Crítica de The Disaster Artist

Crítica de The Disaster Artist
Película increíble, en el peor sentido que pueda imaginarse, pero también por todo el esperpento que la rodea, The Room es ya un hito en la historia del cine de este siglo. Es la peor película de la historia, de hecho. Pero es del todo alucinante cómo se llegó a gestar tamaño ataque al séptimo arte, y todo lo que siguió a su estreno: a día de hoy aún se proyecta en cines por todo el mundo (la película se estrenó en 2003), y sus responsables, con el enigmático Tommy Wiseau a la cabeza, la presentan en eventos especiales y siguen lucrándose por ello y acudiendo a fiestas. Esto pedía a gritos una adaptación cinematográfica, ya fuera en clave de documental (como aquél hilarante homenaje a Troll 2, o ese otro a las producciones de la Cannon) o de la forma en que ha acabado ocurriendo: con todo un James Franco a los mandos, rodeado de los suyos o, lo que es lo mismo, empezando por su hermano y acabando por Seth Rogen. Alegría pues: marchando una nueva comedia de colegas a la sombra de Judd Apatow y, de hecho, llevando a este inesperado nuevo subgénero cinematográfico (podemos definir así ya el cine de Apatow, ¿no?) un paso más allá.

The Disaster Artist, puede que no lo parezca, es ambiciosa por querer convertirse en la ya habitual ristra de gags y personajes frikis, pero a su vez ser un discurso más sesudo de lo esperado, metacine por bandera, sobre el mundo de Hollywood. Y sobre los sueños que se realizan y se truncan, y sobre la línea que separa la fuerza de la voluntad... de la obsesión. De manera que lo que tenía que ser una chorrada como un piano se descubre como una red de múltiples dimensiones y, lo dicho, ambiciones: es la más compleja obra de Franco (y/o compañía) hasta la fecha, por tener que hablar a un público al que jamás se han encontrado, por variado. Aquí se debe satisfacer por igual a amantes de las comedias como de las grandes historias en Hollywood. A los del humor grueso y de los dramas humanos. Humanidad, eso es lo que debía encontrar un James Franco que se siempre se ha solido situar uno o dos escalones por encima del resto de mortales. Suerte la nuestra, pues, de que haya dado de lleno con ella.

A la hora de la verdad, la flamante ganadora del festival de San Sebastián es un triunfo en todos los sentidos. Sus batallas se saldan con victorias en aquellos campos en los que decide pelear. El protagonista de El origen del planeta de los simios se transforma en un inesperadamente creíble Wiseau no tanto por imitarle divinamente, como por hacer de su personaje un ente cercano y de emociones e inquietudes francamente comprensibles pese a las hondas diferencias que probablemente lo separen del resto de mortales. Y de igual manera, The Disaster Artist se torna en una propuesta de inmediata empatía por su hábil combinación de temáticas y estados anímicos. Con independencia de reconocerse conocedor o no de The Room, el espectador entiende a la perfección tanto su nivel de horribilidad, como su demencial proceso de creación. Comparte los sueños de Wiseau tanto como los del resto de personajes que lo acompañan; y también sufre sus momentos de incomprensión, incominucación con el resto del mundo.

Pero claro, hay truco: y es que al final, por muchas dimensiones que despliegue; por mucho discurso de cine dentro de cine y cantos de amor/odio a Hollywood; por mucho freak... Al final de todo ello The Disaster Artist se reduce a un vigoroso grito de ánimo a seguir para delante, a luchar por lo que se desea. Y claro, eso mola. Y emociona, si encima lo protagoniza un personaje tan descacharrantemente entrañable como es Tommy Wiseau.
8/10

Crítica de En realidad, nunca estuviste aquí (You were never really here)

Crítica de En realidad, nunca estuviste aquí (You were never really here)
Lo que consigue Lynne Ramsay con su última propuesta, En realidad, nunca estuviste aquí es increíble: pocas veces una película es tan capaz de pasar en un suspiro como lo hace ésta, y menos si, encima, los diálogos no son precisamente el engranaje principal de su desarrollo, y lo que prima es la oscuridad emocional. Y no, no es que su duración total sea mínima (80 minutos dando gracias), sino que tanto Ramsay como sobre todo su protagonista, un imponente Joaquin Phoenix que carga sin miedo con todo el peso de la función, logran una conexión brutal e inmediata con el espectador, por vía de este violento y asfixiante Taxi Driver (o sin el Taxi delante, que de Winding Refn también se respira mucho aquí) que no esconde sus intenciones. Estamos ante un ejercicio de estilo en absoluto preocupado por esconder referentes, voluntariamente excesivo tanto en la (de)construcción de sus personajes como en la elaboración de su viciada atmósfera; y con la sola intención de hacernos pasar el peor rato imaginable. Atención, sin ir más lejos, a su demoledor epílogo: ni ahí (y no se desvela nada en absoluto) nos va a dejar respirar tranquilos.

El truco pasa por encajar a la perfección las piezas de que dispone, a saber: un actorazo, buenas ideas visuales, y mejores acompañamientos musicales. Encontrando la fórmula para ello, no hace ni falta disimular tampoco lo escueto de su argumento, post-western vengativo como henos visto en mil ocasiones. No exento de crítica, claro. Y es que En realidad, nunca estuviste aquí es un disparo a bocajarro a una sociedad asquerosa de la que casualmente, sólo parece salvarse el que más jodido parece estar: el propio Phoenix. Su personaje se añade directamente a un grupo ya conocido de tipos deprimidos, rotos por dentro; bombas de relojería que están a un clic de estallar. Quizá empiece a ser demasiado evidente su gusto por esta clase de papeles, se los sabe ya a la perfección; pero al César lo que es del César: estamos ante una de las interpretaciones del año.

Lo mismo, de hecho, podría reprochársele a Ramsay: en su última propuesta no hay nada de verdaderamente rompedor si se piensa en su anterior (y también avasalladora) Tenemos que hablar de Kevin. Se aprecia una estructura parecida entre ambas, entrelazando ¿plácidas? balsas de aceite a marejadas de aúpa. De hecho, aun adaptando novelas de distintos autores y tomando en consideración marcos diferentes (familiar-educativo el primero, político el que ahora nos ocupa), en ambos casos se aprecia un discurso parecido. Normal, por otra parte: al final, lo que la cineasta está haciendo es alertar a propios y extraños de lo mal que está todo, a todos los niveles imaginables.

Así que dejando de lado reproches a uno y otra por cierto acomodamiento en terrenos que conocen y dominan a la perfección, es imposible negar que En realidad, nunca estuviste aquí da exactamente en la diana: desde el primer instante pisa a fondo el acelerador para arrollar al espectador sin miramiento alguno, sumiéndole en una pesadilla que se diría menos alejada de la realidad de lo que parece. Una pesadilla de la que se sale por vía de la violencia extrema (a martillazo limpio, de hecho), y manteniendo entre ceja y ceja un propósito noble. El único, quizá, por el que valga la pena seguir adelante en un mundo en el que todo lo demás merece ser quemado y borrado por completo. Excelentemente interpretada, dirigida y presentada, se convierte en uno de los estrenos del año, si bien no suponga revolución alguna. Tampoco lo pretende. Obligada cita con el cine... aunque mejor con el estómago vacío.
7,5/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Feliz día de tu muerte (Happy Death Day)

Crítica de Feliz día de tu muerte (Happy Death Day)
Aunque ahora estemos de un rollo muy poser, desviviéndonos por transgresiones como A Ghost Story o las últimas propuestas de Weereasethakul o Escalante, no hay que olvidar que el género fantástico y/o de terror siempre se ha nutrido, y mucho, de un cine más convencional y comercial. Y lo sigue haciendo, y lo seguirá haciendo. De ahí que si se presenta una película como Feliz día de tu muerte, desde una brutal autoconciencia de su condición de serie B y de film de terror casi canónico, pueda caer en el error quien la rechace, sin más, si su idea pasa por seguir definiéndose amante del género. Es verdad que la cinta de Christopher B. Landon no engaña a nadie, ni mucho menos descubre la pólvora. Que venga con el sello de la productora Blumhouse es, además, pista inequívoca de sus carencias (de todos es sabida la tacañería con la que otorga presupuestos y tiempos de producción dicha empresa). Su premisa es curiosa, una chica recibe una y otra vez el día en que la matan; pero su desarrollo en absoluto: es una manida investigación por averiguar la identidad del serial killer de turno, a lo Scream. Vamos, que no hay trampa ni cartón, uno tiene que saber lo que va a ver, o problema suyo. Y criticar al film por ello, me parece francamente poco ético.

Y es que vaya por dónde: resulta que desde este prisma, la imposible mezcla de Atrapado en el tiempo con el slasher, funciona. No a la perfección, pues el trabajo de Landon no encuentra la fórmula para rematar la faena. Pero sí lo suficiente como para garantizar unos 90 minutos de divertimento sin pretensiones, ya desde un logo de la Universal Pictures ligeramente alterado para arrancar las primeras risas de complicidad, antes incluso de que arranque el film en sí, presentado de modo igualmente juguetón. Después, lo dicho: Feliz día de tu muerte no acaba de dar con la tecla, apaciguándose cuando toca desarrollar su demasiado previsible entramado y retomando todo su brillo tan sólo cuando se dedica plenamente al humor. Pero es que mirad si tiene suerte, que aun cuando flaquea, la función se salva por una más que convincente Jessica Rothe, carismática protagonista absoluta.

De manera que Feliz día de tu muerte se acaba convirtiendo en uno de esos ejemplos de fórmula bien empleada, o chuleta bien copiada, si se prefiere. Un entramado básico, ninguna gana por descubrir nuevas formas de expresión del séptimo arte y, en cambio, buenas dosis de sano humor y un muy evidente objetivo de entretener al espectador mientras éste devora palomitas apoltronado en su butaca. Lo que se consigue añadiendo a lo comentado hasta ahora un montaje ágil, de ritmo muy picado, inesperado acierto artístico de un film que por lo demás no tiene ni un solo fotograma destacable (hasta la paleta de colores se antoja sumamente previsible: a nivel formal, esta película ya se ha visto demasiadas veces). Si entra en el juego, se tienen pues serias posibilidades de pasar un buen rato con una comedia de terror de las que ya no abundan. En caso contrario, la experiencia puede ser dolorosa, pero aquí nadie engaña a nadie, por lo que quejarse está de más.
6/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Jupiter's Moon

Crítica de Jupiter's Moon
El propio miembro del jurado Gary Sherman, después de otorgar a Jupiter's Moon el premio en Sitges a la mejor película del año, decía que el cine tiene que hablar a la cabeza y al corazón. Y es verdad que, quizá, la nueva propuesta de Kornél Mundruczó (White God) sea la que más se haya esforzado por ello. No sin riesgo por su parte, decide centrar su eminentemente fantástica trama (sobre la aparición de un posible ángel en nuestro mundo) en una cuestión tan difícil como la de los refugiados. Sólo que también quiere realizar un retrato social, criticando de paso la economía húngara. Y señalar con el dedo las tensiones de corte racista, presentes desde antes de que tuviera lugar la crisis actual. Y también ataca a la religión. Y la suya es una película de acción tanto como un drama personal; un survival y una comedia negra. Con su película, el húngaro quiere emocionar y hacer reflexionar, entretener y asustar, divertir y ensombrecer ánimos. En definitiva: que sí, que es una película que ataca a razón y pasión; pero lo hace desde tantos frentes, que se acaban anulando entre sí.

Y es que muchos de los hilos que abreMundruczó, lógico, no se cierran. Pero no lo hacen por falta de tiempo, pues si bien su agotador largometraje se vaya hasta las dos horas completas de duración, para poder dejarlo todo atado debería haberse tratado de una miniserie, más bien. Muchos conceptos quedan deliberadamente difuminados para que sea el espectador quien se encargue de darles una forma más concreta, pero muchos otros ni siquiera tienen tiempo de cuajar antes de pasar al siguiente, viéndose resentido, no podía ser de otra manera, un ritmo que se torna desigual y renqueante, y que sólo funciona en su totalidad cuando Jupiter’s Moon se refugia en la forma más básica, reconocible, del cine: las aventuras, la acción. El entretenimiento.

Ninguna duda creo que pueda quedar ya en cuanto a las virtudes del cineasta detrás de una cámara, y es justamente en estos pasajes cuando se reafirma su talento: es impresionante la apertura del film, una set piece trepidante con largos planos, persecuciones multitudinarias, y final sorprendente. Como lo es una carrera automovilística rodada prácticamente en primera persona, cual videojuego. O la habitación giratoria. Pero cuando toca acercarse emocionalmente, Jupiter’s Moon no consigue elevar unas temperaturas que se mantienen gélidas, con las que el público no acaba de empatizar en ningún momento. Canibalizándose, claro: hay que hilar muy fino si se pretende desnudar emocionalmente al espectador, después de haberle sobrecargado de capas y más capas (y tan sesudas, para mayor inri).

Al final, la flamante ganadora de Sitges 2017 queda un poco en terreno de nadie (quizá de la misma manera que los refugiados a los que alude): plantea un sinfín de conceptos interesantes, y muchos de ellos se traducen en aciertos inapelables. Pero también se mantiene a una distancia excesiva de su platea, casi como si quien nos mirara desde un plano elevado no fuera el protagonista (que puede levitar y salir volando, en sentido literal, de cualquier situación peliaguda) sino el propio film. Un film único, estimulante, pero a la vez decepcionante por apático e irregular. Un film con más ínfulas que concreciones; más cerebral que emocional. O lo que es lo mismo, alcanzando solamente una de las dos metas que se había propuesta desde el principio.
6/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de The Lodgers

Crítica de The Lodgers
De un tiempo a esta parte, parece que película de clausura del festival de Sitges es sinónimo de tonto el último. Es una sección del certamen que, pese a la relevancia de su nombre, lleva años de capa caída, y ahora The Lodgers quizá sea el peor título que apuntar a una lista negra cada vez más larga. No por mala, ni por insultante. Quizá esa hubiera sido incluso una buena noticia, puesto que al menos hubiese conseguido despertar alguna emoción entre el público. No, el problema del nuevo film de Brian S. O’Malley (Let Us Prey) es su vertiginosa mediocridad. Es el último abanderado de un cine ya caduco, la reiteración de una fórmula exprimida al máximo (Guillermo del Toro lo hizo patente con La cumbre escarlata) y agotada tiempo ha. ¿Seleccionada para la clausura del Sitges 50 a modo de metáfora –involuntaria- sobre la situación del mismo? Es eso, o que se le ha querido gastar una última broma al público, puesto que The Lodgers no debería valer ni el esfuerzo de ser editada en DVD.

Vuelta a las mansiones abandonadas, grisáceas y acosadas por una maldición. Vuelta a los niños que viven solos (dos hermanos capitaneados por el único haz de luz del film: una convincente Charlotte Vega que carga con el peso de todo el cotarro), a las apariciones fugaces de presencias sobrenaturales, y a los twists poco antes de la conclusión. O’Malley parece haberse quedado estancado en algún punto propio de principios de siglo, cuando Amenábar aún nos la colaba atormentando a Nicole Kidman. Su exploit de ese género de terror gótico demuestra haberse aprendido de memoria el recorrido tipo: fotografía parduzca, planos lentos, música de violines en tensión y, en general, capturas de actores con el ceño fruncido, que todo es muy grave y tiene que quedar claro. La fórmula funcionó en su día, cierto, enhorabuena a él por haberse empollado la lección. Lástima que lo haya hecho estudiándola de libros en desuso.

Lo único que consigue The Lodgers es adormitar al respetable, en el mejor de los casos. En el peor, enervarle y hacer que afile su atención para detectar todas y cada una de las innumerables incongruencias del guión, para lamentar la previsibilidad de su conjunto, o empeorar sensaciones ante el risible personaje del hermano huérfano, interpretado por un Bill Milner con cara de estar más aburrido que nosotros. Todo por la obcecación de cumplir al dedillo las normas: nada de pasarse de sustos, que aquí hay que crear atmósfera; nada de simplificar o naturalizar el entramado, que aquí lo que importa es el twist final; oh, y ojo con los cronómetros, vaya a ser que pasemos por alto el minuto en el que es matemáticamente correcto que aparezca una escena sobrenatural (aunque sólo tengamos una y debamos por tanto repetirla una y otra vez).

Que sí, que es cierto que como desfasado ejercicio de gótico y casas encantadas, The Lodgers se saca un cum laude. Pero para los espectadores que hayan seguido progresando en el tiempo, aquellos que no se hayan encerrado en un zulo los últimos 20 años de sus vidas, se trata de la mayor pérdida de tiempo que pueda pasarse en una sala de cine. Si al menos se hubiese apostado por insistir en ciertos conatos de perversa sexualidad latente que pueden atisbarse aquí y allá, aún nos hubiéramos llevado algo a la boca en forma de refrescante discurso sobre el descubrimiento del deseo entre hermanos de sexos opuestos. Pero eso hubiera sido salirse de los raíles, y ni O’Malley, ni el guionista David Turpin tenían la menor intención de hacerlo. Una pena.
2/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Errementari (El herrero y el diablo)

Crítica de Errementari (El herrero y el diablo)
Sobre el papel, la propuesta no podía pintar mejor: Álex de la Iglesia como productor de una película de corte fantástico, que adapta una pesadilla perteneciente al imaginario del País Vasco (toda la película está hablada en euskera) en la que se dan cita herreros y diablos. Increíble marco para el debut en el mundo de los largometrajes de Paul Urkijo Alijo, director y co-guionista de la función. Todo ello debería ofrecer pistas más que suficientes para saber por dónde irán los tiros de Errementari, y efectivamente, la película da lo que promete: hora y media de aventuras, acción y algún toque de humor costumbrista, con seres sobrenaturales pululando por ahí, algunas escenas de violencia por allá, y a por el aplauso del público de Sitges. Sobre el papel, todo bien. Lástima que a la hora de la verdad...

A la hora de la verdad lo primero que nos preguntamos es en qué momento vio el de El día de la bestia que producir este producto iba a ser buena idea. Que aunque se aprecie fácilmente que no se ha invertido tanto como en otras películas propias del director, sigue siendo un esfuerzo demencial habida cuenta de su cuestionable recorrido comercial y, peor todavía, de sus virtudes como algo más que una broma de dudoso gusto. Porque muy, muy poquitas cosas funcionan en una película que tras un arranque arengador, se diluye fugazmente hasta tornarse aburridísima y, después, directamente molesta. Culpa de un guión que se pierde en subtramas previsibles y que no le interesan a nadie; que se muestra incapaz de ofrecer alguna idea fresca, algún desliz hacia una senda que no se haya recorrido en infinidad de ocasiones. Culpa de unos personajes que caen lo suficientemente mal como para no estar del lado de los buenos, ni de los malos. Y culpa también de una producción más pobre de lo aparente (las prótesis y los muñecajos que aparecen en pantalla parecen sacados de la serie de los Power Rangers, y que va de mal en peor.

Y es que si es justo reconocer que durante sus dos primeros actos el ritmo no funciona, pero tampoco es que brille por su ausencia, el tercero echa por tierra el (poco) trabajo bien hecho estancándose, eternizando una situación poco más que anecdótica, y para mayor desesperación, presentándose de la peor de las maneras. Una puesta en escena dañina para la vista se encarga de alejar por completo de la película a todo espectador a quien no le hagan gracia subproductos propios de la cadena SyFy en horas bajas o, ya que estamos en pleno fervor sitgetano, de una sesión de relleno de Brigadoon.

Errementari pintaba bien, pero al final sólo se le pueden valorar dos aspectos: que tenga la gracia de presentar en sociedad parte de la mitología vasca que seguramente desconozca la mayor parte del público; y que esté hablada en euskera. Todo lo demás es un demencial cúmulo de despropósitos traducidos en patata caliente para los que decidieron, en su momento, poner dinero en el proyecto. No se puede limitar todo a dos gracietas, después toca construir una película, algo que Alijo y compañía parecen haber olvidado. A evitar como alma que lleva el diablo.
2/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Matar a Dios

Crítica de Matar a Dios
Más debuts de por aquí. Ahora es el tándem formado por los guionistas y directores Caye Casas y Albert Pintó, el que se pasa del mundo de los cortometrajes a los largos con otra de esas propuestas que arriesgan, y ésta vaya si lo hace, empezando por el título: Matar a Dios, y olé sus pares de narices. Efectivamente, esto no es muy religious friendly que digamos, puesto que va de una reunión familiar que se ve truncada cuando hace acto de presencia Dios, el mismísimo, alertando de que se va a cargar a la humanidad y sólo dejará como supervivientes a las dos personas que decida dicha familia. Familia de cuatro miembros, primera putada, y a cual peor: el que no es un porreta con tendencias suicidas, es un borracho putero o un adúltero con sobrepeso. Maravilloso todo. Así arranca (previo prólogo todo lo políticamente incorrecto que sea posible) una comedia negrísima que arrasa con la unidad familiar, con el cristianismo, y con todo lo que se le pone por delante, en definitiva. Pero ojo, que lo hace sólo un rato. Después se toma la molestia de hacer crecer a sus personajes. Decepción para quienes buscaran la broma de brocha gruesa, pero alivio para quienes al cine van, ante todo, a ver una película, con todas sus letras.

Y es que a Matar a Dios demuestra, por encima de otras indudables virtudes, inteligencia. La suficiente como para alejarse de salvajadas sin ton ni son: uno podría pensar que está ante un nuevo Ellos robaron la picha de Hitler o similar, y sin embargo, esto resulta que se ubica junto a comedias como Torremolinos 73, Pagafantas o cualquier otro ejemplo de humor, personajes, e incluso drama. Demonios, que tiene chicha. Y la tiene porque cuida a sus protagonistas más de lo que muchos otros guionistas, más curtidos, quisieran. Pese a lo burdo de sus trazos iniciales, conforme avanza el film y se rebaja la adrenalina, se descubre a cuatro personalidades complejas, totalmente humanas y reconocibles, y con un arco bien definido que trazar antes de llegar a la conclusión. No se pierde el humor, que en no pocas ocasiones es negrísimamente brillante, pero este va dejando poco a poco paso a cuestiones más sesudas (cómo afrontar la muerte de un ser querido, una separación traumática, la falta de ganas de vivir…) con las que hasta se nos invita a reflexionar en igualdad de condiciones. ¡Quién lo iba a decir, habida cuenta de un reparto que parecería salido de La hora chanante y Los Venga Monjas!

A fin de cuentas, Casas y Pintó han sido los listos de la clase. Con una producción de presupuesto bajo mínimos, la estrategia para perdurar parece de cajón: sorprendes con el título, disparas sensaciones con un primer puñado de chistes sin freno, pero luego trabajas desde las únicas herramientas que te salen gratis: el guión y el ojo. La teoría es fácil de explicar, pero para aplicarla hay que saber de esto de hacer películas. Matar a Dios rebosa mala leche por un lado, sentimientos y mensajes por el otro, y suple carencias económicas con una puesta a punto coqueta hasta el deleite: delirantes primeros planos de miradas alocadas, otros que resaltan el carácter granguiñolesco de todo ello, montaje picado y homenajes al género de terror. Adecéntese todo ello de cinco actores de lujo (está excelente todo el reparto), y ya tenemos fiesta: una propuesta por la que nadie daba un duro, que da el do de pecho convirtiéndose en una pequeña gran película, divertidísima y entrañable, alocada y produnda a partes iguales. Comedias así dan gusto.
7/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Dhogs

Crítica de DhogsCrítica de Dhogs
¿Veis? Así sí. Así debería ser todo debut tras una cámara, en los tiempos que corren: algo del estilo de Dhogs, película gallega (hablada en gallego) con desigualdades aquí y allá e imperfecciones propias de un estilo aún por pulir, pero sin que por ello se desluzca una clara declaración de intenciones, obtenida por vía de un lanzamiento constante de estímulos para el espectador. Es imposible atar todos los cabos de un solo visionado; muy difícil definir la totalidad de su argumento; e incluso demencial tratar de etiquetarla o ubicarla en un solo estilo o género. Andrés Goteira, director y guionista de este proyecto conseguido por vía del crowdfunding, se ha tirado al vacío desde un trampolín elevadísimo y sin una red de seguridad a la vista. La suya es una propuesta arriesgada como pocas, una película que tira de western tanto como de comedia costumbrista, de denuncia social y de comedia negra. Ver esta película supone activar a las primeras de cambio una maquinaria que incluye engranajes de David Lynch y de Quentin Dupieux, de Michael Haneke, de Quentin Tarantino y de (el propio Goteira lo tilda de ídolo personal) Carlos Vermut. Entre muchos otros. Y por supuesto, supone un esfuerzo con doble final: amor u odio, imposible quedarse en un no está mal. Eso sí, al margen de uno u otro resultado, sorprende, se agradece y se torna necesaria, casi tanto como lo fueron Diamond Girl o Una mujer sin piano. Pero también como lo sería Arrebato, o qué coño, cualquier película de corte atrevido de Luís Buñuel. Ojo pues, que a lo tonto podríamos estar frente al próximo gran nombre de los circuitos más inquietos del cine español.

En Dhogs nos encontramos con un puñado de personajes cuyas vidas, en un punto u otro y de manera más o menos directa, coinciden en un entramado que tiene que tiene que ver con un crimen, aunque mejor será no desvelar absolutamente nada más. El taxista jarmuschiano, la mujer irreversible, el guaperas chulesco y el ejecutivo solitario y deprimente. Todos ellos se pasean por hoteles y antros de mala muerte, pero también por gasolineras destartaladas en desiertos y colinas que parecerían tener ojos. Luego, a alguno lo perdemos de vista, otro aparece más tarde, y el de más allá se aleja de la trama principal pero sólo para enfrascarse en la más surrealista, triste o descacharrante de las situaciones. Todo en una película que es varias películas a la vez, que rompe el cuarto muro cuando le da la gana para ponerse metalingüístico, metacinematrográfico y metatodo, y juega activamente con el espectador a unos funny games que coquetean incluso con lenguajes más propios del videojuego que del cine. Lo decía al principio: estímulos y más estímulos, piezas de puzle que no siempre son fáciles de encajar (cuando no imposibles), y cuyo mayor reto consiste en mantener la atención en todo momento para no dejar escapar detalle alguno. Ya desde su discurso inicial sobre los juegos de mesa, que se enlaza de paso con los instantes finales del film.

Poco antes de su pase, en Sitges la describían como una película-muñeca rusa. De acuerdo, sólo que en lugar de meterse para dentro, las dimensiones de Dhogs no hacen sino expandirse exponencialmente cuales círculos concéntricos en el agua. El riesgo es el camino del éxito, y Goteira lo recorre con paso firme y sin importarle las consecuencias, haciendo de su primera película uno de los títulos más refrescantes de la presente edición del Festival de Sitges, pero además de esos de los que se debería hablar durante un buen rato. Como Magical Girl. Claro que esa era ya la segunda película de Vermut. A saber hasta dónde puede llegar este diamante en bruto que ahora se nos presenta, tan habilidoso tras la cámara como implacable a manos de un guión. Ganas de seguirle la pista de cerca.
7,5/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Maus

Crítica de Maus
Parece que nos estemos repitiendo más que de costumbre, pero no podemos hacer otra cosa: nueva película fantástica española, nuevo nombre a descubrir... y nueva tragedia que, ahora, ya pasa de castaño oscuro: abucheada en Sitges por parte de prácticamente todo el mundo, Maus es la carta de presentación de un Yayo Herrero que hasta ahora había empezado a labrar su carrera en el mundo del cortometraje, y casi que ahí deberá seguir una temporada más. Porque de su opera prima lo primero que se descubre, es que estamos ante un corto alargado hasta cumplir los 90 minutos de rigor: pareja perdida en un bosque, rarezas que no quedan del todo explicadas, y encontronazo con dos asaltantes. Ese es el argumento, mientras que la metáfora, el de qué va real, o como quiera llamarse: la situación de tensión que se vive entre determinadas poblaciones de Europa, cuyos conflictos históricos son demasiado recientes aún (o no están cerrados) como para haber cicatrizado debidamente.

Cartas que no son necesariamente negativas, faltaría más, pero que deben ser jugadas con atino para salir airoso de la partida. La cuestionable estrategia de Herrero pasa por maquillar carencias narrativas con un prepotente y relamido ejercicio de auteur. Porque Maus no desarrolla nada más de lo comentado en el párrafo anterior, y además trufa el metraje de elementos paranormales en su mayoría injustificados e injustificables; en lugar de profundizar en ellos, o de ahondar en la crítica social que apunta con cuatro brochazos gruesos, o de dibujar mejor a sus ¡dos! personajes; en lugar de ello opta por querer epatar a la desesperada al espectador, sumiéndolo en un letal letargo a base de largos planos secuencia limitados al seguimiento del cogote de uno de otro. Son un recurso maravilloso para el séptimo arte, los planos sin corte. Pero tienen que servir para algo, sumar al lenguaje no verbal de una película para no generar rechazo inmediato; en esta ocasión, salvo una o dos honrosas excepciones, tan sólo sirven para seguir a una persona caminando de arriba abajo sin orden ni concierto (son ridículos los paseos que se pegan los actores por el bosque, mientras vemos de ellos únicamente su pelambrera) y acabando por desesperar al respetable.

Ayuda poco, en este sentido, que la pareja protagonista caiga especialmente mal. Absoluta y rematadamente idiota resulta en concreto él, con independencia de si esté buscada o no su personalidad absurda, atendiendo a la teórica metáfora sobre Europa (él debería ser la nación que dice intermediar en un conflicto y no lo hace debidamente ni cuando se lo plantea). Tanto es así que a cada escena de su sufrimiento, la sala aplaudía y lanzaba vítores y mofas varias. Es fundamental, si se quiere jugar con paralelismos como el que nos ocupa, que nada se dibuje a base de brochazos. Bien, pues en Maus la sutileza brilla por su ausencia y de igual manera que el alemán es un gilipollas integral, los serbios quedan a la altura del betún en una película que de tan maniquea podría tildarse de peligrosa, si llegase algún día a generar un mínimo de ruido.

No lo generará, porque peor no podría haber salido y su recorrido comercial debería tender a cero. Y es que aburrida, repetitiva, pedante y repelente, la propuesta de Yayo Herrero es uno de los peores ejercicios de autor que se hayan visto recientemente en la industria española, uno de los más endebles debuts que se recuerdan, y una verdadera prueba de resistencia para el espectador. El mayor bluff en lo que llevamos de festival (aunque parte de la crítica la reivindique, así que allá vosotros).
2/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de A Ghost Story

Crítica de A Ghost Story
Pérdida. Sentimientos difíciles de entender, emociones a flor de piel y procesos de superación (o aceptación) largos y complejos, sobre los que toda forma de expresión artística lleva años hablando. Las cosas que se quedaron por decir, las vivencias que ya no podrán compartir... Si es difícil que asumamos la pérdida de un ser querido, cómo lo será para ese ser querido que nos acaba de dejar. A esa pregunta, nada más y nada menos, quiere dar respuesta A Ghost Story: cuando apenas estamos empezando a conocer a una pareja vulgar y corriente de los EEUU (todo lo vulgares y corrientes que puedan ser Rooney Mara y Casey Affleck, claro), se nos trunca el plan al fallecer él. De sopetón, como puede ocurrir en la vida misma; dejando el capítulo a medias. Ahora bien, en lugar de acompañarla a ella en el sentimiento, por una vez se nos hace seguir al muerto, necesitado de tanto o más apoyo. Porque esto funciona igual en las dos direcciones: tan imposible es que un vivo se comunique con un muerto, como a la inversa. Con el agravante de que el segundo se queda en un plano de la realidad cuya línea del tiempo brilla por su ausencia, y se dibuja más como si de una serie de recuerdos se tratara, que con el habitual proceder lineal del mundo de los vivos. Nada fácil.

No sé si puede sonar a risa o no mi intento de resumen argumental, pero voy a echar más leña al fuego para ponerlo más difícil todavía: el fantasma se limita a una sábana (con dos agujeros en los ojos) con la que se tapa completamente Affleck para pulular adelante y atrás por casa. En silencio de tumba. Parece un chiste de mal gusto, hablamos de un actor cuyo rostro se tapa por completo durante prácticamente todo el metraje. Y sin embargo, se trata de uno de los personajes más emocionantes, expresivos y multidimensionales que, desde luego, ha visto el género fantástico en años. Y el cine en general. Y es que la baza de A Ghost Story es deshacerse de prácticamente todo embellecimiento cinematográfico para desnudar, a su vez, al espectador. Dejarlo indefenso y descolocado, ante un inesperado torbellino emocional para que éste, cuando desate su virulencia, le impacte de lleno sin posibilidad de refugio. Desde luego, es evidente que la simplicidad es sólo aparente: en realidad hay un sutil pero enorme trabajo que va desde la decisión de rodar en un desfasado, añorado formato en 4:3 (acaso en alusión al plano de atemporalidad y recuerdos en el que vive el fantasma), a la de alargar hasta el paroxismo un plano demoledor con Rooney Mara comiendo, sola, ante los ojos de una sábana congelada; o al recurso, cuando toca, de una banda sonora tremebunda capitaneada por un tema de Dark Rooms y calculada al milímetro entre silencio y silencio no para conducir, sino para acompañar.

Todo suma en una obra de arte tan relamida y esforzada, como lograda y contundente: A Ghost Story podría haber sido el irritante reflejo de la personalidad modernilla e insufrible de su director y guionista (David Lowery, de nuevo reunido con su pareja fetiche después de la excelente En un lugar sin ley), pero se convierte en un drama cercano, sutil y creíble (¡!), porque ni engaña ni toma por tonto a nadie. Ningún plano, por exigente que sea, es gratuito. Tanto da que se trate de un montaje de escenas inconexas que muestren un abrupto paso del tiempo, como una cámara fija durante varios minutos retratando a un tío disfrazado con una sábana y sentado en un sofá, a oscuras. Y ojo, que tampoco resulta tramposa en su condición de película de fantasmas: con este film, Lowery abarca un sinfín de líneas argumentales que van mucho más allá del desmenuzamiento emocional de una pareja afectada por la muerte de uno de ellos, incluyendo explicaciones de lo que podría ser un más allá paranormal. Tanto tiene que ofrecer, en sus escasos 90 minutos de metraje y desde su aparente falta de acción, que resulta imposible apreciarla en su totalidad con un solo visionado. Prueba de ello es que al poco de iniciar la función, uno no puede evitar sentir cierta pena, totalmente injustificada a no ser, de nuevo, por la excelsa labor de planteamiento previo por la que ha pasado la creación de cada plano, cargado de mensajes subliminales, entrelineados, y ataques con cuchillo al subconsciente.

En definitiva, una película que llama con fuerza a la puerta de los Oscars, tanto como a la de los libros de historia del cine, decidida a dejar una gran marca en ellos.
8,5/10
Por Carlos Giacomelli

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