Crítica de La cura del bienestar (A Cure for Wellness)

Crítica de La cura del bienestar (A Cure for Wellness)

El agua que genera pesadillas

Gore Verbinski parecía haberse perdido en los últimos años en el universo Disney, entre franquicias piratas, llaneros solitarios abocados al fracaso y camaleones pistoleros (la cinta de animación Rango es quizá lo más interesante de este periplo, sin llegar a ser una obra redonda), y los aficionados al fantástico le aguardaban con los brazos abiertos, tras el relativo buen sabor de boca dejado por su remake yankee de The Ring, que sin ser mejor que la obra original nipona, sí cumplía con unos cuantos sustos efectivos, la traslación de un icono del género a Occidente y tenía buen gusto e interesantes ideas, para tratarse de un remake, que ha de lidiar con las fronteras limitadas por el filme del que parte.

Unos cuantos años después de asustar con ciervos y televisores averiados a Naomi Watts, el cineasta estadounidense regresa por sus fueros, con la historia de un broker que ha cometido ciertos delitos financieros, con una misión por parte de la cúpula de su empresa con el fin de limpiar su historial: viajar a los Alpes suizos y traer de vuelta a uno de sus superiores, para encasquetarle el marrón bursátil y que cargue con el muerto (hablando en plata), ya que parece haber perdido la cabeza durante su estancia en un balneario en la zona. Una vez allí, el joven empresario se encuentra con un centro muy hospitalario, donde todos los ancianos parecen vivir en paz y armonía, pero no logra dar con la persona que busca. Tras un inesperado accidente de coche en el bosque, volviendo al pueblo del lugar, se fractura una pierna y es obligado a permanecer en ese sanatorio, donde todo se va volviendo... raro. Y hasta aquí puedo leer.

La cura del bienestar nos trae a un director en forma, con reminiscencias de Lynch o Cronenberg, e incluso de producciones europeas alemanas o francesas de terror, para regalarnos una pesadilla donde te planteas constantemente qué ocurre y si lo que vemos es real o está solo en la mente del protagonista. Una odisea de la que nos hace partícipes, y que a veces recuerda formal y argumentalmente a otros largometrajes de género de peso como En la boca del miedo, e incluso a dramas del estilo de El expreso de medianoche.

Aunque el filme pueda parecer de metraje excesivo (algo menos de 2 horas y media de duración), el espectador se adentra tanto para revelar el misterio que esconde ese extravagante y aparentemente apacible balneario, con unas imágenes oníricas y desagradables difíciles de borrar, que es imposible aburrirse en algún momento. Una obra de género áspera, que lleva a la desesperanza, pero que resulta difícil no querer, por la valentía de ofrecer algo así dentro de una cartelera cada vez más tibia y acomodada, y con pocas propuestas de un terror diferente y genuino. Muy recomendable.

Por Mario Parra

Crítica de Kong: La isla calavera (Kong: Skull Island)

Crítica  de Kong: La isla calaveraManda kingkones, que si por algo falle esta nueva, enésima reimaginación del mítico monete gigante visto por primera vez a principios de los años 30, sea por haber hecho más cosas bien, de las que se esperaban (o temían). Y es que Kong: La isla calavera empieza tan inesperadamente en forma, que tanto da la animadversión que pudiera generar el proyecto antes de su estreno. Y aguanta el tipo tan dignamente, que a la hora, hora y cuarto de metraje, ya nos tiene a todos, hasta el último de los mortales, absolutamente extasiados, zambullidos en este festival de chistes, homenajes que son casi parodias y empacho digital. A estas alturas, un remake más de King Kong, afectado además por su condición de crossover Godzilla (otro remake innecesario), requería de unas formas y un tono muy concretos; cosa que entienden a la perfección tanto el tándem de guionistas (Dan Gilroy y Max Borenstein; de las manos del primero salió Nightcrawler, del segundo es justamente la última incursión al universo del monstruo japonés) como el director, un Jordan Vogt-Roberts que sale del indie (la estimabilísima Los reyes del verano fue su debut y único trabajo hasta la fecha).

Gracias a ellos y a un reparto también sorprendente y en perfecta sintonía con lo que esta megaloproducción requería, se obra el milagro: los primeros dos tercios de la película son una gozada sin apenas mácula, una propuesta divertida y delirante a partes iguales. Kong: La isla calavera no esconde su condición de fotocopia de Godzilla (cambiando el marco de la acción y poco más), pero sí maquilla el cansino resultado de aquella trufándolo de evidentes referencias que van de Depredador a Apocalypse Now, de Aliens: El regreso a Aguirre, la cólera de Dios; así de loca está. Una broma cómplice, una acertadísima condición de no tomarse ni por un momento en serio a sí misma, presentada con interpretaciones absoluta y deliberadamente histriónicas (ideales Tom Hiddleston, Brie Larsson, Samuel L. Jackson, John Goodman o, sobre todo, John C. Reilly), y con un coqueto juego a la dirección y montaje, por el que se alternan con socarronería planos apoteósicos con minimalistas planos detalle, planos secuencia generosos con miniescenas de décimas de segundo, jugando así al anticlímax una y otra vez y pescando por sorpresa al espectador prácticamente siempre.

Todo ello acompañado de una selección de canciones de la época (los 70) tan benevolente como agradecida; todo ello acompañado de efectos especiales que, y ahí su última gran sorpresa de esta gloriosa hora y cuarto, en ningún momento se convierten en protagonistas principales. No, está claro que no es un guion de Oscar: es evidente que el film pasa por todos los lugares comunes habidos y por haber y, de hecho, a la mínima que rebaja un tono de su buen humor, quedan en evidencia sus vertiginosas carencias. Pero que consiga sobreponerse a la obligada intrusión de los efectos especiales, que consiga sacar de su panfletístico discurso un mensaje más irónico y autoparódico que otra cosa (James Cameron debería ver esta película una y mil veces y replantearse después la existencia de su casposísimo Avatar), que haga que tanto actor oscarizado u oscarizable conforme un grupo más creíble y humano de lo esperado… O qué demonios, que pase en un maldito suspiro todo, tiene mucho mérito.

Por eso jode que al final, deba acabar cumpliendo con el cupo de efectos especiales, y dedicar un último tramo a las hostias digitales. Que están muy logradas (Jordan Vogt-Roberts se divierte con los planos generados por ordenador), ojo. Y a fin de cuentas es a lo que veníamos: a ver a King Kong repartiendo leña en poco menos que un pressing catch selvático. Pero habíamos llegado tan inesperadamente bien a la prometida eyaculación de efectos especiales, que cuando llega ya no nos interesa, ni a nosotros ni a los propios responsables del film, que descuidan la épica y dejan los minutos finales en un sonoro meh, y a otra cosa mariposa. Oh, ¿qué otra cosa? Esperad al final de los títulos de crédito para averiguarlo.

En resumen: si Kong: La isla calavera tenía que ser una secuela/plagio del anterior Godzilla falla estrepitosamente, pero lo hace para bien: allá donde Gareth Edwards (director de aquella) se muestra incapaz de dotar a su película de humor autocrítico y calidez humana, Vogt-Roberts hace justo lo contrario haciendo del suyo un film perfectamente disfrutable por la empatía que se desprende por todos los personajes, humanos y no. Y si el bicho japonés se acababa convirtiendo en un héroe anónimo norteamericano para desesperación de muchos, aquí la misma carta se juega con la suficiente gracia como para entender perfectamente que estamos ante una broma, una gloriosa y muy bienvenida broma. Lástima de su deslucido tercio final dedicado exclusivamente a la acción y el CGI. Aunque quizá seamos nosotros, que le pedimos demasiado al cine comercial de hoy en día.
7/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Los Hollar (The Hollars)

Crítica de Los Hollar (The Hollars)

Palomitas y kleenex


Los Hollar, el segundo largometraje de John Krasinski como director, cuenta la historia de una familia, obviamente de apellido Hollar, cuya madre es hospitalizada a causa de un tumor cerebral que debe ser operado con urgencia. Los dos hijos y su marido deberán apoyarla en esos duros momentos, mientras uno de los vástagos lidia con una crisis de pareja con su novia embarazada, otro con un divorcio que le impide ver a sus hijas, y el marido con la bancarrota de su empresa y el dolor de ver a su esposa sufriendo.

Pese a un argumento tan dramático, el filme está salpicado de momentos cómicos para que todo sea menos duro. Gracias a unos intérpretes más que solventes (el propio John Krasinski, Margo Martindale, Sharlto Copley, Richard Jenkins, Anna Kendrick, Mary Elizabeth Winstead...), Los Hollar, producto típico de Sundance, con las dosis justas de comedia y drama, puede solventar una correcta tarde de cine, aunque la historia ya la hayamos visto muchas veces y sea de sobras conocida. No obstante, algunos momentos de humor parecen muy impostados, metidos con calzador y no se logran rematar del todo.

Al fin y al cabo, aunque toque tirar de pañuelos, esto es América y siempre logramos salir adelante, siempre que la familia esté unida y nos apoyemos los unos a los otros.

Por Mario Parra

Crítica de El fundador (The Founder)

Crítica de El fundador (The Founder)
El fundador nos relata la historia real de Ray Kroc, un comercial sin demasiado éxito en su empresa, que se dedica a vender máquinas para hacer batidos en restaurantes de poca monta, hasta que se da de bruces con un pequeño establecimiento de éxito regentado por los hermanos McDonald.

Impresionado por la cantidad de clientes del local, decide asociarse con los dueños para expandir el modelo de negocio de comida rápida por todos los Estados Unidos.

El director del filme, John Lee Hancock, muy dado a los biopics de grandes figuras norteamericanas, como fue el caso de Walt Disney en Al encuentro de Mr. Banks, vuelve por los mismos derroteros, al mostrarnos demasiadas luces y muy pocas sombras de su protagonista, en una historia cuasi documental que ensalza al hombre que posibilitó que esta franquicia de restauración se halle en todos los puntos cardinales del mundo. Las partes más interesantes de la película aparecen al final, pero muy brevemente, casi en chispazos, al presentarnos a un hombre despiadado, que no parará jamás en su empeño empresarial, aunque ello le cueste su matrimonio, sus amistades o su relación con los creadores del primer McDonalds's. Pero ya estamos muy cerca de la recta final de un filme tedioso en ocasiones, aunque también interesante por lo que cuenta, para que prestemos mucha atención o para que el director se pueda centrar en esos tramos más oscuros de la vida del obstinado empresario. Y es que su intención siempre ha sido alabar al personaje, que llevó el sueño americano más allá.

Con una brillante interpretación de Michael Keaton, que lleva unos años de non-stop, el largometraje se queda a medio gas y podría haber dado más de sí, si se hubiera centrado más en la vida personal de su protagonista y menos en su esfuerzo por lograr que la cadena de restaurantes generase dinero.

Por Mario Parra

Crítica de Logan

Crítica de Logan
Si existe un X-Men popular y que ha destacado por encima del resto de mutantes de la franquicia cinematográfica creada por Bryan Singer, sin lugar a dudas es Lobezno, el único que ha contado con su propia trilogía, que empezó como un mero divertimento en X-Men orígenes: Lobezno, continuó con una digna y oscura secuela en Lobezno inmortal, y ahora finaliza de la mano del solvente cineasta James Mangold (Copland, Noche y día, El tren de las 3:10) con Logan, en la cual nos encontramos en el año 2029, en un mundo donde apenas quedan mutantes. Logan trabaja como chófer de limusinas, intentando alejarse de las peleas y el mundo superheróico, y se encarga de cuidar del Profesor Xavier, muy anciano e incapaz de controlar sus poderes mentales. Sin embargo, los Reavers, un grupo de cazadores de los últimos mutantes, se cruzan en el camino de Lobezno al intentar capturar a una niña dotada con los mismos poderes que este.

Estamos ante un filme atípico en la saga de los mutantes, donde la espectacularidad es sustituida por muchos más momentos íntimos y personales, los de unos personajes hastiados, solitarios, viejos, y en un mundo que les ha dado la espalda. Gracias al buen hacer de sus principales intérpretes, Hugh Jackman y Patrick Stewart, nos adentramos en sus vidas, muy alejadas de las que fueron antaño. Esto no quiere decir que no haya acción, pues la hay a raudales, gracias a unas peleas y persecuciones que quitan el hipo, donde la sangre salpica a través de la pantalla y no se escatima en violencia; lo que siempre hemos querido ver en un filme de estas características, que resulta más adulto que otras obras coetáneas del mismo género.

Mención especial también para el grupo de supervillanos que persiguen a nuestros protagonistas, unos cyborgs con partes humanas y partes robóticas, que no tienen contemplaciones. Llegamos al final de un camino con esta película, tras dos décadas siguiendo las aventuras y desventuras de este querido personaje. Es obvio que, dentro de unos años, Lobezno regresará a las pantallas, probablemente con otros rasgos físicos. Sin embargo, siempre será inolvidable todo lo que ha dado Hugh Jackman por este rol y cómo le hemos dado la mano para continuar su sendero hasta hoy. Hasta siempre, Lobezno. Y muchas gracias por la diversión. ¡Brindemos todos juntos!

Por Mario Parra

Crítica de Trainspotting 2

Segundos chutes nunca fueron buenos

Trainspotting es una de las películas más recordadas e innovadoras de los 90, perteneciente a ese estilo de cine de montaje rápido, personajes excéntricos, apología de la droga, música por doquier e imágenes de archivo para meternos de lleno en la propuesta. Aunque para quien esto es escribe, la obra original (que logró que los actores Ewan McGregor y Robert Carlyle, así como el director Danny Boyle, saltaran a la fama y a Hollywood), ni fu ni fa, hay que reconocer que contaba con escenas para el recuerdo (ese váter o esa pelea de bar), algunos personajes potentes y momentos de gran ternura, pese a estar retratando a un grupo de yonkis y desechos sociales.

El filme terminaba de una forma bastante redonda y no necesitábamos saber más sobre sus personajes, pero sus implicados, 20 años después, han considerado que sí lo necesitamos, así que hale, todos al cine a ver su secuela, que resulta fallida desde su comienzo, donde parece que estemos viendo una actualización muy impostada de la primera película. Incluso los personajes ya no nos resultan interesantes, pues no parecen haber experimentado cambio alguno durante estas dos décadas y vuelven a la casilla de salida. De hecho, en la primera hora de duración parece no ocurrir nada, y el único personaje que parece empujar hacia delante es el de Begbie (Robert Carlyle), que sigue bastante mosqueado con Renton (McGregor) y busca venganza.

Como ha ocurrido en otras ocasiones recientes, las secuelas tardías suelen resultar innecesarias, repetitivas y son una mera excusa para pasar por taquilla. No quiero ni pensar en aquellos amantes de esos locos personajes, que en los 90 fueron referentes (el mítico cartel de Trainspotting estaba por todos lados) y ahora aburren a las ostras. Sin querer hacer apología de la droga, se echa de menos algún pico más en pantalla...

Por Mario Parra

Crítica de Fences

Crítica de Fences
Casi diez años después de Grandes debates, Denzel Washignton ha vuelto a ponerse detrás de una cámara para adaptar, de una vez por todas, la homónima obra teatral escrita en 1983 por August Wilson, un Fences que estuvo yendo y viniendo de los despachos de diversos cineastas, siendo descartada como adaptación imposible. Para hacer frente a un proyecto de tamaña envergadura, el propio Washignton se encarga de protagonizar la película, asumiendo el rol de un Troy difícil, denso, multidimensional, ambiguo y con tantos claros como oscuros. Se apoya, eso sí, en una compañera de lujo: Viola Davis acompaña al de Philadelphia como Rose, personaje igualmente complejo por recibir lo que no está escrito y ser a la vez faro de luz para el primero. Y el resultado es un despliegue prácticamente inabarcable de recursos interpretativos por parte de dos auténticos portentos cobrándose, aquí, dos de los roles más logrados de sus respectivas carreras. Huelga decir que en ellos se apoya buena parte del éxito artístico de Fences, como bien se ha comentado ya por activa y por pasiva. Pero el film de Washington es más, mucho más que una selección de actores acertada.

Y es que lo que consigue es lo que muchos quisieran para sí: lograr hablar del drama racial, sempiterno problema de la sociedad norteamericana, sin ahogar por ello el drama personal, aplicable a un núcleo familiar que bien podría haber tenido cualquier otra tonalidad de la piel. Y viceversa. La película, como si de un Marlon Brando negro se tratara, presenta a un Denzel Washington planteándose su situación laboral y la de su inseparable compañero Bono como basureros. Y si Spike Lee arquea la ceja bien que hace, porque trata con naturalidad y sin aspavientos una situación, tan de 1950 (más o menos, cuando tiene lugar la acción del film) como de los días que corren, dramática y desalentadora, que queda perfectamente definida sin perder un solo ápice de su impacto pese a que al poco, se reduzca el campo de visión hasta centrarse en un hombre rudo, borrachuzo, tan bueno de fondo como malo en las formas. Obviamente, su background (negro, sin estudios, de clase baja) influye, de la misma manera que su difícil personalidad influye en su situación actual. Y así, con una sinergia constante, progresa un drama totalmente humano, 100% identificable, y a su vez retrato puntilloso de la sociedad.

Misma sinergia la que establece entre dos artes, cine y teatro, teatro y cine. Dos universos paralelos que aquí unen fuerzas sin dejar que el primero ahogue al segundo, o viceversa. Fences es puro teatro, sus secuencias son largas y su guión tiene que haber contado con cientos de páginas (comprimidas en poco menos de dos horas y veinte), tal es su cantidad de diálogos. Pero a su vez, la dirección de Washington se expresa con viveza, sacando mayor partido al libreto con planos cuidadosamente estudiados, y suntuosos, elegantes movimientos de cámara: esa conversación entre ambos al quicio de la puerta, esos pasajes deliberadamente bucólicos, esos primeros planos en los que al espectador prácticamente se le impide respirar… Fences destila amor por el séptimo arte y respeto máximo por el sexto, y claro, sus actores también.

Entre unos y otros generan un drama apabullante, una obra exquisita. Una película que cuida hasta al último de sus personajes, principales y secundarios, con el fin de hilvanar una historia multidimensional que, sin una sola concesión a lo sencillo, lo previsible o lo meramente resultón, asesta un golpe de intensidad aún mayor: un golpe condenadamente humano. Porque de su alternancia cine/teatro, de sus perfectas interpretaciones y su cuidado guión, se consigue justamente eso: que Fences sea una película condenadamente humana. Denzel Washington, bienvenido de nuevo.
8/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Assassin's Creed

Assassin's Creed
Assassin’s Creed suponía en si misma un cortocircuito conceptual incluso desde antes de existir. Desde el momento en que nos enteramos de que la previsible traslación a la gran pantalla de la popular saga de videojuejos de Ubisoft iba a estar en manos de la plana mayor de la estupenda MacBeth. ¿Era posible que por una vez la adaptación cinematográfica de un videojuego pudiera ser de verdad relevante? No cuadraba. Había fe, pero la cosa no cuadraba. Efectivamente el resultado dista mucho en términos creativos de la anterior película de Justin Kurzel (que como esta también protagonizaban Michael Fassbender y Marion Cotillard) o de su abrasivo debut, Snowtown. Y arrastra ese espíritu contradictorio, desequilibrado, a lo largo de sus casi dos horas.

Así podríamos definir Assassin’s Creed. Como una enorme y constante contraposición de términos antitéticos. Es un espectáculo con vocación comercial, pero en su interior lucha por imponerse una cierta visión autoral. Es una cinta de acción con abundantes dosis de violencia, pero sin una gota de sangre saltando a la pantalla desde las múltiples gargantas seccionadas y carótidas apuñaladas. Es seria, sombría y carente de humor, pero resulta (casi conscientemente) ridícula. Su argumento es complicadísimo en términos de tecnicismos y mitología interna, pero cuando uno lo piensa descubre que es tremendamente simple. Sus dos líneas temporales (una en un presente tecnificado y otra en la Andalucía del siglo XV) no están equilibradas. Sus peleas están muy bien coreografiadas, pero se perciben como un auténtico caos mal controlado. Sus personajes son ambiguos, pero de tanto que lo son terminan resultando predecibles.

De todo ello se sale aturrullado, casi desorientado.

Kurzel no sabe muy bien lo que quiere, pero cuanto menos intenta imponer sus propios criterios escénicos. Siendo mucho más evanescente en lo visual que la atávica MacBeth, el realizador escapa, con éxito irregular, del mecanicismo narrativo de los blockbusters de manual. Lo mejor que se puede decir de Assassin’s Creed es que parece algo mínimamente distinto a una película comercial prediseñada con una máquina churrera. Juega mucho con la iluminación y trata de establecer una cierta tesis interna en virtud de la cual la luz simboliza justo eso, la iluminación, el conocimiento, especialmente el que se obtiene entorno a uno mismo: todos los momentos en que el protagonista entra en comunión con su avatar de hace 500 años están marcados por un juego de luces, sombras y colores casi fantasmagóricos. Una apuesta caótica y a ratos casi indescifrable parte culpa del exceso digital, parte del despiste de su director… que sin embargo no deja de ser loable.

También lo es un cierto germen de inconformismo que se aloja en el centro de su trama, algo raro en un blockbuster de estas características: la película aboga por el concepto de libre albedrío y por la visceralidad de algunos actos en verdad reprochables. Y aunque entierra sus intenciones morales bajo toneladas de acción trepidante y de aventuras inanes más preocupadas por contentar a los fans de la saga (a la que se mantiene fiel en iconografía e incluso representando casi todas sus mecánicas jugables) que en contar algo de verdad sugerente, creo poder adivinar que todo ello está ahí. Que menos aplastado por el peso de las exigencias comerciales el esforzado reparto habría podido desarrollar sentimientos y mensajes más interesantes. Que Assassin’s Creed podría haber sido cine de aventuras buscadamente incómodo, en lugar de accidentalmente incomodante.

Pero no. Se termina la película. Lo hace, de manera muy calculada, cuando empieza de verdad la trama y la cosa está clara: sea culpa de quien lo sea Assassin’s Creed queda en casi nada. No en algo excesivamente malo, sólo en algo tirando a raquítico. En un primer acto de lo que deberá ser, si la recaudación lo permite, una trilogía. De nuevo, vuelven a mandar los malos. El mercado se impone a la lógica narrativa.

En fin, Ubisoft. Bien pensado quizá debemos agradecer que por lo menos la película no tenga bugs.

Xavi Roldan

Crítica de La doncella (The Handmaiden)

La doncellaEl engaño. Y sus numerosos puntos de vista

Park Chan-wook es uno de los directores más interesantes del panorama cinematográfico asiático, y también a nivel internacional, por sus propuestas radicales, diferentes y su capacidad visual, como demostró en Oldboy, una de sus cintas más aclamadas por crítica y público. Avalado por la crítica y por diversos festivales llega su última obra, La doncella, que si bien propone una historia interesante, resulta transgresora en numerosos puntos y apuesta por un excelente nivel visual, se queda a medio gas por factores tan sencillos, pero tan poco respetados en la actualidad en el cine, como una duración decente para lo que está relatando y el contar lo mismo varias veces hasta el hartazgo, sin aportar nada realmente nuevo.

El filme nos sitúa en la Corea de los años 30, durante la colonización japonesa, cuando una joven criada es contratada para ayudar a una rica mujer japonesa. Sin embargo, la doncella resulta ser una ladrona que, compinchada con un hombre que se hará pasar por conde, tratará de volver loca a la mujer y así repartirse su fortuna. Pero no todo es lo que parece, ya que el filme, dividido en tres capítulos, nos conduce por el punto de vista de los principales personajes, con lo que nos percataremos de un engaño tras otro. Una propuesta interesante, pero que se repite más que el ajo y acaba resultando tediosa, pese a personajes bien matizados o unas escenas de sexo realmente potentes.

Al final, uno se pregunta si el director no podría haber dejado el filme en poco más de hora y media, para contar algo relativamente sencillo como es el caso. Pero claro, es un cineasta surcoreano y todo hay que presentarlo de forma rimbombante y sin cortes de montaje. Una pena, porque el filme podría estar a la altura de Oldboy, pero me temo que en unos años poca gente recordará con estima este dilatado largometraje que, eso sí, se salva también por un humor negro y grotesco en ciertos momentos.

Por Mario Parra

Crítica de Paterson

Jim Jarmusch. Tres décadas y media de carrera. Catorce largometrajes en su currículum. Y a 2016 aún posicionándose título a título como uno de los nombres que marcan la modernidad cinematográfica. Capaz de empaquetar dos películas en un mismo año y que una de ellas sea una de las mejores que ha rodado en los últimos veinte. La otra, por cierto, un divertido y visceral documental sobre Iggy Pop y los Stooges, Gimme Danger.

Paterson sería, pues, un milagro. Pero Jarmusch ya nos tiene un poco acostumbrados a ellos. Es simplemente una constatación.

Una muestra de maestría narrativa, dominio de las herramientas cinematogáficas y precisión en la articulación de un discurso propio pero nunca previsible. Paterson es una de esas películas construidas desde la sabiduría de quien sabe exactamente lo que quiere, pero no renuncia a la honestidad y la humildad para lograrlo. Y sus propios planteamientos argumentales apuntan hacia esa ideología creativa: Paterson cuenta la historia de Paterson, un conductor de autobuses de la población de Paterson, Nueva Jersey. Un tipo sencillo, callado y en esencia normal que escribe poesía en sus ratos libres y vive tranquilamente con Laura, su novia que a su vez tiene inquietudes artísticas.

Poco más. O por lo menos en apariencia. Esta es una historia diáfana y enigmática al mismo tiempo -tanto como su protagonista, un espléndido Adam Driver-, un retrato cotidiano lleno de sugerencias, de pequeñas metáforas, simbolismos y posibles interpretaciones. Un drama con toques de comedia servido en un marco de existencialismo de bolsillo centrado en la rutina. En las costumbres, en los gestos cotidianos que se repiten, y a veces se truncan sin perturbar en exceso el día a día. Un juego de repeticiones naturales, de duplicidades, lleno de pequeñas coincidencias, ecos y hermanos gemelos que se reparten por la trama principal y por las pequeñas microhistorias que la refuerzan. Semillas que se van plantando aquí y allá sin que necesariamente lleguen a recogerse, autoguiños y llamados a motivos que ya han aparecido antes en la película. Patrones que se repiten y que se extienden incluso a lo visual, cada vez más presentes en la escenografía las cenefas bicolor de Laura.

Una estructura narrativa que es toda una pequeña obra de orfebrería dramática, tan precisa y modesta como, podríamos llegar a pensar en un primer momento, el mecanismo de un reloj de pulsera. Pero pronto nos damos cuenta: en realidad Paterson responde a las arquitecturas literarias de la poesía. Es esta la historia de un poeta, y como tal está planteada como un texto lírico que posee su propia métrica y rimas internas. Una ambición que sin embargo evita el engolamiento, la pretensión y el artificio. Como digo es esta una película honesta, humilde y delicada pero para nada sencilla: cada uno de sus componentes está donde debe estar, nada sobra. Y nada está puesto al azar, aunque todo parece orgánico, fluido y natural.

Una historia sobre las expectativas vitales y la pulsión artística, que se encuentra siempre en los lugares y momentos más a priori insospechados: Laura, aspirante a artista profesional, se esfuerza en resultar creativa todo el tiempo y su obra termina cayendo en la repetición, en un tedio estilístico. Paterson mantiene su creatividad en un plano más discreto pero su poesía resulta sincera e imprevisible. Y permanentemente acompañado por la obra de William Carlos Williams termina viviendo momentos de autenticidad pura y reveladora que son servidos por el realizador con una cercanía y sutileza raras en el cine contemporáneo.

Nueva piedra de toque en el Universo Jarmusch.

9/10
Por Xavi Roldan

Categorías