Crítica de Yo, Tonya (I, Tonya)

Crítica de Yo, Tonya (I, Tonya)
¡Alto! Quédate un rato más, que yo también estaba como tú al principio: llegan los Globos de Oro, y ya tenemos el estreno del biopic ultranominado de turno, ahora sobre una patinadora artística. Como cada año (de hecho, como la película que estrena al mismo tiempo Hugh Jackman, otro biopic ultranominado). Ya, pues no. Así que sigue leyendo que, atención, el soplo de aire fresco de Yo, Tonya puede hacer temblar incluso al que ha supuesto este año The Disaster Artist (en cierto modo, otro biopic revolucionario de hecho).

Y es que, de entrada, la historia de la protagonista es de las de mear y no echar gota. Esta no es la habitual trama de superación personal, de sueño americano y de heroína abanderada de una nación, sino una mucho más enrevesada tragedia en la que tiene cabida violencia y crimen (hasta aquí puedo leer). Mejor aún: en esta película no hay ni un solo personaje que sea absolutamente bueno o rematadamente malo; todo son escalas de grises que hacen que nos planteemos, incluso, temas que no deberían dar pie a matices. Tales como la violencia de género: la forma en que Steven Rogers (guionista) y Craig Gillespie se acercan, en concreto, a esta temática, constituye sin duda el mayor de los aciertos de la propuesta.

No todo está en el acierto con que se plantea un guión juguetón y negrísimo, corrosivo incluso (más cuestiones que salen a colación: el reconocimiento de una decisión mal tomada, el esclavismo materno-filial, el linchamiento social totalmente extrapolable a lo que acontece en las redes sociales a día de hoy…). Haciendo de Yo, Tonya la película que David O. Russell lleva tiempo intentando a la desesperada (El lado bueno de las cosas, Joy), Gillespie tira de dinamismo y mutabilidad, abriendo con declaraciones a la pantalla en 4:3 y plano fijo, pasando a hiperactivos, scorsesianos (según el cartel promocional de la película) movimientos de cámara (a pantalla completa), divirtiéndose en el rodaje de las coreografías de patinaje sobre hielo, volviendo a las entrevistas, y rompiendo la cuarta pared aquí y allá.

Pero aun por encima de todo ello, suficiente para ensalzar el film a la categoría de los destacados del año, está Margot Robbie. La protagonista confirma al fin esa condición de estrella que le fue denegada (por motivos obvios) en Suicide Squad, componiendo un personaje mucho más complejo de lo que a priori parecía, y sabiendo compensar una balanza cargada de histrionismos y matices mínimos. Ella, junto a una no menos excelente Allison Janney, constituye la guinda del pastel.

De manera que si me has hecho caso y te has quedado por aquí en vez de irte a las primeras de cambio, enhorabuena: has descubierto que Yo, Tonya no es una película habitual, sino que a su manera se descubre como una rara avis dentro del género más manido de la historia del cine. Y lo consigue por la inteligencia con la que trata los subtextos y discursos secundarios de una trama ya de por sí extraña, por la agilidad que le infunde Gillespie tras la cámara, y por un reparto femenino excelso. De haber durado veinte minutos menos incluso estaríamos hablando de la película del año, oye. Del mismo modo que Tonya Harding no es la princesita que aparenta, su biopic no es el rutinario estreno oscarizable de la temporada. Sino una muy interesante propuesta que de seguro aparecerá en las listas de lo mejor de 2018.
7,5/10

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