Estrenos de la semana (30 de enero)


Ey, ¿no habéis oído? Vuelve el tipo calvo que se tapaba las vergüenzas con una espada. Ya queda un poco menos para el reparto caprichoso e insultante de Oscars y por aquí seguimos recibiendo en nuestras salas algunos de los títulos que van a estar presentes en la gala. Esta semana, por ejemplo, un par de ellas. Un posible mejor guión original y otra que acumula dos nominaciones por interpretaciones femeninas. No está mal, ¿no? Bueno, pues a medias, porque esta semana además llega una semidesilusión y el momento que más temíamos desde hace tiempo: que uno de nuestros realizadores de acción favoritos pinchara. Ha ocurrido y jode, pero menos, porque al final la cosa no es tan sangrante como algunos se han apresurado a decir. En fin, cara visible de un puñado de estrenos más o menos presentables, aunque, como de costumbre, haya un poco de todo. Som-hi.

Nightcrawler
Nueva puesta al día de aquellos thrillers de denuncia de los 70 y de los exploits callejeros de los 80, Nightcrawler es una de aquellas películas-caramelo que se ven con gusto y dejan un buen sabor de boca. El debut de Dan Gilroy tras la cámara se hace eco de este nuevo periodismo de teléfono móvil y coloca como protagonista de una escabrosa historia a un desclasado desconcertante. Un tipo interpretado por Jake Gyllenhaal que se agencia una cámara y se lanza a las calles nocturnas a captar antes que nadie los resultados de accidentes de coche, asaltos violentos y demás consecuencias de la desazón urbana del siglo XXI. Llega, graba y corre a vender la intimidad de los demás a una cadena de televisión que como recompensa lo entierra en dinero. Es esta una película negroide y perra, directa y bien rodada que, si bien destila una crítica algo obvia, garantiza buenos momentos de espectáculo inteligente y bien acabado. Grande.
Lee la crítica de Nightcrawler

Alma salvaje
Tras Dallas Buyers Club Jean-Marc Vallée vuelve a apuntarse a la fiesta de los Oscar con una nueva historia de luchadores que le ha granjeado alguna que otra nominación interpretativa. Era de prever. Esta historia (real, claro) de una joven que se embarca en una caminata por el desierto de Mojave para huir de sus propios demonios internos está capitaneada por una Reese Witherspoon que nunca estuvo tan bien (no era difícil) y una Laura Dern que está igual de bien. A parte de eso, afortunadamente, Alma salvaje consigue huir del previsible acartonamiento de su propuesta gracias a una narración íntima, rigurosa y bien llevada. Vallée no es el autor que quizá quisiera ser, pero por lo menos sus películas se dejan ver, resultan elegantes y generan, de vez en cuando, reacciones emocionales potentes.
Lee la crítica de Alma salvaje

Blackhat: Amenaza en la red
Pues bueno, sí, Michael Mann ha errado un tiro y ya no es tan infalible como siempre creímos. Pero ya os contábamos un poco más arriba: la cosa tampoco ha salido tan mal como muchos críticos quieren hacernos creer. Y sí, esta es una película menos rigurosa que de costumbre, su argumento está lleno de topicazos, su realización contiene algunos efectismos y, en general, su tono puede tender más hacia una serie B que hacia una película de acción dura y poderosa. Pero de algún modo con Blackhat de eso se trata, de pasárselo bien en una fiesta del escopetazo bien aderezada por disparates argumentales diversos, un reparto un poco trash y, en general, un puñado de escenas de acción marca de la casa. Y eso, a pesar de los pesares, es mucha marca.
Lee la crítica de Blackhat: Amenaza en la red

Nuestros amigos los yankis nos traen más cosas cinematográficas, no necesariamente buenas pero de obligado comentario: Project Almanac se sirve una vez más de los viajes y paradojas temporales, solo que esta vez en un contexto de aventura destinada a adolescentes y filmada en formato found footage. O sea, lo de siempre pero más irritante. Claro que para irritante eso de Annie, una nueva versión del famoso musical que se ha hinchado a coleccionar malas críticas y que a nosotros, de entrada, nos parece inexplicable por innecesaria. Igual para fans de Rose Byrne y Cameron Diaz...
Las ovejas no pierden el tren cumple la cuota de españolas de la semana y lo hace con una historia protagonizada por una pareja atractiva a la taquilla: Raúl Arévalo e Inma Cuesta, ambos personificando los sinsabores del amor de ayer y hoy. Dirige el ya experimentado Álvaro Fernández Armero. La holandesa Eva Van End supone otra dramedia familiar con ciertas dosis de humor negro y Capitán Harlock es exactamente eso: una adaptación a la gran pantalla y con todo lujo de medios del popular manga (y posterior anime) de los 70 que es muy bonita de ver pero poco de gozar. Mucha carcasa y poca tripa. En fin.

Samuel L. Jackson: presidente de los USA en peligro en el trailer de Big Game

Big Game

Buenos días. ¿Todo bien? ¿Colchoneros, culés? Solecito pegando en la cara y ese invierno que dice que ahora sí, ahora no. Y de mientras, en Finlandia, presentando cosas como la que nos ocupa: el primer trailer de Big Game. Han tenido que ser los vecinos de ahí arriba, de donde el frío, y en concreto los que en su día convirtieron a Papa Noél en una suerte de pesadilla para niños y adultos (Rare Exports, ¿recordáis?), quienes por fin han realizado el sueño húmedo de muchos de los que por aquí pululamos: convertir a Samuel L. Jackson en presidente de los Estados Unidos. Y después... tirar su Air Force One al bosque y rodear al mandatario de terroristas. Nick Fury en plan dueño del planeta, a lo John Rambo y ayudado por un niño. Fuck yeah, ¿que no? Sólo faltan las serpientes. Hablamos de la nueva película de Jalmari Helander, que pinta a fantasmada, a descojone máximo con mucho de aroma a pelis de nuestra infancia. En definitiva, totalmente distinta, pero en esencia muy parecida a la anterior película que mentábamos hace unas líneas. Veremos, pero de momento pinta así (de bien):

Crítica de Blackhat - Amenaza en la red

Blackhat - Amenaza en la red
Hay que ver lo serios que nos ponemos a veces todos. Y la cantidad de ocasiones en que, como consecuencia, acaba pagando los platos rotos un Michael Mann que, por contra, ya ha demostrado alguna vez cierta voluntad por la distensión y algo de autoconsciencia. Vamos, que sin perder su sello, ya se ha reído de sí mismo o de lo que le ha ido rodeando en alguna que otra ocasión. Léase: cineasta últimamente dado a los thrillers de acción y por tanto, moralmente obligado a ir actualizando su repertorio con acometidas susceptibles de ser mal vistas por desfasadas, por irreales, o por chorras. Así que, velada autoparodia, capítulo 1: Corrupción en Miami (o la recuperación de una serie ya más que pasada de moda para remozarla con un thriller igualmente plagado de desfasadas resoluciones); defenestrada por buena parte de la crítica y público, pero a la hora de la verdad divertimento sobre el que no pensar demasiado presentado, eso sí, a las mil maravillas. Vamos, una serie B de lujo, una buena peli mala (o así) con potencial de disfrute muy elevado en función de la capacidad del espectador por aceptar sus reglas. Que vienen a ser muy similares a las que Mann propone ahora con Blackhat – Amenaza en la red, o lo que es lo mismo, el capítulo 2 de su faceta más juguetona.

Así, como una gran broma, es como habría que tomársela por deseo expreso del director a tenor, al menos, de lo visto ya en la misma introducción: no se me ocurre nada más trasnochado (a excepción del bullet time de Matrix) que una cámara que se mete con un frenético zoom digital dentro de los PCs y cableados varios como si de un POV de la información internáutica se tratara; y sin embargo, el director de Heat abusa de este recurso durante varios minutos al principio para explicar, mediante piratas informáticos a un lado y centrales nucleares al otro, un par de atentados desde la distancia. Desfase formal para un argumento teóricamente actualizado (hackers, sí, pero también alarma nuclear post-Fukushima y, faltaría más, el síndrome post-11S), pero igualmente caduco y excusa, en verdad, para volver a hacer un poco lo de siempre. Porque aun disfrazado con la mayor de las pijadas, esto es: un thriller de acción a la vieja usanza, con el prisionero que debe salir de la cárcel para ayudar a detener al malo malísimo, la chica que es hermana del buddy, el FBI que hace la vista gorda cuando toca hackear algo y, por supuesto, los cacos son de diversas proveniencias, nunca norteamericanos aunque sí vivan en terreno estadounidense. Acumulación de clichés, en definitiva, tan evidente como para poner en solfa la propia credibilidad del film. ¿En serio puede quedar alguien que se tome, valga la redundancia, en serio semejante propuesta?

Blackhat - Amenaza en la red

Claro, con Michael Mann siempre hay un plus de dificultad para discernir entre la guasa y lo serio. Por mucho que Blackhat – Amenaza en la red sea su película más juguetona hasta la fecha, la más patillera y la menos esforzada (venía de la magistral Enemigos públicos) en todos los aspectos, no deja de contar con su marca de la casa. Es un entretenimiento sí, pero al estilo anticlimático, sin concesiones, sobrio y visualmente potente propio de la línea continuista que una a Heat con Collateral y con las dos películas citadas anteriormente. Sienta divinamente que un producto evidente y expresamente enmarcado en la serie B se presente tan a lo Serie A, y eso es lo que puede inducir al error: sus portentosas secuencias de tiroteos (Mann sigue siendo el que mejor los filma), sus pasajes de calma chicha, la tensión creciente de un thriller que va de menos a más, y el gusto del cineasta por grandes planos aéreos de espectaculares vistas, hacen que uno se pueda plantear la seriedad de todo el conjunto. Y en ese caso, ni que decir tiene que el film se torna vergonzosamente ridículo. Suerte del primer encuentro entre colegas tratado casi con épica gay; de las huecas conversaciones y torpes diálogos entre enamorados que si están ahí es porque las normas de las malas películas de acción así lo demandan; de sus demenciales resoluciones ante alguno de los crossroads con que se topan los protagonistas (el momento la X marca el lugar induce a la risa); de los continuos posados a torso desnudo de Chris Hemsworth (se desnuda más aquí que en Thor) o de los habituales efectos sonoros cuando se trastea con un PC. Una película pretendidamente seria que trate de las últimas tecnologías no puede avanzar a ritmo de bip bips y de aporreamientos de teclado, más demenciales cuando mayores son los teóricos conocimientos informáticos del quien tiene un cachivache de última generación a su alcance.

Blackhat - Amenaza en la red

Tómese pues como broma, y hágase con complicidad. La misma que ensalza Mentiras arriesgadas a la categoría de antología, Arma letal a la de mito y que provoca una sonrisa cuando aquí o allá alguien logra un hito impensable desde un IBM o un MS-DOS. Desde este prisma, Blackhat – Amenaza en la red puede considerarse como una película menor para su responsable, cierto, así como un film que peca de exceso de duración y de un entramado entre fragmentado y harto conocido. Pero también como un entretenimiento condenadamente válido, esmerado y atractivo para los sentidos, y de progresiva adicción: y es que entre una cosa y la otra, se llega al tramo final con el corazón en un puño sin pararse a pensar en el sentido de todo ello. Demonios, de eso se trata también, ¿no?
6,5/10

Crítica de Alma salvaje (Wild)

Parece una fantasía bastante recurrente en estos tiempos estresantes que nos ha tocado vivir eso de mandarlo todo a tomar viento y largarse al monte, aunque sea por un tiempo limitado. Lo justo para desintoxicarse y volver oxigenado y limpio de mierda, aunque sólo sea para diez minutos después volver a estar como se estaba. De hecho, es un cliché más viejo que el mundo y supuestamente motiva periodos de fertilidad creativa y demás o, como en el caso que nos ocupa, sirve para renacer tras un periodo de crisis personal intensa. Es lo que le ocurrió a Cheryl Strayed, una joven de Minnesota que sufrió el cáncer de su madre y su posterior fallecimiento, saboteó su propia vida matrimonial y tocó fondo con la ayuda de las drogas duras. Y que decidió empaquetarlo todo y lanzarse al desierto de Mojave a reconectar con todo aquello que ya parecía propio de una existencia ajena. Una vida ejemplar que luego la propia Strayed plasmó en su autobiografía y que ahora sirve como punto de partida para Nick Hornby, autor del guión de la última propuesta de Jean-Marc Vallée. El realizador, por su parte, venía de mostrar los avatares de otro luchador, el protagonista de Dallas Buyers Club, y parece estar empezándose a encauzar hacia un cine convencional y comercial que, sin embargo, no renuncia a aspiraciones un tanto más autorales.

Alma salvaje podría sugerir de entrada un relato de aventuras, y sin embargo la cosa no va por ahí. Strayed decide vivir una odisea que en ocasiones se convierte en calvario, pero la descripción de su travesía no suele tender hacia la exteriorización sino más bien todo lo contrario. Dando vueltas entorno al presente y el pasado del personaje, Vallée prefiere mantener el punto de vista en un plano más familiar e introspectivo. Lo primero que sorprende de su película es que a pesar de los paisajes, de los planos generales y la orografía de un Mojave al que se le puede sacar mucho partido dramático, la auténtica lucha se produzca en la intimidad de la protagonista. Esto es antes que nada la historia del reencuentro con uno mismo, con la propia esencia y el descubrimiento del lugar que ocupa uno en el mundo y en la naturaleza. Una historia sobre la determinación y la lucha constante con el exterior y el interior que examina los sentimientos, los recuerdos, el arrepentimiento y la culpa. Cheryl, en consecuencia, no es una heroína; al contrario, durante gran parte de la película se ve víctima de su propia torpeza y vulnerabilidad y su viaje no es una epopeya. De ahí que la opción narrativa de Hornby y Vallée sea, cuanto menos, inquieta: la película se va desplegando de manera libre, desligada de las convenciones mediante una exposición fragmentada. Un relato caleidoscópico que huye de la linealidad y va autocompletándose de manera no cronológica.


Con ello evitan el mecanicismo y la tendencia al tópico formal. Y si bien no resulta un derroche de imaginación escénica, la película sí está marcada por un bonito trabajo de montaje, un sonido que juega con ecos, superposiciones y melodías que se van replicando del pasado al presente y una selección de canciones resultonas usada con inteligencia y utilidad narrativa. El resultado es un proceso de transformación sobre todo emocional de un personaje vulnerable que sin embargo no se rinde en su empeño de hacer frente a la enfermedad, al recuerdo y al remordimiento. Personificado además en una Reese Witherspoon que perfectamente podría estar interpretando el mejor papel de su vida y que ve en Laura Dern (tan estupenda como de costumbre) un perfecto apoyo y contrapunto. Todo hipotéticamente muy a gusto del gran público, sí, pero examinado de cerca un poco más inquieto de lo que cabría esperar: Alma salvaje es un material convencional que en los últimos años hemos visto ya tratado varias veces (recientemente en El viaje de tu vida y antes, y mucho mejor, en Hacia rutas salvajes) pero que está indudablemente llevado con buena mano por un director que aunque parece no querer labrarse una personalidad muy marcada sin duda sabe conducir y dar lustre a sus narraciones.

7/10

Crítica de El francotirador (American Sniper)

Afortunadamente el mal sabor de boca que Clint Eastwood nos dejaba con su ahora penúltima película ha sido breve. No es que El francotirador sea un retorno directo a la grandeza, pero ha logrado que pocos meses después de la muy decepcionante Jersey Boys nos olvidemos de la flojera narrativa que lastraba al biopic de Frankie Valli y, por lo menos, reencontremos a un director sólido y que, en un sentido u otro, nos provoca la reflexión. Que al fin y al cabo, más allá de lecturas políticas y filias ideológicas, es lo que siempre ha sido el mejor Eastwood: un cultivador de los géneros que pretende trascender sus respectivas reglas para llevar los códigos al terreno de la reflexión. Casi siempre a la luz de un marco mayor, el de la sociedad norteamericana, en perpetuo diálogo con su propia Historia. Aquí el realizador vuelve a un heroísmo bélico con el que definió su visión de las contiendas de la segunda Guerra Mundial (Banderas de nuestros padres) y que ahora le ayuda a definir un poco más su posicionamiento entorno a los principales conflictos en los que Estados Unidos se ha inmiscuido en los primeros años del siglo XXI. Afganistán e Irak. Un nuevo ejercicio de autocuestionamiento americano que podría proseguir una senda (estética más que ética) que también definieron En tierra hostil o la soberbia La noche más oscura.

Como en esta última, Eastwood parte de una crónica real. La que relataba el francotirador de los Navy Seals Chris Kyle en su propia autobiografía, un pequeño fenómeno editorial en Estados Unidos. Kyle se convirtió, gracias a la milimétrica puesta en práctica de sus habilidades al fusil, en una figura controvertida del estamento militar norteamericano al ser reconocido como uno de los más importantes francotiradores de la Historia del país. Un tipo que pasó cerca de una década ejecutando su trabajo de una manera impecable, acabando con la vida de incontables amenazas potenciales para las tropas, en esencia asesinos, altos mandos enemigos y potenciales terroristas. Un hombre que más que nunca diluía las barreras entre el soldado y el asesino en serie y que además terminaba sus días siendo víctima de su propio modo de vida. Una figura, en fin, cuyo estudio arrojaría más sombras que luces en un ejercicio de reflexión entorno al intervencionismo bélico y las acciones preventivas. De modo que la pregunta primera y principal era inevitable: ¿Cómo acomete Eastwood el enfoque sobre semejante personaje? Especialmente teniendo en cuenta la carrera del actor y realizador, siempre tan ligada de alguna manera u otra a los héroes oscuros y a los dilemas generados en el ejercicio de desempeño de la ley de un solo hombre.


La respuesta a la pregunta es un tanto insatisfactoria. Desde luego es encomiable la ausencia de una voluntad de adoctrinamiento de la que hacen gala tanto el guión como su puesta en escena. Los implicados en El francotirador deciden moverse en la ambigüedad y usar recursos que decantan la historia tanto hacia una glorificación del estamento militar como todo lo contrario: la crítica hacia sus métodos y las consecuencias que estos tienen sobre los individuos. La película es, al mismo tiempo, una mirada algo servilista hacia el patriotismo y lo loable del sacrificio de los soldados y un drama seco que cuestiona la validez de los resultados globales (los éxitos militares) cuando se sobreponen a las pérdidas personales (las crisis emocionales del protagonista, interpretado por un notable Bradley Cooper). Dicho de otro modo, estamos ante una película propagandística y antibélica al mismo tiempo. A un nivel ideológico Eastwood habla desde el relativismo pero al mismo tiempo haciendo uso de una insatisfactoria timidez, una especie de templanza que parece temerosa de violentar a alguno de los dos sectores que -hipotéticamente- caracterizarían la vida política norteamericana. Y de paso con ello esquiva ese principal dilema que podría extraerse de la película, ya que prefiere dar profundidad a la tragedia del protagonista, cubrirlo de atribulaciones y convertirlo en un héroe con problemas morales antes de plantearse si quiera si es un héroe o un villano.

La narración se resiente de ello, porque nunca llega a apoyarse en capas de interpretación muy distintas y complejas. Así el argumento resulta un poco esquemático, marcado por las idas y venidas de Kyle, del frente a casa y de casa al frente, y se ve obligado a recurrir a una treta un tanto artificiosa: la búsqueda de un némesis con el que darle al personaje una condición más marcadamente heroica y con el que ofrecer una sencilla justificación del dispositivo Bien versus Mal. Un mecanismo que responde a las convenciones del cine bélico hollywoodiense y que subyace en una película que, por todo lo demás, resulta impecable. Especialmente como muestra de un género que aún puede ser denso y riguroso sin necesidad de renunciar a ser también vigoroso y eléctrico. Es aquí donde Eastwood da lo mejor de si y construye un drama de acción irreprochablemente ejecutado. Las escenas de guerra hieren, retumban y encogen el estómago. El montaje está hecho con cabeza y elige en todo momento qué nos cuenta y qué deja en el fuera de campo. Y especialmente la cámara está siempre donde debe estar y nunca deja de recordarnos quién se encuentra detrás: ese hombre preocupado por la coherencia explicativa y por los conceptos de puesta en escena más ligados al clasicismo. Una pena que en este caso no se haya preocupado también por dar un golpe en la mesa y expresar con contundencia lo que de verdad piensa, le joda a quien le joda.

6'5/10

BD-Crítica de Sherlock (Tercera temporada)

Sherlock (Tercera temporada)
Sherlock es un fenómeno único para los fanáticos de lo catódico. Un chispazo puntual que se da cada muerte de obispo, en forma de minitemporada de tres episodios de, eso sí, 90 minutos de duración cada uno (unos dos años separan a una temporada de la siguiente y de la de más allá). Cuando Benedict Cumberbatch (Holmes) y Martin Freeman (Watson) tienen un hueco en sus respectivas agendas, se rueda una nueva temporada, o un capítulo especial, o lo que sea. Cualquier novedad relativa a la serie que reinventa (y de qué manera) los relatos de Sir Arthur Conan Doyle, es motivo suficiente de jolgorio. Mirad cómo estamos todos, a la espera de un único capítulo, especial navideño, que verá la luz en diciembre de 2015 (antes de la nueva temporada, la cuarta, programada por la BBC para 2016). La de esta serie es, de hecho, la desproporción más grande entre volumen de material emitido y cariño adquirido por parte del público. Pero es que si las cosas se hacen bien, se nota. Y se nota tanto, que aun haciendo pruebas y retando al fan, se sale con la suya. Caso de la temporada que ahora nos ocupa, la de la revolución en forma de un harto sensible cambio de rumbo con el que se exponía a un fracaso sonoro en forma de iracundas reacciones. Nada, nueva ruptura de esquemas, récord de audiencia y mayor veneración para la serie orquestada por Mark Gatiss y Steven Moffat a cuya última batería de episodios hasta la fecha, a la postre sólo se le puede echar en cara alguna que otra decisión de su episodio inicial, quizá excesivamente ambicioso.

The Empty Hearse, que así se llama el capítulo inspirado en la novela La casa deshabitada, pretende responder y no responder a la gran pregunta que propios y extraños nos hicimos dos años atrás. Y a su vez desarrollar un entramado procedimental. Y también establecer la ruta a seguir de toda la temporada a nivel argumental. Demasiados frentes abiertos, y el primero de ellos resuelto con cierto riesgo, para desembocar en un episodio que parece perder el norte en alguna que otra ocasión, quedando a medio camino de todas las metas: la fórmula para responder al “qué ocurrió” flirtea con irritar a quien no entre en su juego, el caso a resolver se hace totalmente olvidable, y el desvío de atención hacia un nuevo filón aún debe asentarse. Quizá pueda decirse de él que es el menos bueno de toda la serie (siempre tiene que haber uno) pero ojo, que estamos hablando en términos relativos. Esto sigue siendo Sherlock, por lo que la excelencia en el guión se mantiene intacta, así como las interpretaciones, la puesta en escena, y en general tanto vale para la cadencia, ritmo trepidante que es alma máter de la franquicia. Prueba de ello: un segundo visionado del dichoso piloto hace que suba como la espuma, a sabiendas ahora de la arriesgada decisión tomada por sus creadores.

Sherlock (Tercera temporada)

Decisión que se descubre brillante en el que, por el contrario, está considerado como el mejor capítulo hasta el momento. La nueva línea de la que venimos hablando, centrada en otorgar mayor (casi todo) protagonismo a la relación humana entre los personajes principales pero también secundarios, explota definitivamente en el 3x02, The Sign of Three. Aquí no hay caso a resolver. O sí, pero porque se lo inventa Holmes conforme va desgranando el discurso en público que le corresponde por ser, ah, padrino de boda de Watson. Cargado de un atinadísimo humor, el guión que firman los tres creadores de la serie (Mark Gatiss, Steven Moffat, Stephen Thompson) deja caer ingente cantidad de información sobre cada uno de los protagonistas que por ahí pululan. Bien sea abiertamente como mediante una no-tan-sutil lectura entre líneas, Watson y Holmes van desnudando sus yoes ante un espectador que comulga definitiva e incondicionalmente con ellos. Que pasa, por así decirlo, a formar parte de la familia. No por nada, en cierta ocasión en que se llega a la visita de los padres de Sherlock, sendos actores resultan ser los padres en la vida real de Benedict Cumberbatch. Esa es la idea, ese el gran next step que da la serie en esta tercera temporada; el mismo que necesitaba empezar a entreverse en el primer episodio para eclosionar en el segundo... y claro, dejar el gran boom para el final.

Y vaya tercer episodio. O mejor, vaya segunda mitad del mismo. Ya con los espectadores a sus pies, con el último de los fans convertido en fanático del tándem con todas sus letras, tanto uno como otro se ven de nuevo enfrentados al abismo. Con un capítulo, His Last Vow, marcadamente distinto del anterior (que a su vez tenía poco que ver con el primero) Sherlock se despide por otros dos años con un thriller de una recta final absolutamente trepidante, en la que varios giros obligan a replantear mucho de lo visto en anteriores ocasiones sirviendo, de nuevo, para echar más leña al fuego en lo que a la relación entre Watson y Holmes se refiere. Porque al final, la serie es muchas cosas, pero sobre todo, es lo más parecido a una buddy movie (y familiar, para más señas) y ahora, por fin, se hace evidente de manera definitiva. Y como formamos parte del equipo, nos importa tanto lo que les suceda como a ellos mismos; de ahí el impacto de su final...

Sherlock (Tercera temporada)

Ligero cambio de rumbo, en definitiva, que sin embargo tarda bien poco en cuajar a la perfección para quedar perfectamente encajado en ese puzle exquisito que Moffat y compañía llevan años montando. Lo han hecho todo, siempre, tan bien, que en verdad pueden hacer con Sherlock lo que les venga en gana. A la espera de más episodios quedamos...

Y en el Blu-Ray...
Emon edita en alta definición la tercera temporada de la serie y, como en las ocasiones anteriores, parece olvidarse deliberadamente de los extras de su edición inglesa en pos de un más que evidente futuro lanzamiento especial. Con tal sólo el webisodio emitido por YouTube entre las temporadas 2 y 3 como material añadido, queda una muy sencillita edición de gran calidad de imagen (si bien cuente con todos los textos sobreimpresos en pantalla doblados al castellano) en detrimento de un audio únicamente disponible en 2.0 tanto para la versión original como para el doblaje. También se echa en falta una pista de subtítulos en inglés y eso no deja de resultar curioso: la versión comercializada en el Reino Unido sí la incluye. En fin, correcta y poco más edición para fans que no sean excesivamente exigentes.

BD-Crítica de Twin Peaks

Twin Peaks
Todo en esta vida es cíclico. Todo sube y baja, todo nace, todo muere, y todo renace. Y por lo tanto, siempre hay patrones y elementos punteros que señalan el camino a recorrer a la siguiente generación. Vamos, que antes de Twin Peaks había (mucha) vida, un buen puñado de series tan o más revolucionarias como la que estrenaran David Lynch y Mark Frost en el año 1990; y que a su vez sirvieron de pilares para la misma, tanto como ésta ha servido para marcar la siguiente oleada de programas televisivos. Porque difícil sería imaginar siquiera la existencia de Rick Castle o Patrick Jane, sin el Dale Cooper de las ensoñaciones y las apariciones extrañas a quien diera vida Kyle MacLachan. Imposible pensar no tanto en los interrogantes fantacientíficos de Perdidos (afectados también por Expediente X, por The Twilight Zone, y tantos otros referentes) como en el desarrollo de los mismos, sin los guiones, twists y cliffhangers de Lynch y Frost. E impensable sería la existencia de series de tan impecable calidad cinematográfica como Los Soprano, sin el revolucionario empaque de gran producción encasquetada en los 4:3 del televisor que le otorgó el de Mulholland Drive a su serie desde el glorioso piloto. No, Twin Peaks ni es la primera serie, ni la más influyente de la historia, y quizá cierta desmitificación le siente bien cuando de recuperarla se trate. Y es que conviene recuperarla, porque aun rebajando fogosidades y otorgándole la justa relevancia (ojo, altísima en todo caso), sí sirve de referente evidente para las series que la han sucedido, y en realidad para la historia televisiva en general.

El punto de partida, ya se sabe: en un pueblo tranquilo y amigable aparece el cadáver de una de sus jóvenes habitantes, Laura Palmer. A partir de ahí, toca investigar su muerte, ayuda de un peculiar agente del FBI mediante, para dar con una trama que se va rizando exponencialmente a cada capítulo, incluyendo prostíbulos surrealistas, serrerías, líos de faldas y pesadillas sobrenaturales. Todo, en una serie de episodios de poco menos de una hora (salvo en contadas ocasiones) que destilan conciencia absoluta, ante todo, de lo canónico de su premisa y estructura detectivescas, motivo por el que brilla una primera temporada plagada de humor entre negro y paródico, y twists delirantes, virajes hacia lo surrealista y lo onírico; batiburrillo de géneros, en realidad, dentro de un planteamiento formal estrictamente enmarcado en el whodunit que da como resultado una serie tan anclada en el pasado como sumamente rompedora. Y sobre todo, con un entramado absorbente que va girando una y otra vez a velocidad de crucero, en una espiral de misterios y pistas (las míticas letras bajo las uñas, la ficha del casino, el icónico sueño del enano...). Al menos, claro, hasta que todo se tuerce.

Twin Peaks

Y es que si Twin Peaks es un referente para la actualidad televisiva, lo es tanto para lo bueno, como para lo malo: como muestra inesperada de lo avanzado de su tiempo, le tocó sufrir los calvarios por lo que muchas propuestas pasan hoy en día, como son los vaivenes de las exigencias de los de arriba, que primero pidieron un alargo de la serie para estirar al máximo el chicle y luego, en vista de los resultados alarmantes de la estrategia, decidieron cortar por lo sano a medio hacer. El resultado es un producto ecléctico en todos los sentidos: compuesto por una primera temporada redonda de apenas ocho episodios, una segunda que rebasa la veintena y un anexo en forma de largometraje (para el que retomaba las riendas el propio Lynch); con un argumento enrevesado pero perfectamente identificable al principio (la resolución del asesinato de una joven), cuyo principal entramado acaba sin embargo desvaneciéndose hasta desaparecer hacia el principio de la segunda temporada en pos de subtramas de todo tipo (el asesino se descubre mucho antes del final de la serie y a partir de ahí, entran a escena cuestiones de interés descendiente); peor aún: una personalidad cambiante que olvida la acertada alternancia de estilos del primer gran bloque para, literalmente, flirtear con la pérdida del norte. Fruto, quizá, del desgaste y el desencanto. Igual, en definitiva, que las series que hoy en día corren la misma suerte con cada vez mayor asiduidad.

Bajón, con todo, del que consigue medio reponerse hacia el final definitivo de la serie (aunque sin volver a alcanzar en ningún caso las cotas de brillantes de su principio), acabando de paliar males con una película a modo de precuela estrenada en cines, que si bien poco añadía al argumento, sí aclaraba muchas de las dudas que la segunda temporada no había sabido resolver; y por menos recuperaba la esencia del verdadero Twin Peaks, o sea, el del principio, el autoconsciente, el que sólo se interesaba por Laura Palmer, por el (macabro) simbolismo... y el de Lynch, alejado de obligaciones extra. Estrategia, por cierto, que si bien no fuese nueva, sí serviría de ejemplo para generaciones posteriores. Antes de Fuego camina conmigo ya estaban los Teleñecos o Dimensión desconocida; después del ruido de Lynch, llegarían Expediente X: La película, Serenity/Firefly, o incluso las recientes Veronica Mars, Entourage o la tv-movie de Prison Break. La historia se repite, sólo que los ejemplos se renuevan (y ahora que se ha anunciado el retorno de Twin Peaks a la tele con una nueva temporada, qué curioso que también lo hayan hecho Mulder y Scully, ¿no?).

Twin Peaks

Y en el Blu-Ray...
Por se dispone de la mítica serie en un pack en condiciones, esto es, en Blu-Ray y recopilando todo lo que ha dado de sí desde su estreno hasta ahora. La Paramount edita en alta definición tan relevante serie con un atractivo (si bien no del todo cómodo) pack y una gran cantidad de extras. Todo, claro, pasado a una HD de la que destaca principalmente el audio: un espectacular Master 7.1 para la versión original que hace que la banda sonora de Badalamenti lo reviente, literalmente, sin por ello dejar de oír nítidamente las conversaciones o los efectos sonoros. Ahora bien, queda muy lejos un cuestionable doblaje al castellano en Dolby Digital 2.0 Mono... y pese a lo espectacular de su v.o., no se consiguen evitar puntuales desfases entre audio y vídeo, en algunas ocasiones más molestos de lo deseado. Por su parte, la imagen salta a los 1080p con gran detalle y respetando los peculiares colores de la serie, si bien el grano y los defectos propios de la edad no se han conseguido subsanar.

Como comentábamos, el apartado de material añadido es espectacular. Además de incluir la película Fuego camina conmigo y todas las introducciones de la mujer del tronco, entre sus varios discos, y un último CD sólo de extras, pueden encontrarse los siguientes bonus:
  • Dos versiones del capítulo piloto
  • Varios previously
  • Galerías de fotos
  • Promos
  • Notas de producción
  • Galerías de imágenes
  • Escenas eliminadas y/o alternativas (algunas de ellas, totalmente nuevas, tanto de la serie como de la película posterior)
  • Tomas falsas (inexistentes en las ediciones en DVD de la serie)
  • Varios featurettes: Regreso a Twin Peaks, Guía de localizaciones, Los archivos de Glastonbury , Diecisiete trozos de tarta: Rodando en el Mar T (alias RR) Diner, Aprendiendo a hablar en la habitación roja, Presentando a David Lynch, Cortinillas de Lucy, 1-900 Hotline, Secretos de otro lugar: Creando Twin , Northwest Passage: Creando el piloto, Los inicios: Creando la primera temporada, Entrada la noche: Creando la segunda temporada, Desde el corazón: Creando la música
  • Y otros cuatro clips que representan respecto a ediciones anteriores: Un trozo de Lynch, Entre dos mundos,A través del tiempo: Recuerdos de Fuego camina conmigo y Creando la atmósfera
  • Entrevistas con varios responsables de la serie, tanto del reparto como del equipo técnico
  • Reflexiones sobre el fenómeno de Twin Peaks
  • Trailers
En definitiva, y pese a alguna que otra sombra inesperada, una edición absolutamente imprescindible.

Etiquetas