Crítica de Todo el dinero del mundo (All the Money in the World)

Crítica de Todo el dinero del mundo (All the Money in the World)
Todo el dinero del mundo será recordada como la película de la que retiraron a Kevin Spacey por las múltiples acusaciones de abuso por parte de compañeros de profesión, lo cual provocó la sustitución del intérprete, que ya había rodado casi todas sus escenas, por el veterano actor Christopher Plummer, una decisión bastante errática si lo que queremos es no olvidar estos actos, aunque más bien podría deberse a causas monetarias si se promueve el boicot de público a la cinta por contar con Spacey en el elenco principal.

El filme cuenta la historia real del empresario petrolífero Getty, un archimillonario cuya fortuna se cuenta por billones en los convulsos años 70. Alejado durante años de su familia, uno de sus hijos le solicita trabajo en una temporada de vacas flacas, con lo que se termina convirtiendo en vicepresidente de la compañía para asuntos europeos, y retomando así la extinta relación con su familia, y sobre todo con su nieto Paul.

Años más tarde, el joven es secuestrado en Roma por un grupo terrorista, cuyo fin es pedir un rescate al magnate, que no está dispuesto a perder ni un solo chavo. De esta forma, comienza una batalla por encontrar al vástago, entre la madre del chaval, a la cual ayuda el encargado del equipo de seguridad de Getty, y el millonario.

Tras muchos años de proyectos rancios, aburridos y sin personalidad, Ridley Scott, pese a su avanzada edad, consigue mostrarnos un drama con tintes de thriller de una forma efectiva y vibrante en ocasiones, logrando trasladarnos a esa época y a la mente de sus dos personajes principales: la madre, protagonizada por Michelle Williams, que quiere encontrar a su hijo a toda costa, y el anciano ricachón con el síndrome del Tío Gilito, al que se le cae antes un ojo que un dólar. En esta lucha encontramos los mejores momentos del filme, así como en las escenas donde vemos al chico secuestrado. Mención especial para el personaje del secuestrador, que pese a querer el dinero, logra establecer una relación paterno-filial con Paul.

Una película necesaria para dar a entender que el dinero no es lo más importante; que en unos años no estaremos aquí y no podremos llevarnos esos billetes con nosotros. Eso sí, ya podía Scott haber reducido el metraje a hora y media, ya que 132 minutos se antojan demasiados para este largometraje. Pero siempre mejor esto que Alien: Covenant, por supuesto.
Por Mario Parra

Crítica de Victor Crowley

Crítica de Victor Crowley
Victor Crowley ha regresado. Quizá no por la puerta grande, tras dos secuelas poco memorables salvo por sus efectos gore y la truculencia de los asesinatos en pantalla, pero sí de una forma digna, en una nueva secuela que recupera personajes pasados, nos mete de lleno en un ambiente sobrenatural que emana el villano protagonista (un poco como en Viernes 13, el final: Jason va al Infierno) y emplea un humor absurdo que resulta muy de agradecer.

Para esta cuarta entrega, uno de los supervivientes de la primera matanza, de la que ya se cumplen 10 años, sale a la palestra al haber escrito un libro sobre los terribles sucesos, aunque muchos consideran que Crowley es una invención y él es el responsable de las muertes. No obstante, logra aprovecharse aún más del éxito, tras una invitación de su representante para viajar al fatídico pantano, donde un documental será grabado. Por su parte, tres jóvenes pretenden rodar un slasher de serie B basado en Crowley y sus fechorías, en la misma localización donde acaecieron. Sin embargo, estos desatan a su pesar una maldición y el matarife deforme del hacha vuelve a la vida, con ganas de retorcer unos cuantos miembros.

Si bien esta secuela no es nada original, sí presenta algunas muertes tronchantes (nunca mejor dicho) y algunos de los personajes más memorables que ha visto la franquicia creada por Adam Green. Mención especial para el personaje de la encargada del maquillaje para el rodaje del filme de terror amateur, o el guía del pantano con sueños interpretativos, que nos consiguen arrancar más de una carcajada.

Los escenarios son escasos y no están aprovechados del todo, como el avión siniestrado o los pantanos, que vemos al final y cantan a decorado de mala manera. Pero tras dos secuelas decepcionantes, Green vuelve a tomar las riendas de la dirección y el guión, y nos sorprende con mucho gore, un humor bruto pero efectivo, y la promesa de más secuelas, aunque el personaje ya esté bastante agotado. Una pena que el cineasta no haya continuado por la senda de proyectos distintos y tan interesantes como Bajo Cero (Frozen) o Chillerama.

Y por supuesto, alabar el trabajo del gran Kane Hodder bajo la horripilante máscara de Crowley, tan excitante como de costumbre.

Por Mario Parra

Crítica de Amityville: El despertar (Amityville: The awakening)

Crítica de Amityville: El despertar (Amityville: The awakening)
Probablemente, junto con Los chicos del maíz, la saga de filmes de terror de Amityville sea una de las más prolíferas dentro del género, pero también de las peores, y es que ya la película original era bastante tediosa, pese a estar basada en un drama real. Después llegaron numerosas secuelas, a cada cual peor y más televisiva, con algunas cintas en las que el mal provenía de una lámpara de pie extraída del hogar o de una casa de muñecas. No podía faltar un remake insulso y carente de interés, protagonizado por Ryan Reynolds en 2005, que no hacía más que hundir un legado ya de por sí bastante olvidable.

Pues bien, el cineasta especializado en el género Franck Khalfoun, director de las muy interesantes e intensas Parking 2 y el remake de Maniac, y compañero de sangrientas tropelías de Alexandre Aja, se pone manos a la obra con esta especie de secuela-reboot, donde somos conscientes del caso real que sucedió 40 años atrás, pero también de las películas de ficción que se realizaron basándose en el caso del hijo que asesinó a toda su familia, porque la terrible casa se lo exigía.

Tenemos el A-B-C de este tipo de películas. Una familia formada por una madre y sus tres hijos se muda a la casa de Amityville, tras un terrible accidente que ha dejado a su hijo en estado vegetativo. Al poco tiempo de estar viviendo en su nuevo hogar, aparte de los extraños acontecimientos que se van sucediendo, el hijo parece despertar y empieza a dar señales de mejoría, aunque todo tiene un precio...

Desgraciadamente, pese a un inicio prometedor, una fotografía interesante, unas actrices que realizan un buen trabajo y una rica atmósfera, todo se convierte en una sucesión de sustos circenses, de esos de subir el volumen para provocar el salto de la butaca, y que al final se hacen pesados. Además, el cineasta emplea demasiados recursos sacados de las sagas de Expediente Warren e Insidious, especialmente sus efectos sonoros, su música o algún susto, quizá por tratarse de un producto de Blumhouse, empresa también creadora de sendas franquicias.

Es una pena que Khlafoun, un director prometedor dentro del género, se haya visto involucrado en esta película menor dentro de una franquicia muy aburrida. Además, el estreno pasó con más pena que gloria por las salas estadounidenses, demostrando el escaso interés por la popular mansión. Sin embargo, ya el año pasado también se produjo una nueva secuela con el subtítulo The Evil Never Dies, donde parece que el mal se introduce en un mono de juguete. Pues eso, que parece que esto nunca acaba.
Por Mario Parra

Crítica de The Florida Project

Crítica de The Florida Project
The Florida Project, el último largometraje de Sean Baker, cineasta especializado en retratar de forma cruda la América profunda, muy cerca del término conocido como White Trash, resulta una cinta irreverente, pero muy humana y cercana, totalmente creíble y verosímil, que nos hace percatarnos de que la pobreza y la exclusión no están solo en países del Tercer Mundo, sino al otro lado de la calle, en las afueras, en esos pisos baratos cerca de Disney World.

El filme cuenta la historia de varios niños que, durante las vacaciones de verano, viven con sus familiares en un complejo de apartamentos próximo a Disney World. Toda la felicidad infantil se ubica en el popular parque temático, pero estos niños, que viven con muy poco, cuyas madres están solteras, no tienen trabajo o cuentan con empleos mal pagados, y solo pueden permitirse vivir en esas condiciones, en lugar de proporcionar otro tipo de vacaciones a sus vástagos, son felices y se conforman con la amistad que surge entre ellos, pese a vivir entre conflictos diarios y con vecinos que bien podrían ser delincuentes.

Especial atención merecen las actrices y actores infantiles, que realizan un trabajo tremendo, siendo verdaderos y tiernos, pese al entorno y las circunstancias que los rodean. Y un estupendo Willem Dafoe, que interpreta a Bobby, el gerente de los apartamentos. Gracias a todos ellos, asistimos a la forma de ganarse la vida de sus madres, y a cómo la inocencia de los niños y la amistad a esas edades es algo más grande que cualquier drama.

Por Mario Parra

Crítica de Yo, Tonya (I, Tonya)

Crítica de Yo, Tonya (I, Tonya)
¡Alto! Quédate un rato más, que yo también estaba como tú al principio: llegan los Globos de Oro, y ya tenemos el estreno del biopic ultranominado de turno, ahora sobre una patinadora artística. Como cada año (de hecho, como la película que estrena al mismo tiempo Hugh Jackman, otro biopic ultranominado). Ya, pues no. Así que sigue leyendo que, atención, el soplo de aire fresco de Yo, Tonya puede hacer temblar incluso al que ha supuesto este año The Disaster Artist (en cierto modo, otro biopic revolucionario de hecho).

Y es que, de entrada, la historia de la protagonista es de las de mear y no echar gota. Esta no es la habitual trama de superación personal, de sueño americano y de heroína abanderada de una nación, sino una mucho más enrevesada tragedia en la que tiene cabida violencia y crimen (hasta aquí puedo leer). Mejor aún: en esta película no hay ni un solo personaje que sea absolutamente bueno o rematadamente malo; todo son escalas de grises que hacen que nos planteemos, incluso, temas que no deberían dar pie a matices. Tales como la violencia de género: la forma en que Steven Rogers (guionista) y Craig Gillespie se acercan, en concreto, a esta temática, constituye sin duda el mayor de los aciertos de la propuesta.

No todo está en el acierto con que se plantea un guión juguetón y negrísimo, corrosivo incluso (más cuestiones que salen a colación: el reconocimiento de una decisión mal tomada, el esclavismo materno-filial, el linchamiento social totalmente extrapolable a lo que acontece en las redes sociales a día de hoy…). Haciendo de Yo, Tonya la película que David O. Russell lleva tiempo intentando a la desesperada (El lado bueno de las cosas, Joy), Gillespie tira de dinamismo y mutabilidad, abriendo con declaraciones a la pantalla en 4:3 y plano fijo, pasando a hiperactivos, scorsesianos (según el cartel promocional de la película) movimientos de cámara (a pantalla completa), divirtiéndose en el rodaje de las coreografías de patinaje sobre hielo, volviendo a las entrevistas, y rompiendo la cuarta pared aquí y allá.

Pero aun por encima de todo ello, suficiente para ensalzar el film a la categoría de los destacados del año, está Margot Robbie. La protagonista confirma al fin esa condición de estrella que le fue denegada (por motivos obvios) en Suicide Squad, componiendo un personaje mucho más complejo de lo que a priori parecía, y sabiendo compensar una balanza cargada de histrionismos y matices mínimos. Ella, junto a una no menos excelente Allison Janney, constituye la guinda del pastel.

De manera que si me has hecho caso y te has quedado por aquí en vez de irte a las primeras de cambio, enhorabuena: has descubierto que Yo, Tonya no es una película habitual, sino que a su manera se descubre como una rara avis dentro del género más manido de la historia del cine. Y lo consigue por la inteligencia con la que trata los subtextos y discursos secundarios de una trama ya de por sí extraña, por la agilidad que le infunde Gillespie tras la cámara, y por un reparto femenino excelso. De haber durado veinte minutos menos incluso estaríamos hablando de la película del año, oye. Del mismo modo que Tonya Harding no es la princesita que aparenta, su biopic no es el rutinario estreno oscarizable de la temporada. Sino una muy interesante propuesta que de seguro aparecerá en las listas de lo mejor de 2018.
7,5/10

Crítica de Una vida a lo grande (Downsizing)

Siempre me ha dado la sensación de que Alexander Payne no terminaba de estar cómodo con el supuesto equilibrio que debe alcanzar cualquier creador a la hora de oponer sus inquietudes artísticas a aquello que se espera de él en términos de aceptación popular. ¿Es un autor personal, radical, único? ¿Es en cambio un buen artesano de un cine indie más o menos convencional, más o menos mainstream? Es como si el responsable de Entre copas se viera obligado a transitar a ratos una vertiente y a otros la otra, o quizá las dos al mismo tiempo sin terminar de darles un flow común. Un cojeo perpetuo que en ocasiones ha dado resultados impecables en títulos brillantes (Election, Los descendientes) y en otros ha arrojado destellos de genuino buen cine en películas algo más imperfectas (A propósito de Schmidt, Nebraska). Una vida a lo grande parece, es, una película mucho menos compacta que la anterior. Menos depurada, menos enfocada y más irregular. Pero parece como si, por una vez, el director hubiera decidido abrazar su propio desequilibrio para usarlo como modus operandi.

Porque estamos ante una película que, sin romper con sus propios esquemas narrativos ni genéricos sí decide dar varios giros de planteamientos y enfoques. Empieza como una especie de fábula de ciencia ficción en la que la humanidad ha encontrado como posible solución al progresivo desgaste de la Tierra y agotamiento de recursos la miniaturización de los ciudadanos. En un proceso voluntario, algunos sujetos de la clase media deciden emprender una nueva vida en un pueblo en miniatura reduciéndose a si mismos -y también a sus gastos, a sus emisiones de contaminantes y a su cantidad de residuos generada- hasta alcanzar una altura de aproximadamente medio palmo. Un proceso que se presenta en la película como algo cool, una nueva tendencia con prestigio social y que genera cierta admiración y envidia en el resto de personas de tamaño, digamos, convencional. Un enfoque con un subtexto inquietante, perturbador, pero no exento de grandes dosis de surrealismo bufo casi subreptício.

Pronto esta sátira de la clase media, de la psicosis trendy entorno al cambio climático (que, eso sí, nunca niega), ese retrato de los seres pequeñitos de tamaño real y los literalmente reducidos, todo eso toma un cariz melancólico en cuanto el protagonista decide emprender su propio proceso de jibarización integral. Payne adopta un posicionamiento algo más severo y se coloca en el terreno de la distopía serena, del relato de ciencia ficción pesimista aun sin necesidad de levantar la voz. No tanto en sus formas como en su fondo: el espectador acompaña al protagonista en su periplo porque el director mantiene la cámara a la altura de sus ojos. Si antes veíamos a los reducidos desde las alturas ahora es la gente de tamaño normal los que nos observan en contrapicado. Y peor aún: pronto los "gigantes" desaparecen de la ecuación y el espectador se integra en "el mundo pequeño" para, pronto, olvidar siquiera que forma parte "de un mundo pequeño". De manera muy consciente Payne deja de recordarnos en todo momento que nuestro tamaño es aproximadamente el de una figurita de acción y plantea el resto de la película como si se tratara de una aventura a escala real. Por eso los ocasionales recordatorios (objetos cotidianos de tamaño gigantesco, flores que parecen árboles, insectos que se ven como pájaros) trastean de manera mucho más efectiva con las nociones inconscientes que tiene el espectador sobre la escala del mundo.

Y en esta tesitura, y con la reflexión entorno a las escalas (también de los problemas), Payne presenta la nueva faceta de su historia: el retrato social. El estudio de un individuo y también de una sociedad desigual, cuyas diferencias entre las clases pudientes y la plebe empobrecida también se ha trasladado desde el mundo convencional. Este último enfoque narrativo le servirá para terminar de afilar sus dardos -hacia nuevas sensibilidades neohippies tranochadas- y apuntalar sus tesis, basadas en la idea de que a menudo hay que cambiar los esquemas mentales para encontrar un lugar propio y un propósito personal. Una idea pura, simple y cristalina insertada en una historia con aire de falsa feelgood movie, desconcertante e inquietante, pero también tierna y profundamente humanista. Llena de momentos de una cotidianidad delirante, de otros de serena belleza visual, algunos casi vulgares y muchos directamente absurdos.

Una película, en fin, profundamente personal, desligada de corsés estilísticos y preconcepciones temáticas, mutante e inclasificable. Y por todo ello, tristemente, quizá también destinada a ser injustamente ignorada o menospreciada.

8/10


Por Xavi Roldan

Crítica de Black Mirror (temporada 4)

Crítica de Black Mirror (temporada 4)
Es un hecho sobradamente reconocido por todos, fans y detractores, que Black Mirror es de lo más desigual que existe en la televisión actual. Lógico, habida cuenta de su ecléctica razón de ser: capítulos autónomos, dirigidos e interpretados por cineastas distintos, y con una potente voz propia por parte de quien esté detrás de la cámara en el caso de las temporadas 3 y 4, las de Netflix. El año pasado, la plataforma volvió a lanzar la serie tras su andadura británica con seis episodios, el primero de ellos dirigido por Joe Wright nada menos. Normal que dicho episodio, Nosedive, fuera infinitamente distinto del que habría la serie años ha, el famoso episodio del cerdo de Otto Bathurst (The National Anthem). O que éste último sea mucho mejor que el siguiente, Fifteen Million Merits (el primer revés de la serie).

Lo que sin embargo sí servía de potente nexo de unión entre todos ellos era el marco resultante. De todo ellos, el espectador se sacaba una idea, de todo menos bonita, del futuro próximo. Un futuro (más o menos) plausible, capitaneado por tecnología invasiva y subnormalidad extendida. Gadgets, evoluciones de iPhones y tablets, y mucha crítica social (ataque abierto al espectador, más bien), cada vez más evidente, más burda y, por tanto, principal arma de sus detractores. Me parece que tan sólo San Junipero sirvió para aunar a propios y extraños, siendo el menos acusica de toda la serie. Sea como sea, ese alma mater, ese leit motif que ya se desdibujó con la tercera temporada, se pierde casi por completo en la cuarta. Un cuarto compendio de seis episodios que pone en evidencia que la serie ya se ha alargado más de lo que debía.

Si bien el primer capítulo (dirigido por Jodie Foster) sí intente mantener el espíritu con el que Charlie Brooker (creador de la serie y actual co-guionista) empezó a dar forma a su idea, fallando en otros aspectos que luego comentaremos, rápidamente se truncan las sensaciones con una serie de episodios siguientes que pierden el norte. Y es que ya no atemorizan, puesto que plantean situaciones tan alejadas de la realidad del espectador (un videojuego en que los personajes son conscientes, una persecución de un bicho de metal…) que a él, simplemente, ni le va ni le viene. Como si no hubiese querido aprender de los errores de la pasada temporada, Black Mirror vuelve a incidir en capítulos de acción/terror que nada aportan, puesto que no invitan a la reflexión, y que si acaso sirven para poner en evidencia carencias sonoras de ideas… y de recursos técnicos. ¿Para qué insistir tanto en muñecos digitales si no se tienen recursos para ello, hasta el punto de tener que maquillar excesos de CGI con una fotografía en blanco y negro? ¿Por qué no indagar, más bien, en lo que puede ser el futuro de la humanidad si seguimos evolucionando tanto en robótica?

Se trata de un compendio de situaciones inconexas que hacen el mismo bien al espectador que un consumo masivo de películas de serie B: huecas, mal hechas, y de género pero en la peor de sus versiones.

Tan sólo un haz de luz se cuela, hacia mitad de la temporada, en forma de Hang the DJ. En él, Tim Van Patten dirige con sutil precisión un argumento centrado en una posible evolución de Tinder y otras apps pensadas para, ejem, hacernos la vida más fácil. Se recupera por tanto el espíritu original, pero además se evita abusar de aquella manía por críticar ferozmente al espectador, con la que acaba por agotarse la paciencia del mismo. Se trata de un emotivo cuento de ciencia ficción cercana, con espacio para darle alguna vuelta sin sentirnos culpables por ello, y con un buen casting capaz de trasmitir en poco más de una hora todo lo que a Jodie Foster, con su episodio, se le quedaba a medias: humanidad, profundidad, credibilidad y calor. Lástima que el de la de El silencio de los corderos sea un relativo tiro por la culata, siendo como es el segundo mejor (o menos malo) de la temporada.

La peor de las pruebas de agotamiento de la serie aún está por llegar y lo hace en forma de episodio final: en un museo de objetos raros (entre las que se pueden ver mcguffins de episodios precedentes), su dueño va relatando las historias de asesinatos u otras lindezas vinculadas cada uno de ellos, haciendo del capítulo una suerte de recopilatorio de historias que evidentemente fueron desechadas en su día. Como aquellos molestos episodios de relleno de Los Simpson, pero haciendo esfuerzos por maquillar el desbarajuste porque, claro, de lo último de lo que farda Black Mirror es de autoconsciencia u honestidad (o autocrítica incluso, llámese como se quiera). Quizá con alguna ración de este ingrediente, el plato resultante hubiese quedado como un sano ejercicio de evasión y entretenimiento, en lugar de esta indigesta y desdibujada aglomeración de sabores rancios que nada aportan al paladar, excepciones al margen.

Quizá, querido Brooker, iría siendo hora de dejarlo ya.

Crítica de Dark (Netflix - episodios 1 a 3)

Dark, serie de Netflix. Crítica
En un momento en el que toca exprimir la gallina de los huevos stranger al máximo, va Netflix y presenta su primera producción alemana, Dark, prometiendo otra vez un ejercicio de añoranza retro y niños en el centro del cartel. Quizá algo más oscuro todo, vale, pero en el trailer parece que falte poco para que Eleven haga acto de presencia. Lógica estrategia de promoción, algo engañosa sin embargo, cuando uno empieza a consumir el producto final (empieza, sí: sólo se nos ha permitido ver los primeros tres episodios de la serie). Y es que los parecidos entre Dark y Stranger Things se quedan en la superficie. Si acaso, aquí es más natural establecer una mucho más estimulante línea de puntos entre Les Revenants, The Leftovers o Perdidos. It si se quiere, e incluso podrían incluirse los nombres de Lovecraft, Poe... Vale, o Del Toro. Batiburrillo de referentes más o menos evidentes, de los que Baran bo Odar bebe para sacarse de la manga un producto inesperado: no es ningún paradigma del virtuosismo formal, ni destacará por una personalidad inapelable; pero Dark se consume a velocidad de crucero por calar igualmente en el espectador, sumiéndolo en una pesadilla de ciencia ficción plagada de preguntas cuya respuesta, hasta que no las dé la propia serie, deben construirse por medio de teorías y recolección de pistas que vayan dejándose caer a lo largo de su metraje.

Pero más allá de su argumento y desarrollo, si la serie triunfa es por querer cuidar a sus personajes. Todos ellos, relacionados entre sí no obstante las diferencias de edad y/o tiempo, guardan relación entre sí. Relaciones que se van hilando sin prisa, otorgándoles el tiempo de crecer de manera orgánica, puesto que de lo contrario hubiera sido francamente difícil no perderse ante semejante miríada de gente. Hete aquí, por eso, la otra gran baza de Dark: ante la dificultad de todo ello, aquí y allá se le descubren recursos que descontextualizados pueden incluso llegar a sonar a chapuza, pero que aquí se tornan lúcidos y de aplastante efectividad. Guión y bondades artísticas que, en suma, no hacen sino evidenciar la presencia de alguien detrás de las cámaras. Un artista deseoso por querer hacer las cosas bien, y esforzado por lograr un producto que alimente, no obstante su clara condición de serie comercial destinada al consumo masivo.

De hecho, el único frente en el que la producción se traiciona a sí misma es el que se refiere a la banda sonora, que parece ir por su cuenta pretendiendo conducir emocionalmente al espectador por senderos anímicos que, en ocasiones, ni siquiera tocan. Es decir, todo lo contrario de la contención, la frialdad y la calma chicha con lo que todo lo demás se desarrolla. Supongo que en algo debía ceder a las obligaciones contractuales...

Sea como sea, de esos pequeños resbalones (a los que añadir quizá unas limitaciones técnicas suficientemente evidentes como para restar impacto a algunas escenas generosas en CGI) Dark se escapa con paso firme, apostando con decisión por un estilo y unos tempos tan sobrios y elegantes como fuertes e impactantes. No llega a instalarse en el género de terror porque cuando hacia ahí parece dirigirse, tuerce hacia la ciencia ficción. Pero luego vuelve a cambiar de ruta y se embarca en un drama de personajes. Pero sin despreciar nada de lo anterior, más bien al contrario: generando sinergias lo suficientemente sólidas como para poder afirmar, con escaso margen de error, que estamos ante el próximo gran pelotazo de Netflix. Dark está destinada a calar hondo en la programación de la plataforma, pudiendo gustar a públicos masivos pero también a los más exigentes. Así sí.
7,5/10

Crítica de The Disaster Artist

Crítica de The Disaster Artist
Película increíble, en el peor sentido que pueda imaginarse, pero también por todo el esperpento que la rodea, The Room es ya un hito en la historia del cine de este siglo. Es la peor película de la historia, de hecho. Pero es del todo alucinante cómo se llegó a gestar tamaño ataque al séptimo arte, y todo lo que siguió a su estreno: a día de hoy aún se proyecta en cines por todo el mundo (la película se estrenó en 2003), y sus responsables, con el enigmático Tommy Wiseau a la cabeza, la presentan en eventos especiales y siguen lucrándose por ello y acudiendo a fiestas. Esto pedía a gritos una adaptación cinematográfica, ya fuera en clave de documental (como aquél hilarante homenaje a Troll 2, o ese otro a las producciones de la Cannon) o de la forma en que ha acabado ocurriendo: con todo un James Franco a los mandos, rodeado de los suyos o, lo que es lo mismo, empezando por su hermano y acabando por Seth Rogen. Alegría pues: marchando una nueva comedia de colegas a la sombra de Judd Apatow y, de hecho, llevando a este inesperado nuevo subgénero cinematográfico (podemos definir así ya el cine de Apatow, ¿no?) un paso más allá.

The Disaster Artist, puede que no lo parezca, es ambiciosa por querer convertirse en la ya habitual ristra de gags y personajes frikis, pero a su vez ser un discurso más sesudo de lo esperado, metacine por bandera, sobre el mundo de Hollywood. Y sobre los sueños que se realizan y se truncan, y sobre la línea que separa la fuerza de la voluntad... de la obsesión. De manera que lo que tenía que ser una chorrada como un piano se descubre como una red de múltiples dimensiones y, lo dicho, ambiciones: es la más compleja obra de Franco (y/o compañía) hasta la fecha, por tener que hablar a un público al que jamás se han encontrado, por variado. Aquí se debe satisfacer por igual a amantes de las comedias como de las grandes historias en Hollywood. A los del humor grueso y de los dramas humanos. Humanidad, eso es lo que debía encontrar un James Franco que se siempre se ha solido situar uno o dos escalones por encima del resto de mortales. Suerte la nuestra, pues, de que haya dado de lleno con ella.

A la hora de la verdad, la flamante ganadora del festival de San Sebastián es un triunfo en todos los sentidos. Sus batallas se saldan con victorias en aquellos campos en los que decide pelear. El protagonista de El origen del planeta de los simios se transforma en un inesperadamente creíble Wiseau no tanto por imitarle divinamente, como por hacer de su personaje un ente cercano y de emociones e inquietudes francamente comprensibles pese a las hondas diferencias que probablemente lo separen del resto de mortales. Y de igual manera, The Disaster Artist se torna en una propuesta de inmediata empatía por su hábil combinación de temáticas y estados anímicos. Con independencia de reconocerse conocedor o no de The Room, el espectador entiende a la perfección tanto su nivel de horribilidad, como su demencial proceso de creación. Comparte los sueños de Wiseau tanto como los del resto de personajes que lo acompañan; y también sufre sus momentos de incomprensión, incominucación con el resto del mundo.

Pero claro, hay truco: y es que al final, por muchas dimensiones que despliegue; por mucho discurso de cine dentro de cine y cantos de amor/odio a Hollywood; por mucho freak... Al final de todo ello The Disaster Artist se reduce a un vigoroso grito de ánimo a seguir para delante, a luchar por lo que se desea. Y claro, eso mola. Y emociona, si encima lo protagoniza un personaje tan descacharrantemente entrañable como es Tommy Wiseau.
8/10

Crítica de En realidad, nunca estuviste aquí (You were never really here)

Crítica de En realidad, nunca estuviste aquí (You were never really here)
Lo que consigue Lynne Ramsay con su última propuesta, En realidad, nunca estuviste aquí es increíble: pocas veces una película es tan capaz de pasar en un suspiro como lo hace ésta, y menos si, encima, los diálogos no son precisamente el engranaje principal de su desarrollo, y lo que prima es la oscuridad emocional. Y no, no es que su duración total sea mínima (80 minutos dando gracias), sino que tanto Ramsay como sobre todo su protagonista, un imponente Joaquin Phoenix que carga sin miedo con todo el peso de la función, logran una conexión brutal e inmediata con el espectador, por vía de este violento y asfixiante Taxi Driver (o sin el Taxi delante, que de Winding Refn también se respira mucho aquí) que no esconde sus intenciones. Estamos ante un ejercicio de estilo en absoluto preocupado por esconder referentes, voluntariamente excesivo tanto en la (de)construcción de sus personajes como en la elaboración de su viciada atmósfera; y con la sola intención de hacernos pasar el peor rato imaginable. Atención, sin ir más lejos, a su demoledor epílogo: ni ahí (y no se desvela nada en absoluto) nos va a dejar respirar tranquilos.

El truco pasa por encajar a la perfección las piezas de que dispone, a saber: un actorazo, buenas ideas visuales, y mejores acompañamientos musicales. Encontrando la fórmula para ello, no hace ni falta disimular tampoco lo escueto de su argumento, post-western vengativo como henos visto en mil ocasiones. No exento de crítica, claro. Y es que En realidad, nunca estuviste aquí es un disparo a bocajarro a una sociedad asquerosa de la que casualmente, sólo parece salvarse el que más jodido parece estar: el propio Phoenix. Su personaje se añade directamente a un grupo ya conocido de tipos deprimidos, rotos por dentro; bombas de relojería que están a un clic de estallar. Quizá empiece a ser demasiado evidente su gusto por esta clase de papeles, se los sabe ya a la perfección; pero al César lo que es del César: estamos ante una de las interpretaciones del año.

Lo mismo, de hecho, podría reprochársele a Ramsay: en su última propuesta no hay nada de verdaderamente rompedor si se piensa en su anterior (y también avasalladora) Tenemos que hablar de Kevin. Se aprecia una estructura parecida entre ambas, entrelazando ¿plácidas? balsas de aceite a marejadas de aúpa. De hecho, aun adaptando novelas de distintos autores y tomando en consideración marcos diferentes (familiar-educativo el primero, político el que ahora nos ocupa), en ambos casos se aprecia un discurso parecido. Normal, por otra parte: al final, lo que la cineasta está haciendo es alertar a propios y extraños de lo mal que está todo, a todos los niveles imaginables.

Así que dejando de lado reproches a uno y otra por cierto acomodamiento en terrenos que conocen y dominan a la perfección, es imposible negar que En realidad, nunca estuviste aquí da exactamente en la diana: desde el primer instante pisa a fondo el acelerador para arrollar al espectador sin miramiento alguno, sumiéndole en una pesadilla que se diría menos alejada de la realidad de lo que parece. Una pesadilla de la que se sale por vía de la violencia extrema (a martillazo limpio, de hecho), y manteniendo entre ceja y ceja un propósito noble. El único, quizá, por el que valga la pena seguir adelante en un mundo en el que todo lo demás merece ser quemado y borrado por completo. Excelentemente interpretada, dirigida y presentada, se convierte en uno de los estrenos del año, si bien no suponga revolución alguna. Tampoco lo pretende. Obligada cita con el cine... aunque mejor con el estómago vacío.
7,5/10
Por Carlos Giacomelli

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