Crítica de madre! (mother!)

Nunca se ha caracterizado Darren Aronofsky por tener un sentido de la mesura. Desde su interesante pero algo embrollado debut Pi, el hombre ha emprendido un viaje exploratorio hacia la locura (junto con el desespero, los grandes temas de su obra) desde la práctica del exceso formal y la inflamación narrativa. A menudo incapaz de evitar que su propia afectación se merendara con patatas el mensaje (caso de las muy insoportables Réquiem por un sueño o La fuente de la vida), su cine ha caminado por el extremo. Y en varias ocasiones ha encontrado un equilibrio precario pero bien amoldable a su discurso: Cisne negro se autojustificaba como un cuento perverso sobre la ambición. Noé le permitó soltar un par de píldoras autorales en el corazón de un blockbuster de manual. Y El luchador se perfilaba como la antítesis de todo ello: un mensaje a priori histriónico abordado desde una admirable serenidad y sensibilidad. En otras palabras, una carrera inestable, volátil e impredecible, más interesante en su conjunto que en sus individuales, pero imprevisible en cualquier caso. madre! (la minúscula inicial y el signo de exclamación final, tan contradictorios entre si, son suyos, no míos) puede ser un colofón perfecto a esta (anti)tendencia: es su película más excesiva, autoconsciente e histérica.

No desvelaré aquí el devenir de la trama, pero baste decir que la cosa da inicio con un matrimonio bien avenido que acaba de instalarse en el hogar infantil de él, una casa en mitad de ninguna parte que fue pasto de las llamas de un incendio y ahora está siendo restaurada por ella. Una visita inesperada empezará a violentar los términos y poco a poco lo impredecible irá apoderándose de la situación hasta culminar en un clímax abrasivo y salido de madre.

Poco más se puede decir del argumento sin dinamitar las intenciones de un Aronofsky que se ha propuesto esta vez una metodología basada en la construcción de una expectativa que es quebrada a cada giro argumental. El resultado es -muy calculadamente- todo y nada al mismo tiempo: un melodrama familiar clásico, un melodrama familiar granguiñolesco, una farsa teatralizada, una comedia negra, una sátira social, un drama de terror psicológico, un drama de terror físico. Una historia rabiosamente feminista y un giallo misógino al mismo tiempo, si es que algo así puede articularse en un mismo discurso. Un viaje febril que apela a ¿Quién teme a Virginia Woolf?, a La semilla del diablo, a El guateque y a El resplandor sin despeinarse. Y que, cuando se despeina, opta por alborotarse aún más. Un aparato demasiado rasposo e iconoclasta como para ser tomado en serio: enfocar esto como si fuera un producto -ejem- noble es, directamente, un error.

madre! es, no nos engañemos, un constructo. Una ortopedia narrativa. Algo así como un relato enfermizo entorno al embarazo (probablemente la más febril representación de la gestación jamás rodada), la genialidad, el fanatismo y la vanidad: él es un autor en blanco que busca su inspiración; ella una abnegada esposa que se ve obligada a dejar espacio al poeta. Ella es el complemento perfecto para el artista, privada de voz y dedicada a su marido. Es decir, el choque del responsable de crear arte (quizá más una imagen propia) vs. la encargada de crear vida. Una asimétrica e injusta sinergia de pareja abordada por el director desde una puesta en escena tensa, desigual y asfixiante: él puede respirar en sus planos, moverse tranquilo y ser el protagonista de sus propias neuras y vanidades mediante una caligrafía de cámara más explicativa que expresiva. Ella en cambio habita encuadres muy cerrados, irrespirables e inestables, rodados en primerísimo plano con cámara en mano. Atenazada ella, además, por sonidos desagradables: en la construcción de la atmósfera inquieta e inquietante Aronofsky presta tanta atención al montaje de sonido como a lo visual. La película se muestra violentada por chirridos, acoples molestos y efectos auditivos desasosegantes.

Todo para, insisto, operar en un plano mucho más alegórico que explícito. Si la metáfora es gruesa o elegante dependerá de la tolerancia de cada uno hacia la hipérbole y la sátira: personalmente entro en el juego, aunque me sobra un epílogo que termina de certificar el aura de cuento pero que también resulta hortera y obvio en su aproximación al fantástico. Pero ya es la razón de ser de una propuesta concebida para ser divisiva: si bien nadie discutirá las bondades interpretativas de Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris y Michelle Pfeifer o el estupendo acabado técnico de la película, el balance final está destinado a ser dispar en función de los gustos personales de cada espectador. A unos les parecerá reiterativa, timorata, grandilocuente e histérica. A los otros fascinante, arrebatadora, obsesiva y subyugante. A todos disparatada y excesiva. Todos tendrán razón. Sospecho que eso es lo que se proponía el realizador, y con eso tenemos que quedarnos.

7/10


Por Xavi Roldan

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