una pierna y es obligado a permanecer en ese sanatorio, donde todo se va volviendo... raro. Y hasta aquí puedo leer.

La cura del bienestar nos trae a un director en forma, con reminiscencias de Lynch o Cronenberg, e incluso de producciones europeas alemanas o francesas de terror, para regalarnos una pesadilla donde te planteas constantemente qué ocurre y si lo que vemos es real o está solo en la mente del protagonista. Una odisea de la que nos hace partícipes, y que a veces recuerda formal y argumentalmente a otros largometrajes de género de peso como En la boca del miedo, e incluso a dramas del estilo de El expreso de medianoche.

Aunque el filme pueda parecer de metraje excesivo (algo menos de 2 horas y media de duración), el espectador se adentra tanto para revelar el misterio que esconde ese extravagante y aparentemente apacible balneario, con unas imágenes oníricas y desagradables difíciles de borrar, que es imposible aburrirse en algún momento. Una obra de género áspera, que lleva a la desesperanza, pero que resulta difícil no querer, por la valentía de ofrecer algo así dentro de una cartelera cada vez más tibia y acomodada, y con pocas propuestas de un terror diferente y genuino. Muy recomendable.

Por Mario Parra

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