Crítica de Nosotros en la noche (Our Souls at Night)

Crítica de Nosotros en la noche (Our Souls at Night)
Jane Fonda tiene casi 80 años. Robert Redford 81. Y habrán pasado unos cuarenta, nada más y nada menos, desde que compartieran plano por última vez. El reencuentro ha tenido lugar bajo el paraguas de Netflix y gracias a la novela de Kent Haruf, Nosotros en la noche, adaptada con homónimo nombre por Ritesh Batra. Y el resultado acaba siendo más doloroso que entrañable, la verdad: durante los primeros minutos cuesta prestar atención puesto que uno hace cábalas en relación al estado físico de ambos actores y sus respectivas edades reales. Y luego se está más triste pensando en la realidad de dicha conclusión, que en el devenir de esta edulcorada tv-movie que en circunstancias normales (esto es: con un reparto olvidable), ni de lejos se hubiera acercado a la repercusión que tuvo está producción exclusiva de la reina del VOD: ¡presentada en Venecia, nada menos!

No la habría tenido porque más allá de una premisa moderadamente coqueta (una mujer le pide a su vecino que se venga a dormir a su casa, sin mayor implicación sentimental que la de evitar sus respectivas soledades nocturnas), la película que nos ocupa tiene muy poquito que ofrecer, reparto aparte. Ni Batra está especialmente acertado a la hora de buscarle personalidad a su propuesta (de hecho, sus esfuerzos a veces se hacen demasiado evidentes, perjudicando más que aportando), ni la banda sonora acompaña debidamente los pequeños baches emocionales que se dan en el camino, ni hay suficientes impactos emocionales en su descafeinadísimo metraje como para llegar a sentir demasiado. De hecho, propuestas como Manchester by the Sea o Estiu 1993 han puesto en evidencia que en el drama, a día de hoy vale más un revés emocional en gélido silencio y mínimo artificio, que esfuerzos en pos de lo peliculero; y Judd Apatow o Lena Dunham han confirmado que en la comedia romántica, por muy elegante y distinguida que pretenda ser, no viene mal un sazonado algo más picante que en épocas de Pretty Woman. Nosotros en la noche se antoja apática y desfasada, vamos, y resulta difícil saber qué lado de la balanza pesa más en esta dramedia, cuando lo más probable es que ninguno de los extremos tenga el mínimo peso.

Sin embargo, dos leyendas del cine la protagonizan. Y una tercera (Bruce Dern) aparece como secundario de lujo. Y esa es la carta que lo cambia todo, claro, puesto que una mirada de Redford, un gesto divino de Fonda, bastan para encandilar al respetable. De hecho, cuando se les permite rienda suelta, consiguen efectivamente un derroche de humanidad y ternura que para nada se hubieran imaginado los responsables del film, de haber contado con otro tándem. Sólo que... lo que decía al principio: duele más que otra cosa. La edad hace estragos y resulta imposible no sentir un profundo dolor en las gónadas al ver las que, probablemente, sean de las últimas veces en que podamos ver a Barbarella y a Sundance Kid. ¿Que no debería ser motivo para pensar mejor o peor de una película? Cierto. Pero también es verdad que una película capaz de despertar el interés de su espectador como Dios manda, no le permitiría tener semejantes pensamientos tan ajenos al visionado. Vedla, claro, es un lujo. Pero...
5/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Verónica

Sin lugar a dudas, Paco Plaza es uno de los pocos directores de género españoles, junto a nombres como Jaume Balagueró o Nacho Vigalondo, que crean expectación con cada proyecto, gracias a productos anteriores tan gratificantes como la saga Rec, Romasanta o Cuento de Navidad, dentro de la serie Películas para no Dormir. Y no podía ser menos con su último filme, Verónica, basada en el famoso Expediente Vallecas de comienzos de los años 90, en el cual varios agentes de policía fueron testigos de diversos fenómenos paranormales dentro de una casa normal y corriente tras una llamada de aviso, hecho que constataron en el necesario informe policial. Toda una mina para Íker Jiménez y su tupé.


Sin llegar a la importancia de la primera Rec, a la seriedad de El segundo nombre o a la diversión ilimitada de Rec 3, Verónica logra mantenernos pegados a la butaca del cine durante sus 94 minutos de duración, gracias a unos sustos made in Expediente Warren, de la que bebe en más de una ocasión: una familia vapuleada por un terror desconocido, ambientación en otra época, las apariciones, la importancia de la música y las subidas de volumen..., pero se siente como una obra nuestra, por lo que nos puede provocar mayor tensión, al percibir estos sucesos como más cercanos.


Su eficacia también se basa en su estupendo elenco protagonista, y es que resulta muy difícil contar con un grupo de niñ@s tan salados y buenos intérpretes (la protagonista que da título a al cinta y sus tres hermanos pequeños, siempre creíbles y divertidos). Con muchas reminiscencias del cine de casas encantadas de los 70 o de la obra de John Carpenter, Verónica tiene entidad y sin ser una obra maestra del género, ya que a veces peca de ingenuidad, sustos fáciles o de contar con una fotografía pobre, es un producto muy disfrutable para este caluroso mes de agosto.


Ojalá muchas más películas así dentro de nuestro cine.

Por Mario Parra

Crítica de Death Note (Netflix, 2017)

Crítica de Death Note - Netflix
Adaptación norteamericana de un manga que ha movilizado a hordas de fans, y que ya cuenta con versiones para la pequeña y la gran pantalla niponas. Ya podéis imaginar que, no, de entrada Death Note no ha caído bien, y ya se están movilizando trolls de todas partes para defenestrarla a semanas de su estreno (escribo estas líneas a principios de agosto, cuando tiene previsto estrenarse en la plataforma de Netflix a finales del mismo mes). Por aquí, que nos perdonen, somos más de verla antes, y luego si eso opinamos.

Y así, aunque este producto quede muy, muy lejos de ser una obra maestra, tampoco carece totalmente de interés: al final, y aunque haya perdido prácticamente ya toda su aura de next big thing, que Adam Wingard se encuentre tras las cámaras implica cierta voluntad artística por su parte. Y que Willem Dafoe preste su voz al demonio Ryuk, que alguien ha estado siguiendo el fandomeo generado alrededor de la saga original. Por lo que algo, sí o sí, tenía que haber en el Death Note made in USA.

No todo lo que se intenta funciona: tratar de comprimir en una sola película de 90 y pocos minutos el enrevesado argumento de todo un manga, implica sacrificios y licencias que chirrían: especialmente drástico el cambio de uno de los personajes, así como la simplificación referida al mito entorno a la libreta de marras, el Death Note que da título al film y en el que se apunta el nombre de alguna persona de la que se desee su muerte y ¡op! Ocurre. Una libreta que cae en manos de un jovenzuelo, a quien a partir de ese momento se le aparece el diablillo antes citado que hace un poco de voz de la consciencia (cabrona, claro). Todo ello se explica con brevedad y sencillez. Bien, pero claro, muy simplificado. Y no iré más allá por no desvelar partes importantes de la trama, pero de seguro más de un fan se sentirá… extrañado, en el mejor de los casos.

Peor aún es la torpeza con la que se va desenvolviendo el entramado conforme avanza el metraje. El argumento empieza a requerir muchos saltos de fe, hasta llegar a ser imposible tratar de tomárselo en serio. Quizá lo suyo hubiera sido una saga de películas, o una serie.

Pero también es verdad que como divertimento, este Death Note funciona. Se descubre como un thriller sobrenatural de serie Z divertido a veces voluntaria, otras involuntariamente, al que Wingard imprime un ritmo ágil trufándolo de planos hilarantes (pocas veces se mantiene recta la cámara) vitalizados después en la sala de montaje. Planos que se acompañan de una gratuitísima banda sonora ochentera, como queriendo explotar el filón actual además de los que ya se utilizan por la fama de la saga y su espíritu de ¿pesadilla? teen. Irritante, sí, pero sólo al principio; luego uno debe querer adoptar la voluntad de apagar neuronas para que la cosa fluya. Y así es como el espectador menos belicoso, a quien se la traiga al pairo el respeto de la obra original, puede llegar a disfrutar de una película de sobremesa, una pérdida de tiempo que jamás se oculta de ser lo que es, pero a su vez, un pasarratos sin pretensión ni ambición alguna.

¿Suficiente? Muy justito, la verdad. Pero algo es algo y al menos supone la primera muestra de recuperación de un cineasta que tras Tú eres el siguiente había ido cayendo en desgracia hasta su mínimo, en forma de infame remake/continuación de El proyecto de la bruja de Blair. Otra cosa es cómo se la vaya a tomar su público objetivo, en su gran mayoría conocedores, seguidores, y devotos abanderados del manga que adapta. Eso ya es cosa de Netflix y de saber lidiar con la que se le viene encima.
5/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Narcos, temporada 3

Crítica de Narcos, temporada 3
Había cierta curiosidad, al menos por parte de quien esto escribe, por saber cómo iba Netflix a hacer frente a la patata caliente que se traía entre manos: ¿cómo continuar una serie basada en la caza y captura de un malote, cuando dicho argumento se cierra definitivamente al acabar la segunda temporada de la misma? Era complicado dar respuesta, por partida doble: a nivel argumental, y a nivel de audiencia. Cómo responderá el público de Narcos es difícil de prever, pero la primera parte parece haber sido resuelta con más lucidez de la esperada. Y digo parece porque hasta la fecha se nos ha permitido ver un total de cinco, de los diez episodios que incluye la tercera temporada de uno de los busques insignia de la cadena e televisión. Habrá que ver si el 50% restante echa por tierra lo conseguido, o si por el contrario mantiene o mejora las ya de por sí muy buenas sensaciones.

Y es que tanto de negativo tiene perder de vista a Pablo Escobar, como de positivo por la libertad que genera el no tener que limitarse a una mera cacería unipersonal, condicionada además por infinidad de documentos históricos conocidos por todos. En esta nueva entrega, un Peña atribulado (y tan idolatrado como criticado por sus ambiguas estrategias para detener a Escobar) está más o menos al frente de una operación mucho más profunda, centrada en la desarticulación de una red compleja y cargada de cabecillas que, para mayor inri, se mantienen en la sombra. Nada del protagonismo mediático del pasado, nada de grandes aspavientos masivos. A efectos prácticos: una libertad mucho mayor para generar tramas inspiradas en hechos reales, pero totalmente a ciegas. Y ni cortos ni perezosos, hacen de Narcos una suerte de The Wire for dummies: bien de estrategia para enriquecerse con actividades ilegales por un lado, y otro tanto de policial, con posibles topos a ambos lados del tablero, y ajustes de cuentas a diestro y siniestro. En conjunto, un festín mucho más animado de lo que cabía esperar, con espacio para la violencia explícita, para el grand guignol (algunos personajes están dibujados casi de manera esperpéntica), pero también para la voz en off y la narración pseudo-documentalista marca de la casa.

Porque no, pese a sus hondas diferencias respecto a las dos anteriores, la tercera temporada de Narcos no pierde los rasgos característicos de su identidad: a duras penas hay material de archivo que pueda valer para mostrar a los verdaderos capos, pero eso no evita que se siga recurriendo al montaje de escenas reales (muy random: el presidente por aquí, primeros planos de billetes moviéndose por allá...). Ni a la fotografía hipercontrastada o al montaje acelerado. Aunque no todo son laureles, y lamentablemente también toca volver a hablar de tremebundas carencias interpretativas por parte de un buen puñado de secundarios (y algún que otro protagonista): ni siquiera acaba de convencer Javier Cámara con su delirante acento.

Crítica de Narcos, temporada 3


Ese y ciertas desigualdades rítmicas presentes a la mínima que un capítulo se excede de los 50 minutos de rigor, son los principales palos contra los que lidian las ruedas de una renovada Narcos que, sin ser la gran maravilla definitiva, consigue aguantar el tipo con su mezcolanza de cumbia y tiros, tráfico y topos, telenovela y HBO. Le sobran elementos para seguir encadilar a los fans, pero también para quienes veían un exceso gratuito e innecesario ya en la (a mi juicio) más bien desigual segunda temporada. Exige atención para seguir todo el entramado, pero compensa con generosos pasajes de acción o mero despilporrio, y promete grandes sorpresas en los cinco capítulos restantes. Ganas.
7/10

Por Carlos Giacomelli

Crítica de Spider-Man: Homecoming

Es especialmente significativo el subtítulo de este nuevo reinicio de la saga arácnida, el segundo después de finiquitada la trilogía Raimi. Algo no funcionaba en el spiderverso y todo pedía a gritos este homecoming que funciona en un doble sentido: por un lado muestra a un Peter Parker ligeramente más joven, en pleno instituto y preparándose para el baile de final de curso (eso es, el homecoming). Por otro lado, esta película supone el retorno del personaje a la casa madre, previa aparición estelar en Capitán América: Civil War. Ajustadas las cuentas legales con Sony Spider-Man ya es franquicia cinematográfica 100% Marvel Studios. Y por lo tanto ya puede interactuar con el mismo Cinematic Universe que pisan los Vengadores y el resto de personajes (mutantes no incluidos) de La Casa de las Ideas.

La re-toma de control deriva en las consecuencias más previsibles: amortiguado cualquier rastro de personalidad del director Jon Watts (surgido del fantástico y el suspense de serie B) Marvel ha parido otro producto Marvel. Otra película que en su fondo y estructura interna sigue siendo previsible, sigue sin transgredir en ningún momento el libro de estilo, sin romper el molde como sí hiciera, en algunos momentos, Doctor Extraño. Tampoco arriesga, ni desafía, ni da mucho que pensar, o reflexionar, más allá de los dilemas y las cuitas adolescentes que trae implícitas el personaje desde su génesis tebeística. No reformula los tropos formales del universo arácnido conocido, ni de la fábrica Marvel ni, obviamente, del mundo del superhéroe urbano. Ni, vayamos ya a lo concreto, resulta mejor que la mejor película del personaje hasta la fecha, la imponente Spider-Man 2 de la era Raimi.

Perfecto. Pero es que ¿cuándo se ha planteado Marvel Studios hacer algo de todo eso? Diría que casi nunca. Sus ambiciones son tan maximalistas (romper la taquilla tejiendo un megatapiz que se va a extender hasta donde dure la sensatez económica) como extrañamente modestas. Ninguna de las películas Marvel jamás ha aspirado a una trascendencia tan molesta, embotada y, al final, estéril como la que se ha venido proponiendo, en los últimos años, su Distinguida Competencia. Excluyo Wonder Woman. No, Marvel pretende rodar películas competentes e intachables, buenos espectáculos que entretengan, diviertan y mantengan alta la dignidad del género. Que resulten trascendentes de manera natural (mediante lo lúdico, que es una manera tan o más válida de contar cosas importantes) que dejen un pequeño resquicio (ahí sí) a la visión personal del director y, en fin, resulten buenas películas de superhéroes. Buenas películas a secas. Y Spider-Man: Homecoming lo es.

También es un lavado de cara ajustado a la sociedad actual, no tan oportunista como de verdad necesario, en un momento en que los escándalos de white-washing y los reproches por la ausencia de minorías siguen salpicando Hollywood. Aquí Peter Parker sigue siendo blanco, pero su mejor amigo tiene raíces asiáticas, su interés amoroso es afroamericana, igual que otro personaje relevante que me guardaré de revelar; Flash es hispano y la tía May es italoamericana. Por otro lado el tono recupera una filia infalible en el cine adolescente y que vuelve a estar de moda desde hace unos años: la aventura ochentera con el instituto como sede de operaciones. El fantasma de John Hughes planeando por esta historia de búsqueda de aventuras en la ciudad y gestión de romances en los pasillos escolares. Watts habla a platea treintaañera obviando contar por tercera vez el origen del personaje e insertando por otro lado gran cantidad de homenajes no sólo al universo Marvel sino también al cine de los 80: por aquí pasan guiños a Todo en un día o El club de los 5.

Se deduce por si solo, de todo lo dicho: el humor sigue siendo la espina dorsal de las producciones Marvel (divertidísimos los cameos del Capi), especialmente en un personaje tan verborreico como Spider-Man. Tom Holland, nuevo Parker, da el nivel al respecto en un cast, por lo demás, ajustado y entregado a unos personales carismáticos y entrañables, a excepción, quizá, de la desaprovechada Liz. El sector joven cumple con creces. Los veteranos, Michael Keaton como el villano Buitre (glorioso corte de mangas al elitista hombre pájaro del repelente Iñárritu), Marisa Tomei como nueva y rejuvenecida tía May y el inevitable Tony Stark de Robert Downey Jr. dan empaque y ofrecen profesión, certificando si no el riesgo creativo por lo menos sí la infalibilidad comercial.

El resultado es lo más cercano posible a un Spider-Man indie que ha sabido mantener la frescura y la diversión en un modelo, como comentaba al principio, cerrado y sólo medianamente flexible. Una piedra más en el parque de atracciones Marvel que, a este paso, nos agotará a nosotros por cantidad antes que agotarse su calidad. Y eso, para los que aún tenemos ganas de capas y pijamas, siguen siendo buenas noticias, especialmente en un año en el que se ha demostrado una vez más que en este género la luz (Homecoming, Wonder Woman, Batman: La Lego película) siempre terminará ganando a las tinieblas (de la muy mediocre Logan, por ejemplo).

7’5/10

Por Xavi Roldan

Crítica de A 47 metros (47 Meters Down)

a 47 metros critica
La muerte del cine no ocurre a manos de buenas películas (obviamente) pero tampoco de malas: puede pasar que uno ponga toda la carne en el asador y aun así, vaya, le salga un desastre. No, quienes asestan heridas mortales al séptimo arte son aquellas propuestas que ni siquiera de entrada, se esfuerzan por hacer de la suya una obra de arte, valga la redundancia. Esos burdos ejercicios económicos cuya sola finalidad, sin tapujo alguno, es embolsarse cuatro cuartos a costa de un espectador que acudirá a la sala de turno y saldrá, hora y media después, triste por un lado, pero lo que es más preocupante para el estado de salud del cine, desconfiado por el otro. Y muy probablemente, ese espectador, la próxima película que vea será en su casa y tirando de Torrent, porque ni loco volverá a invertir dinero por una entrada de una tomadura de pelo, de un atraco a mano armada.

Verano es, por excelencia, el periodo en el que más abundan los carteristas, y los últimos en practicar el hurto al respetable son los hermanos Weinstein, quienes compraron un subproducto indigno de la gran pantalla (por su total carencia de intenciones artísticas, pero no sólo), para estrenarlo por todo lo alto para forrarse porque, como diría aquél, que se joda el espectador.

De nuevo toca hablar de película con tiburones estrenada en pleno verano, de nuevo pues, se abusa del film de Spielberg, quien se confirma como involuntario responsable de la muerte del cine habida cuenta del mal que siguen haciendo cosas como A 47 metros, esta aventurilla de chicha y nabo en la que dos chicas (Mandy Moore, una de ellas; para completar la fórmula sacacuartos debe aparecer un reclamo en el cartel) se ven atrapadas entre tiburones. Otra vez. Con el recuerdo de Infierno azul aún fresco en la memoria, hete aquí la nueva intentona, con la excepción de que esta vez ni siquiera se aprecia esfuerzo alguno por mostrar virtudes, por mínimas que sean, detrás de la cámara. Ahí radica la diferencia a la que se aludía al principio, malas películas vs heridas de muerte. La de Collet-Serra no es un portento del séptimo arte, pero si destila savoir faire, pulso narrativo y coqueteos con la cámara por parte del director. En el caso que ahora nos ocupa, un servidor duda muy seriamente de la mera existencia de un director.

Todo, aquí, ocurre según lo temiblemente previsto: la película es una serie B en el mejor de los casos, cuyo argumento no dista de, por ejemplo, Piraña 3D. Sólo que si en la de Alexandre Aja se descubre un irreverente sentido del humor autoparódico, aquí la broma se pierde hasta llegar a pensar: demonios, ¿se están tomando en serio a sí mismos? Un guión inefable cargado de decisiones imbéciles por parte de todos sus protagonistas, que además parecen tener una necesidad imperiosa por explicar todos y cada uno de sus movimientos y estados vitales/anímicos, explica un argumento mínimo para justificar una caja a 47 metros de profundidad con dos chicas en su interior y tiburones digitales a su alrededor. Motivo de sobra para una pesadilla de aúpa (libreto al margen) totalmente desaprovechado por un director incapaz de generar atmósferas, tal es su obsesión por el sobresalto fácil. Porque así es como funcionan las películas por piloto automático: ante nulas capacidades de dirección, se trufa el metraje de objetos apareciendo en primer plano a todo volumen, y santas pascuas. Súmese un casting lamentable como poco, cuyo reparto es lo suficientemente vulgar como para tornarse irreconocible (en serio: son cuatro los jóvenes en total, y cuando muere uno de ellos resulta imposible distinguir cuál). Ni que decir tiene que Moore y compañía no iban a salvar los muebles, precisamente...

En definitiva, una película que no es película, eso es A 47 metros. Sin el menor reparo a la hora de mostrar su voluntad por robar al espectador, la cinta no es que sea mala o buena (ojo: con todo lo comentado, seguramente no sea peor que otras); es que no existe. Es un hueco proceso por el que varias personas entran en una sala a oscuras y salen, 90 minutos después, siendo unos 10 euros (como mínimo) más pobres. Ni más ni menos. La presencia en cartelera de ruines subproductos como el que nos ocupa, que difícilmente se vería entera a horarios de sobremesa, hace que uno se piense muy seriamente la próxima vez que deba gastar su dinero en un cine. Después de todo, ¿para qué arriesgarse a otro atraco? Y ahí, ahí es cuando los Weinstein en este caso, quienesquiera que les sucedan cuando llegue la siguiente anti-película, pero también las salas que se prestan a proyectar esta clase de insultos a la cara, se cargan un poquito más el cine. Y luego tienen el descaro de quejarse de las descargas ilegales. ¿Gracias?
2/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight)

Si ya para qué. Casi no haría falta decir demasiado, puesto que todos sabemos ya cómo va esto, cuatro secuelas después de aquel pelotazo cibernético con el que Michael Bay agitó el verano de 2007. Transformers llega a su quinta entrega y las posibilidades de sorprender incluso al espectador más impresionable son casi nulas. La saga tuvo sus puntales, es cierto. La primera entrega fue un sorbete veraniego refrescante aderezado con abundantes aciertos. La tercera recuperó el pulso tras una segunda muy pocha y musculó la propuesta hasta límites insospechados: hasta ese momento cada entrega de Transformers prometía, y entregaba, el espectáculo más grande del mundo. Con la cuarta la cosa rebajó intensidad y la tradicional dispersión narrativa del viejo Bay se comió todo lo demás. Con El último caballero la tendencia a la baja ya es patente.

Por lo menos si sólo se le pedía eso: un macroclímax de 150 minutos cimentado únicamente sobre peleas robóticas cada vez más pantagruélicas. Y es que no. Aquí Bay y sus guionistas diversifican las tramas y empiezan a prestar más atención a otras cuestiones menos prosaicas. Empiezan su película en la corte del Rey Arturo (sic) y de ahí el disparate no hace más que crecer en demasiadas direcciones distintas y con demasiados personajes centrales. Un (aparente) cariño por la situación y las interacciones entre personajes que realmente termina derivando en una narrativa torpe y confusa, en un planteamiento que choca demasiado con el enfoque: aunque el realizador intente dar un mayor intimismo a las escenas más calmadas, a las que reviste de una estética cercana al americana, su hipertrofia narrativa termina saboteando el tinglado. Si intenta dar profundidad a su lore, termina abrazando el caos argumental; si trata de dotar de humanidad a los personajes, los convierte en caricaturas desconcertantes; si pretende agilizar todo con humor, termina cayendo en el gag pedestre, la broma forzada y el chascarrillo paleto. Y si pretende ser trepidante, termina siendo torpe y disléxico, su película casi editada como un tráiler de dos horas y media.

Un poco como hasta ahora, sí, pero con mayor atropello (Bay siempre fue espídico, raras veces torpe) y menor bayhem generalizado, a pesar del constante degoteo de explosiones, persecuciones y un tercer acto de verdad insane. Por otro lado, la cosa va escasa de novedades. En El último caballero ya no hay sorpresa, las incorporaciones que contiene son absurdas (de nuevo, esa mezcla de mechas y Caballeros de la mesa redonda), irritantes (el robot mayordomo británico) o carentes de sentido (esa inexplicada salida de tono con el grafismo al presentar a una banda de robots malotes que, por cierto, desaparecen a la primera de cambio). Sí hay algunos aciertos puntuales, como otorgar más protagonismo a los personajes femeninos que, además, tienen cierto carácter y un interés que se deja adivinar más que se muestra. O como contar con un Anthony Hopkins a quien ya le da igual su condición de "actor de prestigio para rellenar espectáculos bastardos" y decide pasárselo en grande la mayor parte del tiempo. Pero por lo demás parece que el realizador haya cogido toneladas de escenas descartadas de sus anteriores trabajos, haya reciclado personajes y lo haya reempaquetado todo con un nuevo título.

Entonces, ¿balance negativo? Respuesta corta: sí, desde luego.

Pero hay una respuesta larga. Y es que la verdad, a pesar de todo lo dicho me veo incapaz de desacreditar el trabajo de Michael Bay. Y Transformers: El último caballero es puro Bay. ¿Se le puede acusar de ello, de disparar al infinito sus estilemas, de anabolizar constantemente sus propias propuestas escénicas para lograr los productos más vigoréxicos posibles? No, desde luego. A pesar de todo, y del paso atrás que le supone esta su última películ, no hay nadie como Michael Bay. No sé si eso lo convierte, como muchos críticos se han empeñado en calificarlo, en un autor moderno, o más concretamente en lo que ha dado en llamarse un vulgar auteur. Pero está claro que la textura digital de sus imágenes líquidas, que su estética del exceso e incurable barroquismo escénico, que su sentido visceral del espectáculo, que sus intrincadas coreografías de cámara y su celebración del movimiento perpetuo son, por audacia, presupuesto y complejidad, casi inimitables.

Y eso, a la luz de las decenas de blockbusters realizados cada año por profesionales que son perfectamente intercambiables entre si, debería contar para algo. ¿Tanto como para hacer automáticamente de El último caballero una buena película? No. Pero desde luego ese enfoque tan absolutamente personal del director quiere reducir el juego a una cuestión puramente subjetiva: si alguien sale conmovido, agitado, excitado de la función, la película ha sido un éxito. Lo cierto es que esto merece más mi respeto que ciertos espectáculos con aura de prestigio... y personalidad anodina. Pero en esta ocasión, por edad, cansancio o cefalea, Bay sólo ha conseguido aturdirme, hastiarme y acercarme a lo que creo identificar como mi primera experiencia cercana a la senilidad: conmoción, pérdida del equilibrio, embotamiento cerebral, incapacidad para decodificar lo que ocurre en pantalla la mayor parte del tiempo.

4/10
Por Xavi Roldan

Crítica de Déjame salir (Get Out)

Crítica de Déjame salir (Get Out)Hete aquí una de esas películas de las que mejor no decir absolutamente nada ni de su argumento, ni de ninguno de sus muchos aciertos a nivel de guión. Así que de entrada, quedaos con que Déjame salir está lo suficientemente cargada de sorpresas (no confundir con giros, ojo; a ver si me acuerdo luego de aclararlo) como para ser la película-sorpresa de la temporada. Y nosotros ya venimos preparados, habida cuenta de las infinitas alabanzas que se ha llevado tras su paso por carteleras norteamericanas; imagino que yendo totalmente vírgenes a su visionado, el impacto habría sido aún mayor. Y es que Jordan Peele, guionista y director del asunto, ha salido de la comedia en pequeña pantalla para dirigir otra... cosa, que si bien se adscriba a otro género (esto parece querer ser un híbrido entre el terror y Adivina quién, como probablemente hayáis leído ya en mil y otra críticas), mantiene mucho humor. Eso sí: negro, negrísimo.

Ahí está la única baza que pretendía revelar para defender mi valoración sobre esta historia, en la que un hombre de color acaba pasando un fin de semana en una casa bien blanca: de los muchos disfraces y vestimentas que va adoptando a lo largo de su ajustadísimo metraje, Déjame salir se interpreta también con una hiriente sátira, parodia social que carga las tintas y no se corta un pelo, tras su apariencia de entretenimiento de género, como si ésta le permitiera carta blanca para expresar libremente su mordaz crítica. O sea, que estamos ante una película que, por encima de todo, es inteligente y trata de igual al espectador. El resto de bondades que pueda albergar la propuesta me lo guardo, os tocará a vosotr@s descubrirlo.

Sí puede afirmarse que la película funciona y sorprende sin, como decía antes, el abuso de giros imposibles. Más bien al contrario, Peele no rehuye de vuelcos inesperados, pero no fuerza en absoluto la máquina, manteniéndose consecuente en su locura: porque Déjame salir se va convirtiendo poco a poco en un cuento, una pesadilla retorcida con tanto de Hitchcock como de King, de Carpenter como de Haneke. Material más que suficiente como para valerse por sí mismo sin la necesidad de un libreto que se esfuerce por desarmar una y otra vez al espectador (lo que le restaría enteros a su lógica interna). Así, a pesar de su ¿imposible? argumento, la película no flaquea un sólo instante, todo queda perfectamente encajado y está puntillosamente estudiado para que nada sea arbitrario. Mérito de todos, ojo: del guión y una dirección juguetona, como de las sorprendentes interpretaciones de todo el casting, cuyos aparentes histrionismos también hallan su explicación.

De esta manera, lo que consigue Peele es un espectáculo total, por así decirlo: sin ser en absoluto la película que podría uno esperarse, Déjame salir es una gratísima alegría para el cine de terror, al acercarse a él sólo de refilón... estando, a la vez, totalmente adscrita en el mismo. Suena raro, cuando la veáis lo entenderéis. Quedaros con que cuanto menos sepáis, mejor, porque si ya queda poco margen para la sorpresa, en el cine hoy en día, no vayáis a estropearos la más gorda que podáis haberos echado a la cara en los últimos tiempos. No asusta, pero aterroriza; es una ficción imposible, pero describe desde el esperpento una realidad social; no descubre nada, pero se confirma como gran descubrimiento de la temporada. En serio, no debe dejarse escapar.
7,5/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Guardianes de la galaxia 2 (Guardians of the Galaxy - vol. 2)

Crítica de Guardianes de la galaxia 2
Cuando se estrenó la primera entrega de los Guardianes de la galaxia (y pese a competir ese año con pesos pesados), un servidor no dudó en tildarla de la mejor película palomitera, blockbuster, o de superhéores (escoged la etiqueta que más rabia os dé) del año. De la secuela no sé si llegaré a decir lo mismo, pero que en un momento en el que asoma de nuevo la oscuridad en el género de mutis y pijamas, entre lamentables lobeznos y horripilantes murciélagos, llegue Guardianes de la galaxia 2, es toda una alegría.

Porque una vez más, el tándem Marvel-Disney vuelve a escribir una guía sobre cómo se hacen las adaptaciones viñeteras. Una vez más se apuesta por la espectacularidad y el humor, sin por ello despreciar la existencia de un guión. Una vez más, se tira de autoconsciencia y consiguiente (auto)burla. Ojo, no es en absoluto negativo: si leemos historietas sobre mapaches y árboles parlantes (como de ricachones disfrazados de murciélago y superhombres periodistas), no buscamos dramas kafkianos precisamente; hay honrosas excepciones, saltos hacia la seriedad necesarios en el mundo del cómic, pero para renovarlo, refrescarlo o directamente resucitarlo. Bastante seriedad hay en el cine, como para apostar de nuevo por ella y olvidarnos de los condenados divertimentos que generaron Lee, Kirby y compañía. Eso lo entiende la pareja de estudios antes citada, y por tanto, se ríe: tanto de nosotros (en el fondo, la que nos ocupa es la enésima repetición de una fórmula ya conocida), como de ellos (hay incluso autoparodia por aquí) y con nosotros (esta es una fiesta a la que se nos ha invitado). Y el resultado es un entretenimiento de primera.

Guardianes de la galaxia 2 ya no sorprende, y como era de esperar, agarra los patrones que funcionaron en la anterior entrega y los exprime hasta la última gota. Su argumento es nimio, hasta el punto de no saber hacia dónde demonios va el film durante varios pasajes de su exagerado metraje. Y es irregular, contando con un segundo arco moderadamente olvidable.

Pero Guardianes de la galaxia 2 es también una apuesta por la inmediata evasión desde sus primeros compases, incluyendo en ellos su banda sonora, el acostumbrado horror vacui digital, su espectacularidad apaganeuronas, su arbolito bailongo y su mayor baza: la antiépica. Un recurso que sigue sin fallar, basado en el contraste directo entre la mayor bacanal visual posible, y el ridículo. En serio, sólo hay que ver sus primeros minutos: presentación de personajes y aptitudes, preparación para un combate, bicho gigantesco y con muchos dientes… y nosotros siguiendo a Baby Broot pegándose un baile a ritmo de Electric Light Orchestra. Títulos de entrada con efecto de neón, y ya lo tenemos: por delante quedan más de dos horas de maquillajes estrafalarios, héroes cuyo poder reside en silbar para que se mueva una flechita, y numerosas escenas de acción que seguramente se resuelvan de modo atípico. ¿El neón de los títulos? Por el homenaje ochentero será, claro. Otro motivo de alegría para los tiempos que corren.

Y es que corren días en que cualquier copia al estilo de antaño se tilda de homenaje y se canoniza (Netflix sabe algo de ello al respecto); cuando en verdad, un homenaje debería distar del plagio para poder hablar desde su intransferible personalidad a los referentes que quiera. Con un excelente James Gunn al frente de la dirección del cotarro, este Volumen 2 se hace con una fuerte identidad, entre gamberra y entrañable, deudora únicamente de su anterior entrega; y desde ahí trabaja, sólo a posteriori, en marcarse uno de los más hilarantes, honestos, desenfadados homenajes a las aventuras y las series B de los 80 (y 90), de un tiempo a esta parte. Hasta su mínimo, intrascendente argumento (y más en relación a la macrosaga cinematográfica que lo rodea), recuerda a historias alquiladas en el videoclub de la esquina. Aquellas con archienemigo de pacotilla y gente ataviada con chupas de cuero (leyendo su reparto puede uno tener clara la época y clase de películas a las que cita Gunn). Aquellas con caspa a borbotones aquí sustituida por brillos digitales. Es imposible haber bebido de las producciones de antes y no pasar por alto flaquezas para sonreír distraídamente, y participar activamente a la fiesta.

Una fiesta que incluye sorpresas delirantes, gozosos pasajes de acción y momentos socarrones que culminan en un clímax tan a lo grande (la obvia pelea final) como pequeño: ese juego de la antiépica a la que hacía referencia culmina por todo lo alto a la hora de repartir puntos, resuelta la partida. Es cierto que, quizá, lo gozáramos más cuando se nos invitó a la primera edición del convite, pero aquí la maquinaria sigue a pleno rendimiento, con un (otro) gran acierto que sumar a la ya bastante larga lista de logros de Marvel desde que fue absorbida por Disney. Así sí, demonios.
7/10

Por Carlos Giacomelli

Crítica de Pieles

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Pieles, de Eduardo Casanova, avalada por la productora de Álex de la Iglesia y Carolina Bang, Pokeepsie Films, se basa en varios personajes de distintos cortos creados por el popular Fidel de la serie de Aída, que los junta a todos y crea otros nuevos, para desarrollar un filme de historias cruzadas, donde los protagonistas son personas con graves deformaciones físicas (una chica con un ojete en la boca, un tipo con la cara completamente quemada, una mujer deforme cual hombre elefante, una obesa mórbida, una prostituta sin ojos...). Todos ellos ven sus vidas mezcladas por historias de amor, pasión, familia y aceptación de uno mismo.

La película, con un diseño de producción curioso (gestionado por el propio director y guionista de la cinta, donde todas las escenas destacan por el predominio de los colores rosa o morado), puede contar con el rechazo inmediato de cualquier espectador virgen al cine de Casanova y a la provocación típica de John Waters, de la que el español es fiel vástago, debido a su profundo melodrama y a la deformada imagen física de sus protagonistas, pero enseguida empezamos a entrar en las historias y a apreciar a esos personajes, que nos hacen partícipes de sus desgracias, no tan alejadas de las nuestras. Porque lo que importa está bajo la piel, tanto en el filme como en la vida real.

Por Mario Parra

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