BD-Crítica de Drácula: La leyenda jamás contada (Dracula Untold)

Drácula: La leyenda jamás contada

Después de una primera intentona a sepultar en el desierto junto al videojuego de E.T. El extraterrestre, los monstruos clásicos vuelven a ver (a sufrir) cómo uno de los miembros de su equipo se rejuvenece. El legado de Yo, Frankenstein ha caído en manos de Drácula: La leyenda jamás contada, y como en la primera, se busca una redefinición del personaje desde sus orígenes. En la que nos ocupa se rebusca en la historia original de Vlad el empalador, por lo que al menos y a diferencia de la aberrante reinterpretación de la pobre Mary Shelley, se va hacia atrás en el tiempo y se intenta recrear cierta ambientación histórica. A partir de ahí, se tira de imaginación para humanizar al personaje en todo lo posible. ¿Que un tipo llamado "el empalador" le sirvió de inspiración a un escritor para imaginar un personaje temido por propios y extraños, extrapolado al cine normalmente en forma de villano máximo? Nada, that’s Hollywood: tocará humanizarlo para hacer de él un héroe, si acaso desgraciado, de empatía inmediata y por tanto comprensión total. Y de paso, que entre por la vista: Luke Evans será el protagonista. ¿Grave, tendencioso, falso y maniqueo? Bueno, lo mismo ha hecho Clint Eastwood ahora mismo con cierto francotirador. Es lo que tiene la magia del cine...

La fórmula agota, y uno se desespera cuando donde parece que vaya a haber un atisbo de perversa frescura (y la historia de Vlad se presta a una oscuridad –no confundir con la nolaniana- infinita), todo el potencial desaparece en pos de la misma senda de siempre. Que si personaje bueno que sufre, que si sacrificio para salvar a los suyos de un malo infinitamente peor... ¿Hablamos de Drácula, o de Jesucristo? La historia de siempre, pero ese, en verdad, debería ser un problema relativo habida cuenta de su previsibilidad. Que se trate de un revienta taquillas pensado para (casi) todos los públicos deja poco pie a innovaciones violentas, negativas, o de profundas cuestiones morales en todo caso. El problema radica en su absoluta imposibilidad por salirse de lo acartonado. Por hacer, pese a la nulidad de su esencia, un producto con entereza, ya sea en forma de situaciones llevadas al extremo (dentro de lo comercial) o, sobre todo, personajes con algo más de entereza. Lejos de ello, el debutante Gary Shore propone un espectáculo hueco, impersonal y muy poco épico pese a su despliegue digital, con el que toma dudosa forma el timorato guion de Matt Sazama y Burk Sharpless, probablemente, los mayores responsables del desaguisado.

Drácula: La leyenda jamás contada

Aunque algo de luz sí se intuye. La esperanza de Drácula: La leyenda jamás contada, se traduce en un film que por lo menos apuesta por el entretenimiento sin demasiadas pretensiones, pues la (por lo visto) obligada oscuridad nolaniana (ahora sí) parece ser tomada a pitorreo, y a ello se suma algún que otro giro hacia lo más trash de la serie B, puntualmente delicioso: ese Charles Dance en plan Nosferatu inicial, las pintas de Dominic Cooper, y por lo general un entramado muy de opereta que garantiza algún que otro momento de hilaridad, sumado a una exigencia cerebral nula para poder seguir el argumento. Vamos, que puede uno sentarse ante el monitor más preparado para pringarse con el aceite y la mantequilla de sus palomitas que para atender a la película, y sacar de provecho alguna que otra sonrisa con una película que desanima por su falta de punch, originalidad, épica y trascendencia, pero que al menos logra convertirse en un entretenimiento moderado.
4,5/10

Drácula: La leyenda jamás contada

Y en el Blu-Ray...
Una vez más, la Universal se desmarca con un Blu-Ray muy por encima de la propia película. Si bien la calidad de la imagen no sea la más espectacular hasta la fecha, los 1080 le sientan como anillo al dedo tanto en los momentos de mayor número de elementos en pantalla (y el film es bastante barroco cuando quiere), como en los pasajes con más tonos oscuros, en los que la calidad se mantiene inmutable. Se aprecia cierto grano aquí y allá (en algún caso es demasiado evidente), pero por lo general su aspecto es excelente. Por su parte, el audio es impecable en su master digital 5.1 inglés, desmarcándose de un doblaje castellano correctísimo, pero algo inferior en la reproducción de los efectos sonoros. Completa el conjunto un goloso material añadido, inesperado para la película de marcado perfil bajo como la que nos ocupa:
  • Inicio alternativo: Dos nuevos minutos de la película (no pasan de curiosidad), con comentarios opcionales.
  • Escenas inéditas: Seis escenas, un total de 13 minutos, y con la posibilidad de incluir audiocomentarios (no demasiado explicativos, avisamos).
  • Luke Evans : Creando una leyenda: Documental (o así) de unos 20 minutos centrados en el trabajo del actor para enfrascarse en el papel de Drácula.
  • Un día en la vida de Luke Evans: Cápsula de 10 minutos que resume lo anterior pero desde fuera, en tercera persona.
  • Drácula recontado y Matando a 1.000: elaboración de la batalla: Sendas cápsulas de 7 y 5 minutos respectivamente.
  • La tierra de Drácula: Mapa interactivo.
Además, incluye la opción de ver la película con audiocomentarios del director y del productor.

DVD-Crítica de Magical Girl

27.2.15 redacción
Magical Girl
Hace apenas 4 años, si alguien hubiera preguntado en una reunión de cinéfilos quién era Carlos Vermut, la respuesta generalizada hubiera sido un gran NS/NC, y tampoco sería raro ni criticable, ya que hasta ese momento el director madrileño apenas había dirigido un par de cortometrajes (entre ellos, el desternillante ganador del Notodofilmfest del 2009, Maquetas, disponible en YouTube) y su repercusión no era tan grande como lo es actualmente. Tampoco el estreno (on-line) ese mismo año de su primer largometraje supuso un gran reconocimiento popular para Vermut, pero sí que su nombre consiguió hacerse un hueco entre los cineastas de culto (aunque quisieran meterlo con calzador entre los nuevos realizadores low cost, debido a los escasos 20.000€ que costó) gracias a Diamond Flash, una de las películas más indefinibles que ha parido el cine patrio en la última década, donde, sin titubeo alguno, se daban la mano géneros tan distantes como el social y el de superhéroes, combinando el drama (con temas sensibles, entre otros la pedofilia) y el humor más desconcertante, revestido con ciertas ideas y formas autorales (leves, pero mantenidas, como la sutil dilatación temporal de ciertos planos), dando como resultado una de las experiencias cinematográficas contemporáneas más sorprendentes a las que este humilde servidor ha podido asistir. Y ¿cómo puede ser, con todo esto a sus espaldas, que ahora el nombre de Carlos Vermut sea prácticamente vox populi? Pues, además de por llevarse el premio a mejor dirección y película en el último festival de San Sebastián, por sus siete nominaciones a los Goya y por los incontables elogios que ha recibido (Almodóvar dijo que era “la revelación española del siglo”), Vermut ha alcanzado la popularidad, hablando en plata, por haber escrito con letras de oro una nueva página en la Historia del cine (y no me parece descabellado decir que no sólo del español) con su segunda película: Magical Girl.

Debido a lo peculiar de su trama, intentaré entrar en los mínimos detalles posibles para que el espectador que (todavía) no la haya visto, pueda disfrutar de la experiencia de descubrirla en todo su esplendor e impacto (a veces, en esto del cine, vale la pena), pero dando cuatro pautas básicas, resumiremos que Luis, un profesor de literatura en paro, trata de hacer realidad el deseo de su hija Alicia de 12 años: tener el vestido oficial de la serie japonesa Magical Girl Yukiko. En estas circunstancias, conoce a Bárbara, una atractiva joven que sufre trastornos mentales, y a Damián, un profesor retirado con un tormentoso pasado. Y hasta aquí podemos leer, ya que si consideramos Magical Girl como una asombrosa película, no es tanto por sus elementos argumentales (ojo, que también), sino, sobre todo, por cómo los maneja, mezcla, reconstruye y expone. Y eso es lo que intentaré destacar en las siguientes líneas.

Magical Girl

Al igual que, como comentábamos arriba, en su anterior film, en Magical Girl vuelven a aparecer ciertos elementos que ya podrían considerarse una característica del cine de su director (muy a su pesar), a saber: la sorprendente mezcla de géneros, y el enorme contraste que supone el englobar desde (one more time) el cine social, con el cine negro (seguramente, el más sólido y remarcado de todo el metraje), con el anime japonés e incluso con el cine de misterio, llegando a coquetear por momentos con ciertas parafilias de turbulento origen; las abundantes inflexiones entre comedia/drama, incluso sucediendo dentro de una misma escena (algo que Vermut expone magníficamente en su corto, también en YouTube, Don Pepe Popi); la encomiable economía de planos, fruto de una ardua elaboración previa en la puesta en escena (ojo como se trabaja la distancia física entre los personajes en muchos de sus encuadres, la frialdad generalizada (apenas hay elementos) de los entornos en que se mueven, y a lo que contribuye la dilatación mencionada antes); y sobre todo, las múltiples paradojas y rupturas en las expectativas narrativas del espectador, llegando a dejar espacios en blanco (máxime en el pasado de los personajes), aunque suficientemente remarcados para no perder toda referencia, gracias a una narración tremendamente subliminal, rica en elipsis, que en palabras del propio director, pretende tratar al espectador como un ser inteligente que participe en la creación del film, sacando sus propias conclusiones e ideas, bastante más terroríficas, oscuras y grotescas de las que yo podría plantear.

Mucho se ha hablado de las influencias en el imaginario de Magical Girl, especialmente la referente al manga, y no les falta razón, ya que son evidentes los paralelismos con el maho shojo o el kegadol, géneros existentes en el orbe de esos cómics, pero si hay alguna base oriental más sólida en la película de Vermut es la literatura japonesa, no sólo por el evidente homenaje a Rampo Edogawa y su libro más célebre, El lagarto negro, sino también por la fuerte influencia de (curiosamente) mi escritor nipón predilecto, el polémico Yukio Mishima, de quien sin ningún género de dudas, se adaptan algunos de los temas centrales de su obra, que también vertebran el film: la sumisión/dominación de los personajes entre sí como representación de las relaciones de poder, mediante la tensión latente en que se verán envueltos y puestos a prueba. Unos personajes sin maldad inherente, marcados a fuego por el pasado, que acaban tejiendo una red a su alrededor, en la que inevitablemente se ven atrapados, y en la cual reaccionarán destrozándose y sacando lo peor de ellos, por culpa de decisiones radicalmente emocionales (directamente relacionadas con el amor paternal/conyugal/carnal) y más cercanas a la enajenación que a la razón, pero forzadas por las situaciones en que se verán envueltos.

Magical Girl

El guión, del propio Vermut, fragmentado en capítulos, bascula entre tres historias, protagonizadas por los tres personajes centrales, interpretados por Bermejo (una peculiar revelación), Lennie (la mejor actriz de nuestro cine menor de 30, y el personaje más complejo, interesante y sombrío del film, la particular femme fatale) y Sacristán (¿qué decir del gran Sacristán?), que en su particular cruce de caminos, parece incluso modificarse el género que seguía la narración hasta ese momento, pero incluyendo al anterior en el contexto del nuevo, logrando cierta mutación en la percepción de lo que vemos, y dando como resultado situaciones que aparentemente no son coherentes con el escenario en el cual se desarrollan, ya que, de nuevo en palabras del propio Vermut la realidad no entiende de géneros por estar llenos de reglas, por eso la vida no comprende de códigos, y cuando haces cine de género estás sometidos a muchos de forma muy marcada, por eso lo interesante es darles la vuelta y que todo explote. Si a esto le sumamos, más que dosificación de información, el progresivo planteamiento de conflictos que se van revelando poco a poco frente a los ojos del espectador, se entiende el hecho de que sea importante no desvelar gran parte de lo que sucede en su metraje.

Todo lo dicho, además de una brillante utilización de la música, con canciones de géneros tan opuestos como la copla y el karaoke nipón (de nuevo, el uso de contrastes muy marcados), el brillante prólogo (inevitable pensar en el microguiño a Wes Anderson) que cobra toda su importancia en la correspondencia con la escena final, como broche perfecto, hacen de Magical Girl una brillante película repleta de grandes y pequeños detalles (que crecen tras cada nuevo visionado), pero también un apasionante puzzle en que la última pieza (al igual que en la simbólica escena del film) corre a nuestro cargo. Tal vez sea demasiado pronto, y seguramente muchos al leerme dirán que exagero salvajemente, pero no creo que mi afirmación final sea gratuita: dentro de unos años y con más perspectiva, al hablar de Magical Girl, se hará con el mismo respeto y veneración con el que actualmente se habla de obras clave de nuestro cine como Surcos, Muerte de un ciclista, El extraño viaje o El espíritu de la colmena, por citar solo algunas. Esperemos que ese día no tarde mucho en llegar, mientras tanto, disfrutemos de la maravillosa niña de fuego.
9/10
Por José Antonio Bracero Díaz

Magical Girl

Y en el DVD...
Lamentablemente, Cameo nos ha facilitado una copia del DVD de la película, cuando la mejor forma de disfrutarla es mediante el Blu-Ray que también tienen editado y cuya calidad es muy superior. En todo caso, el hermano pequeño hace lo que puede con una imagen que podría calificarse de notable: respeta el tono de lo visto en la gran pantalla, pero se pelea lo indecible con las sombras y los diversos oscuros con que cuentan muchos planos. Por su parte, el audio se presenta en un correcto 5.1, con posibilidad de adjuntar subtítulos en francés e inglés, no en castellano.
Los extras son los mismos en ambas ediciones:
  • Trailer, Otros títulos, Ficha artística y Ficha técnica.
  • Making of: Poco menos de media hora con un profundo estudio del imaginario (o así) de Vermut. Muy interesante explicar no sólo cómo se cuenta, sino qué se cuenta.
  • ¿Qué es Magical Girl?: Un resumen de lo anterior, basado en declaraciones de los actores y el director.
  • Producir en España: Interesante material en el que se ponen a debate los métodos de producción y distribución de cine de por aquí. Interviene buena parte de lso responsables de Magical Girl.
  • Toros, coplas y anime: declaraciones, charlas, y opiniones sobre el universo que crea el film, a caballo entre la cultura española y la japonesa.

Estrenos de la semana (27 de febrero)

Aún tenemos agujetas en el cerebro, que arrastramos desde el lunes por la mañana. Pasaron los Oscars, la gente comentó hasta la saciedad y durante un momento parecía que no importara nada más en el panorama cinematográfico. Coppola podría haber anunciado la cuarta entrega El Padrino y a la gente se la habría soplado. Afortunadamente la gilipollez colectiva (dentro de la que nos incluimos, por supuesto) se disipó y ahora toca volver a la rutina y encarar un montón de películas que no quiere ver nadie. Lo cual no deja de ser un tremendo error, claro. Porque este viernes llegan un par de títulos fortachones que no conviene dejar pasar. Por un lado una sueca multipremiada -y también injustamente olvidada en los Oscars- y por otro una que demuestra que esta temporada los italianos se están luciendo muy seriamente: a las muy notables La trattativa, La mafia uccide solo d’estate, El capital humano, Il giovane favoloso o Calabria viene a unirse ahora esta nueva propuesta de Alice Rohrwacher. Way to go, amigos del este.
Os lo contamos con más detalle a continuación.

Fuerza mayor
Ruben Östlund dirige la que es probablemente la mejor película europea estrenada en este país este año. Esto es la historia de una familia que está en los Alpes de pijerío y que en determinado momento tonto sufren cierto accidente menor. Aparentemente menor. Porque de golpe y porrazo ello pondrá patas arriba la estabilidad familiar, la relación entre los padres y la manera como todos los miembros entienden las nociones de responsabilidad y supervivencia propia. Parte melodrama parte comedia negra, Fuerza mayor radiografía los sentimientos propios y conyugales con una precisión asombrosa y los expone formalmente con igual o mayor rigor. Pocas películas alcanzan la coherencia visual de esta. Pocas están tan admirablemente rodadas y montadas. Pocas entienden tan bien el equilibrio frágil entre fondo y forma que, bien medido, convierte a una película en algo sólido y sin fisuras. Tal y como está el patio, tenemos suerte de que finalmente se estrena esta tremenda obra maestra.

El país de las maravillas es la otra potente de la semana. No a nivel comercial, claro, pero sí en tanto que interés artístico. Es la nueva película de Alice Rohrwacher y trata de nuevo la transición de la adolescencia, solo que desde un prisma un tanto distinto: no deja de haber algo de realismo mágico (bien entendido) en esta historia de misterio rural y cotidanidad sorprendente. Buena película.
Los amantes del cine de género fantástico-terrorífico (si es que eso es UN género) esta semana pueden darse por satisfechos, al margen de los resultados que pueda dar cada título independientemente. Por ejemplo, Ex-Machina es un intento de ciencia ficción robótica seria y fundamenteda del que se hablan cosas bastante positivas en general... pero no tan alentadoras en nuestra crítica (lean, lean). Kingsman: Servicio secreto es una peli Marvel que no es de Marvel, una mezcla de agentes secretos y mutantes protagonizadas por un Colin Firth que adiestra chavales. La dirige Matthew Vaughn en su tercera incursión en el género. Pinta. Pero en cambio La mujer de negro 2: El ángel de la muerte es la innecesaria secuela de aquel éxito inesperado del terror gótico que llegó hace tres de temporadas. Ya no está Daniel Radcliffe ni tampoco las buenas críticas.
Tampoco ha acompañado a Samba el éxito de su predecesora, cierta tragicomedia sobre un señor en silla de ruedas y su cuidador que sacudió el cine francés hace pocos años. No, no me atrevo ni a nombrar semejante horterada. El caso es que uno de los protagonistas, Omar Sy, repite. Se rodea de buena compañía (Charlotte Gainsbourg, palabras mayores) y la recepción ha resultado, cuanto menos, tibia.
Last, and least, tenemos Amazonas, el camino de la cocaína, un documental español que investiga los senderos de la coca en los lugares más inaccesibles del Amazonas. No sabemos muy bien de dónde sale y, la verdad, no tenemos ninguna referencia.

Crítica de Ex-Machina

25.2.15 redacción
Ex-Machina
BARBAZUL EN LOS TIEMPOS DE LA PROGRAMACIÓN
Barbazul era un tipo temible, no sólo por su barba de color excéntricamente azul, sino por su pasión por matar a sus esposas, quienes se habían casado con él atraídas por su inmensa fortuna. En el cuento de Charles Perrault, la última mujer es salvada por sus hermanos que llegan al castillo segundos antes que sea ejecutada. En Ex-Machina, en cambio, es el héroe quien es invitado a la mansión y al que se advierte que no debe abrir todas las puertas. Pero pronto descubrirá que la mujer ahí encerrada está en peligro y él, evidentemente, intentará evitarlo...

La diferencia es que en la película que nos ocupa el personaje equivalente a Barbazul (quien conserva la barba, pero no el azul) es un poderoso propietario del mayor buscador de Internet (alias Google) y "su mujer" Ava, un fruto de su propia creación, un robot, a quien ha dotado con el conocimiento de todos los datos que los humanos expresan o intercambian a través de Internet (es decir, casi de superpoderes). El invitado, Caleb, es un empleado de su empresa quien acude al encuentro como Charlie a la fábrica de Willie Wonka, gracias a un concurso que cree aleatorio. El encuentro entre Caleb y Ava se justifica por un supuesto test de Turing al que tiene que someter a la robot para determinar si ésta posee o no conciencia. Y digo "supuesto" porque aquí es donde se encuentra el primer fallo del argumento del film. El test de Turing sólo tiene sentido si el examinador no ve a la máquina y tiene que determinar si quien entrevista es un humano o una inteligencia artificial. Aquí, la máquina está al descubierto desde un inicio por lo que llamarlo "test de Turing" es simplemente una excusa que no se sostiene.

Si bien esta es un primera premisa que chirría en la trama, podríamos pasarlo por alto pues el inicio de la película es prometedor: la ambientación es sugerente, y la casa de Nathan funciona muy bien como no-lugar para una ciencia ficción reflexiva que quiere ahondar en las profundidades de lo que nos hace humanos. El precioso paraje natural en el que está situada (una Noruega disfrazada de Alaska) proporciona el perfecto contraste para la mecanización de la que habla. Las interpretaciones de Alicia Vikander y Domhnall Gleeson (a quien ya vimos en el también distópico mundo de Black Mirror: Be Right Back) son elegantes y eléctricas, deslizándose con la mezcla perfecta de suavidad y tensión que pide el escenario. También el diseño del robot-mujer, el centro del film, resulta apropiado, equilibrando entre máquina y sensualidad femenina con acierto, sin desmesurarse en ninguno de los extremos.

Además el planteamiento parece abrirse camino hacia temas como el hombre vs. la máquina, la batalla de sexos, la evolución de la humanidad hacia una progresiva mecanización, la mujer como objeto sexual y muchos otros, que aunque ya antiguos y usados, siempre merecen una moderna revisita.

Ex-Machina

Pero al llegar a la segunda parte de la película, la historia empieza a desmoronarse por todas partes. Si bien como espectador se tarda poco en sospechar que las intenciones de Nathan-Barbazul son otras y que quien en realidad está bajo examen es el invitado, parece que Caleb-Charlie es tan inocente que no lo percibe. Cuando además se le añaden elementos tan endebles como los constantes apagones de electricidad que permiten que los personajes hablen sin que las cámaras graben, uno empieza a distanciarse inevitablemente de la ficción hasta llegar en ciertos instantes al peligroso punto donde es posible interpretar una situación dramática y seria como risible y ridícula.

El problema de Ex-machina no es que no sea suficientemente inteligente, sino que subestime la inteligencia del espectador. Y esto lo hace en diferentes niveles. Por una parte, por no considerar que su nivel de sospecha, ya muy desarrollado gracias a años y años viendo películas de ciencia ficción y thrillers, puede ser superior al del inocente protagonista. Y por otra, por su empeño en rellenar todos los diálogos (y las paredes) con citas de científicos, pintores, filósofos y demás eruditos, a las que se encarga hasta de poner el pie de página con la fuente para asegurarse que a nadie se le haya escapado; cuando la mejor cita es aquélla que puede ser reconocida por quien conoce la fuente, pero que no interrumpe el discurso del film a quien no la reconoce.

Ex-Machina

En cambio Ex–Machina se olvida de revisar bien sus propias influencias. Para la creación humana de un ser artificial que desobedece a su amo, ya tenemos a Frankestein o a Pinocho, para la confusa dicotomía entre hombre y robot, Blade Runner, para una simple historia de amor entre inteligencia humana y artificial está Her, y para tratar la deshumanización del ser humano contrastándola con la humanización de los robots mejor vemos Under the Skin. Incluso la emulación de Barbazul no se explicita como una declaración de principios evidente.

Si Ex-Machina hubiera apostado por un perspectiva nueva de los mismos temas, y hubiera exigido más consistencia a su trama, tendría alguna oportunidad más de hacernos gozar con su exquisita elegancia.
5/10

Crítica de The Better Angels

Aviso previo: a lo largo de esta reseña aparecerá muchas, muchísimas veces el nombre de Terrence Malick. Y lo lamento, no quisiera ser injusto con el trabajo del debutante A.J. Edwards, pero es que la impronta del autor de Malas tierras se encuentra exageradamente presente en esta The Better Angels, lo cual dificulta sobremanera la tarea de analizarla como un producto independiente y autosuficiente. No en vano el propio Malick es mentor de Edwards y apadrina esta película que pretende documentar, desde un punto de vista más expresivo que biográfico, la infancia del presidente Abraham Lincoln, quien creció en una pequeña comunidad en los bosques de Indiana a principios del siglo XIX, rodeado de sus familiares más cercanos. El autor plantea su historia como un relato humanista entorno a la maduración, la de un hombre que determinará el curso de la Historia de su país antes de ser siquiera eso, un hombre, y enfocada desde las relaciones entre las personas y de estas hacia la naturaleza, que como en Malick se presenta majestuosa, delicada, furiosa, cristalina o inescrutable. La diferencia, que Edwards plantea una representación de la misma condicionada por un recurso estilístico, digamos, artificial: un inmaculado blanco y negro que opera desde el naturalismo tanto como desde el expresionismo y que interpone entre la película y el espectador un distanciamiento histórico.

Todo plantea un esteticismo que, obviamente, presentará dudas y recelos. ¿Estamos ante un intento legítimo de acercar a la tierra, a los hombres, sensaciones trascendentales y otras manifestaciones de lo divino? ¿O bien todo es un gran ejercicio manierista devorado por su propia ansia formalista que capta las formas del maestro pero no reproduce su impacto emotivo y filosófico? Desde luego The Better Angels se pretende epifánica y parece buscar la iluminación a través de la naturaleza, que debería ser la manifestación de lo divino en la Tierra, pero eso mismo ya estaba en Malick. Y todo, absolutamente todo, remite a él. Especialmente a sus últimas películas: la música (responsabilidad de Hanan Townshend autor de la banda sonora de las tres últimas obras de Malick), su cadencia narrativa, la iluminación, el estilo en general -de un lirismo arrebatador- y la caligrafía de cámara. Esa permanente organicidad que aporta el uso de la cámara al hombro, los constantes reencuadres -de planos generales a primeros planos en movimientos fluidos de cámara- el montaje fragmentado e incluso la voz en off, que concreta tanto como se pierde en ocasionales digresiones entorno a la condición humana. Y, de nuevo, aunque la cosa gana matices cuando apela a Tarkovsky o a la sacralidad escénica de Dreyer, uno siempre termina pensando en el mismo referente.


Y es un referente inapelable, cuidado. Como en el cine de su mentor, Edwards genera con su debut un generoso caudal de sensaciones de tipo intelectual y emotivo; resulta inspiradora y también epatante; es lúcida e intensa y logra indagar en los sentimientos y reacciones humanas con una brillantez admirable. Reflexiona con una serenidad poco común en un debutante sobre la soledad, la muerte, el aislamiento, la disciplina, la rigidez de los principios que imponen los adultos a los jóvenes y, especialmente, el paso a la edad adulta. Todo marcado por la vida en el campo y la austeridad más radical. Sí, todo ello es cierto. Y no menos cierto es que lo justo sería analizar esta película sin saber que detrás se esconde el propio Malick como productor, que deberíamos poderla valorar los logros de manera independiente y reconocerle a Edwards las muchas virtudes técnicas y expositivas de las que parece hacer gala. Pero, una pena, la propia película no nos deja. De modo que podemos refugiarnos en una valoración global tibia, un sí pero no, que es lo que vamos a hacer nosotros mientras esperamos al próximo movimiento del realizador. Pero debemos tener presente que nos encontramos ante una película y un creador que mientras no se despegue con una voz propia terminará en un peligroso limbo marcado por la amenaza de la pedantería, la pretenciosidad y el engolamiento. Una película preciosa, intensa, lúcida e hipnótica, pero que no pertenece a su autor.

6/10

Oscars 2015: los ganadores

Oscars 2015

Así, rápido y crudito, que hay que dormir y recuperar las horas de sueño que esta eterna gala nos ha robado. No, no ha sido culpa de Neil Patrick Harris, que ha hecho un trabajo encomiable, El problema de este programa televisivo es muy profundo y costará arreglarlo. Qué pereza, qué aburrimiento, qué cruz. Pero en fin, que ya estamos contando los días que quedan para la ceremonia que viene. Con vosotros, los ganadores de los Oscars... con la indignación casera por bandera.

Mejor película
Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

Mejor director
Alejandro González Iñárritu - Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

Mejor actor principal
Eddie Redmayne - La teoría del todo

Mejor actriz principal
Julianne Moore - Siempre Alice

Mejor actor de reparto
JK Simmons - Whiplash

Mejor actriz de reparto
Patricia Arquette - Boyhood (Momentos de una vida)

Mejor película de habla no inglesa
Ida

Mejor guión original
Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

Mejor guión adaptado
The Imitation Game (Descifrando Enigma)

Mejor montaje
Whiplash

Mejor fotografía
Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

Mejor banda sonora
El gran hotel Budapest

Mejor canción
Selma

Mejor dirección artística
El gran hotel Budapest

Mejor vestuario
El gran hotel Budapest

Mejor maquillaje
El gran hotel Budapest

Mejor sonido
Whiplash

Mejores efectos sonoros
El francotirador

Mejores efectos visuales
Interstellar

Mejor largometraje animación
Big Hero 6

Mejor cortometraje de animación
Buenas migas (Feast)

Mejor largometraje documental
Citizenfour

Mejor cortometraje documental
Crisis Hotline: Veterans Press 1

Mejor cortometraje de ficción
The Phone Call

Crítica de Black Mirror: White Christmas

21.2.15 redacción
Black Mirror: White Christmas
WHITE MIRROR - Contiene Spoilers sobre el episodio.

La serie británica Black Mirror creada por Charlie Brooker ha conseguido en dos temporadas (de tres capítulos independientes cada una) dibujar un futuro distópico no muy lejano donde sentirnos terriblemente identificados. Un retrato de la sociedad actual a través de una de sus obsesiones: la tecnología, las pantallas, todos estos aparatos que, apagados, no son más que exactamente eso: un espejo negro. Black Mirror es este espejo en el que, a pesar de la dureza del reflejo que devuelve, queremos seguir mirándonos.

Este diciembre se estrenaba con gran expectativa un capítulo especial navideño de duración excepcional de 90 minutos titulado, precisamente, White Christmas. Dirigido por Carl Tibbets (quien ya dirigió el capítulo 2x02, White Bear) y con John Hamm, Rafe Spall y Oona Chaplin entre el reparto.

Hasta ahora, cada capítulo se había centrado en un aspecto concreto de esta distopía: la muerte, la memoria, la política, la justicia, etc. Una proyección de nuestros miedos y de nuestra vida cotidiana. Significativamente, si hablas de la serie en una conversación de café nunca habrá consenso sobre cuál es el mejor capítulo: cada cual tiene su preferencia y sus argumentos para defenderla. Esto es un claro ejemplo de cómo Black Mirror ha mantenido un nivel altísimo de calidad, ha explotado un motivo que nos inquieta y nos fascina a partes iguales.

El capítulo que nos ocupa, sin embargo, no ha logrado mantenerse a la altura de la expectativa. Sin restarle méritos a las destrezas interpretativas y visuales, la trama deambula sin encontrar un rumbo claro, y el resultado acaba siendo una pieza virtuosa pero menos contundente de lo que nos tenía acostumbrados.

En un inicio, parece que la flecha va hacia la destrucción de la barrera entre lo real y lo virtual, la proyección de un mundo donde ha desaparecido todo rastro de intimidad debido, sobre todo, a que todo el mundo lleva implantada en el ojo una "lentilla" que hace a la vez de teléfono, de cámara, de red social, etc. (es decir, las "Google Glasses" sólo que en este caso "Google Lentillas").

Pero después introduce otro factor que es la posibilidad de estas instrumentos de "bloquear" alguien. De manera similar a la que hoy en día lo hacemos en Facebook o en otras redes sociales, en medio de una acalorada discusión en el mundo distópico de Charlie Brooker se puede impedir a alguien de sentir y ser sentido, e incluso de ver y ser visto. Y además, puede ser de forma definitiva. Se trata, sin duda, de una aplicación interesante, pero no queda suficientemente sustentada ni explicada por la trama. Uno de los protagonistas de White Christmas se encuentra "bloqueado" por la que hasta el momento era su pareja, y en este hecho se basa el drama del personaje. Pero por más cruel y dura que nos parezca su situación es tramposa, ya que no lo es por efectos de las nuevas tecnologías sino de una droga mucho más antigua y cruenta: el amor. (¿No sería lo mismo si ella en lugar de "bloquearlo" simplemente le hubiera dejado?)

Black Mirror: White Christmas

Otro hilo de la narración nos lleva a una reflexión en torno a la esclavitud tecnológica: si hoy en día ya somos bastante esclavos del móvil, de la tecnología, de la de la red, de mirarnos el ombligo, Tibbets lo lleva al extremo cuando nosotros mismos nos convertimos en una cookie, es decir, nos hacemos extraer nuestra conciencia para hacer un "mini-yo" que trabaje para nosotros. Se trata de una literal auto-esclavitud: nos hacemos prisioneros de nosotros mismos por nuestro propio interés. Pero otra vez, una genial idea se encuentra poco apoyada por la trama: la protagonista se hace hacer una cookie de sí misma nada menos que para que le controle la casa y le tueste las tostadas a su gusto.

Más tarde, la idea de la cookie se conecta también con su utilización para la justicia: sirve para extraer a los prisioneros una confesión de su crimen (pudiendo así relacionar el capítulo con el anterior del mismo director, de temática similar). Además, como la extracción de la conciencia es, en el fondo, un desdoblamiento de la personalidad, una clonación, al final descubrimos que el protagonista se encuentra atrapado en una mise en abyme, un juego de espejos, un show de Truman, un cuadro de Escher bastante ingenioso.

El resultado es un excelente producto televisivo a nivel de realización e interpretación, pero con un motivo y una trama demasiado desdibujados, un Black Mirror menos Black, una especie de White Mirror que no me atrevería a criticar si no fuera por las implacables imágenes que la serie de Charlie Brooker nos había hecho llegar anteriormente. Esperaremos, impacientemente, más y mejor.

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