Crítica de Patrick Melrose (Temporada 1)

Crítica de Patrick Melrose (Temporada 1)
De todos los problemas que tiene la serie Patrick Melrose, una miniserie de cinco episodios basada en la saga de novelas medio autobiográficas de Edward St Aubyn, el que se traduce en una herida mortal es el segundo episodio. Entero. Una hora para olvidar que no sólo bloquea el ritmo y las, en líneas generales, positivas sensaciones del primer capítulo. Va más allá y evidencia unas carencias que desde ese momento, el espectador ya no querrá pasar por alto.

Rebobinemos: Benedict Cumberbatch es Patrick Melrose, un tipo joven, elegante, con planta, y en una más que evidente situación de bienestar económico. Pero tiene un problema: es un drogadicto de cuidado. Un viaje de Sherlock a Nueva York debido a la muerte de su padre (Hugo Weaving) se encarga de dar el pistoletazo de salida argumental, y durante todo el episodio vamos viendo a un shakespeariano ser oscuro y atribulado, con evidentes heridas del pasado aún abiertas, motivadas justamente por un progenitor que parecía, como poco, estricto. Nada nuevo bajo el sol, en verdad: tanto por temática y entramado como por el estilo con que se registra esta lucha interna (contra demonios) y externa (contra la adicción) recuerdan a cualquier Trainspotting, Réquiem por un sueño, o sucedáneo.

Con una excepción: Patrick Melrose es un tipo rico y estirado, de esos que parecen tener problemas tan sólo porque se los buscan. No digo que la clase alta de la sociedad no pueda tener problemas, pero bien sabido es que a nivel cinematográfico, la empatía con el público se consigue antes si se trata de personajes de clase media para abajo. Claro que de momento poco importa: Cumberbatch se come la pantalla con una actuación sumamente histriónica y exagerada; justo lo que le demanda la situación. Y su tono, su voz en general, otorgan el toque perfecto de ironía y humor negro que el guión de David Nicholls parece buscar.

Sólo que entonces acaba el primer episodio, y arranca el segundo.

Un insoportable flashback a los años mozos del protagonista, limitados a un par de días de su verano en la lujosa y aburrida casa de campo de su familia, con los lujosos y aburridos amigos de su familia. Todo, como queriendo empaparnos del tedio de ese periodo, pero sumiéndonos en un estado de letargo total del que no se nos despierta ni cuando se hace algo más de hincapié en la severidad del padre y el embriagado pasotismo de la madre.

Dedicar un episodio entero a unos flashbacks que, luego, igualmente van apareciendo a lo largo del resto de la serie; hacerlo sin aportar apenas datos, y sin siquiera revelar el único punto realmente decisivo a la hora de marcar la personalidad del personaje (eso se cuenta más tarde por más que no haya demasiadas dudas al respecto), es un paso en falso. Sólo que tan en falso, como para que abramos los ojos: sin un actor-héroe (porque Sherlock parece que convierta en oro todo lo que toca) que desvíe nuestra atención, se eleva el rechazo por parte de personajes tan sumamente snobs y relamidos, cayendo especialmente mal una Jennifer Jason Leigh que parece drogada más allá de los límites de su personaje.

Algo se rompe, en definitiva, en la relación pantalla-espectador que partía ilusionada, pero que en realidad aún no había dado motivos suficientes como para estabilizarse. Y no se recupera por más que el tercer episodio pueda ser el mejor de la serie. Encandila por la vista con una fotografía elegante, un montaje divertido y esforzado, ya sin el condicionamiento de las sobredosis. Recupera al personaje en su edad más o menos correcta, y se busca de nuevo el tono irónico, cenizo. Pero ya no cae bien, ni interesan lo más mínimo las subtramas que pululan por ahí con más pena que gloria, por lo que las sensaciones de tedio y rechazo perduran. Pasa el cuarto episodio (de nuevo en la odiosa casa de verano pero en otro momento y con un maquillaje lastimoso, por cierto) y los párpados hacen esfuerzos de más por mantenerse abiertos; llega el quinto y la sensación es más de alivio que de disfrute: por fin se acaba un viaje largo, denso, que buscaba el reto y la relevancia pero que, ay, acaba cayendo en la irrelevancia más absoluta. De querer saber quién es Patrick Melrose, se acaba deseando no haberle conocido nunca.

Crítica de The Innocents, episodios 1 a 4 - Netflix

Crítica de The Innocents (episodios 1 a 4) - Netflix
Pues nada, otra vez la misma piedra. En junio de 2017, con la plataforma ya marchando a pleno pulmón, el jefe de Netflix decía que le preocupaba una cosa: el ratio de cancelaciones vs renovaciones de series. Decía que si la práctica totalidad de producciones de la plataforma online se mantenía para al menos una segunda temporada, se debía a la homogeneidad de sus formatos. Algo que, ni que decir tiene, por aquí compartimos. Con esa sentencia entre ceja y ceja, algún título en los últimos años sí ha intentado distanciarse; o mejor dicho, se ha intentado hacer algo distinto desde la plataforma. El lanzamiento a escala mundial de la alemana Dark, el estreno de la excelente Mindhunter, la apropiación de Arrested Development o el reciente fichaje de Matt Groening (para agrandar la, eso sí, excelente plantilla de animación de la cadena virtual). Bien, pues contra esa línea de actuación llega The Innocents y demuestra que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Una vez más toca sufrir una desfasada propuesta basada en un únio high concept sobre el que montar una serie de excusas que hagan las veces de entramado. Una vez más, contemplar un planteamiento formal de lo más vulgar y timorato, haciendo de Stranger Things (cuya voluntad es la de parecerse a otros títulos, recordemos) un dechado de atrevimiento y originalidad. Y una vez más, nos debemos enfrentar a una mal llamada serie de ciencia-ficción que en realidad esconde un producto emo-teen donde prima, por encima de todo, el almibarado amor de los jóvenes protagonistas.

Resulta que una suerte de científico/mad doctor con cara de Guy Pearce está investigando a una serie de pacientes con una habilidad muy peculiar: pueden adoptar el aspecto físico de quienes tengan a su lado. Problema: no parecen controlar su poder, por lo que ocurre cuando ocurre y sin que ellos sean siquiera conscientes del cambio. En estas que una chica, Sorcha Groundsell, tiene las mismas características. Así que: joven que quiere ser normal y aún está en proceso de descubrirse tiene que estar mirando siempre hacia atrás por si la persigue quienquiera que la esté persiguiendo, sin saber si se trata de malotes o de quienes puedan ayudarla. Y novio de la joven con cara de Bruno Mars y de no haber recibido un sopapo a tiempo (Percelle Ascott) se fuga con ella porque el amor todo lo puede y tanto da que tu novia, a veces, tenga el cuerpo de un barbudo hombretón de 40 años. Because yes. Because logic. Dicho con otras palabras: un refrito, la enésima repetición de una fórmula caduca. Y encima, con la necesidad de no salirse nunca de los raíles de la máxima corrección. Esto es una serie blanquita de Netflix, y como tal debe comportarse.

¿Giros locos de guión en los que nadie sea quien dice ser? ¿Indagación en la psique de un personaje que tiene un don/maldición que le puede abrir las puertas a lo que se proponga? ¿Twsits enrevesados en función de las características de la persona de quien adopte las formas? ¿Tórridas escenas de sexo con cuerpos cambiantes que hagan replantearse (qué sé yo) la sexualidad a Bruno Mars? Nada. ¿Alguna escena visualmente aprensiva? ¿Algún pasaje algo más adulto? Nada. Todo ello, que podría haber hecho de The Innocents algo más, quedan para otra ocasión. Ese algo más que pedía el director de Netflix y que tanto necesita la plataforma si realmente quiere adelantar a otras cadenas (más allá de en el número de registros de usuarios), se traduce en cambio en una mojigata y muy descafeinada persecución sin demasiado sentido ni justificación. En una superposición de subtramas, hirientes en algunos casos (todo el episodio de la discoteca), que no aportan información ni novedad alguna a ese high concept de género que se va diluyendo paulatinamente en pos de la relación entre los dos protagonistas. La casta, anodina, previsible relación de dos amebas.

Una vez más, Netflix plantea un producto hecho por piloto automático: un envoltorio llamativo para una mecánica conocida y manida hasta la saciedad. Antes valía: la idea era captar a cuantos más mejor. A estas alturas y ya con todo el mundo a los pies de la plataforma, The Innocents es un paso atrás, una vuelta a la homogeneización. O quizás el desenmascaramiento de una estrategia comercial tan válida en números como decepcionante en lo artístico.

Crítica de (Des)Encanto, episodios 1 y 2

Crítica de (Des)Encanto
La sorpresa no está en su argumento. El propio tráiler de (Des)Encanto se encarga de confirmar que era la opción lógica: tras haber retratado la actualidad y el futuro (con Los Simpson y Futurama respectivamente), Matt Groening debía apuntar al pasado.

Así pues, su flamante serie animada se enmarca en algún punto de la Edad Media, por la que pulula un nuevo puñado de personajes de no pocas reminiscencias a terrenos de sobras conocidos. La protagonista parece un batiburrillo entre Lisa y Leela. El rey (su padre) es entre Homer y Bender, el elfo es Milhouse, y el caballero es Ray.

La sorpresa tampoco está en el estilo: (Des)Encanto combina dibujo clásico con digital, como de costumbre (a excepción de sus orígenes como dibujante, claro). Quizá se aprecie un mayor gusto por el primero: la serie se presenta colorista y con fondos de trazo voluntariamente grueso. Pero poca revolución hay. Fiel a su estilo, Groening dibuja la mayoría de personajes con los habituales ojos saltones, masas corporales alteradas… sólo uno de ellos se sale de la media, un secundario robaplanos al que, con apenas dos episodios vistos, ya se le intuye potencial para parar un tren.

¿Potencial dónde? Pues en el único sitio en el que se aprecia la justificación de la existencia de esta serie, más allá de la voluntad de Netflix por marcarse otro tanto en la animación (y de la de Groening por embolsarse, seguramente, una buena morterada). En su humor. Un humor que reniega de la brocha gruesa de Padre de familia, pero no de la acidez de Homer y compañía, mezclada esta vez con la negrura de otros caballos de batalla de Netflix, como Bojack Horseman o la recuperada Arrested Development.

En definitiva, se antoja cierta madurez en una serie que a priori debería ser más idiota (de hecho muchos de sus gags son delirantes: atención al pueblo de los elfos, estirando un chicle de juegos de palabras -al menos en versión original, claro- hasta el paroxismo). Pero también hay mucha sorna poco comedida en chistes sobre el alcoholismo de alguno de sus personajes, las obligaciones matrimoniales de la mujer, la prostitución incluso.

Este humor más inteligente (como en los años mozos de Springfield, en definitiva), y una continuidad más evidente en la trama, son las dos principales cartas de la mano de Groening. Las otras ya las conocemos, y las hemos comprado con anterioridad, por lo que todo apunta a jugada maestra. Falta saber si ha sido capaz de gestionar la partida: episodios más largos (el mal endémico de las comedias desde que se pasaron a las plataformas online), agotamiento de la fórmula a corto plazo, falta de enganche… de todo eso podremos salir de dudas en cuanto tengamos acceso a la temporada completa vía Netflix. De momento, los dos primeros episodios dejan buen sabor de boca. Larga vida a Matt Groening.

Crítica de Misión: Imposible - Fallout

Crítica de Misión: Imposible - Fallout
Las entregas de la saga de Misión: Imposible son un poco como los posados de Ana Obregón. Uno no espera ver en las fotos de cada verano el cuerpo más despampanante; ni el mejor traje de baño. Lo hace más bien por ver hasta cuándo es capaz de alargarse la cosa. De la misma manera, el espectador que acude a ver Misión: Imposible - Fallout, está más pendiente de ver cuánto le puede aguantar el cuerpo a su estrella, un Tom Cruise casi sexagenario (que de hecho se rompió el pie durante el rodaje), que de buscar credibilidad a sus escenas o argumentos, como si de un Jason Bourne se tratara. Como todo el mundo, responsables de la película y videntes de la misma, estamos de acuerdo, los primeros se pueden tomar libertades. Y qué cosas, esas libertades ayudan a que una saga que debió acabar al final de su sensacional primera entrega, haya estrenado su sexta entrega y muchos la coloque ya como la mejor de todas. Claro que para eso, hay que tener en cuenta dichas licencias.

La primera, la más obvia: es la primera vez que un director regresa a los mandos. Tras Protocolo Fantasma, Christopher McQuarrie escribe y dirige Fallout. La segunda, derivación de esta: se trata de la primera secuela directa. No es que la anterior fuese un punto y seguido argumental, pero en esta ocasión se retoman personajes secundarios más o menos donde se dejaron, por su posibilidad de volver abrir heridas emocionales que fuerzan a un planteamiento que, de hecho, sobrevuela las auras de la serie desde hace años: ¿tiene sentido que sigamos? ¿Tiene sentido que Ethan siga aceptando misiones? ¿Que el IMF siga existiendo? ¿Que se sigan estrenando entregas? Lejos, pues, de volver a abrir un caso a resolver a las primeras de cambio, esta vez Hunt hace un poco como Bond y se embarca en una aventura crepuscular que bien podría indicar que, ahora sí, hemos asistido a la última entrega de la saga. Luego, ya se sabe: si Daniel Craig no iba a volver a hacer de 007 hasta que vio el dineral que le ofrecían para la inminente Bond 25, Cruise estará atento al funcionamiento en taquilla de la que nos ocupa para plantearse su destino.

Y nosotros que lo celebraremos, mientras sus responsables (desde un J.J. Abrams que rescató la saga a McQuarrie o el propio Cruise, sacrificado motor de la saga más allá de su interpretación) sigan entiendo el espectáculo como lo entienden: como una sensación a obtener por vía de la humanidad de sus protagonistas y la espectacularidad de sus acciones, al margen (y ahí la cuarta licencia) del realismo de las mismas. Que si estamos todos aquí como en el posado de la Obregón, nos da igual que una cuenta atrás de 15 minutos dure el doble; que un accidente de lo más aparatoso genere a lo sumo un rasguño. Queremos disfrutar al máximo, lo que significa que se nos tiene que agarrar por el cuello y no dejarnos respirar durante los 147 minutos que dure el espectáculo, si no es para reír con alguno de los acertados chascarrillos de su guión. Ya nos han comprado, ya formamos parte de la familia de Hunt, Benji y compañía. Ahora queremos que sobrevivan. Nos da igual cómo y si eso significará que vengan más misiones imposibles. Sufrimos por que estén bien, ni nos planteamos que se pueda recorrer París en moto de esa manera, ni que se pueda saltar de un edificio a otro así.

Ellos lo saben, nosotros lo sabemos. Todos pactamos las reglas del juego antes de entrar en la sala, por lo que queda un espectáculo cómplice, sumamente adictivo, y con un añadido en forma de extra de implicación emocional. Suficiente para, por qué no, hacer de Misión: Imposible - Fallout una de las mejores, si no la mejor, entrega de una saga de espías sexagenarios que corren que se las pelan, minuteros que parecen funcionar a cámara lenta, y leyes de la física que debían de haber salido a tomar algo mientras se gestaba el film. Si sale una séptima misión imposible, se consumirá como se seguirá comprando la ¡Hola! cuando salga el posado. Ahora bien, los años le sientan cada vez mejor a Hunt.

Crítica de Samantha Hudson

Crítica de Samantha Hudson
Siempre que nos topamos con un documental como el que ahora nos ocupa, Smantha Hudson, toca hacer una aclaración previa (que igualmente nadie tomará en serio y volverán a surgir juicios de valor que nada tienen que ver): aquí no se habla del personaje sobre el que gira la película, sino sobre los valores de la misma como tal. Como pieza de arte, vaya. Dicho de otra manera, no tiene ningún sentido que un servidor exprese su opinión sobre Iván González/Samantha Hudson, sí que lo haga sobre los 60 minutos de la propuesta de Joan Porcel (director) y Álvaro Augusto (guionista). En especial porque antes de verlos, no tenía ni idea de quién era este mallorquín que con muy pocos años ya se ha viralizado hasta convertirse en un artista/influencer reivindicativo y ¿emblema? (ignoro la profundidad de su impacto) de toda una comunidad.

El principal problema del film radica en lo que acabo de comentar: que si bien sirva como carta de presentación, no acaba de esclarecer el impacto social real ni de Iván ni de su alter ego, Samantha. Como tampoco acaba de apuntalar su discurso. La primera escena sirve ya de moraleja del 90% del metraje restante, lo cual hace flaco favor al interés del mismo. Y sólo al final parece asomar la cabeza una variante (sobre la ambigüedad de ciertos comportamientos) que hubiera podido dar mucho juego pero, tal y como se muestra, a penas queda en el recuerdo. Sin discurso ni información relevante, Samantha Hudson se acaba transformando más bien en una oda y poco más, cuya justificación cuesta encontrar. Insisto, más allá de lo que el personaje en sí aporte a la sociedad.

Cómo será de grave la cosa, cuando por mucho que dure lo mismo que un episodio de televisión, su visionado se haga muy cuesta arriba. Y es que pasadas las primeras barrabasadas que se escuchan por boca de alguno de quienes pululan por pantalla, nada hay que desgranar, ninguna reflexión, y de hecho, bastante poca tijera. Dura 60, pero si durara 40 minutos, la película no cambiaría un ápice. Y quizá tampoco lo haría con 30.

En definitiva, y este es otro de esos males endémicos del documental de estas características, lo que más refleja Samantha Hudson, es que a veces no basta con dar con un personaje que mole. Antes de lanzarse a montar un documental a su alrededor, hay que plantearse si hay historia, ideal, debate, reflexión… algo que contar o generar.

Crítica de Sarah Plays a Werewolf

Crítica de Sarah Plays a Werewolf
Parece que el festival Atlàntida ha descubierto un filón en el cine suizo centrado en adolescentes. Si hace nada nos deshacíamos en elogios hacia Blue My Mind (en la que veíamos hasta las últimas consecuencias los traumas a los que puede someterse una chica que cambia de cole y de ciudad) ahora es Sarah Plays a Werewolf la que plantea un entramado de todo menos fácil para otra adolescente.

Lo que interesa a la directora y co-guionista Katharina Wyss no es, por eso, la fase de cambio, sino más bien la incomunicación. Sarah es una chica normal y corriente, pero no acaba de encajar: no tiene amigos, y cuando los tiene los pierde; no tiene novios, porque ocurre lo mismo que con los amigos. Y que su hermano se haya mudado a otra ciudad la ha roto. Tanto como para decir a unos y otros o bien que el hermano se suicidó, o bien un amigo. Algo ocurre, aunque no no sabemos qué y no nos queda otra que intuir por las pistas que van dejándose caer a lo largo de su metraje. El único lugar en qie la bestia se libera es el escenario de un teatro.

Y por aquí es por donde se descubre el plan más ambicioso de Wyss, y a la vez su arma de doble filo. Sarah Plays a Werewolf juega a difuminar las barreras de lo real y la ficción. Uno nunca sabe en qué momento Sarah está volviéndose turuleta o simplemente está actuando. Así que tampoco sabe bien bien qué de lo que cuenta es cierto, y qué no. El problema está en que a ese espectador, tampoco es que le acabe importando demasiado.

Y es que por cómo se concibe el film (frialdad, ritmo exigente) y cómo se describe a su protagonista (no es que caiga demasiado bien, la verdad) nunca llega a tener cabida una conexión a ambos lados de la pantalla que se antoja fundamental para entrar en el juego. Algo a lo que ayuda poco que si bien todo se muestre contenido, y nunca se conceda espacio al exceso, los primeros compases resultan mucho más impactantes que lo que sucede a lo largo de un segundo acto demasiado irregular. Alguna de las pistas que en él se esconden, sin ir más lejos, son quizá las más relevantes para entender a Sarah, pero la verdad es que pasan demasiado desapercibidas.

Ojo, sigue quedando un trabajo interesante. Los discursos que plantea Katharina Wyss son dignos de una o dos vueltas y/o debates, y los pasajes más acertados de Sarah Plays a Werewolf llegan a cotas de intensidad muy elevadas. La pena es que no haya conseguido mantenerse en estos niveles en todo momento.

Crítica de Blue My Mind

Crítica de Blue My Mind
No descubriré nada nuevo ahora, si digo que desde siempre se ha intentado jugar con el género fantástico o de terror y el coming-of-age. Sin embargo, la balanza rara vez se ha equilibrado, quedando el resultado en ocasiones en una mala película de terror, en otras una película juvenil superficial. Cuando no directamente en un desastre absoluto (¿alguien recuerda aún aquello de Jennifer’s Body?). Ha tenido que venir de Suiza, a cargo además de una estudiante recién salida de la escuela como quien dice, el último ejemplo. Y quizá uno de los mejor compensados.

Galardonada en el Atlàntida con el máximo premio de su categoría correspondiente, la opera prima de Lisa Brühlmann, este Blue My Mind que nos ocupa, no sorprende por su argumento, ni por sus formas. Una chica de quince años se acaba de mudar y le toca empezar en el cole nuevo, en la edad del descubrimiento y el desarrollo. Tanto cambio físico, geográfico y psicológico, no suele ser fácil. Y sirviéndose de una metáfora que es llevada hasta extremos casi surrealistas, así nos lo quiere hacer saber Brülmann.

Su estilo, ya decía, nada sorprendente: opta por la frialdad y la crudeza para retratar el estado de ánimo de la joven, a quien interpreta de manera perfecta Luna Wedler. Planos azulados y grises, proximidad física entre actriz y cámara, y montaje ágil a ritmo de cámara casi al hombro. Todo muy esperable hasta ahora.

Sin embargo, Blue My Mind acaba encajando casi a la perfección sus piezas, radicando ahí su elemento diferenciador. Casi como si de un made in Hollywood se tratara, arranca (post prólogo) con un par de escenas de jóvenes y escuela, fácilmente identificables. Pero poco a poco, va optando por una vía ennegrecida, sin demasiada concesión y, de hecho, con más de una escena de todo menos agradable. Nunca, ahora bien, decantando la balanza hacia el lado que no es. Alejándose, en definitiva, de una Crudo con la que por lo demás guarda más de un parecido.

Resulta imposible, así las cosas, que el espectador adopte otro prisma: para él esto sigue y seguirá siendo un drama juvenil, lo que hace que le pillen desprevenido los coqueteos con otros géneros. Así, Brülmann gana en impacto, agarrando al respetable por el cuello (como ocurre en la película, por otra parte) y obligándole a digerir escenas que, descontextualizadas, hubieran hecho cantar a otro gallo. Tan sólo en su tramo final concede alguna pincelada más hacia lo fantástico, pero sólo como cierre lógico a un guión perpetrado con suma inteligencia y cautela.

Su línea, de hecho, es siempre ascendente, y tan sólo se ve interrumpida con puntuales momentos en los que el ritmo se estanca. Algo que podría tildarse de comprensible en un debut que, por el contrario, se antoja arriesgado y estimulante, mostrando la firma de una nueva voz a la que habrá que seguir de cerca. Hubiera sido mucho más fácil, para la directora, torcer hacia la vía rápida del género. Que no lo haga y, aun así, consiga el mismo o mayor impacto (y con las escenas menos fantásticas, precisamente), dice mucho y muy bueno de ella.

Crítica de Yo la busco

Crítica de Yo la busco
Y yo. Y tú, que si no lo estás haciendo ahora, en algún punto de tu vida lo has hecho o lo harás. Todas y todos buscamos eso que dé sentido a nuestro día a día. El protagonista de Yo la busco se ve forzado a hacerlo, además, durante una noche, el lapso de tiempo que ocupa el grueso de su metraje. Justo la noche en que descubre que su compañera de piso se va a ir a vivir con su novio. La noche en que en una cena, se da cuenta de que él, treintañero despreocupado que se gana la vida de la manera más absurda imaginable, está en un punto. Mientras que todo el que le rodea, en otro. La loca del grupo ahora está emparejada y buscando el niño. Los colegas de cada verano este año se irán cada uno por su cuenta de vacaciones. Y el que no lo hará, será porque estará trabajando. ¿En qué momento se pasa de una etapa a la otra? ¿Por qué diantres se debe hacer ese paso? Cuestiones que le rondan la cabeza y que le van grandes, salta a la vista; y para las que no le ayuda nadie: ni la directora y co-guionista, Sara Gutiérrez Galve, le echa un cable al mostrarse absolutamente neutral en materia.

A lo que asistimos, pues, es a una noche extraña, con más alcohol de lo esperado quizá, y con un macguffin al que se aferra Max, el protagonista, y por extensión nosotros los espectadores. Quizá a través del mismo (una libreta con una misteriosa firma, B. Nin, en su portada) halle la respuesta. Quizá tenga sentido llegar hasta el final y desperdiciar las diversas rutas alternativas que se le van ofreciendo a lo largo de la noche. Alguna de ellas golosa, otra más dulce envenenado que otra cosa. Pero todas ellas, se intuye, cortadas por el mismo patrón: todos la andan buscando. Lo que quiera que sea.

Con una cámara que a duras penas se aleja más de un metro de su actor principal (Dani Caselllas), y un enfoque sumamente contenido y realista (nada tiene que ver esto con Jo, qué noche o alguna locura de Gaspar Noé), el espectador se ve enfrascado de lleno en una aventura sumamente reconocible. En la que no se dan grandes acontecimientos, prácticamente nada (libreta) se sale de lo cotidiano, por lo que hay margen de sobra para tratar de buscar respuesta a las preguntas que se lanzan desde los primeros compases del film, y que grosso modo vendrían a ser las que comentaba al principio. Un film sencillo y sin aspavientos, al que Gutiérrez Galve le toma perfectamente la medida en todo momento, y en el que sólo titubean algunos momentos interpretativos, en los que alguno de los actores se aprecia algo incómodo cuando de lo que se trataba era de todo lo contrario: de acercarse con brutalidad a una realidad como cualquier otra, y retratarla tal cual, como Pedro por su casa. Como si el espectador fuera un tercer compañero de piso de Max y Emma, y también a él le diera igual que se le viera en el lavabo, o se le metieran en la cama a petar la xerrada a cualquier hora de la noche.

Algo que, por lo demás, se consigue sin dificultades, haciendo de este uno de los debuts más estimulantes de por aquí, y sin duda uno de los títulos de la temporada. No será una película perfecta, pero qué bien sienta, oigan.

Crítica de Diario de mi mente

Crítica de Diario de mi mente
Un menor de edad comete, un buen día y sin venir a cuento de nada, una atrocidad. Antes, se asegura de que llegue a su profesora de literatura francesa su diario personal. O más bien de su mente, como bien apunta el título. Arranca así una poderosa trama de culpas y remordimientos, con la que Ursula Meier parece disfrutar de lo lindo analizando todas y cada una de las implicaciones que una relación así, alumno-profesora esto es, pueda esconder. No hay matiz que no acabe teniendo su protagonismo, por más o menos veladamente que se trate.

La propia sinopsis ofrecida por Filmin (por donde ha pasado la película vía festival Atlàntida) la tilda de bressoniana. También podrían encontrarse ecos de Emmanuel Carrère, o de Haneke, por mencionar a alguno más. Autores, todos ellos, que a través de sus obras se han metido en algún u otro momento hasta el fondo en las implicaciones psicológicas, poéticas, hasta físicas en algunos casos, de un acto fuera de lo común. El ritmo: tranquilo, reflexivo; dando pie a que el espectador pueda digerir toda la información. El tono: opaco, frío, para que asimile las emociones sin necesidad de melodramas. Así, desde la más absoluta sobriedad, Diario de mi mente va haciendo mella y convirtiéndose en un implacable estudio de personajes con el epicentro situado en una pletórica Fanny Ardant, quien borda un papel tan contenido de cara a la galería como al borde del colapso por dentro.

Un tercer acto algo precipitado en su recorrido hacia un final bastante por debajo de lo visto hasta entonces (precedido, eso sí, por la última gran muestra de interpretación de la actriz) empaña un poco el cómputo global, pero no logra decantar una balanza que se mantiene del lado bueno. El de una película interesante, inteligente, y sobre todo respetuosa con un espectador a quien en ningún momento fuerza a sentir nada que no deba. Él solito se bastará para sentir Diario de mi mente en sus carnes, aunque no se dé cuenta de ello.

Crítica de El caso Kurt Waldheim

Crítica de El caso Kurt Waldheim
El Atlàntida Film Fest de Filmin recupera el mejor documental de Berlín 2018. De por sí, esta frase ya debería ser lo suficientemente atractiva como para hincarle el diente.

Pero es que además, la directora Ruth Beckermann se saca de la chistera una película que si bien hable de hechos (tristes como ellos solos) que ocurrieran hace ya varias décadas, su discurso es tremendamente actual. Y además, El caso KurtWaldheim es tan adictivo como, no sé, The Jinx. No se me malinterprete, poco tienen que ver el entramado de la miniserie de la HBO con este documental, ni en su tono ni en el impacto de su trama. Pero en ambos casos se habla de apariencias, de personajes con más sombras que luces, y con las mentiras masivas que se acaban convirtiendo en verdades por el mero hecho de repetirlas.

El film se centra en el programa político de Kurt Waldheim, en la carrera por la presidencia de Austria a mediados de los años 80. Venía de ser secretario general de las Naciones Unidas, por lo que sobre el papel pintaba de vicio. Que se pareciera más a Freddy Krueger que a otra cosa, y que sus gestos con las manos (que cuentan con su protagonismo en el metraje) fuesen de todo menos amigables, poco importaba. Que se empezara a decir de él que había sido nazi, quizá ya empezó a picar algo más.

Beckermann aprovecha la doble moral que se generó entonces, entre quienes veían a Waldheim en la presidencia austríaca y quienes preferían verle entre rejas, para enarbolar un documental que juguetea con la intriga, así como con el humor negro. Pero que sobre todo destila una mala leche interior (la película es de lo más contenida, de ahí que no se exteriorice en ningún momento) debida a la constatación de que este hecho, con sus matices, sigue ocurriendo. Sólo hay que ver cómo está el panorama político español, en el que nada afectan cajas B, medidas totalitarias o adicciones a sustancias de dudosa proveniencia a la hora de convertirse en la fuerza política de mayor peso, o casi.

Es en ese discurso tan radicalmente actual, donde la película da en el clavo y obliga al espectador a la reflexión. Una película que, por lo demás, se antoja de ritmo ágil aunque algo desigual, y que no sorprende demasiado en sus formas, pero se presenta de manera lo suficientemente fresca como para llegar al público mayoritario. No lo hará, claro, pero es una pena: tiene que verse, y tiene que debatirse.

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