Crítica de Spider-Man: Homecoming

Es especialmente significativo el subtítulo de este nuevo reinicio de la saga arácnida, el segundo después de finiquitada la trilogía Raimi. Algo no funcionaba en el spiderverso y todo pedía a gritos este homecoming que funciona en un doble sentido: por un lado muestra a un Peter Parker ligeramente más joven, en pleno instituto y preparándose para el baile de final de curso (eso es, el homecoming). Por otro lado, esta película supone el retorno del personaje a la casa madre, previa aparición estelar en Capitán América: Civil War. Ajustadas las cuentas legales con Sony Spider-Man ya es franquicia cinematográfica 100% Marvel Studios. Y por lo tanto ya puede interactuar con el mismo Cinematic Universe que pisan los Vengadores y el resto de personajes (mutantes no incluidos) de La Casa de las Ideas.

La re-toma de control deriva en las consecuencias más previsibles: amortiguado cualquier rastro de personalidad del director Jon Watts (surgido del fantástico y el suspense de serie B) Marvel ha parido otro producto Marvel. Otra película que en su fondo y estructura interna sigue siendo previsible, sigue sin transgredir en ningún momento el libro de estilo, sin romper el molde como sí hiciera, en algunos momentos, Doctor Extraño. Tampoco arriesga, ni desafía, ni da mucho que pensar, o reflexionar, más allá de los dilemas y las cuitas adolescentes que trae implícitas el personaje desde su génesis tebeística. No reformula los tropos formales del universo arácnido conocido, ni de la fábrica Marvel ni, obviamente, del mundo del superhéroe urbano. Ni, vayamos ya a lo concreto, resulta mejor que la mejor película del personaje hasta la fecha, la imponente Spider-Man 2 de la era Raimi.

Perfecto. Pero es que ¿cuándo se ha planteado Marvel Studios hacer algo de todo eso? Diría que casi nunca. Sus ambiciones son tan maximalistas (romper la taquilla tejiendo un megatapiz que se va a extender hasta donde dure la sensatez económica) como extrañamente modestas. Ninguna de las películas Marvel jamás ha aspirado a una trascendencia tan molesta, embotada y, al final, estéril como la que se ha venido proponiendo, en los últimos años, su Distinguida Competencia. Excluyo Wonder Woman. No, Marvel pretende rodar películas competentes e intachables, buenos espectáculos que entretengan, diviertan y mantengan alta la dignidad del género. Que resulten trascendentes de manera natural (mediante lo lúdico, que es una manera tan o más válida de contar cosas importantes) que dejen un pequeño resquicio (ahí sí) a la visión personal del director y, en fin, resulten buenas películas de superhéroes. Buenas películas a secas. Y Spider-Man: Homecoming lo es.

También es un lavado de cara ajustado a la sociedad actual, no tan oportunista como de verdad necesario, en un momento en que los escándalos de white-washing y los reproches por la ausencia de minorías siguen salpicando Hollywood. Aquí Peter Parker sigue siendo blanco, pero su mejor amigo tiene raíces asiáticas, su interés amoroso es afroamericana, igual que otro personaje relevante que me guardaré de revelar; Flash es hispano y la tía May es italoamericana. Por otro lado el tono recupera una filia infalible en el cine adolescente y que vuelve a estar de moda desde hace unos años: la aventura ochentera con el instituto como sede de operaciones. El fantasma de John Hughes planeando por esta historia de búsqueda de aventuras en la ciudad y gestión de romances en los pasillos escolares. Watts habla a platea treintaañera obviando contar por tercera vez el origen del personaje e insertando por otro lado gran cantidad de homenajes no sólo al universo Marvel sino también al cine de los 80: por aquí pasan guiños a Todo en un día o El club de los 5.

Se deduce por si solo, de todo lo dicho: el humor sigue siendo la espina dorsal de las producciones Marvel (divertidísimos los cameos del Capi), especialmente en un personaje tan verborreico como Spider-Man. Tom Holland, nuevo Parker, da el nivel al respecto en un cast, por lo demás, ajustado y entregado a unos personales carismáticos y entrañables, a excepción, quizá, de la desaprovechada Liz. El sector joven cumple con creces. Los veteranos, Michael Keaton como el villano Buitre (glorioso corte de mangas al elitista hombre pájaro del repelente Iñárritu), Marisa Tomei como nueva y rejuvenecida tía May y el inevitable Tony Stark de Robert Downey Jr. dan empaque y ofrecen profesión, certificando si no el riesgo creativo por lo menos sí la infalibilidad comercial.

El resultado es lo más cercano posible a un Spider-Man indie que ha sabido mantener la frescura y la diversión en un modelo, como comentaba al principio, cerrado y sólo medianamente flexible. Una piedra más en el parque de atracciones Marvel que, a este paso, nos agotará a nosotros por cantidad antes que agotarse su calidad. Y eso, para los que aún tenemos ganas de capas y pijamas, siguen siendo buenas noticias, especialmente en un año en el que se ha demostrado una vez más que en este género la luz (Homecoming, Wonder Woman, Batman: La Lego película) siempre terminará ganando a las tinieblas (de la muy mediocre Logan, por ejemplo).

7’5/10

Por Xavi Roldan

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