Crítica de Una vida a lo grande (Downsizing)

Siempre me ha dado la sensación de que Alexander Payne no terminaba de estar cómodo con el supuesto equilibrio que debe alcanzar cualquier creador a la hora de oponer sus inquietudes artísticas a aquello que se espera de él en términos de aceptación popular. ¿Es un autor personal, radical, único? ¿Es en cambio un buen artesano de un cine indie más o menos convencional, más o menos mainstream? Es como si el responsable de Entre copas se viera obligado a transitar a ratos una vertiente y a otros la otra, o quizá las dos al mismo tiempo sin terminar de darles un flow común. Un cojeo perpetuo que en ocasiones ha dado resultados impecables en títulos brillantes (Election, Los descendientes) y en otros ha arrojado destellos de genuino buen cine en películas algo más imperfectas (A propósito de Schmidt, Nebraska). Una vida a lo grande parece, es, una película mucho menos compacta que la anterior. Menos depurada, menos enfocada y más irregular. Pero parece como si, por una vez, el director hubiera decidido abrazar su propio desequilibrio para usarlo como modus operandi.

Porque estamos ante una película que, sin romper con sus propios esquemas narrativos ni genéricos sí decide dar varios giros de planteamientos y enfoques. Empieza como una especie de fábula de ciencia ficción en la que la humanidad ha encontrado como posible solución al progresivo desgaste de la Tierra y agotamiento de recursos la miniaturización de los ciudadanos. En un proceso voluntario, algunos sujetos de la clase media deciden emprender una nueva vida en un pueblo en miniatura reduciéndose a si mismos -y también a sus gastos, a sus emisiones de contaminantes y a su cantidad de residuos generada- hasta alcanzar una altura de aproximadamente medio palmo. Un proceso que se presenta en la película como algo cool, una nueva tendencia con prestigio social y que genera cierta admiración y envidia en el resto de personas de tamaño, digamos, convencional. Un enfoque con un subtexto inquietante, perturbador, pero no exento de grandes dosis de surrealismo bufo casi subreptício.

Pronto esta sátira de la clase media, de la psicosis trendy entorno al cambio climático (que, eso sí, nunca niega), ese retrato de los seres pequeñitos de tamaño real y los literalmente reducidos, todo eso toma un cariz melancólico en cuanto el protagonista decide emprender su propio proceso de jibarización integral. Payne adopta un posicionamiento algo más severo y se coloca en el terreno de la distopía serena, del relato de ciencia ficción pesimista aun sin necesidad de levantar la voz. No tanto en sus formas como en su fondo: el espectador acompaña al protagonista en su periplo porque el director mantiene la cámara a la altura de sus ojos. Si antes veíamos a los reducidos desde las alturas ahora es la gente de tamaño normal los que nos observan en contrapicado. Y peor aún: pronto los "gigantes" desaparecen de la ecuación y el espectador se integra en "el mundo pequeño" para, pronto, olvidar siquiera que forma parte "de un mundo pequeño". De manera muy consciente Payne deja de recordarnos en todo momento que nuestro tamaño es aproximadamente el de una figurita de acción y plantea el resto de la película como si se tratara de una aventura a escala real. Por eso los ocasionales recordatorios (objetos cotidianos de tamaño gigantesco, flores que parecen árboles, insectos que se ven como pájaros) trastean de manera mucho más efectiva con las nociones inconscientes que tiene el espectador sobre la escala del mundo.

Y en esta tesitura, y con la reflexión entorno a las escalas (también de los problemas), Payne presenta la nueva faceta de su historia: el retrato social. El estudio de un individuo y también de una sociedad desigual, cuyas diferencias entre las clases pudientes y la plebe empobrecida también se ha trasladado desde el mundo convencional. Este último enfoque narrativo le servirá para terminar de afilar sus dardos -hacia nuevas sensibilidades neohippies tranochadas- y apuntalar sus tesis, basadas en la idea de que a menudo hay que cambiar los esquemas mentales para encontrar un lugar propio y un propósito personal. Una idea pura, simple y cristalina insertada en una historia con aire de falsa feelgood movie, desconcertante e inquietante, pero también tierna y profundamente humanista. Llena de momentos de una cotidianidad delirante, de otros de serena belleza visual, algunos casi vulgares y muchos directamente absurdos.

Una película, en fin, profundamente personal, desligada de corsés estilísticos y preconcepciones temáticas, mutante e inclasificable. Y por todo ello, tristemente, quizá también destinada a ser injustamente ignorada o menospreciada.

8/10


Por Xavi Roldan

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