Crítica de Spider-Man: Homecoming

Es especialmente significativo el subtítulo de este nuevo reinicio de la saga arácnida, el segundo después de finiquitada la trilogía Raimi. Algo no funcionaba en el spiderverso y todo pedía a gritos este homecoming que funciona en un doble sentido: por un lado muestra a un Peter Parker ligeramente más joven, en pleno instituto y preparándose para el baile de final de curso (eso es, el homecoming). Por otro lado, esta película supone el retorno del personaje a la casa madre, previa aparición estelar en Capitán América: Civil War. Ajustadas las cuentas legales con Sony Spider-Man ya es franquicia cinematográfica 100% Marvel Studios. Y por lo tanto ya puede interactuar con el mismo Cinematic Universe que pisan los Vengadores y el resto de personajes (mutantes no incluidos) de La Casa de las Ideas.

La re-toma de control deriva en las consecuencias más previsibles: amortiguado cualquier rastro de personalidad del director Jon Watts (surgido del fantástico y el suspense de serie B) Marvel ha parido otro producto Marvel. Otra película que en su fondo y estructura interna sigue siendo previsible, sigue sin transgredir en ningún momento el libro de estilo, sin romper el molde como sí hiciera, en algunos momentos, Doctor Extraño. Tampoco arriesga, ni desafía, ni da mucho que pensar, o reflexionar, más allá de los dilemas y las cuitas adolescentes que trae implícitas el personaje desde su génesis tebeística. No reformula los tropos formales del universo arácnido conocido, ni de la fábrica Marvel ni, obviamente, del mundo del superhéroe urbano. Ni, vayamos ya a lo concreto, resulta mejor que la mejor película del personaje hasta la fecha, la imponente Spider-Man 2 de la era Raimi.

Perfecto. Pero es que ¿cuándo se ha planteado Marvel Studios hacer algo de todo eso? Diría que casi nunca. Sus ambiciones son tan maximalistas (romper la taquilla tejiendo un megatapiz que se va a extender hasta donde dure la sensatez económica) como extrañamente modestas. Ninguna de las películas Marvel jamás ha aspirado a una trascendencia tan molesta, embotada y, al final, estéril como la que se ha venido proponiendo, en los últimos años, su Distinguida Competencia. Excluyo Wonder Woman. No, Marvel pretende rodar películas competentes e intachables, buenos espectáculos que entretengan, diviertan y mantengan alta la dignidad del género. Que resulten trascendentes de manera natural (mediante lo lúdico, que es una manera tan o más válida de contar cosas importantes) que dejen un pequeño resquicio (ahí sí) a la visión personal del director y, en fin, resulten buenas películas de superhéroes. Buenas películas a secas. Y Spider-Man: Homecoming lo es.

También es un lavado de cara ajustado a la sociedad actual, no tan oportunista como de verdad necesario, en un momento en que los escándalos de white-washing y los reproches por la ausencia de minorías siguen salpicando Hollywood. Aquí Peter Parker sigue siendo blanco, pero su mejor amigo tiene raíces asiáticas, su interés amoroso es afroamericana, igual que otro personaje relevante que me guardaré de revelar; Flash es hispano y la tía May es italoamericana. Por otro lado el tono recupera una filia infalible en el cine adolescente y que vuelve a estar de moda desde hace unos años: la aventura ochentera con el instituto como sede de operaciones. El fantasma de John Hughes planeando por esta historia de búsqueda de aventuras en la ciudad y gestión de romances en los pasillos escolares. Watts habla a platea treintaañera obviando contar por tercera vez el origen del personaje e insertando por otro lado gran cantidad de homenajes no sólo al universo Marvel sino también al cine de los 80: por aquí pasan guiños a Todo en un día o El club de los 5.

Se deduce por si solo, de todo lo dicho: el humor sigue siendo la espina dorsal de las producciones Marvel (divertidísimos los cameos del Capi), especialmente en un personaje tan verborreico como Spider-Man. Tom Holland, nuevo Parker, da el nivel al respecto en un cast, por lo demás, ajustado y entregado a unos personales carismáticos y entrañables, a excepción, quizá, de la desaprovechada Liz. El sector joven cumple con creces. Los veteranos, Michael Keaton como el villano Buitre (glorioso corte de mangas al elitista hombre pájaro del repelente Iñárritu), Marisa Tomei como nueva y rejuvenecida tía May y el inevitable Tony Stark de Robert Downey Jr. dan empaque y ofrecen profesión, certificando si no el riesgo creativo por lo menos sí la infalibilidad comercial.

El resultado es lo más cercano posible a un Spider-Man indie que ha sabido mantener la frescura y la diversión en un modelo, como comentaba al principio, cerrado y sólo medianamente flexible. Una piedra más en el parque de atracciones Marvel que, a este paso, nos agotará a nosotros por cantidad antes que agotarse su calidad. Y eso, para los que aún tenemos ganas de capas y pijamas, siguen siendo buenas noticias, especialmente en un año en el que se ha demostrado una vez más que en este género la luz (Homecoming, Wonder Woman, Batman: La Lego película) siempre terminará ganando a las tinieblas (de la muy mediocre Logan, por ejemplo).

7’5/10

Por Xavi Roldan

Crítica de A 47 metros (47 Meters Down)

a 47 metros critica
La muerte del cine no ocurre a manos de buenas películas (obviamente) pero tampoco de malas: puede pasar que uno ponga toda la carne en el asador y aun así, vaya, le salga un desastre. No, quienes asestan heridas mortales al séptimo arte son aquellas propuestas que ni siquiera de entrada, se esfuerzan por hacer de la suya una obra de arte, valga la redundancia. Esos burdos ejercicios económicos cuya sola finalidad, sin tapujo alguno, es embolsarse cuatro cuartos a costa de un espectador que acudirá a la sala de turno y saldrá, hora y media después, triste por un lado, pero lo que es más preocupante para el estado de salud del cine, desconfiado por el otro. Y muy probablemente, ese espectador, la próxima película que vea será en su casa y tirando de Torrent, porque ni loco volverá a invertir dinero por una entrada de una tomadura de pelo, de un atraco a mano armada.

Verano es, por excelencia, el periodo en el que más abundan los carteristas, y los últimos en practicar el hurto al respetable son los hermanos Weinstein, quienes compraron un subproducto indigno de la gran pantalla (por su total carencia de intenciones artísticas, pero no sólo), para estrenarlo por todo lo alto para forrarse porque, como diría aquél, que se joda el espectador.

De nuevo toca hablar de película con tiburones estrenada en pleno verano, de nuevo pues, se abusa del film de Spielberg, quien se confirma como involuntario responsable de la muerte del cine habida cuenta del mal que siguen haciendo cosas como A 47 metros, esta aventurilla de chicha y nabo en la que dos chicas (Mandy Moore, una de ellas; para completar la fórmula sacacuartos debe aparecer un reclamo en el cartel) se ven atrapadas entre tiburones. Otra vez. Con el recuerdo de Infierno azul aún fresco en la memoria, hete aquí la nueva intentona, con la excepción de que esta vez ni siquiera se aprecia esfuerzo alguno por mostrar virtudes, por mínimas que sean, detrás de la cámara. Ahí radica la diferencia a la que se aludía al principio, malas películas vs heridas de muerte. La de Collet-Serra no es un portento del séptimo arte, pero si destila savoir faire, pulso narrativo y coqueteos con la cámara por parte del director. En el caso que ahora nos ocupa, un servidor duda muy seriamente de la mera existencia de un director.

Todo, aquí, ocurre según lo temiblemente previsto: la película es una serie B en el mejor de los casos, cuyo argumento no dista de, por ejemplo, Piraña 3D. Sólo que si en la de Alexandre Aja se descubre un irreverente sentido del humor autoparódico, aquí la broma se pierde hasta llegar a pensar: demonios, ¿se están tomando en serio a sí mismos? Un guión inefable cargado de decisiones imbéciles por parte de todos sus protagonistas, que además parecen tener una necesidad imperiosa por explicar todos y cada uno de sus movimientos y estados vitales/anímicos, explica un argumento mínimo para justificar una caja a 47 metros de profundidad con dos chicas en su interior y tiburones digitales a su alrededor. Motivo de sobra para una pesadilla de aúpa (libreto al margen) totalmente desaprovechado por un director incapaz de generar atmósferas, tal es su obsesión por el sobresalto fácil. Porque así es como funcionan las películas por piloto automático: ante nulas capacidades de dirección, se trufa el metraje de objetos apareciendo en primer plano a todo volumen, y santas pascuas. Súmese un casting lamentable como poco, cuyo reparto es lo suficientemente vulgar como para tornarse irreconocible (en serio: son cuatro los jóvenes en total, y cuando muere uno de ellos resulta imposible distinguir cuál). Ni que decir tiene que Moore y compañía no iban a salvar los muebles, precisamente...

En definitiva, una película que no es película, eso es A 47 metros. Sin el menor reparo a la hora de mostrar su voluntad por robar al espectador, la cinta no es que sea mala o buena (ojo: con todo lo comentado, seguramente no sea peor que otras); es que no existe. Es un hueco proceso por el que varias personas entran en una sala a oscuras y salen, 90 minutos después, siendo unos 10 euros (como mínimo) más pobres. Ni más ni menos. La presencia en cartelera de ruines subproductos como el que nos ocupa, que difícilmente se vería entera a horarios de sobremesa, hace que uno se piense muy seriamente la próxima vez que deba gastar su dinero en un cine. Después de todo, ¿para qué arriesgarse a otro atraco? Y ahí, ahí es cuando los Weinstein en este caso, quienesquiera que les sucedan cuando llegue la siguiente anti-película, pero también las salas que se prestan a proyectar esta clase de insultos a la cara, se cargan un poquito más el cine. Y luego tienen el descaro de quejarse de las descargas ilegales. ¿Gracias?
2/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight)

Si ya para qué. Casi no haría falta decir demasiado, puesto que todos sabemos ya cómo va esto, cuatro secuelas después de aquel pelotazo cibernético con el que Michael Bay agitó el verano de 2007. Transformers llega a su quinta entrega y las posibilidades de sorprender incluso al espectador más impresionable son casi nulas. La saga tuvo sus puntales, es cierto. La primera entrega fue un sorbete veraniego refrescante aderezado con abundantes aciertos. La tercera recuperó el pulso tras una segunda muy pocha y musculó la propuesta hasta límites insospechados: hasta ese momento cada entrega de Transformers prometía, y entregaba, el espectáculo más grande del mundo. Con la cuarta la cosa rebajó intensidad y la tradicional dispersión narrativa del viejo Bay se comió todo lo demás. Con El último caballero la tendencia a la baja ya es patente.

Por lo menos si sólo se le pedía eso: un macroclímax de 150 minutos cimentado únicamente sobre peleas robóticas cada vez más pantagruélicas. Y es que no. Aquí Bay y sus guionistas diversifican las tramas y empiezan a prestar más atención a otras cuestiones menos prosaicas. Empiezan su película en la corte del Rey Arturo (sic) y de ahí el disparate no hace más que crecer en demasiadas direcciones distintas y con demasiados personajes centrales. Un (aparente) cariño por la situación y las interacciones entre personajes que realmente termina derivando en una narrativa torpe y confusa, en un planteamiento que choca demasiado con el enfoque: aunque el realizador intente dar un mayor intimismo a las escenas más calmadas, a las que reviste de una estética cercana al americana, su hipertrofia narrativa termina saboteando el tinglado. Si intenta dar profundidad a su lore, termina abrazando el caos argumental; si trata de dotar de humanidad a los personajes, los convierte en caricaturas desconcertantes; si pretende agilizar todo con humor, termina cayendo en el gag pedestre, la broma forzada y el chascarrillo paleto. Y si pretende ser trepidante, termina siendo torpe y disléxico, su película casi editada como un tráiler de dos horas y media.

Un poco como hasta ahora, sí, pero con mayor atropello (Bay siempre fue espídico, raras veces torpe) y menor bayhem generalizado, a pesar del constante degoteo de explosiones, persecuciones y un tercer acto de verdad insane. Por otro lado, la cosa va escasa de novedades. En El último caballero ya no hay sorpresa, las incorporaciones que contiene son absurdas (de nuevo, esa mezcla de mechas y Caballeros de la mesa redonda), irritantes (el robot mayordomo británico) o carentes de sentido (esa inexplicada salida de tono con el grafismo al presentar a una banda de robots malotes que, por cierto, desaparecen a la primera de cambio). Sí hay algunos aciertos puntuales, como otorgar más protagonismo a los personajes femeninos que, además, tienen cierto carácter y un interés que se deja adivinar más que se muestra. O como contar con un Anthony Hopkins a quien ya le da igual su condición de "actor de prestigio para rellenar espectáculos bastardos" y decide pasárselo en grande la mayor parte del tiempo. Pero por lo demás parece que el realizador haya cogido toneladas de escenas descartadas de sus anteriores trabajos, haya reciclado personajes y lo haya reempaquetado todo con un nuevo título.

Entonces, ¿balance negativo? Respuesta corta: sí, desde luego.

Pero hay una respuesta larga. Y es que la verdad, a pesar de todo lo dicho me veo incapaz de desacreditar el trabajo de Michael Bay. Y Transformers: El último caballero es puro Bay. ¿Se le puede acusar de ello, de disparar al infinito sus estilemas, de anabolizar constantemente sus propias propuestas escénicas para lograr los productos más vigoréxicos posibles? No, desde luego. A pesar de todo, y del paso atrás que le supone esta su última películ, no hay nadie como Michael Bay. No sé si eso lo convierte, como muchos críticos se han empeñado en calificarlo, en un autor moderno, o más concretamente en lo que ha dado en llamarse un vulgar auteur. Pero está claro que la textura digital de sus imágenes líquidas, que su estética del exceso e incurable barroquismo escénico, que su sentido visceral del espectáculo, que sus intrincadas coreografías de cámara y su celebración del movimiento perpetuo son, por audacia, presupuesto y complejidad, casi inimitables.

Y eso, a la luz de las decenas de blockbusters realizados cada año por profesionales que son perfectamente intercambiables entre si, debería contar para algo. ¿Tanto como para hacer automáticamente de El último caballero una buena película? No. Pero desde luego ese enfoque tan absolutamente personal del director quiere reducir el juego a una cuestión puramente subjetiva: si alguien sale conmovido, agitado, excitado de la función, la película ha sido un éxito. Lo cierto es que esto merece más mi respeto que ciertos espectáculos con aura de prestigio... y personalidad anodina. Pero en esta ocasión, por edad, cansancio o cefalea, Bay sólo ha conseguido aturdirme, hastiarme y acercarme a lo que creo identificar como mi primera experiencia cercana a la senilidad: conmoción, pérdida del equilibrio, embotamiento cerebral, incapacidad para decodificar lo que ocurre en pantalla la mayor parte del tiempo.

4/10
Por Xavi Roldan

Crítica de Déjame salir (Get Out)

Crítica de Déjame salir (Get Out)Hete aquí una de esas películas de las que mejor no decir absolutamente nada ni de su argumento, ni de ninguno de sus muchos aciertos a nivel de guión. Así que de entrada, quedaos con que Déjame salir está lo suficientemente cargada de sorpresas (no confundir con giros, ojo; a ver si me acuerdo luego de aclararlo) como para ser la película-sorpresa de la temporada. Y nosotros ya venimos preparados, habida cuenta de las infinitas alabanzas que se ha llevado tras su paso por carteleras norteamericanas; imagino que yendo totalmente vírgenes a su visionado, el impacto habría sido aún mayor. Y es que Jordan Peele, guionista y director del asunto, ha salido de la comedia en pequeña pantalla para dirigir otra... cosa, que si bien se adscriba a otro género (esto parece querer ser un híbrido entre el terror y Adivina quién, como probablemente hayáis leído ya en mil y otra críticas), mantiene mucho humor. Eso sí: negro, negrísimo.

Ahí está la única baza que pretendía revelar para defender mi valoración sobre esta historia, en la que un hombre de color acaba pasando un fin de semana en una casa bien blanca: de los muchos disfraces y vestimentas que va adoptando a lo largo de su ajustadísimo metraje, Déjame salir se interpreta también con una hiriente sátira, parodia social que carga las tintas y no se corta un pelo, tras su apariencia de entretenimiento de género, como si ésta le permitiera carta blanca para expresar libremente su mordaz crítica. O sea, que estamos ante una película que, por encima de todo, es inteligente y trata de igual al espectador. El resto de bondades que pueda albergar la propuesta me lo guardo, os tocará a vosotr@s descubrirlo.

Sí puede afirmarse que la película funciona y sorprende sin, como decía antes, el abuso de giros imposibles. Más bien al contrario, Peele no rehuye de vuelcos inesperados, pero no fuerza en absoluto la máquina, manteniéndose consecuente en su locura: porque Déjame salir se va convirtiendo poco a poco en un cuento, una pesadilla retorcida con tanto de Hitchcock como de King, de Carpenter como de Haneke. Material más que suficiente como para valerse por sí mismo sin la necesidad de un libreto que se esfuerce por desarmar una y otra vez al espectador (lo que le restaría enteros a su lógica interna). Así, a pesar de su ¿imposible? argumento, la película no flaquea un sólo instante, todo queda perfectamente encajado y está puntillosamente estudiado para que nada sea arbitrario. Mérito de todos, ojo: del guión y una dirección juguetona, como de las sorprendentes interpretaciones de todo el casting, cuyos aparentes histrionismos también hallan su explicación.

De esta manera, lo que consigue Peele es un espectáculo total, por así decirlo: sin ser en absoluto la película que podría uno esperarse, Déjame salir es una gratísima alegría para el cine de terror, al acercarse a él sólo de refilón... estando, a la vez, totalmente adscrita en el mismo. Suena raro, cuando la veáis lo entenderéis. Quedaros con que cuanto menos sepáis, mejor, porque si ya queda poco margen para la sorpresa, en el cine hoy en día, no vayáis a estropearos la más gorda que podáis haberos echado a la cara en los últimos tiempos. No asusta, pero aterroriza; es una ficción imposible, pero describe desde el esperpento una realidad social; no descubre nada, pero se confirma como gran descubrimiento de la temporada. En serio, no debe dejarse escapar.
7,5/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Guardianes de la galaxia 2 (Guardians of the Galaxy - vol. 2)

Crítica de Guardianes de la galaxia 2
Cuando se estrenó la primera entrega de los Guardianes de la galaxia (y pese a competir ese año con pesos pesados), un servidor no dudó en tildarla de la mejor película palomitera, blockbuster, o de superhéores (escoged la etiqueta que más rabia os dé) del año. De la secuela no sé si llegaré a decir lo mismo, pero que en un momento en el que asoma de nuevo la oscuridad en el género de mutis y pijamas, entre lamentables lobeznos y horripilantes murciélagos, llegue Guardianes de la galaxia 2, es toda una alegría.

Porque una vez más, el tándem Marvel-Disney vuelve a escribir una guía sobre cómo se hacen las adaptaciones viñeteras. Una vez más se apuesta por la espectacularidad y el humor, sin por ello despreciar la existencia de un guión. Una vez más, se tira de autoconsciencia y consiguiente (auto)burla. Ojo, no es en absoluto negativo: si leemos historietas sobre mapaches y árboles parlantes (como de ricachones disfrazados de murciélago y superhombres periodistas), no buscamos dramas kafkianos precisamente; hay honrosas excepciones, saltos hacia la seriedad necesarios en el mundo del cómic, pero para renovarlo, refrescarlo o directamente resucitarlo. Bastante seriedad hay en el cine, como para apostar de nuevo por ella y olvidarnos de los condenados divertimentos que generaron Lee, Kirby y compañía. Eso lo entiende la pareja de estudios antes citada, y por tanto, se ríe: tanto de nosotros (en el fondo, la que nos ocupa es la enésima repetición de una fórmula ya conocida), como de ellos (hay incluso autoparodia por aquí) y con nosotros (esta es una fiesta a la que se nos ha invitado). Y el resultado es un entretenimiento de primera.

Guardianes de la galaxia 2 ya no sorprende, y como era de esperar, agarra los patrones que funcionaron en la anterior entrega y los exprime hasta la última gota. Su argumento es nimio, hasta el punto de no saber hacia dónde demonios va el film durante varios pasajes de su exagerado metraje. Y es irregular, contando con un segundo arco moderadamente olvidable.

Pero Guardianes de la galaxia 2 es también una apuesta por la inmediata evasión desde sus primeros compases, incluyendo en ellos su banda sonora, el acostumbrado horror vacui digital, su espectacularidad apaganeuronas, su arbolito bailongo y su mayor baza: la antiépica. Un recurso que sigue sin fallar, basado en el contraste directo entre la mayor bacanal visual posible, y el ridículo. En serio, sólo hay que ver sus primeros minutos: presentación de personajes y aptitudes, preparación para un combate, bicho gigantesco y con muchos dientes… y nosotros siguiendo a Baby Broot pegándose un baile a ritmo de Electric Light Orchestra. Títulos de entrada con efecto de neón, y ya lo tenemos: por delante quedan más de dos horas de maquillajes estrafalarios, héroes cuyo poder reside en silbar para que se mueva una flechita, y numerosas escenas de acción que seguramente se resuelvan de modo atípico. ¿El neón de los títulos? Por el homenaje ochentero será, claro. Otro motivo de alegría para los tiempos que corren.

Y es que corren días en que cualquier copia al estilo de antaño se tilda de homenaje y se canoniza (Netflix sabe algo de ello al respecto); cuando en verdad, un homenaje debería distar del plagio para poder hablar desde su intransferible personalidad a los referentes que quiera. Con un excelente James Gunn al frente de la dirección del cotarro, este Volumen 2 se hace con una fuerte identidad, entre gamberra y entrañable, deudora únicamente de su anterior entrega; y desde ahí trabaja, sólo a posteriori, en marcarse uno de los más hilarantes, honestos, desenfadados homenajes a las aventuras y las series B de los 80 (y 90), de un tiempo a esta parte. Hasta su mínimo, intrascendente argumento (y más en relación a la macrosaga cinematográfica que lo rodea), recuerda a historias alquiladas en el videoclub de la esquina. Aquellas con archienemigo de pacotilla y gente ataviada con chupas de cuero (leyendo su reparto puede uno tener clara la época y clase de películas a las que cita Gunn). Aquellas con caspa a borbotones aquí sustituida por brillos digitales. Es imposible haber bebido de las producciones de antes y no pasar por alto flaquezas para sonreír distraídamente, y participar activamente a la fiesta.

Una fiesta que incluye sorpresas delirantes, gozosos pasajes de acción y momentos socarrones que culminan en un clímax tan a lo grande (la obvia pelea final) como pequeño: ese juego de la antiépica a la que hacía referencia culmina por todo lo alto a la hora de repartir puntos, resuelta la partida. Es cierto que, quizá, lo gozáramos más cuando se nos invitó a la primera edición del convite, pero aquí la maquinaria sigue a pleno rendimiento, con un (otro) gran acierto que sumar a la ya bastante larga lista de logros de Marvel desde que fue absorbida por Disney. Así sí, demonios.
7/10

Por Carlos Giacomelli

Crítica de Pieles

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Pieles, de Eduardo Casanova, avalada por la productora de Álex de la Iglesia y Carolina Bang, Pokeepsie Films, se basa en varios personajes de distintos cortos creados por el popular Fidel de la serie de Aída, que los junta a todos y crea otros nuevos, para desarrollar un filme de historias cruzadas, donde los protagonistas son personas con graves deformaciones físicas (una chica con un ojete en la boca, un tipo con la cara completamente quemada, una mujer deforme cual hombre elefante, una obesa mórbida, una prostituta sin ojos...). Todos ellos ven sus vidas mezcladas por historias de amor, pasión, familia y aceptación de uno mismo.

La película, con un diseño de producción curioso (gestionado por el propio director y guionista de la cinta, donde todas las escenas destacan por el predominio de los colores rosa o morado), puede contar con el rechazo inmediato de cualquier espectador virgen al cine de Casanova y a la provocación típica de John Waters, de la que el español es fiel vástago, debido a su profundo melodrama y a la deformada imagen física de sus protagonistas, pero enseguida empezamos a entrar en las historias y a apreciar a esos personajes, que nos hacen partícipes de sus desgracias, no tan alejadas de las nuestras. Porque lo que importa está bajo la piel, tanto en el filme como en la vida real.

Por Mario Parra

La industria del cine aumenta su interés por los videojuegos en 2017

mejores videojuegos

Es una realidad: la industria de los videojuegos es una de las más potentes del momento. Han llegado a todas las casas y sólo ahora otras disciplinas como la literatura, el arte conceptual o el cine empiezan a incorporarlos. En el caso del cine, llevamos años viendo lanzamientos de adaptaciones (y viceversa, adaptaciones de películas al mundo del videojuego). Pero es ahora, en 2017, cuando parece consolidarse, tal y como afirman algunos pensadores y filósofos relacionados con el mundo de los mejores videojuegos.

La consolidación se debe, por una parte, a un mayor número de películas basadas en videojuegos (ya hemos visto recientemente la saga Warcraft, Tomb Raider, Final Fantasy). En este aspecto, está claro que la cosa venía de lejos (podemos buscar ejemplos de adaptaciones de videojuegos años atrás, con Residen Evil o Street Fighter). Sin embargo, el otro elemento que muestra esta consolidación es la presencia cada vez mayor del videojuego en los propios guiones y escenas de películas "convencionales".

En Elle, por ejemplo, una de las tramas tiene que ver con el diseño de un videojuego. En Holy Motors se trata de forma estética la técnica de capture motion utilizada básicamente en los videojuegos. Muchas son las películas que en sus aspectos secundarios están empezando a normalizar este aspecto tan común de nuestras vidas. Lo mismo puede decirse de los móviles: cada vez aparecen más en las películas de acuerdo con el uso que les damos todo el rato (los miramos constantemente).

Videojuegos y cine: la llegada del transmedia

Tal y como se afirma desde el campo de la filosofía, este acercamiento entre cine y videojuegos es el resultado de una confluencia natural. Parece ser que las nuevas gafas de realidad mixta acabarán por unificar cine y juegos. ¿Cómo? Proyectando películas interactivas (es decir, jugables) en el escenario tridimensional de nuestra casa. Así pues, este movimiento de adaptaciones de una industria a la otra, tiene una finalidad abstracta.

Porque no se puede dejar de lado el otro aspecto de la balanza: cómo el cine ha influido muchísimo en el mundo del videojuego de los últimos años, con la llegada de tramas narrativas, construcciones dramáticas y otros elementos propios del séptimo arte que se han ido incorporando, a medida que mejoraba la tecnología, a los videojuegos de más éxito.

Crítica de Life (Vida)

Crítica de Life (Vida)

Terror entre estrellas

Life (Vida), y lo digo desde ya, debe convertirse en un clásico del género de terror, y en concreto del horror espacial, con Alien en el trono, bien secundada por Pandorum y Horizonte final, y con ese hijo pródigo pero divertido llamado Fantasmas de Marte. Y es que el filme de Daniel Espinosa es brillante desde su comienzo, con un equipo de astronautas de diferentes nacionalidades recluidos en una estación espacial, tras hallar vida extraterrestre en un estado celular. Pero obviamente, todo se va al garete y comienzan los problemas cuando el bicho crece y escapa del laboratorio donde era estudiado.

El largometraje, además de contar con un reparto de estrellas del calibre de Jake Gyllenhall, Ryan Reynolds o Rebecca Ferguson, juega con el recuerdo de la brillante primera entrega de Alien y nos lleva donde quiere. Nos metemos de lleno en esa estación y sentimos el miedo de los personajes, ante algo que desconocen y les ataca sin miedo. No saben cómo detenerlo y cada vez que un personaje sufre en la pantalla, nosotros nos agarramos a la butaca como hacía mucho tiempo que no hacíamos.

Mucho se está hablando de futuros estrenos en el género, como el remake de It, pero mejor no adelantarse y disfrutar de esta entretenida historia de terror espacial. Ya sabéis, en el espacio nadie puede oír tus gritos, pero en la sala de cine sí, así que discreción.

Por Mario Parra

Crítica de La cura del bienestar (A Cure for Wellness)

Crítica de La cura del bienestar (A Cure for Wellness)

El agua que genera pesadillas

Gore Verbinski parecía haberse perdido en los últimos años en el universo Disney, entre franquicias piratas, llaneros solitarios abocados al fracaso y camaleones pistoleros (la cinta de animación Rango es quizá lo más interesante de este periplo, sin llegar a ser una obra redonda), y los aficionados al fantástico le aguardaban con los brazos abiertos, tras el relativo buen sabor de boca dejado por su remake yankee de The Ring, que sin ser mejor que la obra original nipona, sí cumplía con unos cuantos sustos efectivos, la traslación de un icono del género a Occidente y tenía buen gusto e interesantes ideas, para tratarse de un remake, que ha de lidiar con las fronteras limitadas por el filme del que parte.

Unos cuantos años después de asustar con ciervos y televisores averiados a Naomi Watts, el cineasta estadounidense regresa por sus fueros, con la historia de un broker que ha cometido ciertos delitos financieros, con una misión por parte de la cúpula de su empresa con el fin de limpiar su historial: viajar a los Alpes suizos y traer de vuelta a uno de sus superiores, para encasquetarle el marrón bursátil y que cargue con el muerto (hablando en plata), ya que parece haber perdido la cabeza durante su estancia en un balneario en la zona. Una vez allí, el joven empresario se encuentra con un centro muy hospitalario, donde todos los ancianos parecen vivir en paz y armonía, pero no logra dar con la persona que busca. Tras un inesperado accidente de coche en el bosque, volviendo al pueblo del lugar, se fractura una pierna y es obligado a permanecer en ese sanatorio, donde todo se va volviendo... raro. Y hasta aquí puedo leer.

La cura del bienestar nos trae a un director en forma, con reminiscencias de Lynch o Cronenberg, e incluso de producciones europeas alemanas o francesas de terror, para regalarnos una pesadilla donde te planteas constantemente qué ocurre y si lo que vemos es real o está solo en la mente del protagonista. Una odisea de la que nos hace partícipes, y que a veces recuerda formal y argumentalmente a otros largometrajes de género de peso como En la boca del miedo, e incluso a dramas del estilo de El expreso de medianoche.

Aunque el filme pueda parecer de metraje excesivo (algo menos de 2 horas y media de duración), el espectador se adentra tanto para revelar el misterio que esconde ese extravagante y aparentemente apacible balneario, con unas imágenes oníricas y desagradables difíciles de borrar, que es imposible aburrirse en algún momento. Una obra de género áspera, que lleva a la desesperanza, pero que resulta difícil no querer, por la valentía de ofrecer algo así dentro de una cartelera cada vez más tibia y acomodada, y con pocas propuestas de un terror diferente y genuino. Muy recomendable.

Por Mario Parra

Crítica de Kong: La isla calavera (Kong: Skull Island)

Crítica  de Kong: La isla calaveraManda kingkones, que si por algo falle esta nueva, enésima reimaginación del mítico monete gigante visto por primera vez a principios de los años 30, sea por haber hecho más cosas bien, de las que se esperaban (o temían). Y es que Kong: La isla calavera empieza tan inesperadamente en forma, que tanto da la animadversión que pudiera generar el proyecto antes de su estreno. Y aguanta el tipo tan dignamente, que a la hora, hora y cuarto de metraje, ya nos tiene a todos, hasta el último de los mortales, absolutamente extasiados, zambullidos en este festival de chistes, homenajes que son casi parodias y empacho digital. A estas alturas, un remake más de King Kong, afectado además por su condición de crossover Godzilla (otro remake innecesario), requería de unas formas y un tono muy concretos; cosa que entienden a la perfección tanto el tándem de guionistas (Dan Gilroy y Max Borenstein; de las manos del primero salió Nightcrawler, del segundo es justamente la última incursión al universo del monstruo japonés) como el director, un Jordan Vogt-Roberts que sale del indie (la estimabilísima Los reyes del verano fue su debut y único trabajo hasta la fecha).

Gracias a ellos y a un reparto también sorprendente y en perfecta sintonía con lo que esta megaloproducción requería, se obra el milagro: los primeros dos tercios de la película son una gozada sin apenas mácula, una propuesta divertida y delirante a partes iguales. Kong: La isla calavera no esconde su condición de fotocopia de Godzilla (cambiando el marco de la acción y poco más), pero sí maquilla el cansino resultado de aquella trufándolo de evidentes referencias que van de Depredador a Apocalypse Now, de Aliens: El regreso a Aguirre, la cólera de Dios; así de loca está. Una broma cómplice, una acertadísima condición de no tomarse ni por un momento en serio a sí misma, presentada con interpretaciones absoluta y deliberadamente histriónicas (ideales Tom Hiddleston, Brie Larsson, Samuel L. Jackson, John Goodman o, sobre todo, John C. Reilly), y con un coqueto juego a la dirección y montaje, por el que se alternan con socarronería planos apoteósicos con minimalistas planos detalle, planos secuencia generosos con miniescenas de décimas de segundo, jugando así al anticlímax una y otra vez y pescando por sorpresa al espectador prácticamente siempre.

Todo ello acompañado de una selección de canciones de la época (los 70) tan benevolente como agradecida; todo ello acompañado de efectos especiales que, y ahí su última gran sorpresa de esta gloriosa hora y cuarto, en ningún momento se convierten en protagonistas principales. No, está claro que no es un guion de Oscar: es evidente que el film pasa por todos los lugares comunes habidos y por haber y, de hecho, a la mínima que rebaja un tono de su buen humor, quedan en evidencia sus vertiginosas carencias. Pero que consiga sobreponerse a la obligada intrusión de los efectos especiales, que consiga sacar de su panfletístico discurso un mensaje más irónico y autoparódico que otra cosa (James Cameron debería ver esta película una y mil veces y replantearse después la existencia de su casposísimo Avatar), que haga que tanto actor oscarizado u oscarizable conforme un grupo más creíble y humano de lo esperado… O qué demonios, que pase en un maldito suspiro todo, tiene mucho mérito.

Por eso jode que al final, deba acabar cumpliendo con el cupo de efectos especiales, y dedicar un último tramo a las hostias digitales. Que están muy logradas (Jordan Vogt-Roberts se divierte con los planos generados por ordenador), ojo. Y a fin de cuentas es a lo que veníamos: a ver a King Kong repartiendo leña en poco menos que un pressing catch selvático. Pero habíamos llegado tan inesperadamente bien a la prometida eyaculación de efectos especiales, que cuando llega ya no nos interesa, ni a nosotros ni a los propios responsables del film, que descuidan la épica y dejan los minutos finales en un sonoro meh, y a otra cosa mariposa. Oh, ¿qué otra cosa? Esperad al final de los títulos de crédito para averiguarlo.

En resumen: si Kong: La isla calavera tenía que ser una secuela/plagio del anterior Godzilla falla estrepitosamente, pero lo hace para bien: allá donde Gareth Edwards (director de aquella) se muestra incapaz de dotar a su película de humor autocrítico y calidez humana, Vogt-Roberts hace justo lo contrario haciendo del suyo un film perfectamente disfrutable por la empatía que se desprende por todos los personajes, humanos y no. Y si el bicho japonés se acababa convirtiendo en un héroe anónimo norteamericano para desesperación de muchos, aquí la misma carta se juega con la suficiente gracia como para entender perfectamente que estamos ante una broma, una gloriosa y muy bienvenida broma. Lástima de su deslucido tercio final dedicado exclusivamente a la acción y el CGI. Aunque quizá seamos nosotros, que le pedimos demasiado al cine comercial de hoy en día.
7/10
Por Carlos Giacomelli

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