Crítica de Logan

Crítica de Logan
Si existe un X-Men popular y que ha destacado por encima del resto de mutantes de la franquicia cinematográfica creada por Bryan Singer, sin lugar a dudas es Lobezno, el único que ha contado con su propia trilogía, que empezó como un mero divertimento en X-Men orígenes: Lobezno, continuó con una digna y oscura secuela en Lobezno inmortal, y ahora finaliza de la mano del solvente cineasta James Mangold (Copland, Noche y día, El tren de las 3:10) con Logan, en la cual nos encontramos en el año 2029, en un mundo donde apenas quedan mutantes. Logan trabaja como chófer de limusinas, intentando alejarse de las peleas y el mundo superheróico, y se encarga de cuidar del Profesor Xavier, muy anciano e incapaz de controlar sus poderes mentales. Sin embargo, los Reavers, un grupo de cazadores de los últimos mutantes, se cruzan en el camino de Lobezno al intentar capturar a una niña dotada con los mismos poderes que este.

Estamos ante un filme atípico en la saga de los mutantes, donde la espectacularidad es sustituida por muchos más momentos íntimos y personales, los de unos personajes hastiados, solitarios, viejos, y en un mundo que les ha dado la espalda. Gracias al buen hacer de sus principales intérpretes, Hugh Jackman y Patrick Stewart, nos adentramos en sus vidas, muy alejadas de las que fueron antaño. Esto no quiere decir que no haya acción, pues la hay a raudales, gracias a unas peleas y persecuciones que quitan el hipo, donde la sangre salpica a través de la pantalla y no se escatima en violencia; lo que siempre hemos querido ver en un filme de estas características, que resulta más adulto que otras obras coetáneas del mismo género.

Mención especial también para el grupo de supervillanos que persiguen a nuestros protagonistas, unos cyborgs con partes humanas y partes robóticas, que no tienen contemplaciones. Llegamos al final de un camino con esta película, tras dos décadas siguiendo las aventuras y desventuras de este querido personaje. Es obvio que, dentro de unos años, Lobezno regresará a las pantallas, probablemente con otros rasgos físicos. Sin embargo, siempre será inolvidable todo lo que ha dado Hugh Jackman por este rol y cómo le hemos dado la mano para continuar su sendero hasta hoy. Hasta siempre, Lobezno. Y muchas gracias por la diversión. ¡Brindemos todos juntos!

Por Mario Parra

Crítica de Trainspotting 2

Segundos chutes nunca fueron buenos

Trainspotting es una de las películas más recordadas e innovadoras de los 90, perteneciente a ese estilo de cine de montaje rápido, personajes excéntricos, apología de la droga, música por doquier e imágenes de archivo para meternos de lleno en la propuesta. Aunque para quien esto es escribe, la obra original (que logró que los actores Ewan McGregor y Robert Carlyle, así como el director Danny Boyle, saltaran a la fama y a Hollywood), ni fu ni fa, hay que reconocer que contaba con escenas para el recuerdo (ese váter o esa pelea de bar), algunos personajes potentes y momentos de gran ternura, pese a estar retratando a un grupo de yonkis y desechos sociales.

El filme terminaba de una forma bastante redonda y no necesitábamos saber más sobre sus personajes, pero sus implicados, 20 años después, han considerado que sí lo necesitamos, así que hale, todos al cine a ver su secuela, que resulta fallida desde su comienzo, donde parece que estemos viendo una actualización muy impostada de la primera película. Incluso los personajes ya no nos resultan interesantes, pues no parecen haber experimentado cambio alguno durante estas dos décadas y vuelven a la casilla de salida. De hecho, en la primera hora de duración parece no ocurrir nada, y el único personaje que parece empujar hacia delante es el de Begbie (Robert Carlyle), que sigue bastante mosqueado con Renton (McGregor) y busca venganza.

Como ha ocurrido en otras ocasiones recientes, las secuelas tardías suelen resultar innecesarias, repetitivas y son una mera excusa para pasar por taquilla. No quiero ni pensar en aquellos amantes de esos locos personajes, que en los 90 fueron referentes (el mítico cartel de Trainspotting estaba por todos lados) y ahora aburren a las ostras. Sin querer hacer apología de la droga, se echa de menos algún pico más en pantalla...

Por Mario Parra

Crítica de Fences

Crítica de Fences
Casi diez años después de Grandes debates, Denzel Washignton ha vuelto a ponerse detrás de una cámara para adaptar, de una vez por todas, la homónima obra teatral escrita en 1983 por August Wilson, un Fences que estuvo yendo y viniendo de los despachos de diversos cineastas, siendo descartada como adaptación imposible. Para hacer frente a un proyecto de tamaña envergadura, el propio Washignton se encarga de protagonizar la película, asumiendo el rol de un Troy difícil, denso, multidimensional, ambiguo y con tantos claros como oscuros. Se apoya, eso sí, en una compañera de lujo: Viola Davis acompaña al de Philadelphia como Rose, personaje igualmente complejo por recibir lo que no está escrito y ser a la vez faro de luz para el primero. Y el resultado es un despliegue prácticamente inabarcable de recursos interpretativos por parte de dos auténticos portentos cobrándose, aquí, dos de los roles más logrados de sus respectivas carreras. Huelga decir que en ellos se apoya buena parte del éxito artístico de Fences, como bien se ha comentado ya por activa y por pasiva. Pero el film de Washington es más, mucho más que una selección de actores acertada.

Y es que lo que consigue es lo que muchos quisieran para sí: lograr hablar del drama racial, sempiterno problema de la sociedad norteamericana, sin ahogar por ello el drama personal, aplicable a un núcleo familiar que bien podría haber tenido cualquier otra tonalidad de la piel. Y viceversa. La película, como si de un Marlon Brando negro se tratara, presenta a un Denzel Washington planteándose su situación laboral y la de su inseparable compañero Bono como basureros. Y si Spike Lee arquea la ceja bien que hace, porque trata con naturalidad y sin aspavientos una situación, tan de 1950 (más o menos, cuando tiene lugar la acción del film) como de los días que corren, dramática y desalentadora, que queda perfectamente definida sin perder un solo ápice de su impacto pese a que al poco, se reduzca el campo de visión hasta centrarse en un hombre rudo, borrachuzo, tan bueno de fondo como malo en las formas. Obviamente, su background (negro, sin estudios, de clase baja) influye, de la misma manera que su difícil personalidad influye en su situación actual. Y así, con una sinergia constante, progresa un drama totalmente humano, 100% identificable, y a su vez retrato puntilloso de la sociedad.

Misma sinergia la que establece entre dos artes, cine y teatro, teatro y cine. Dos universos paralelos que aquí unen fuerzas sin dejar que el primero ahogue al segundo, o viceversa. Fences es puro teatro, sus secuencias son largas y su guión tiene que haber contado con cientos de páginas (comprimidas en poco menos de dos horas y veinte), tal es su cantidad de diálogos. Pero a su vez, la dirección de Washington se expresa con viveza, sacando mayor partido al libreto con planos cuidadosamente estudiados, y suntuosos, elegantes movimientos de cámara: esa conversación entre ambos al quicio de la puerta, esos pasajes deliberadamente bucólicos, esos primeros planos en los que al espectador prácticamente se le impide respirar… Fences destila amor por el séptimo arte y respeto máximo por el sexto, y claro, sus actores también.

Entre unos y otros generan un drama apabullante, una obra exquisita. Una película que cuida hasta al último de sus personajes, principales y secundarios, con el fin de hilvanar una historia multidimensional que, sin una sola concesión a lo sencillo, lo previsible o lo meramente resultón, asesta un golpe de intensidad aún mayor: un golpe condenadamente humano. Porque de su alternancia cine/teatro, de sus perfectas interpretaciones y su cuidado guión, se consigue justamente eso: que Fences sea una película condenadamente humana. Denzel Washington, bienvenido de nuevo.
8/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Assassin's Creed

Assassin's Creed
Assassin’s Creed suponía en si misma un cortocircuito conceptual incluso desde antes de existir. Desde el momento en que nos enteramos de que la previsible traslación a la gran pantalla de la popular saga de videojuejos de Ubisoft iba a estar en manos de la plana mayor de la estupenda MacBeth. ¿Era posible que por una vez la adaptación cinematográfica de un videojuego pudiera ser de verdad relevante? No cuadraba. Había fe, pero la cosa no cuadraba. Efectivamente el resultado dista mucho en términos creativos de la anterior película de Justin Kurzel (que como esta también protagonizaban Michael Fassbender y Marion Cotillard) o de su abrasivo debut, Snowtown. Y arrastra ese espíritu contradictorio, desequilibrado, a lo largo de sus casi dos horas.

Así podríamos definir Assassin’s Creed. Como una enorme y constante contraposición de términos antitéticos. Es un espectáculo con vocación comercial, pero en su interior lucha por imponerse una cierta visión autoral. Es una cinta de acción con abundantes dosis de violencia, pero sin una gota de sangre saltando a la pantalla desde las múltiples gargantas seccionadas y carótidas apuñaladas. Es seria, sombría y carente de humor, pero resulta (casi conscientemente) ridícula. Su argumento es complicadísimo en términos de tecnicismos y mitología interna, pero cuando uno lo piensa descubre que es tremendamente simple. Sus dos líneas temporales (una en un presente tecnificado y otra en la Andalucía del siglo XV) no están equilibradas. Sus peleas están muy bien coreografiadas, pero se perciben como un auténtico caos mal controlado. Sus personajes son ambiguos, pero de tanto que lo son terminan resultando predecibles.

De todo ello se sale aturrullado, casi desorientado.

Kurzel no sabe muy bien lo que quiere, pero cuanto menos intenta imponer sus propios criterios escénicos. Siendo mucho más evanescente en lo visual que la atávica MacBeth, el realizador escapa, con éxito irregular, del mecanicismo narrativo de los blockbusters de manual. Lo mejor que se puede decir de Assassin’s Creed es que parece algo mínimamente distinto a una película comercial prediseñada con una máquina churrera. Juega mucho con la iluminación y trata de establecer una cierta tesis interna en virtud de la cual la luz simboliza justo eso, la iluminación, el conocimiento, especialmente el que se obtiene entorno a uno mismo: todos los momentos en que el protagonista entra en comunión con su avatar de hace 500 años están marcados por un juego de luces, sombras y colores casi fantasmagóricos. Una apuesta caótica y a ratos casi indescifrable parte culpa del exceso digital, parte del despiste de su director… que sin embargo no deja de ser loable.

También lo es un cierto germen de inconformismo que se aloja en el centro de su trama, algo raro en un blockbuster de estas características: la película aboga por el concepto de libre albedrío y por la visceralidad de algunos actos en verdad reprochables. Y aunque entierra sus intenciones morales bajo toneladas de acción trepidante y de aventuras inanes más preocupadas por contentar a los fans de la saga (a la que se mantiene fiel en iconografía e incluso representando casi todas sus mecánicas jugables) que en contar algo de verdad sugerente, creo poder adivinar que todo ello está ahí. Que menos aplastado por el peso de las exigencias comerciales el esforzado reparto habría podido desarrollar sentimientos y mensajes más interesantes. Que Assassin’s Creed podría haber sido cine de aventuras buscadamente incómodo, en lugar de accidentalmente incomodante.

Pero no. Se termina la película. Lo hace, de manera muy calculada, cuando empieza de verdad la trama y la cosa está clara: sea culpa de quien lo sea Assassin’s Creed queda en casi nada. No en algo excesivamente malo, sólo en algo tirando a raquítico. En un primer acto de lo que deberá ser, si la recaudación lo permite, una trilogía. De nuevo, vuelven a mandar los malos. El mercado se impone a la lógica narrativa.

En fin, Ubisoft. Bien pensado quizá debemos agradecer que por lo menos la película no tenga bugs.

Xavi Roldan

Crítica de La doncella (The Handmaiden)

La doncellaEl engaño. Y sus numerosos puntos de vista

Park Chan-wook es uno de los directores más interesantes del panorama cinematográfico asiático, y también a nivel internacional, por sus propuestas radicales, diferentes y su capacidad visual, como demostró en Oldboy, una de sus cintas más aclamadas por crítica y público. Avalado por la crítica y por diversos festivales llega su última obra, La doncella, que si bien propone una historia interesante, resulta transgresora en numerosos puntos y apuesta por un excelente nivel visual, se queda a medio gas por factores tan sencillos, pero tan poco respetados en la actualidad en el cine, como una duración decente para lo que está relatando y el contar lo mismo varias veces hasta el hartazgo, sin aportar nada realmente nuevo.

El filme nos sitúa en la Corea de los años 30, durante la colonización japonesa, cuando una joven criada es contratada para ayudar a una rica mujer japonesa. Sin embargo, la doncella resulta ser una ladrona que, compinchada con un hombre que se hará pasar por conde, tratará de volver loca a la mujer y así repartirse su fortuna. Pero no todo es lo que parece, ya que el filme, dividido en tres capítulos, nos conduce por el punto de vista de los principales personajes, con lo que nos percataremos de un engaño tras otro. Una propuesta interesante, pero que se repite más que el ajo y acaba resultando tediosa, pese a personajes bien matizados o unas escenas de sexo realmente potentes.

Al final, uno se pregunta si el director no podría haber dejado el filme en poco más de hora y media, para contar algo relativamente sencillo como es el caso. Pero claro, es un cineasta surcoreano y todo hay que presentarlo de forma rimbombante y sin cortes de montaje. Una pena, porque el filme podría estar a la altura de Oldboy, pero me temo que en unos años poca gente recordará con estima este dilatado largometraje que, eso sí, se salva también por un humor negro y grotesco en ciertos momentos.

Por Mario Parra

Crítica de Paterson

Jim Jarmusch. Tres décadas y media de carrera. Catorce largometrajes en su currículum. Y a 2016 aún posicionándose título a título como uno de los nombres que marcan la modernidad cinematográfica. Capaz de empaquetar dos películas en un mismo año y que una de ellas sea una de las mejores que ha rodado en los últimos veinte. La otra, por cierto, un divertido y visceral documental sobre Iggy Pop y los Stooges, Gimme Danger.

Paterson sería, pues, un milagro. Pero Jarmusch ya nos tiene un poco acostumbrados a ellos. Es simplemente una constatación.

Una muestra de maestría narrativa, dominio de las herramientas cinematogáficas y precisión en la articulación de un discurso propio pero nunca previsible. Paterson es una de esas películas construidas desde la sabiduría de quien sabe exactamente lo que quiere, pero no renuncia a la honestidad y la humildad para lograrlo. Y sus propios planteamientos argumentales apuntan hacia esa ideología creativa: Paterson cuenta la historia de Paterson, un conductor de autobuses de la población de Paterson, Nueva Jersey. Un tipo sencillo, callado y en esencia normal que escribe poesía en sus ratos libres y vive tranquilamente con Laura, su novia que a su vez tiene inquietudes artísticas.

Poco más. O por lo menos en apariencia. Esta es una historia diáfana y enigmática al mismo tiempo -tanto como su protagonista, un espléndido Adam Driver-, un retrato cotidiano lleno de sugerencias, de pequeñas metáforas, simbolismos y posibles interpretaciones. Un drama con toques de comedia servido en un marco de existencialismo de bolsillo centrado en la rutina. En las costumbres, en los gestos cotidianos que se repiten, y a veces se truncan sin perturbar en exceso el día a día. Un juego de repeticiones naturales, de duplicidades, lleno de pequeñas coincidencias, ecos y hermanos gemelos que se reparten por la trama principal y por las pequeñas microhistorias que la refuerzan. Semillas que se van plantando aquí y allá sin que necesariamente lleguen a recogerse, autoguiños y llamados a motivos que ya han aparecido antes en la película. Patrones que se repiten y que se extienden incluso a lo visual, cada vez más presentes en la escenografía las cenefas bicolor de Laura.

Una estructura narrativa que es toda una pequeña obra de orfebrería dramática, tan precisa y modesta como, podríamos llegar a pensar en un primer momento, el mecanismo de un reloj de pulsera. Pero pronto nos damos cuenta: en realidad Paterson responde a las arquitecturas literarias de la poesía. Es esta la historia de un poeta, y como tal está planteada como un texto lírico que posee su propia métrica y rimas internas. Una ambición que sin embargo evita el engolamiento, la pretensión y el artificio. Como digo es esta una película honesta, humilde y delicada pero para nada sencilla: cada uno de sus componentes está donde debe estar, nada sobra. Y nada está puesto al azar, aunque todo parece orgánico, fluido y natural.

Una historia sobre las expectativas vitales y la pulsión artística, que se encuentra siempre en los lugares y momentos más a priori insospechados: Laura, aspirante a artista profesional, se esfuerza en resultar creativa todo el tiempo y su obra termina cayendo en la repetición, en un tedio estilístico. Paterson mantiene su creatividad en un plano más discreto pero su poesía resulta sincera e imprevisible. Y permanentemente acompañado por la obra de William Carlos Williams termina viviendo momentos de autenticidad pura y reveladora que son servidos por el realizador con una cercanía y sutileza raras en el cine contemporáneo.

Nueva piedra de toque en el Universo Jarmusch.

9/10
Por Xavi Roldan

Crítica de Los exámenes (Bacalaureat)

Los exámenes
No vamos a extendernos a estas alturas en cantar las bondades del nuevo cine rumano, tan en la primera plana de la autoría europea desde hace ya bastantes temporadas: para ellos casi cada año es un buen año. En concreto en la temporada 2015-2016 han sido varios los títulos que han protagonizado los sueños más húmedos de los críticos festivaleros de turno. Un piso más abajo, de Radu Muntean; Aferim!, de Radu Jude; El tesoro, de Corneliu Porumboiu; Sieranevada, de Cristi Puiu. Y Los exámenes, de Cristian Mungiu. Un puñado de títulos que marcan todos del notable para arriba y que ratifican un año más la fortachona salud de un panorama cinematográfico único, siempre con espacio para propuestas estimulantes.

Más específicamente, en esta la última obra de Mungiu (responsable de la rotunda y magnífica 4 meses, 3 semanas, 2 días) se nos presenta el drama de un padre divorciado que recibe la noticia de que su hija adolescente ha sido agredida por la calle. Eso pondrá en entredicho la capacidad de la chica para afrontar los exámenes de acceso a la universidad, de cuyo resultado depende que pueda acceder a Cambridge. Ante esta perspectiva, el padre hará todos los posibles para que esos resultados no se vean perjudicados y por el camino intentará dilucidar las circunstancias de la agresión. Y eso incluye tirar de hilos y pedir favores.

Lejos de quedarse en un plano de costumbrismo superficial, Mungiu plantea un profundo dilema moral que se va desplegando sutilmente. Varios de los personajes de su obra se ven obligados a intercambiar favores, renunciando con ello a unos ideales basados en los méritos propios, dependientes de la capacidad de influencia. Un choque entre los ideales y el pragmatismo en una sociedad desestructurada, superada, corrupta, en plena renovación generacional que no se sabe si jamás llegará. Por eso el protagonista de esta película está entregado a su hija, a velar por su futuro, a que consiga lo que sus precedentes no lograron. De nuevo, el cine poniendo el dedo en la llaga de un país que sigue arrastrando fantasmas del pasado en forma de carencias presentes. Un contexto marcado además por los procesos burocráticos que se imponen al bienestar de los individuos.

Mungiu cuenta todo esto articulando un planteamiento visual riguroso, frío, pero no aséptico, no carente de valores escénicos. Al contrario, a pesar de lo que pueda parecer su puesta en escena y su despliegue dramático no están empapados de esa afectación hierática y esa pose hueca de callado malditismo que desde hace unos años tanto abunda en el cine de autor europeo. De algún modo, Los exámenes es, en su sosiego, una película magnética y llena de sugerencias estimulantes. Sirva como ejemplo el posicionamiento del realizador a la hora de grabar casi todas sus conversaciones, desde la economía de planos y siempre encarando a los dos personajes para filmarlos de perfil. Un enfrentamiento que pretende ser reflejo del permanente conflicto en el que se encuentra la película (¿hacer lo correcto o hacer lo necesario?). Y sirva también esa atmósfera cotidiana que se ve empapada por un permanente estado de alerta casi propio del thriller hanekiano: los vidrios reventados por pedradas inexplicadas, el niño con la máscara de lobo…

Con todo, un apasionante thriller sentimental y otro título imprescindible en el ya de por si esencial panorama de cine rumano moderno.

8'5/10
Xavi Roldan

Crítica de La muerte de Luis XIV (La mort de Louis XIV)

La muerte de Luis XIV
Entonces llegará la nueva película de Albert Serra y cuatro cinéfilos medio locos de este país le harán caso. A lo sumo las dos o tres revistas especializadas y algún blog con la antena puesta. Poco importará que La muerte de Luis XIV saliera de Cannes a hombros, saludada como una de las propuestas (fuera de competición) más interesantes vistas este año. Pocos se molestarán en atender al el hecho de que este sólo sea un nuevo paso en una de las carreras más fascinantes, personales e imprescindibles que ha dado el cine reciente de este país. Nosotros seguiremos a lo nuestro y el bueno de Serra tendrá que seguir ganándose el prestigio de los Pirineos para arriba.

¿Que al susodicho le dará un poco igual? Pues también, ya lo conocemos.

Pero no deja de ser una lástima que el tipo de cine que plantea el de Banyoles pase por las carteleras tan de puntillas. Sí, es un cine radicalmente opuesto a los gustos predominantes (obvio y necesario), pero también es una poderosa muestra de independencia artística, de articulación de una visión personal y única. No exenta de conexiones (algunas interdisciplinarias) pero tremendamente única.

Claro que en La muerte de Luis XIV resuena, ya de entrada por afinidad temática, la aproximación a la figura que hizo Rossellini (La toma del poder por parte de Luis XIV). Que como movimiento osado hacia el retrato de un monarca nos invoca el que planteó Miñarro con Stella Cadente. Que en su puesta en escena palpita algo de Visconti y otro algo del Sokurov de Faust. Pero la película resulta tan personal y absorbente que al final uno se levanta de esa butaca con la sensación de haber estado en un lugar en el que difícilmente volverá a estar.

La muerte de Luis XIV es quizá la más sensorial de las películas de Albert Serra. Él sigue siendo él, pero ha mutado en otra cosa. Nunca ajeno a las composiciones estáticas, aquí se lanza directamente a por lo pictórico. Prescindiendo en casi todo momento de cualquier movimiento de cámara el realizador plantea una sucesión lírica de planos que apelan directamente a la pintura barroca. Casi hay momentos en que si no fuera por algunos ligeros movimientos de los personajes en escena podríamos pensar que estamos ante un lienzo de Rembrandt o Caravaggio. Sería pretencioso, melodramático y excesivo por mi parte apelar a una especie de síndrome de Stendahl, pero el trabajo de la luz y el color, de una expresividad apabullante, lo dejan a uno francamente chocado, abstraído, secuestrado.

¿Pero es todo formalismo? ¿Cuenta algo la película? Pues sí, y no. Más bien sugiere, plantea situaciones y apela a ciertas temáticas: el choque de la medicina versus la superchería, por ejemplo. Pero básicamente funciona como gran metáfora. Una alegoría del poder estático, apoltronado. De una monarquía que se mantiene en su trono, se resiste a desaparecer y prefiere quedarse apalancada, atendida por sus siervos, hasta languidecer miserablemente. Pura decadencia apoyada por el beneplácito pusilánime de sirvientes, lacayos e Iglesia.

Una decrepitud progresiva que tiene un único y enorme protagonista, alguien que ni por prestigio, ni por servicio prestado, ni por entrega a este papel concreto merece quedar para el final de esta torpe y deslumbrada reseña. Hablo de Jean-Pierre Léaud. La personificación definitiva del monarca, pero también de la decadencia, digna o indigna. Un trabajo de mímesis planteado desde un apabullante estatismo (sí, se puede) y basado en miradas hastiadas, susurros, gruñidos y farfulleos.

Serra le rinde merecida pleitesía, lo coloca como absoluto centro gravitacional de la película y entrega uno de sus títulos más logrados. Una obra maestra que no tiene por qué gustar a casi nadie. Y no pasa nada, hay que aceptarlo. Pero lo que sí es necesario es que, por lo menos a los que nos gusta este tipo de propuestas, podamos disfrutarlas en condiciones. Veremos.

9/10
Xavi Roldan

Crítica de Aliados (Allied)

Aliados
Los ingredientes no engañan, así que quien salga de esta defraudado, bueno, tendrá razones… pero tampoco podrá alegar sorpresa. Aliados se presenta como un drama bélico de espionaje cien por cien hollywoodiense protagonizado por dos estrellones y dirigido por un realizador acostumbrado a los presupuestos holgados invertidos en películas de vocación comercial. Una especie de pretendido retorno al cine clásico de espías con trasfondo romántico (o a la inversa, no sé) con una poco o mal disimulada querencia por las historias de Graham Greene, cita literal incluida, un gusto por el Hitchcock de Sospecha y Encadenados y un principal damnificado: Casablanca.

El homenaje explícito es evidente. El resultado un poco desastroso. Porque sí, hay realizadores que han sabido adaptar perfectamente y con toda la naturalidad del mundo el cine clásico a las formas expresivas de hoy (Clint Eastwood a la cabeza de todos). Pero Robert Zemeckis no es uno de ellos. O por lo menos aquí no lo demuestra. No tengo ya muy claro, a estas alturas de su carrera, si estamos ante otro caso Ron Howard -director ya calludo trabaja bien en una película y se tumba a la bartola en las tres siguientes- o si, directamente, Zemeckis ha abandonado ya toda voluntad de parir algo arriesgado, potente, personal.

Aliados no tiene un mal guión. Al contrario, el libreto de Steve Knight es efectivo en el dibujo de sus dos personajes principales, articula bien el factor melodrama romántico, sabe colar con habilidad sus disparatados planteamientos para hacerlos pasar por cosas serias, disfraza su chufla de espionaje para hacerla parecer profunda y compleja y además plantea un giro central en la trama que dispara el interés de algo que por su primer tercio parecía condenado a la abulia más suprema, al aburrimiento y a la falta absoluta de verosimilitud.

Pero ahí está la dichosa condición de acaparadora de Oscars. Ahí está Zemeckis.

Insisto: el hombre no narra mal. Lo hace todo limpio, a ratos innecesariamente retórico (planos que no aportan nada), pero pulido y muy, muy tragable. Sin embargo no es capaz por si mismo de levantar el interés cuando el guión se muestra torpe y repetitivo, caso de ese primer tercio de película. Y desde luego tampoco parece muy interesado en construir ambientes, ni en manejar bien la tensión, ni en lograr algún -no hay ni uno solo- momento memorable. En triste ejercicio de coherencia, el resto de elementos andan un poco en la misma línea: la fotografía no aporta elementos expresivos. Los actores están a medias, con una Marion Cotillard correcta y un Brad Pitt que cada vez demuestra ser dos Brad Pitts irreconciliables, el macarra desaliñado que arregla una película a golpe de carisma (Aldo Raine, versión lograda: el de Malditos Bastardos) y el acicalado figurín cuasiinexpresivo (Aldo Raine, versión fofa: el de Aliados). Por su lado la música de Alan Silvestri ataca alternativamente una sección de percusiones del montón o una melodía de piano anodina marca de la casa.

Y de tanta corrección la cosa termina como eso. Como una película impoluta. Que va de menos a más -si uno decide bajar la guardia el tercer acto puede llegar a ser hasta emotivo- pero que nunca logra romper nada a su paso, ni violentar casi ninguna expectativa. Claro, tampoco era cuestión de darle la vuelta al género, pero dudo que a estas alturas le aporte demasiado una nueva aproximación tan fría y calculada como esta.

5'5/10
Xavi Roldan

Crítica de Animales fantásticos y dónde encontrarlos (Fantastic Beasts and Where to Find Them)

Porque a la gallina de los huevos de oro no se la puede dejar morir. Es más, si se la puede instalar en una de esas factorías de pesadilla avícola donde pollastras y otros animales de corral producen en cantidades industriales, mejor. Ya finiquitada la saga de Harry Potter, poco duró la promesa de que la cosa terminaba ahí, de que no íbamos a saber más del universo potteriano, de que, eso, la gallina estaba ya lista para su jubilación. Y efectivamente, cinco años después hay nueva saga al canto, esta vez en forma de spinoff/precuela que tiene lugar siete décadas antes de los sucesos ya narrados. Afortunadamente, Animales fantásticos y dónde encontrarlos tiene bastante de fórmula comercial, pero también posee algunas bondades propias que la elevan por encima del simple exploit.

Primero, porque no tiene condición de subproducto. Aquí se ha puesto toda la carne en el asador y se ha planteado esta nueva franquicia como algo con entidad propia. Muy reminiscente del mundo del que parte, pero totalmente autónomo y autosuficiente. Se ha contado con la participación de David Yates a la realización, un tipo conocedor del material, responsable de cuatro de los siete episodios del niño mago y de, presumiblemente, todas las que vendrán ahora. Se ha echado mano de algunos actores reconocidos o con proyección, como Eddie Redmayne -rendido ya a su colección de tics innecesarios y gestos extraños-, Katherine Waterston, Dan Fogler o Colin Farrell. Se ha confeccionado una banda sonora resultona, modulada por la batuta de James Newton Howard, a quien se le pide una cuota del leitmotiv ideado por John Williams. Y, básicamente, se ha invertido un montón indecente de pasta en lograr un espectáculo con un clímax atronador que tiene la cantidad justa de catarsis destructiva y confusión sensorial. Todo en orden.

Por otro lado, los ingredientes temáticos que hicieron de la saga madre un éxito siguen estando: personajes con potencial carisma, criaturas místicas y magia por doquier. ¿Que el argumento -por primera vez el guión está escrito por la propia J.K. Rowling- es un poco endeble? Sí, es cierto. ¿Que es poco menos que una Cazafantasmas mágica con intenciones de saga para todos los públicos? ¿Una versión elegante de Pokemon? Bueno. Pero también consigue dosificar bien su potterismo mientras apunta algunas cosas interesantes, como el cambio de escenario, de Gran Bretaña a la Nueva York post crack del 29, lugar donde las relaciones entre seres mágicos y personas de a pie es bastante más compleja y delicada, lo cual saca la película del ámbito colegial british y lo coloca en un entorno más urbano y luminoso. También es interesante la inclusión de elementos afines al cine de terror clásico, como la caza de brujas… literal. Y están especialmente logradas algunas escenas de acción y aventura, que llegan a un buen equilibrio con los momentos más románticos o emotivos.

Así que el resultado es un poco el esperado: nada nuevo, pero tampoco nada especialmente malo.

No hay mucha capacidad de sorpresa pura en Animales fantásticos, a decir verdad. Y a pesar de que tiene ritmo, inventiva visual, una colección de animales inventados bien bonita, tampoco tengo muy claro que posea los suficientes elementos como para mantener el interés durante cuatro películas más, que son las que le quedan. Pero es este un producto puramente industrial que, por puro empeño profesional y la voluntad de hacer las cosas medio bien ha recibido un primer acto, cuanto menos, digno: menos acertado que las mejores películas de Harry Potter, pero definitivamente superior a sus horas más bajas.

6'5/10
Xavi Roldan

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