Crítica de Samantha Hudson

Crítica de Samantha Hudson
Siempre que nos topamos con un documental como el que ahora nos ocupa, Smantha Hudson, toca hacer una aclaración previa (que igualmente nadie tomará en serio y volverán a surgir juicios de valor que nada tienen que ver): aquí no se habla del personaje sobre el que gira la película, sino sobre los valores de la misma como tal. Como pieza de arte, vaya. Dicho de otra manera, no tiene ningún sentido que un servidor exprese su opinión sobre Iván González/Samantha Hudson, sí que lo haga sobre los 60 minutos de la propuesta de Joan Porcel (director) y Álvaro Augusto (guionista). En especial porque antes de verlos, no tenía ni idea de quién era este mallorquín que con muy pocos años ya se ha viralizado hasta convertirse en un artista/influencer reivindicativo y ¿emblema? (ignoro la profundidad de su impacto) de toda una comunidad.

El principal problema del film radica en lo que acabo de comentar: que si bien sirva como carta de presentación, no acaba de esclarecer el impacto social real ni de Iván ni de su alter ego, Samantha. Como tampoco acaba de apuntalar su discurso. La primera escena sirve ya de moraleja del 90% del metraje restante, lo cual hace flaco favor al interés del mismo. Y sólo al final parece asomar la cabeza una variante (sobre la ambigüedad de ciertos comportamientos) que hubiera podido dar mucho juego pero, tal y como se muestra, a penas queda en el recuerdo. Sin discurso ni información relevante, Samantha Hudson se acaba transformando más bien en una oda y poco más, cuya justificación cuesta encontrar. Insisto, más allá de lo que el personaje en sí aporte a la sociedad.

Cómo será de grave la cosa, cuando por mucho que dure lo mismo que un episodio de televisión, su visionado se haga muy cuesta arriba. Y es que pasadas las primeras barrabasadas que se escuchan por boca de alguno de quienes pululan por pantalla, nada hay que desgranar, ninguna reflexión, y de hecho, bastante poca tijera. Dura 60, pero si durara 40 minutos, la película no cambiaría un ápice. Y quizá tampoco lo haría con 30.

En definitiva, y este es otro de esos males endémicos del documental de estas características, lo que más refleja Samantha Hudson, es que a veces no basta con dar con un personaje que mole. Antes de lanzarse a montar un documental a su alrededor, hay que plantearse si hay historia, ideal, debate, reflexión… algo que contar o generar.

Crítica de Sarah Plays a Werewolf

Crítica de Sarah Plays a Werewolf
Parece que el festival Atlàntida ha descubierto un filón en el cine suizo centrado en adolescentes. Si hace nada nos deshacíamos en elogios hacia Blue My Mind (en la que veíamos hasta las últimas consecuencias los traumas a los que puede someterse una chica que cambia de cole y de ciudad) ahora es Sarah Plays a Werewolf la que plantea un entramado de todo menos fácil para otra adolescente.

Lo que interesa a la directora y co-guionista Katharina Wyss no es, por eso, la fase de cambio, sino más bien la incomunicación. Sarah es una chica normal y corriente, pero no acaba de encajar: no tiene amigos, y cuando los tiene los pierde; no tiene novios, porque ocurre lo mismo que con los amigos. Y que su hermano se haya mudado a otra ciudad la ha roto. Tanto como para decir a unos y otros o bien que el hermano se suicidó, o bien un amigo. Algo ocurre, aunque no no sabemos qué y no nos queda otra que intuir por las pistas que van dejándose caer a lo largo de su metraje. El único lugar en qie la bestia se libera es el escenario de un teatro.

Y por aquí es por donde se descubre el plan más ambicioso de Wyss, y a la vez su arma de doble filo. Sarah Plays a Werewolf juega a difuminar las barreras de lo real y la ficción. Uno nunca sabe en qué momento Sarah está volviéndose turuleta o simplemente está actuando. Así que tampoco sabe bien bien qué de lo que cuenta es cierto, y qué no. El problema está en que a ese espectador, tampoco es que le acabe importando demasiado.

Y es que por cómo se concibe el film (frialdad, ritmo exigente) y cómo se describe a su protagonista (no es que caiga demasiado bien, la verdad) nunca llega a tener cabida una conexión a ambos lados de la pantalla que se antoja fundamental para entrar en el juego. Algo a lo que ayuda poco que si bien todo se muestre contenido, y nunca se conceda espacio al exceso, los primeros compases resultan mucho más impactantes que lo que sucede a lo largo de un segundo acto demasiado irregular. Alguna de las pistas que en él se esconden, sin ir más lejos, son quizá las más relevantes para entender a Sarah, pero la verdad es que pasan demasiado desapercibidas.

Ojo, sigue quedando un trabajo interesante. Los discursos que plantea Katharina Wyss son dignos de una o dos vueltas y/o debates, y los pasajes más acertados de Sarah Plays a Werewolf llegan a cotas de intensidad muy elevadas. La pena es que no haya conseguido mantenerse en estos niveles en todo momento.

Crítica de Blue My Mind

Crítica de Blue My Mind
No descubriré nada nuevo ahora, si digo que desde siempre se ha intentado jugar con el género fantástico o de terror y el coming-of-age. Sin embargo, la balanza rara vez se ha equilibrado, quedando el resultado en ocasiones en una mala película de terror, en otras una película juvenil superficial. Cuando no directamente en un desastre absoluto (¿alguien recuerda aún aquello de Jennifer’s Body?). Ha tenido que venir de Suiza, a cargo además de una estudiante recién salida de la escuela como quien dice, el último ejemplo. Y quizá uno de los mejor compensados.

Galardonada en el Atlàntida con el máximo premio de su categoría correspondiente, la opera prima de Lisa Brühlmann, este Blue My Mind que nos ocupa, no sorprende por su argumento, ni por sus formas. Una chica de quince años se acaba de mudar y le toca empezar en el cole nuevo, en la edad del descubrimiento y el desarrollo. Tanto cambio físico, geográfico y psicológico, no suele ser fácil. Y sirviéndose de una metáfora que es llevada hasta extremos casi surrealistas, así nos lo quiere hacer saber Brülmann.

Su estilo, ya decía, nada sorprendente: opta por la frialdad y la crudeza para retratar el estado de ánimo de la joven, a quien interpreta de manera perfecta Luna Wedler. Planos azulados y grises, proximidad física entre actriz y cámara, y montaje ágil a ritmo de cámara casi al hombro. Todo muy esperable hasta ahora.

Sin embargo, Blue My Mind acaba encajando casi a la perfección sus piezas, radicando ahí su elemento diferenciador. Casi como si de un made in Hollywood se tratara, arranca (post prólogo) con un par de escenas de jóvenes y escuela, fácilmente identificables. Pero poco a poco, va optando por una vía ennegrecida, sin demasiada concesión y, de hecho, con más de una escena de todo menos agradable. Nunca, ahora bien, decantando la balanza hacia el lado que no es. Alejándose, en definitiva, de una Crudo con la que por lo demás guarda más de un parecido.

Resulta imposible, así las cosas, que el espectador adopte otro prisma: para él esto sigue y seguirá siendo un drama juvenil, lo que hace que le pillen desprevenido los coqueteos con otros géneros. Así, Brülmann gana en impacto, agarrando al respetable por el cuello (como ocurre en la película, por otra parte) y obligándole a digerir escenas que, descontextualizadas, hubieran hecho cantar a otro gallo. Tan sólo en su tramo final concede alguna pincelada más hacia lo fantástico, pero sólo como cierre lógico a un guión perpetrado con suma inteligencia y cautela.

Su línea, de hecho, es siempre ascendente, y tan sólo se ve interrumpida con puntuales momentos en los que el ritmo se estanca. Algo que podría tildarse de comprensible en un debut que, por el contrario, se antoja arriesgado y estimulante, mostrando la firma de una nueva voz a la que habrá que seguir de cerca. Hubiera sido mucho más fácil, para la directora, torcer hacia la vía rápida del género. Que no lo haga y, aun así, consiga el mismo o mayor impacto (y con las escenas menos fantásticas, precisamente), dice mucho y muy bueno de ella.

Crítica de Yo la busco

Crítica de Yo la busco
Y yo. Y tú, que si no lo estás haciendo ahora, en algún punto de tu vida lo has hecho o lo harás. Todas y todos buscamos eso que dé sentido a nuestro día a día. El protagonista de Yo la busco se ve forzado a hacerlo, además, durante una noche, el lapso de tiempo que ocupa el grueso de su metraje. Justo la noche en que descubre que su compañera de piso se va a ir a vivir con su novio. La noche en que en una cena, se da cuenta de que él, treintañero despreocupado que se gana la vida de la manera más absurda imaginable, está en un punto. Mientras que todo el que le rodea, en otro. La loca del grupo ahora está emparejada y buscando el niño. Los colegas de cada verano este año se irán cada uno por su cuenta de vacaciones. Y el que no lo hará, será porque estará trabajando. ¿En qué momento se pasa de una etapa a la otra? ¿Por qué diantres se debe hacer ese paso? Cuestiones que le rondan la cabeza y que le van grandes, salta a la vista; y para las que no le ayuda nadie: ni la directora y co-guionista, Sara Gutiérrez Galve, le echa un cable al mostrarse absolutamente neutral en materia.

A lo que asistimos, pues, es a una noche extraña, con más alcohol de lo esperado quizá, y con un macguffin al que se aferra Max, el protagonista, y por extensión nosotros los espectadores. Quizá a través del mismo (una libreta con una misteriosa firma, B. Nin, en su portada) halle la respuesta. Quizá tenga sentido llegar hasta el final y desperdiciar las diversas rutas alternativas que se le van ofreciendo a lo largo de la noche. Alguna de ellas golosa, otra más dulce envenenado que otra cosa. Pero todas ellas, se intuye, cortadas por el mismo patrón: todos la andan buscando. Lo que quiera que sea.

Con una cámara que a duras penas se aleja más de un metro de su actor principal (Dani Caselllas), y un enfoque sumamente contenido y realista (nada tiene que ver esto con Jo, qué noche o alguna locura de Gaspar Noé), el espectador se ve enfrascado de lleno en una aventura sumamente reconocible. En la que no se dan grandes acontecimientos, prácticamente nada (libreta) se sale de lo cotidiano, por lo que hay margen de sobra para tratar de buscar respuesta a las preguntas que se lanzan desde los primeros compases del film, y que grosso modo vendrían a ser las que comentaba al principio. Un film sencillo y sin aspavientos, al que Gutiérrez Galve le toma perfectamente la medida en todo momento, y en el que sólo titubean algunos momentos interpretativos, en los que alguno de los actores se aprecia algo incómodo cuando de lo que se trataba era de todo lo contrario: de acercarse con brutalidad a una realidad como cualquier otra, y retratarla tal cual, como Pedro por su casa. Como si el espectador fuera un tercer compañero de piso de Max y Emma, y también a él le diera igual que se le viera en el lavabo, o se le metieran en la cama a petar la xerrada a cualquier hora de la noche.

Algo que, por lo demás, se consigue sin dificultades, haciendo de este uno de los debuts más estimulantes de por aquí, y sin duda uno de los títulos de la temporada. No será una película perfecta, pero qué bien sienta, oigan.

Crítica de Diario de mi mente

Crítica de Diario de mi mente
Un menor de edad comete, un buen día y sin venir a cuento de nada, una atrocidad. Antes, se asegura de que llegue a su profesora de literatura francesa su diario personal. O más bien de su mente, como bien apunta el título. Arranca así una poderosa trama de culpas y remordimientos, con la que Ursula Meier parece disfrutar de lo lindo analizando todas y cada una de las implicaciones que una relación así, alumno-profesora esto es, pueda esconder. No hay matiz que no acabe teniendo su protagonismo, por más o menos veladamente que se trate.

La propia sinopsis ofrecida por Filmin (por donde ha pasado la película vía festival Atlàntida) la tilda de bressoniana. También podrían encontrarse ecos de Emmanuel Carrère, o de Haneke, por mencionar a alguno más. Autores, todos ellos, que a través de sus obras se han metido en algún u otro momento hasta el fondo en las implicaciones psicológicas, poéticas, hasta físicas en algunos casos, de un acto fuera de lo común. El ritmo: tranquilo, reflexivo; dando pie a que el espectador pueda digerir toda la información. El tono: opaco, frío, para que asimile las emociones sin necesidad de melodramas. Así, desde la más absoluta sobriedad, Diario de mi mente va haciendo mella y convirtiéndose en un implacable estudio de personajes con el epicentro situado en una pletórica Fanny Ardant, quien borda un papel tan contenido de cara a la galería como al borde del colapso por dentro.

Un tercer acto algo precipitado en su recorrido hacia un final bastante por debajo de lo visto hasta entonces (precedido, eso sí, por la última gran muestra de interpretación de la actriz) empaña un poco el cómputo global, pero no logra decantar una balanza que se mantiene del lado bueno. El de una película interesante, inteligente, y sobre todo respetuosa con un espectador a quien en ningún momento fuerza a sentir nada que no deba. Él solito se bastará para sentir Diario de mi mente en sus carnes, aunque no se dé cuenta de ello.

Crítica de El caso Kurt Waldheim

Crítica de El caso Kurt Waldheim
El Atlàntida Film Fest de Filmin recupera el mejor documental de Berlín 2018. De por sí, esta frase ya debería ser lo suficientemente atractiva como para hincarle el diente.

Pero es que además, la directora Ruth Beckermann se saca de la chistera una película que si bien hable de hechos (tristes como ellos solos) que ocurrieran hace ya varias décadas, su discurso es tremendamente actual. Y además, El caso KurtWaldheim es tan adictivo como, no sé, The Jinx. No se me malinterprete, poco tienen que ver el entramado de la miniserie de la HBO con este documental, ni en su tono ni en el impacto de su trama. Pero en ambos casos se habla de apariencias, de personajes con más sombras que luces, y con las mentiras masivas que se acaban convirtiendo en verdades por el mero hecho de repetirlas.

El film se centra en el programa político de Kurt Waldheim, en la carrera por la presidencia de Austria a mediados de los años 80. Venía de ser secretario general de las Naciones Unidas, por lo que sobre el papel pintaba de vicio. Que se pareciera más a Freddy Krueger que a otra cosa, y que sus gestos con las manos (que cuentan con su protagonismo en el metraje) fuesen de todo menos amigables, poco importaba. Que se empezara a decir de él que había sido nazi, quizá ya empezó a picar algo más.

Beckermann aprovecha la doble moral que se generó entonces, entre quienes veían a Waldheim en la presidencia austríaca y quienes preferían verle entre rejas, para enarbolar un documental que juguetea con la intriga, así como con el humor negro. Pero que sobre todo destila una mala leche interior (la película es de lo más contenida, de ahí que no se exteriorice en ningún momento) debida a la constatación de que este hecho, con sus matices, sigue ocurriendo. Sólo hay que ver cómo está el panorama político español, en el que nada afectan cajas B, medidas totalitarias o adicciones a sustancias de dudosa proveniencia a la hora de convertirse en la fuerza política de mayor peso, o casi.

Es en ese discurso tan radicalmente actual, donde la película da en el clavo y obliga al espectador a la reflexión. Una película que, por lo demás, se antoja de ritmo ágil aunque algo desigual, y que no sorprende demasiado en sus formas, pero se presenta de manera lo suficientemente fresca como para llegar al público mayoritario. No lo hará, claro, pero es una pena: tiene que verse, y tiene que debatirse.

Crítica de Tower. A Bright Day

Crítica de Tower. A Bright Day
Parece que hay una rama del cine polaco contemporáneo que de un tiempo a esta parte se dedica a meternos el mal rollo en el cuerpo. Lo hace desde relatos costumbristas, desde historias en las que aparentemente nada puede salir mal. A veces, el mal rollo es tirando a poco sutil (por ejemplo, Demon). Pero en otras ocasiones, se trata de una sensación latente que a duras penas aflora y se convierte en algún exabrupto visual, si es que llega a hacerlo. Por estos universos se nuevo el debut en largometrajes de Jagoda Szelc, este Tower. A Bright Day que ya anticipa algo raro desde su eslogan inicial: basada en hechos futuros.

Una familia vive los días previos a la comunión de una de las hijas reuniéndose en una casa. Están padre y madre, hijos, tías y tíos, y la abuela, afectada de una enfermedad que la obliga a quedarse postrada en su habitación y a puerta cerrada. Falta una persona, hermana de la madre, con quien se abre el film. Ya esconde un primer secreto, revelado al poco de llegar.

Pero aún peor, entre susurros se nos alerta de que su llegada va a ser movida. Aún no sabemos ni cómo ni por qué, pero algo hay. Arranca pues el seguimiento de este grupo protagónico durante un brevísimo periodo de tiempo, un suspiro que cabe en el hiato de su título: Tower. / metraje / A Bright Day. / Títulos de crédito/. Ese suspiro que puede cambiar nada y todo, que quizá tenga relación directa con la figura de la torre en el tarot, carta capaz de llegar a invertir directamente una situación hasta la llegada de la siguiente carta a la mesa.

Quizá el problema aquí se derive de cierto abuso de estas primeras, descaradas pinceladas del terror. Obligan al espectador a sugestionarse (como para no hacerlo: susurros, miradas perdidas, secuencias alargadas hasta lo incómodo, naturaleza salvaje), cuando luego, Szelc avanza con calma, flirteando con el tedio, por una trama que tiene poco o nada de relevante para el género. Y donde lo relevante para la elaboración del drama tampoco es que sea fácil distinguirlo. Como si no tuviera del todo claro si quiere virar hacia un lado u otro, en definitiva, quedando en cierta indecisión traducida en un metraje más bien irregular.

Con todo, Tower. A Bright Day acaba cuajando, y además se marca un triple sobre la bocina en forma de un final de aquellos que generan debate. Así pues, estamos ante una película que a veces mira a Von Trier, a veces a Lynch, y a veces a Mungiu. Esto le genera cierto estrabismo que le hace flaco favor, pero se acaba reponiendo y generando no poco mal rollo a quien haya tenido la paciencia de seguir hasta el final. No es excelente ni reinventa nada, pero se graba en la memoria. Ya es.

Crítica de Julie y la fábrica de zapatos (Sur quel pied dancer – Footnotes)

Crítica de Julie y la fábrica de zapatos
Se tiende a describir esta película como la alternativa francesa a La La Land (con un toque de Jacques Demy, ahí sí que se atina un poco más). Sin embargo, simplificar la labor de los directores y guionistas Paul Calori y Kostia Testut a tan sencilla etiqueta, es quedarse cortos. Hasta puede que le haga flaco favor, cuando en esta película hay desde llamamiento a las armas a denuncia social, pasando por retrato socioeconómico de la actualidad... a incluso un poquito de amor. Siendo ésta la más endeble de las tramas, pero también la menos elaborada y por tanto de presencia casi anecdótica en estos 80 minutos de musical francés, sí; colorido y moderno, vale. Pero que si acaso, debería emparejarse más con una versión amable de Los miserables que con la citada película de Damien Chazelle.

De hecho, a penas son necesarios un par de minutos para darse cuenta de que esto no es un musical al uso: la primera coreografía (que no canción) deja tanto que desear, como para entender que no va a ser ese el motor principal de la película, por mucho que de ello se disfrace. Es sencilla, casi improvisada. Y es que lo que pretenden Calori y Kostia es atizar con la mano abierta a una sociedad que no se aguanta por ningún lado. Hacerlo con buen humor y desde la aparente liviandad, pero sin esconder por un momento el hacha de guerra. Nos encontramos a una chica joven en desesperada búsqueda de trabajo digno, que acaba a modo de contrato de pruebas en una fábrica de calzado de alto standing, donde algo raro se cuece. Y es que desde arriba alguien sabe, o cree saber, que la mano de obra oriental es mucho más barata y por tanto pretende prescindir de todo el equipo galo. Primer dilema para la recién llegada: alinearse con su flamante y reivindicativo equipo de trabajo, o seguir la senda de la cadena de montaje y conseguir así la ansiada permanencia laboral. Difícil, cuando se habla de huelga de trabajo, de fletar un autobús para manifestarse.

Esa dualidad moral es la que persigue a la protagonista, atinadísima Pauline Etienne, en todo momento, invitando así al espectador a plantearse las mismas dudas. Aunque se topa con un inesperado traspié a eso de la media hora de la cinta: esa maldita subtrama de amor tan innecesaria como a duras penas tratada. Aparece para atragantarse, desaparece, y sin embargo, empaña un final indigno para una película que parecía tenerlo todo de cara para la estocada definitiva. Si La La Land se salva en buena parte por un final en el que se trata con respeto tanto a espectadores como a personajes protagonistas, Julie y la fábrica de zapatos hace justo lo contrario y, tras un trabajo loable de 80 y pico minutos, a punto está de echarlo todo por la borda en los últimos tres o cuatro. Pelota al palo, menos mal.

Crítica de Paquita Salas (temporada 2 - episodios 1 a 3)

Paquita Salas
Parece que para la segunda temporada de Paquita Salas, alguien haya hecho los deberes. Sólo una persona, por eso. Al menos, en los tres primeros episodios que se nos ha permitido ver. Quienes esperábamos algo más de la serie, encontramos en el segundo episodio de la nueva hornada nuestro bálsamo. Un capítulo cuyo guión se le concede a Brays Efe, protagonista absoluto que se descubre aplicado observador de la realidad. Sólo él parece haber entendido lo que Paquita necesitaba, y nos regala un episodio cargado de excesos en todos los sentidos: ruidoso, estrafalario, con gags de mamporro limpio y cameos de traca. Pero sin caer en el excesivo mal gusto; aquel que generaba rechazo en la temporada anterior cuando Los Javis confundían salirse de madre (bien) con mear fuera de tiesto (mal).

Justamente ellos, los creadores de la serie, suspenden: si es verdad que afilan un poquito más el humor de sus libretos, siguen empeñados en trufar cada uno de ellos de una moralina de andar por casa, repetitiva y ya no sólo innecesaria, sino directamente molesta. La segunda temporada de Paquita Salas vuelve a hacer aguas cuando pretende situarse un escalón por encima del espectador y transformar su The Office, versión cañí en una homilía. Lo mismo que ocurría con La llamada, de hecho.

Sólo los fans más acérrimos de la serie harán la vista gorda, o directamente les importará tres pimientos que cada guión sea una repetición de fórmula básica, con discurso altivo y mirada por encima del hombro. Los demás asistiremos a una versión redux de lo que ya vimos hace algunos meses: ahora canta Rosalía la canción inicial, pero es la misma. Se contrata a actores de un nivel, quizá, algo superior (al menos en número), pero se les da los mismos roles. Y sí, los chistes puede que hagan más gracia, pero son los mismos (cambiando la palabra spam por domain, literalmente), y acaban sepultados por la moraleja de turno. Que es la misma de siempre.

No sé, quizá los tres restantes hayan vuelto a caer en manos de Brays Efe y vuelvan a darle esa revolución que pide a gritos la serie. De lo contrario, mucho me temo que la mecha se le va a acabar más pronto que tarde…

Crítica de Holiday

Crítica de Holiday
Viene precedida de un halo de escándalo del que aquí nada explicaremos, puesto que se condiciona y de qué manera el visionado de una película que no parece querer jugar esa carta. Si bien no se corte un pelo, ojo. Isabella Eklöf quiere contar una historia que arranca desde un lugar que podemos reconocer. Un lugar cercano a la Sofia Coppola de Somewhere (o The Bling Ring), o al Harmony Korine de Spring Breakers: una chica llamativa, ganas de vida lujosa con tendencia al despiporre, una espiral difícil de contener… Pilares que nos suenan, a poco agradables además, que Eklöf construye de manera sumamente sosegada, adormeciendo voluntariamente al espectador como principal hipérbole de la nulidad absoluta de este tipo de vidas. Drogas, sexo, piscinas infinity. Y ninguneos. Y vejaciones. Y violencia. Balanza imposible de compensar con la que la directora juega a su antojo, adentrándonos de paso en esa espiral de desenfreno y cuyo devenir parece intuirse de todo menos halagüeño.

El problema: la directora y guionista nos inserta hasta la última consecuencia y sin concesiones. Peor aún: el mensaje crítico que esconde su Holiday parece que sí, pero en verdad no recorre la senda acostumbrada, escondiendo algún pasaje inesperado que obliga al espectador a masticar antes de tragar. El discurso está ahí, es evidente y no puede ser otro; pero la escala de grises por la que recorre la senda es brumosa como ella sola. De hecho, se ha querido comparar a la cineasta (de nuevo, a causa de una polémica que aquí no desvelaremos) con ciertos nombres, quedando en segundo lugar el que, a juicio de quien esto escribe, es más trascendental aún: más que unas vacaciones, esto son unos juegos divertidos. En el sentido de que, como ya hiciera Haneke cuando destrozara a todo el mundo allá por 1997, fuerza al espectador a tomar decisiones con las que no siempre vaya a estar de acuerdo.

Fundamental para el éxito, el semblante a penas inmutable de una entregada Victoria Carmen Sonne en el rol protagonista. Lo que la rodea parece que no vaya con ella, es normal el consumo de drogas, el abuso de poder (atención a cómo reacciona a una paliza que ve pero no ve), la circulación de ingentes cantidades de dinero. Pero aquí y allá, una sombra extra oscurece su rostro; o una sonrisa, en función de lo que la escena requiera. Miríada de poco perceptibles matices que oscurecen todo el aparentemente intranscendente metraje, y que culmina en un tercer acto de muy difícil digestión. Siempre, eso sí, desde una rigurosidad total por parte de una directora dura como una roca, pero consecuente y consciente de lo que se trae entre manos, y por tanto, incapaz de regodearse gratuitamente en ni una sola de sus escenas. Lo que no quita que el último plano pueda perseguir al espectador durante más tiempo del deseado.

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