Sitges 2016: Crítica de Train to Busan

Sitges 2016: Crítica de Train to Busan
Parece como si el sector crítico aún estuviera descubriendo, con algo que parece tener más de sorpresa que de placer, las bondades del cine surcoreano de género. A estas alturas. Cuando Park Chan-wook, Bong Joon-ho, Na Hong-jin o Kim Jee-woon ya forman parte del menú habitual del cinéfilo de a pie. Porque en fin, serán percepciones mías, pero es que no deja de resultarme curiosa la explosiva recepción de una película como Train to Busan, que quizá nos llega un tanto hinchada desde festivales (por otro lado tan amigos del cine de género coreano) como Cannes. Y claro que es feo, por mi parte, empezar una reseña así. Y también es feo ponerse a comparar. Pero las cosas como son: estamos ante una película notable, pero puestos a quedarnos con otro título surcoreano para 2016, la película de Yeon Sang-ho está lejos de la sofisticación narrativa y formal del último Park Chan-wook, The Handmaiden. ¿Que no busca su hondura emocional ni su sentido perverso del romanticismo? Claro. En ese caso midámosla con otro título con cuyo ADN comparte más genes: Train to Busan anda lejos, en contundencia y estilo, de Snowpiercer.

Bien. Esto es empezar una crítica en negativo. No es mi intención amargarle el membrillo a nadie. Insisto en que Train to Busan es una buena película. Tanto es así que probablemente se sitúe por encima del 90% de películas sobre infectados que nos van llegando con cierta regularidad.

Justo ahí es donde se encuadra la cosa. En el subgénero infectados. A saber: (no)zombies sedientos de sangre, irracionales máquinas de dentellar el pedazo de carne que se les cruce en el camino. Animales hidrofóbicos que corren, se amontonan y tratan de destrozar cualquier objeto que se interponga entre ellos y su merienda andante. No es nada nuevo -¿tomamos 28 días después como paradigma?- pero está muy bien gestionado. Yeon Sang-ho construye una película-espectáculo cuyo ritmo imparable apenas da tregua. Y cuando la da, aprovecha y coge desprevenido al espectador. La estrategia es tensar al máximo el binomio acción/emoción. Ofrecer chicha terrorífica, pero no renunciar al desarrollo de una trama que, además, tiene posibles lecturas sociales: una plaga se extiende por el mundo a un velocidad vertiginosa y los supervivientes se ven obligados a hacinarse en un tren que va rumbo a Busan, hipotético Paraíso donde aún no ha llegado la enfermedad.

Los ingredientes, pues, quedan claros: acción a raudales, suspense que juega con las limitaciones de los espacios y un par de subtramas emotivas que eclosionan en sendos clímax intensos. Train to Busan es electrizante, está narrada con un tempo salvaje y tiene vocación de entretenimiento puro que no sacrifica el neuronamen del espectador. Además, a nivel de puesta en escena, tiene un par de ideas realmente cojonudas. Especialmente las relacionadas con un pelotón de infectados que parece tomar prestado el comportamiento de las masas de Guerra mundial Z para darle un uso escénico de verdad interesante.

Pero vuelvo a lo que indicaba en un principio, y esta vez prometo abstraerme de ideas preconcebidas y juicios condicionados por mi propia expectativa. A pesar de todo lo dicho a la película le falta atmósfera, estilo visual, personajes más complejos y un par de giros locos. Sólo de esa manera podría haber revitalizado el género no de cara al momento presente, sino con vistas a un futuro. Dicho de otro modo, Train to Busan es una película estupenda hoy, pero no cambiará el curso del género ni lo va a desviar un solo milímetro.

7/10

Sitges 2016: Crítica de The Wailing

Sitges 2016: Crítica de The Wailing
Haber dirigido Chaser y The Yellow Sea implica, para cualquier director que quiera seguir dedicándose a ello, una responsabilidad muy gorda. Que ese mismo director, responsable de dos de las que muchos (y me incluyo) situarían entre lo mejor del cine surcoreano de los últimos años, vaya y se lance al género sobrenatural, sólo sirve para aumentar dicho deber para con el espectador. Miedo, pero no en el buen sentido precisamente, era lo que exudaba cada uno de los poros de The Wailing, lo nuevo de un Na Hong-jin que esta vez se daba a los fantasmas y la mitología y folklore orientales (y cristianas, ojo). Parecía que se fuera a marcar unos miikes, como cuando el de Dead or Alive se pasa de una obra maestra inapelable a la mayor de las chorradas que el séptimo arte pueda parir. Claro, que tales dudas tenían lugar antes del visionado en sí del film. Luego, ya cuando lo ves, la cosa cambia.

Sí, porque The Wailing es más ligera que sus dos trabajos previos tan sólo en apariencia: de entrada, se diría que la ridiculez de su entramado (que mezcla alegremente una, a priori, rigurosa investigación policial con hechos paranormales, que lo mismo incluyen zombis como fantasmas) se subraya con ciertas dosis de humor absurdo, alertando a la platea del tono más distendido que de costumbre, que se va a calzar a lo largo de su extenso metraje. Error: si bien Na Hong-jin no pierda en ningún momento ese gusto por la broma, tarda poco en aumentar decibelios (metafórica y literalmente) hasta llevar a cabo una tercera película tan distinta a sus dos anteriores en argumento y tono, como pareja en cuanto a dimensiones e impacto. De manera escalonada, con una progresión calculada al milímetro, la intensidad sube y sube hasta llegar a un primer momento álgido que, a su vez, constituye uno de los tantos giros que el film va emprendiendo en su escalada. Giros que justifican sus 150 minutos, y que zarandean al respetable, cuando éste se cree con opciones de respirar un poco entre ataques de zombis, posesiones, y sobrecogedores rituales de exorcismos. Vamos, que al final los gags están más para acudir a nuestro rescate que otra cosa.

Ni que decir tiene que para que la mezcla imposible funcione, se requiere un reparto a la altura (y aquí cumple sobradamente hasta la niña pequeña) y de una cámara que se ajuste en todo momento a las exigencias de un film cambiante y expansivo. Na Hong-jin es, definitivamente, el nuevo valor a seguir de la industria surcoreana, por lo que no le supone problema alguno alternar planos aéreos con pasajes propios del cine de terror independiente (o sin medios, vaya), hipnotizar al respetable con sus secuencias de chamanes (como suena) o incluso llegar a divertirlo con sus reminiscencias a los zombis de Fulci.

Sea como sea The Wailing es algo gordo. Una película que te lleva por donde quiere, llegando a sobrecoger por las dimensiones que acaba adoptando la que a priori parecía un intrascendente exploit de género oriental más. Una imposible torre de Babel cultural que pasa a ser, desde ya, un nuevo clásico del cine coreano y otro tanto más que apuntar en el casillero de un Na Hong-jin infalible. Como siempre.

Sitges 2016: Crítica de Abattoir

Sitges 2016: Crítica de Abattoir
Pobre Darren Lynn Bousman. Quien en su momento se creyera en disposición de poner en entredicho la condición de, ejem, visionario director de género a James Wan, tardó bien poco en quedar relegado a una engañosa posición de libertad creativa que, en realidad, no es sino un pantanoso universo de películas de serie B para abajo del que intenta salirse (y se cree capaz de ello) con proyectos personales, ideas y esfuerzos artísticos que acaban en agua de borrajas, o casi. Suerte para él (o para el espectador), que Abattoir, su última obra (a presentar en Sitges por todo lo bajo alto) vaya directa a la categoría del "o casi". En la película, historia de fantasmas de premisa curiosa pero estructura tan clásica y manida como de costumbre, se vuelven a entrever sus intenciones artísticas, mediante las que busca a la desesperada mostrarse como gran erudito del terror; lo hace por vía de una supuesta mirada hacia atrás mezclada con su toque personal, lo que en teoría debería ser un contraste estimulante pero que en verdad acaba siendo una mutación cuestionable a caballo entre La casa encantada de Wise (por ejemplo) y los Batman de Schumacher. Y se le ven también intenciones narrativas, Bousman quiere ser otro maestro del suspense millennial (o así) y por tanto ahora muestra ahora no, ahora sosiega, ahora precipita. Sólo que no le sale bien. En general, Abattoir es tan chapucera como la mayoría de sus trabajos.

Tan chapucera, que primero se precipita lanzando infinidad de información y de giros de gran intensidad dramática (en teoría, al menos) y luego pretende generar malestar por vía de la atmósfera, solicitando al espectador una paciencia que ya no está dispuesto a darle. Tan desafortunada como para confundir el uso de sombras y de ambientación gótico-claustrofóbica, con el exceso de oscuridad en pantalla y la sobrecarga excesiva del plano. Tan falta de entendimiento consigo misma como para proponer una historia truculenta y marcadamente Rated R, y luego reblandecerse y no mostrar nada, para luego volver al gore y volver a ocultar otra vez.

Pero cierto es que todo ello conduce hacia un lugar inesperado para el espectador: entre desbarajuste y desbarajuste, se va formando un entretenimiento válido. Descolocar, en el fondo, es mejor que aburrir, por lo que asistir a un espectáculo tan amorfo ayuda, quién lo iba a decir. Al final, Abattoir se torna entretenida por risible (a su pesar) cuando el argumento no da más de sí, y cuando se desmelena, por un entramado que ha ido creciendo casi sin querer: al público de género le falta bien poco para contentarse y aquí, pese a una estructura tan idéntica como cualquier otra, se encuentra con una historia mínimamente distinta a lo habitual. Siente, por mucho que vaya renegando del film durante su visionado, un extra de interés por ver hacia dónde va a llevar su engendro Bousman. ¡Y lo bueno es que no decepciona, oigan! Aun cuando su bloque final tan sólo sirva para confirmar lo que hasta el más naíf de los espectadores ha acertado desde el minuto 10; aun cuando (pese a su escueta duración) el clímax se alarga hasta eternizarse. A la postre, entre una cosa y otra Darren Lynn Bousman consigue ofrecer un renqueante, cambiante, irregular, desastroso... pero entrañable ni que sea, ejemplo de cine de terror de serie B actual. Por lo que en Sitges, garantizado queda su éxito.
4,5/10

Por Carlos Giacomelli

Crítica de No respires (Don't Breathe)

No respires (Don't Breathe)

No respires, de Fede Álvarez: 88 minutos sin gota de oxígeno en la butaca

No respires es el segundo largometraje del cineasta Fede Álvarez, al que conocimos hace unos año gracias al estupendo y achuchable remake de Evil Dead, que no se cortaba al putear a sus personajes, con la sangre o dándole una vuelta al argumento (los amigos se van un fin de semana a una cabaña perdida en el campo, pero para que una de las chicas se recupere de su mono tras dejar las drogas). Afortunadamente, el director uruguayo no ha tirado por la vía fácil, con un nuevo remake o una secuela, sino que parte de un guión propio para presentar una historia vista en otras ocasiones, pero que logra hacer suya y nos mantiene pegados a la butaca como nunca ha conseguido el Loctite.

Tres amigos que viven en Detroit, ciudad modelo de Manuela Carmena para Ahora Madrid, según los acólitos de Ciudadanos, se dedican a robar en casas de ricos, gracias a que el padre de uno de los zagales trabaja en una empresa de seguridad, con lo que tienen acceso completo a llaves, alarmas y códigos de las alertas. Uno de ellos se entera de que un ex marine ciego guarda celosamente una cuantiosa suma, como pago por la negligencia de una conductora, que atropelló y mató a su hija. Y allá que van nuestros amiguitos, pero en la casa se encontrarán más de un problema, ya que allí vive Rambo pasado de coca (prometo dejar de hacer chistes sobre Ciudadanos, perdón).

El filme arranca de forma espectacular, con una cuidada presentación de los personajes, el villano y la casa en cuestión, una protagonista más, con más escondites y habitaciones que La Zarzuela. Stephen Lang es quien se lleva la palma, al interpretar al marine con malas pulgas, que pese a su minusvalía, resulta más peligroso que muchos otros malvados del cine. El argumento nos suena mucho, gracias a otras grandes producciones de terror como The Cottage, Livide o The Collector (también nos recuerda por momentos a la reciente y recomendable Green Room), pero el director juega con los sonidos, los movimientos y la sorpresa para que estemos intranquilos de forma constante. A su favor también juega su corta duración, ya que se pasa como un suspiro. Vivan los filmes de menos de dos horas y media de metraje.

El final nos guarda una sorpresa de agradecer, que la aleja del mainstream, y aunque se pueda desinflar en su última recta, debido a sus continuos cambios para seguir en el mismo lugar, es un soplo de aire fresco a una cartelera de este 2016 con pocos estrenos del género. Fede Álvarez es el nombre a seguir dentro del terror, sin duda.
Por Mario Parra

Crítica de Star Trek: Más allá (Star Trek: Beyond)

Star Trek: Más allá
Se pierde la baza de la sorpresa, que esa se la llevó la primera entrega. Y de la enormidad, que esa es la carta de la excelente continuación. ¿Qué queda? De entrada una patata caliente, que además le ha ido a caer a Justin Lin en vista del desentendimiento de JJ Abrams (aquí solamente ejerciendo de productor). Era muy fácil que Star Trek: Más allá se fuese al traste, si Lin hubiese tratado de emular al lostie, o si Simon Pegg y Doug Jung (guionistas) hubiesen querido repetir fórmulas pasadas. Pero no. A la pregunta de antes, ¿qué queda?, han respondido de la única manera en que se podía salvar la situación: queda el entretenimiento, el disfrute. De manera que manos a la obra desde el minuto 1. Ya conocéis a los personajes, ya sabéis qué es la Enterprise, así que algo de intro y al lío, en concreto mediante una set pièce acojonante, delirantes (y generosos) minutos de épica galáctica que pasan en un suspiro como, a la postre, la totalidad de los 122 minutos del film. ¿Por qué? Porque lo que quedaba era ésto. Bienvenidos a otra nueva reinvención del homenaje a la mítica saga: ahora tocan las aventuras menores.

Es hacia ahí, hacia esas aventuras menores que han parido las sagas previas, tanto televisivas como cinematográficas, que mira ahora su remake moderno. Y por tercera vez consecutiva, da en la diana; en primer lugar por el respeto que se le tiene al universo trekkie: si en algo se equipara de tú a tú esta nueva entrega a las dos anteriores, es por el amor que se desprende a la hora de rendir homenaje. Bueno, y en la banda sonora a cargo de un Giacchino tan atinado como de costumbre. Pero además, por haber depositado todos los esfuerzos en hacer de ella una aventura total. Quizá Justin Lin no sea Steven Spielberg, pero como ya había demostrado anteriormente (en las entregas 5 y 6 de Fast and Furious, sin ir más lejos), sabe colocar la cámara sitio y lugares adecuados, convirtiéndose en un narrador más que eficiente para esta clase de proyectos. Y a sus esfuerzos detrás de la cámara se añade un libreto que concatena una escena de acción tras otra, dejando apenas hueco para nada más, porque en realidad, qué más da.

Sí importaba mantener intacta la tra gran baza de esta nueva trilogía trekkie: un concepto de camaradería que trascendiera rápidamente del grupo protagónico para establecerse con igual fuerza entre pantalla y platea. Y de nuevo, este Star Trek: Más allá lo consigue por el mimo con que se cuida a cada personaje desde todos sus frentes: guión, dirección, e interpretación. Más allá no es una gran película, lo sabe y asume, y tampoco busca serlo. Se conforma con ser una aventura de acción como las de antes: apostando por la espectacularidad y por la ligereza, y alimentando al espectador tan sólo a base de fuegos artificiales de primera. Bueno, es lícito, y si sale bien es del todo irreprochable. De una manera u otra, el objetivo final debía ser el de seguir enganchando a sus feligreses de cara a la próxima entrega, y ha sido plenamente logrado. Oh, y esa aparición sorpresa-ish final...
7/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Cazafantasmas (Ghostbusters)

Crítica de Cazafantasmas (Ghostbursters)
Marchando una de reivindicaciones, que es para lo que un servidor parece estar últimamente. Y eso que por falta de tiempo, no pude recomendar esa obra maestra del petardeo cinematográfico que es la secuela de Independence Day, truño disfrutabilísimo donde los haya, y película del verano a mi juicio, a falta de ver Star Trek: Más allá. Decía que toca reivindicar, porque me parece absolutamente demencial lo ocurrido con Cazafantasmas, gran apuesta de Sony por encontrar una nueva franquicia generadora de millones, que se saldará con pérdidas de entre 50 y 70 millones de dólares, según leo. ¿Qué demonios ha ocurrido para semejantes resultados? ¿De verdad somos tan rematadamente subnormales como para renegar de una película porque unos cuantos trolls de Internet la hayan puesto de vuelta y media tan sólo por incompensibles furias anti-fémina... antes de haberla visto siquiera? ¿O es realmente tan mala como se vaticinó en su día vía Twitter? Imagino que ya habréis intuido que si hablo de reivindicaciones es porque pienso que somos todos gilipollas, en lugar de renegar de una película con la que me lo he pasado, francamente, teta.

Establezcamos un primer pilar para todo este tinglado: no, Cazafantasmas no es la película que debería haber sido. No es esa gloria cómica que vaticinaba su potencial tanto histórico (intocable la primera entrega, olvidada del todo la segunda) como creativo: Paul Feig dirigiendo de nuevo a Kristen Wiig y Melissa McCarthy tras La boda de mi mejor amiga, Cuerpos especiales o Espías; Kate McKinnon y Leslie Jones; Chris Hemsworth en un papel cómico otra vez; cameos a tutiplén... El material para marcar un hito en la comedia, relanzar por todo lo alto la maquinaria Ghostbusters y embolsarse cuatro perras era inabarcable y sin embargo, el resultado final queda en una comedia de acción y terror plagada de gags, pero carente de aquel extra que se esperaba de semejante equipo, parido en SNL; un homenaje que se entiende a la perfección, pero no acaba de dar con el punto de nostalgia (¿magia?) que todos deseábamos; y un producto cinematográfico con, aquí y allá, suficientes lagunas como para colocarlo en lo más bajo del casillero de películas de Feig (un malo prácticamente carente de fuerza, un argumento demasiado previsible, chistes que no funcionan...).

Vale, sólo que la filmografía del director y guionista, en especial de un tiempo a esta parte, es prácticamente intocable, y situar Cazafantasmas por la parte baja tan sólo significa hablar de una comedia más que correcta. Lo cual, en los tiempos que corren y con Adam Sandler todavía campando a sus anchas por Hollywood, tampoco es moco de pavo. Quizá no emocione ni sorprenda, pero entretiene y es capaz de generar sonoras carcajadas, y pese a que le hubiera venido bien un tijeretazo (se acerca peligrosamente a las dos horas de metraje), en líneas generales la fiesta es de aquellas a las que vale la pena acudir por más que no sean el acabóse. El limpiado de cara, en fin, es más que correcto, y su condición de prólogo y puesta en marcha sobradamente demostrado, con un apartado para el terror bastante cuidado gentileza de CGI resultón, otro para el humor que encuentra en un Hemsworth (en plan robaplanos) un inesperado aliado para el éxito, e incluso para empezar a dibujar a cuatro personajes que podrían haber dado muchas alegrías en el futuro. "Podrían" y no "podrán", puesto que en vista de los resultados, la secuela se antoja cuanto menos improbable. Negándome a creer que se deba a cuestiones de un machismo troglodita, quiero pensar que el motivo del fracaso es uno que ya se ha mencionado antes: que Cazafantasmas es sólo correcta, muy correcta, pero no gloriosa. Y entonces, uno se pregunta la necesidad de su existencia.

Cierto es que no tiene nada que aportar, que no mejora a la original, y que aunque tenga los suficientes ovarios como para reivindicar partes argumentales de la segunda y defenestrada parte, se queda a medio camino de todo. Ni es la comedia definitiva, ni el remake definitivo, ni el homenaje ídem. Pero sigue siendo un entretenimiento perfectamente válido, divertido y trepidante a partes iguales y, por consiguiente, perfecto para la época estiva en que se ha estrenado. Puede que lo haga sin magia y a marchas forzadas, pero sí es capaz de trasladar al espectador a otra época, 30 años atrás; y aunque lo desaproveche más que otra cosa, la posibilidad de ver interactuar a semejante reparto cómico bien acaba haciendo de Cazafantasmas un espectáculo-palomita al cien por cien: tan disfrutable como vacío. A mí me vale, y tampoco sé qué esperabais los demás.
6,5/10
Por Carlos Giacomelli

¡Bruja, más que bruja!, crítica

¡Bruja, más que bruja!

Los hechizos de la Transición

¡Bruja, más que bruja!, dirigida por Fernando Fernán Gómez, se estrenó en 1977, y pronto adquirió el aura de película maldita, sin ser un fracaso en taquilla, pero tampoco un éxito. Dicha condición de joya perdida se debe más bien a su puesta en escena y a la locura que parecía invadir toda la película, que comienza con un montaje de los mejores momentos que vamos a vivir después, junto a la presentación de los actores, algo más propio de las teleseries. Además, Fernán Gómez se propuso rodar una zarzuela, con lo que el largometraje está trufado de momentos musicales de la España profunda, con canciones picantonas y cargadas de dobles sentidos.

Por si fuera poco, el argumento se las trae, pues cuenta la historia de un adulterio y de una pareja que recurre a una bruja del pueblo para que acabe con la vida del marido, a través de ojos de tritón y lengua de serpiente. Y no olvidemos que todo ello sucede entre canciones, humor, desnudos varios y una escena de sexo entre sacos de harina que es puro jolgorio.

Todos parecen pasarlo genial en esta película, que Sherlock Films distribuye nuevamente para disfrute de las nuevas generaciones y recuerdo de las anteriores. Muy a tener en cuenta a la actriz Emma Cohen, recientemente fallecida y que está espectacular en esta película, en todos los sentidos. Una rareza a descubrir, que se pasa en un suspiro y nos mantiene con una sonrisa en la boca durante todo el metraje. Hay que considerar que esta película se rodó tras la muerte de Franco y el fin de la dictadura española; de ahí el cachondeo padre y la libertad que rezuma la cinta.
Por Mario Parra

Election: La Noche de las Bestias: Crítica

Election: La Noche de las Bestias

La película que Donald Trump y Hillary Clinton verían juntos

La primera parte de la saga La Purga se estrenó allá por el año 2013, con un tremendo éxito de taquilla a nivel mundial, gracias a su irrisorio presupuesto y a un argumento muy interesante: en Estados Unidos, gracias a un nuevo sistema político, un día al año se permite cometer crímenes, incluido el asesinato, sin ninguna represalia, con el objetivo de que la población no se reprima y sigan sus vidas mucho más calmados el resto del año.

Ahora nos llega la tercera entrega, que podría formar un díptico con la segunda parte, al contar con el personaje interpretado por Frank Grillo y su viruela, que en esta ocasión forma parte del cuerpo de seguridad de una Senadora que, en caso de resultar elegida presidenta en las elecciones generales del país, promete acabar con la purga anual, ya que considera que los poderes del Estado sólo emplean dicha táctica para acabar con la población más pobre, y así aumentar la cuantía de los seguros y reducir el presupuesto en ayudas sociales. Por supuesto, el día de la purga, justo dos meses antes de dichas elecciones, se la juegan a la Senadora, que se verá con sus huesos en la calle para enfrentarse a todo tipo de malhechores y asesinos que no desean el fin de tan sana tradición.

En Election: La Noche de las Bestias, se apuesta más por la acción que por el terror, con los protagonistas enfrentados a todo tipo de salvajes y a un grupo armado que quiere acabar con la Senadora, financiado por los políticos que desean perpetuar la purga. De hecho, Michael Bay está entre los productores, por lo que en esta secuela contamos con más explosiones, más movimientos desquiciados de cámara y más chistes malos, con especial atención al afroamericano dueño de la tienda de comestibles. Sin embargo, el conjunto se deja ver, es entretenido y continúa fielmente la saga. Quizá la sorpresa se haya agotado con la segunda parte, pero ver a una adolescente disfrazada con un traje de osito de peluche motosierra en mano, seguirá valiendo el precio de una entrada.
Por Mario Parra

Money Monster: Crítica de Mario Parra

Money Monster

¡Enséñame la pasta... y la estafa!

Jodie Foster como directora siempre ha generado debate al centrarse en historias cercanas y humanas, en el individuo con problemas, y Money Monster no es la excepción, ya que toca un tema peliagudo y de rabiosa actualidad: un joven secuestra al equipo de un popular programa de televisión sobre Bolsa, pistola y bomba en mano, ya que ha perdido todo su dinero debido a un mal consejo financiero aportado por el presentador de dicho show. A partir de ese momento, vamos conociendo los hilos de Wall Street que causaron el desplome de esas acciones, por culpa de una empresa bursátil en concreto, cuyas malas artes significaron la pérdida de 800 millones de dólares para los inversores.

Aquí no interesan tanto las cifras como el drama humano de este joven, con un bebé en camino, que ha perdido su capital y se ve entre la espada y la pared. Conocemos así las relaciones entre los trabajadores del programa: el presentador, la directora, el productor, el equipo técnico..., que intentan contactar con la empresa para hallar la causa de la debacle, mientras la policía busca la manera de abatir al estafado.

El filme se centra en muchas líneas y no llegamos a conocer en profundidad a sus personajes, debido a sus múltiples caminos y su intención de cerrar todo bien, pero George Clooney es el alma de la fiesta y crea un personaje divertido e interesante, que maneja la función a su antojo. No obstante, se hubiera agradecido más mala leche en la película.

A destacar los momentos humorísticos de Money Monster, algunos conseguidos y otros fuera de contexto, más en consonancia con las redes sociales que con el desgarrador drama que nos cuenta, el cual al final aparece soterrado. Nos olvidamos de la catástrofe que viven miles de familias, pero el show debe continuar.
Por Mario Parra

Infierno azul (The Shallows): Crítica de Mario Parra

Infierno azul (The Shallows)
Los surfistas yankis deben morir

Blake Lively llega a una playa mexicana con la idea de practicar surf. En bikini. Con esa sinopsis, a mí ya me han convencido para comprar dos entradas. Sin embargo, no todo queda ahí, ya que tras unas cuantas olas, cuando se queda sola en el mar (es una hippy que ha abandonado la carrera de Medicina, con la idea de escapar tras el fallecimiento de su madre por una enfermedad), un enorme tiburón con más dientes que un odontólogo perturbado coleccionista, empieza a atacarla, ya que pretede hacer merienda-cena.

Desde ese momento, el filme, con unas preciosas imágenes (LIVELY!!!!!) del paradisíaco lugar, se convierte en algo menos de hora y media de la protagonista luchando por sobrevivir, a sabiendas de que en unas horas la marea subirá, mientras ella sobrevive en un pequeño arrecife, y sin veraneantes en la orilla, que aquello no es Benidorm.

Collet-Serra demuestra una vez más su manejo de la cámara, nos mantiene en tensión hasta el final, y pese a un tiburón CGI que parece sacado de la última Star Wars y un final algo flojo, la experiencia merece la pena. Spielberg puede estar satisfecho. Esperemos que Collet-Serra continúe dándole caña al género de terror. Y si no, para la secuela de Infierno Azul, le propongo contar con Liam Neeson, que se dirige a una playa mallorquina para acabar con la vida de un tiburón que se zampó a su hija. Sin armas. ¿Vamos a medias, Jaume?

Por Mario Parra

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