Arranca el Atlàntida Film Festival


El próximo 26 de julio arranca una nueva edición del festival más atípico: el Atlàntida Film Festival. Hasta el 1 de julio, a través de la plataforma Filmin (a no ser que pululéis por las islas Baleares, donde se proyecta) podrá verse un puñado de películas marcadamente de autor y entre los que se cuentan títulos que han dado (y mucho) que hablar en lugares como Sundance, o el festival de Tribeca.

A destacar un cabeza de cartel potente como él solo: Holiday. Su paso por Sundance, justamente, se saldó con una sonora polémica por alguna de las escenas más chungas que se recuerdan desde, dicen, aquel Irreversible que conmocionó al mundo entero.

Otra que hizo ruido, pero por ganar un certamen como es el Tribeca, es Son of Sofia, una fábula sobre el desarrollo de un niño en un entorno que le es totalmente ajeno y en el que debe verse obligado a aguantar el chaparrón.

Como este año hay películas de todas dimensiones,formas y colores, lo mismo coincide la ¿comedia? musical Julie y la fábrica de zapatos, que es más bien una feroz crítica social disfrazada de Jacques Demy, con Europa, extraño experimento multiidioma entre Lynch y Tarkovsky.

Otra que parece sacar inspiración directa del maestro de Cabeza borradora es la propuesta de Jagoda Szelc que conmocionó a medio Berlín a su paso por la Berlinale: un thriller psicológico basado en eventos, ojo, futuros llamado Tower. A Bright Day. Justamente en la capital alemana ganó el premio al mejor documental El caso de Kurt Waldheim, otra de las imprescindibles del festival.

Son sólo alguno de los títulos que conforman un cartel muy vinculado a la actualidad. No serán pocas las veces que se traten temas como la homosexualidad, el machismo de la sociedad, el racismo que tristemente aún late en todas partes del globo... Por ello, y por volvernos a encontrar con Winterbottom (presenta On the Road, el seguimiento a la banda Wolf Alice) o Amos Gitai, vale la pena echarle un vistazo al festival, ya consolidado como uno de los más alternativos de por aquí. Seguimiento casero desde el mismo momento en que arranque, prometido.

Crítica de Thelma

Crítica de Thelma
Si Lady Bird es un acercamiento (otro más) indie made in USA a las difíciles etapas en las que se pasa de la juventud a la madurez, con el descubrimiento de la sexualidad por un lado y las imposiciones religiosas por el otro, Thelma (que curiosamente coincide en cartel con la misma) es su reverso nórdico y tenebroso. Como en la nominada película de Greta Gerwig, la nueva película de Joachim Trier pone en el epicentro de todo a una chica adolescente, que se aleja de su ultracristiana familia para cursar estudios en un colegio superior (o lo que sea). Por lo que de manera similar a la Ronan, Eili Harboe se aleja de su aparente círculo de confianza para adentrarse de lleno en el mundo adulto.

En este caso es más drástico todo, claro; pero es que en este caso, no se flirtea con la comedia, sino con el terror. No, Thelma tampoco es la gran novedad en lo que a argumento se refiere: de nuevo volvemos a una parábola terrorífica para hacer alusión a los cambios emocionales por los que se pasa en los años mozos. Pero más que en el qué, es en el cómo donde se encuentran las bazas de una película premiada en Sitges (mención del jurado y mejor guión) y seleccionada por Noruega, sin suerte, para participar en los Oscars.

El director de Oslo, 31 de agosto quiere acercar al espectador al drama de la adolescente protagonista con todas las consecuencias, implicándole hasta en el más mínimo matiz. Por este motivo, recurre a un ritmo deliberadamente sosegado que, cierto es, puede antojarse desesperante en más de una ocasión. Si empezamos por lo malo, puede decirse que en no pocas ocasiones Thelma confunde la construcción de una atmósfera y/o el análisis psicológico de un/a protagonista, con el tedio y la repetición. Sensaciones que se hacen más evidentes cuando el film pasa, a su manera eso sí, por todos los lugares comunes imaginables de un thriller sobrenatural de instituto. Sin embargo, todo parece pensado para acudir con éxito a un fin: el de incomodar cada vez más abiertamente al respetable para llevarle por donde quiera.

Y efectivamente, la película se escuda en su aparente anti-ritmo para asestar más de uno y de dos severos golpes en forma de pasajes de difícil deglución. La baza del film de Trier consiste en, si se entra en el juego claro, hacernos creer de pies juntillas situaciones que de cualquier otra manera hubieran caído en la patochada comercial de turno; y no sólo eso, sino de la misma manera que la protagonista, en hacernos dudar de la realidad conforme transcurren los minutos. Se genera, en definitiva, una gélida sensación de inseguridad que es la que nos acaba vendiendo por completo, para dejarnos en manos de un cineasta que se aprovecha de su victoria para cerrar su película con un tercer acto de emociones inesperadamente elevadas. A lo largo del visionado, tan sólo puntuales chispazos nos habían sonsacado; todos ellos cuidadosamente estudiados para exponer a una excelente Harboe pero sin acabar de decantar una balanza que la hace mover siempre entre la ingenuidad y la maldad. ¿Se sale de dudas? Ah…

Sin ser ninguna revolución para ninguno de los lenguajes con los que juega (el drama, el coming-of-age, el terror), Thelma se acaba erigiendo como una más que digna muesca de género. Sólida en la dirección, y sobre todo en la interpretación, se descubre como una pequeña alegría, eso sí, sólo apta para quienes se sepan armar de paciencia en una sala de cine.
6,5/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Jessica Jones, temporada 2 (episodios 1 a 5)

Crítica de Jessica Jones
La relación de Marvel con Netflix empezó muy bien pero, tras un par de pasos iniciales la mar de firmes, le dio por tambalearse. Hablando en plata: después de haber presentado en sociedad a Daredevil y a Jessica Jones, tocó el turno de personajes (aún más) secundarios, cuyo escaso punch en viñetas parecía contagiarse a sus saltos a la pequeña pantalla. Luego, crossover. Luego, spin-off. Palos de ciego de calidad menguante, que han acabado por saturar a un espectador necesitado de una alegría traducida, claro, en volver a los inicios. A ver qué tal les va al abogado ciego (cuya segunda temporada tampoco acabó de cuajar como lo había hecho la primera) y a la investigadora privada de resaca perenne. Bien, pues ha regresado Jessica Jones y, al menos con sus primeros cinco episodios de la segunda temporada, vuelve a elevar el nivel. ¿No atina tanto como antes? Ahora lo comentamos. Pero que era necesario un empujoncito para reconciliar a espectadores y Netflix, y que el de esta serie puede que lo sea, costará ponerlo en duda.

Haciendo caso omiso (o prácticamente) de The Defenders, Krysten Ritter retoma su personaje donde quedó al final de la primera temporada: emocionalmente inestable, y con esa doble cara de superheroína indestructible y joven al borde de tantos precipicios como para hacerla llevar una vida más de vino que de rosas. Primer punto a su favor: lejos del maltrato recibido con el mencionado crossover (en el que parecía una niñata caprichosa y poco más), se retoman aquí los personajes (el suyo y de quienes la rodean) multidimensionales, las crisálidas emocionales de progresivo desmenuzamiento.

Principalmente son tres los focos de atención, con un cuarto que seguramente dé que hablar a partir de la segunda mitad de la temporada. Tres mujeres relacionadas entre sí y de sobras conocidas por los seguidores de la serie, que siguen recibiendo pinceladas conforme se las va llevando a nuevos extremos. Jones se enfrenta a su pasado, Trish debe hacerse valer y Jeri replantearse su vida. Ninguna de las tres tramas, así como la que asoma la cabeza prometiendo caña al final de estos cinco primeros episodios (los que se nos han permitido ver), descubre la pólvora. Pero una vez más, Jessica Jones pone en evidencia que su valor jamás fue el qué, sino el cómo.

De manera sosegada, tal vez demasiado en algunas ocasiones, la serie se adentra en las psiques de cada una, así como de quienes las rodean, y se esfuerzan por trabajarlas de dentro a fuera. Tanto es así que me cuesta recordar pasaje alguno de acción, más allá de puntuales chispazos para rellenar la cuota mínima de superpoderes. De nuevo, esta serie se autodefine como lienzo de personajes más o menos cotidianos, con inquietudes fácilmente reconocibles, más que como vitamínica serie de palomitas. Prueba de ello: que si hay archienemigo de turno, deberá aparecer de la mitad hacia delante; ese cuarto foco de atención que mentaba antes.

Ah, pero, ¿y en relación a la temporada anterior? Seguramente algo peor: la ausencia de un contrapunto tan fuerte como el del personaje de David Tennant (un Kilgrave cuyo recuerdo aún marca de manera evidente la nueva temporada), cierta repetición de conceptos o de regodeo con los mismos, hacen que una más pausada temporada 2 muestre síntomas de endeblez. Como no ayuda la ausencia de una trama principal bien marcada y distinguible, en una serie que apuesta por distanciarse de la linealidad superheroica habitual. Pero Jessica Jones se sigue confirmando como uno de los grandes buques insignia de la cadena en general (de las pocas que aguanta el tipo tras el final de su temporada de debut) y de la alianza con Marvel en particular. Y que siga.
7/10

Crítica de Héroes del infierno (Only the Brave)

Crítica de Héroes del infierno (Only the Brave)
La americanada se puede considerar un subgénero de cine al cual todos estamos acostumbrados: héroes con dramas humanos a sus espaldas, todos muy americanos y muy amigos, pese a unos inicios duros; historias de superación y loas al hombre yanki frente a todo. A esta clase podría adscribirse este filme, basado en el caso real acontecido en 2013 en los bosques de Prescott, Arizona, a un grupo del cuerpo de bomberos, los más duros, conocidos como Hotshots. Sin embargo, algo en la película, aunque con un argumento que damos por hecho, logra que vuele por su propio sendero y se convierta en algo distinto, aunque solo en algunos momentos.

Tenemos al personaje de Miles Teller, un yonki que abandona su vida de drogas y vicio cuando se entera de que su ex se ha quedado embarazada, lo cual le impulsa a unirse al club de los bomberos valientes. Por su parte, Taylor Kitsch le hará la vida imposible al considerarle inferior. El superior del cuerpo es Josh Brolin, que encima está casado con Jennifer Connelly, así que no tiene queja. Todos ellos, hasta llegar a 20 miembros, se enfrentan a un verano calentito, con incendios por doquier, en una zona repleta de bosques, mientras confrontan sus propios dramas y conflictos.

Un filme llevadero, con unos personajes muy interesantes y bien definidos, que te logra introducir en la espesura de ese bosque, hasta llegar a notar los 40 grados a la sombra. No obstante, la excesiva duración del filme hace que en algún momento tengamos que mirar el reloj y revolvernos en la butaca. Pero bueno, esta historia, pese a lo americana que resulta, consigue conmover. Eso sí, dudo de su éxito en España, a no ser que cuente con una buena campaña de promoción, al tratarse de una historia muy suya. Aunque bueno, los recalificadores del suelo habituados a provocar incendios igual valoran la película...

Por Mario Parra

Crítica de Todo el dinero del mundo (All the Money in the World)

Crítica de Todo el dinero del mundo (All the Money in the World)
Todo el dinero del mundo será recordada como la película de la que retiraron a Kevin Spacey por las múltiples acusaciones de abuso por parte de compañeros de profesión, lo cual provocó la sustitución del intérprete, que ya había rodado casi todas sus escenas, por el veterano actor Christopher Plummer, una decisión bastante errática si lo que queremos es no olvidar estos actos, aunque más bien podría deberse a causas monetarias si se promueve el boicot de público a la cinta por contar con Spacey en el elenco principal.

El filme cuenta la historia real del empresario petrolífero Getty, un archimillonario cuya fortuna se cuenta por billones en los convulsos años 70. Alejado durante años de su familia, uno de sus hijos le solicita trabajo en una temporada de vacas flacas, con lo que se termina convirtiendo en vicepresidente de la compañía para asuntos europeos, y retomando así la extinta relación con su familia, y sobre todo con su nieto Paul.

Años más tarde, el joven es secuestrado en Roma por un grupo terrorista, cuyo fin es pedir un rescate al magnate, que no está dispuesto a perder ni un solo chavo. De esta forma, comienza una batalla por encontrar al vástago, entre la madre del chaval, a la cual ayuda el encargado del equipo de seguridad de Getty, y el millonario.

Tras muchos años de proyectos rancios, aburridos y sin personalidad, Ridley Scott, pese a su avanzada edad, consigue mostrarnos un drama con tintes de thriller de una forma efectiva y vibrante en ocasiones, logrando trasladarnos a esa época y a la mente de sus dos personajes principales: la madre, protagonizada por Michelle Williams, que quiere encontrar a su hijo a toda costa, y el anciano ricachón con el síndrome del Tío Gilito, al que se le cae antes un ojo que un dólar. En esta lucha encontramos los mejores momentos del filme, así como en las escenas donde vemos al chico secuestrado. Mención especial para el personaje del secuestrador, que pese a querer el dinero, logra establecer una relación paterno-filial con Paul.

Una película necesaria para dar a entender que el dinero no es lo más importante; que en unos años no estaremos aquí y no podremos llevarnos esos billetes con nosotros. Eso sí, ya podía Scott haber reducido el metraje a hora y media, ya que 132 minutos se antojan demasiados para este largometraje. Pero siempre mejor esto que Alien: Covenant, por supuesto.
Por Mario Parra

Crítica de Victor Crowley

Crítica de Victor Crowley
Victor Crowley ha regresado. Quizá no por la puerta grande, tras dos secuelas poco memorables salvo por sus efectos gore y la truculencia de los asesinatos en pantalla, pero sí de una forma digna, en una nueva secuela que recupera personajes pasados, nos mete de lleno en un ambiente sobrenatural que emana el villano protagonista (un poco como en Viernes 13, el final: Jason va al Infierno) y emplea un humor absurdo que resulta muy de agradecer.

Para esta cuarta entrega, uno de los supervivientes de la primera matanza, de la que ya se cumplen 10 años, sale a la palestra al haber escrito un libro sobre los terribles sucesos, aunque muchos consideran que Crowley es una invención y él es el responsable de las muertes. No obstante, logra aprovecharse aún más del éxito, tras una invitación de su representante para viajar al fatídico pantano, donde un documental será grabado. Por su parte, tres jóvenes pretenden rodar un slasher de serie B basado en Crowley y sus fechorías, en la misma localización donde acaecieron. Sin embargo, estos desatan a su pesar una maldición y el matarife deforme del hacha vuelve a la vida, con ganas de retorcer unos cuantos miembros.

Si bien esta secuela no es nada original, sí presenta algunas muertes tronchantes (nunca mejor dicho) y algunos de los personajes más memorables que ha visto la franquicia creada por Adam Green. Mención especial para el personaje de la encargada del maquillaje para el rodaje del filme de terror amateur, o el guía del pantano con sueños interpretativos, que nos consiguen arrancar más de una carcajada.

Los escenarios son escasos y no están aprovechados del todo, como el avión siniestrado o los pantanos, que vemos al final y cantan a decorado de mala manera. Pero tras dos secuelas decepcionantes, Green vuelve a tomar las riendas de la dirección y el guión, y nos sorprende con mucho gore, un humor bruto pero efectivo, y la promesa de más secuelas, aunque el personaje ya esté bastante agotado. Una pena que el cineasta no haya continuado por la senda de proyectos distintos y tan interesantes como Bajo Cero (Frozen) o Chillerama.

Y por supuesto, alabar el trabajo del gran Kane Hodder bajo la horripilante máscara de Crowley, tan excitante como de costumbre.

Por Mario Parra

Crítica de Amityville: El despertar (Amityville: The awakening)

Crítica de Amityville: El despertar (Amityville: The awakening)
Probablemente, junto con Los chicos del maíz, la saga de filmes de terror de Amityville sea una de las más prolíferas dentro del género, pero también de las peores, y es que ya la película original era bastante tediosa, pese a estar basada en un drama real. Después llegaron numerosas secuelas, a cada cual peor y más televisiva, con algunas cintas en las que el mal provenía de una lámpara de pie extraída del hogar o de una casa de muñecas. No podía faltar un remake insulso y carente de interés, protagonizado por Ryan Reynolds en 2005, que no hacía más que hundir un legado ya de por sí bastante olvidable.

Pues bien, el cineasta especializado en el género Franck Khalfoun, director de las muy interesantes e intensas Parking 2 y el remake de Maniac, y compañero de sangrientas tropelías de Alexandre Aja, se pone manos a la obra con esta especie de secuela-reboot, donde somos conscientes del caso real que sucedió 40 años atrás, pero también de las películas de ficción que se realizaron basándose en el caso del hijo que asesinó a toda su familia, porque la terrible casa se lo exigía.

Tenemos el A-B-C de este tipo de películas. Una familia formada por una madre y sus tres hijos se muda a la casa de Amityville, tras un terrible accidente que ha dejado a su hijo en estado vegetativo. Al poco tiempo de estar viviendo en su nuevo hogar, aparte de los extraños acontecimientos que se van sucediendo, el hijo parece despertar y empieza a dar señales de mejoría, aunque todo tiene un precio...

Desgraciadamente, pese a un inicio prometedor, una fotografía interesante, unas actrices que realizan un buen trabajo y una rica atmósfera, todo se convierte en una sucesión de sustos circenses, de esos de subir el volumen para provocar el salto de la butaca, y que al final se hacen pesados. Además, el cineasta emplea demasiados recursos sacados de las sagas de Expediente Warren e Insidious, especialmente sus efectos sonoros, su música o algún susto, quizá por tratarse de un producto de Blumhouse, empresa también creadora de sendas franquicias.

Es una pena que Khlafoun, un director prometedor dentro del género, se haya visto involucrado en esta película menor dentro de una franquicia muy aburrida. Además, el estreno pasó con más pena que gloria por las salas estadounidenses, demostrando el escaso interés por la popular mansión. Sin embargo, ya el año pasado también se produjo una nueva secuela con el subtítulo The Evil Never Dies, donde parece que el mal se introduce en un mono de juguete. Pues eso, que parece que esto nunca acaba.
Por Mario Parra

Crítica de The Florida Project

Crítica de The Florida Project
The Florida Project, el último largometraje de Sean Baker, cineasta especializado en retratar de forma cruda la América profunda, muy cerca del término conocido como White Trash, resulta una cinta irreverente, pero muy humana y cercana, totalmente creíble y verosímil, que nos hace percatarnos de que la pobreza y la exclusión no están solo en países del Tercer Mundo, sino al otro lado de la calle, en las afueras, en esos pisos baratos cerca de Disney World.

El filme cuenta la historia de varios niños que, durante las vacaciones de verano, viven con sus familiares en un complejo de apartamentos próximo a Disney World. Toda la felicidad infantil se ubica en el popular parque temático, pero estos niños, que viven con muy poco, cuyas madres están solteras, no tienen trabajo o cuentan con empleos mal pagados, y solo pueden permitirse vivir en esas condiciones, en lugar de proporcionar otro tipo de vacaciones a sus vástagos, son felices y se conforman con la amistad que surge entre ellos, pese a vivir entre conflictos diarios y con vecinos que bien podrían ser delincuentes.

Especial atención merecen las actrices y actores infantiles, que realizan un trabajo tremendo, siendo verdaderos y tiernos, pese al entorno y las circunstancias que los rodean. Y un estupendo Willem Dafoe, que interpreta a Bobby, el gerente de los apartamentos. Gracias a todos ellos, asistimos a la forma de ganarse la vida de sus madres, y a cómo la inocencia de los niños y la amistad a esas edades es algo más grande que cualquier drama.

Por Mario Parra

Crítica de Yo, Tonya (I, Tonya)

Crítica de Yo, Tonya (I, Tonya)
¡Alto! Quédate un rato más, que yo también estaba como tú al principio: llegan los Globos de Oro, y ya tenemos el estreno del biopic ultranominado de turno, ahora sobre una patinadora artística. Como cada año (de hecho, como la película que estrena al mismo tiempo Hugh Jackman, otro biopic ultranominado). Ya, pues no. Así que sigue leyendo que, atención, el soplo de aire fresco de Yo, Tonya puede hacer temblar incluso al que ha supuesto este año The Disaster Artist (en cierto modo, otro biopic revolucionario de hecho).

Y es que, de entrada, la historia de la protagonista es de las de mear y no echar gota. Esta no es la habitual trama de superación personal, de sueño americano y de heroína abanderada de una nación, sino una mucho más enrevesada tragedia en la que tiene cabida violencia y crimen (hasta aquí puedo leer). Mejor aún: en esta película no hay ni un solo personaje que sea absolutamente bueno o rematadamente malo; todo son escalas de grises que hacen que nos planteemos, incluso, temas que no deberían dar pie a matices. Tales como la violencia de género: la forma en que Steven Rogers (guionista) y Craig Gillespie se acercan, en concreto, a esta temática, constituye sin duda el mayor de los aciertos de la propuesta.

No todo está en el acierto con que se plantea un guión juguetón y negrísimo, corrosivo incluso (más cuestiones que salen a colación: el reconocimiento de una decisión mal tomada, el esclavismo materno-filial, el linchamiento social totalmente extrapolable a lo que acontece en las redes sociales a día de hoy…). Haciendo de Yo, Tonya la película que David O. Russell lleva tiempo intentando a la desesperada (El lado bueno de las cosas, Joy), Gillespie tira de dinamismo y mutabilidad, abriendo con declaraciones a la pantalla en 4:3 y plano fijo, pasando a hiperactivos, scorsesianos (según el cartel promocional de la película) movimientos de cámara (a pantalla completa), divirtiéndose en el rodaje de las coreografías de patinaje sobre hielo, volviendo a las entrevistas, y rompiendo la cuarta pared aquí y allá.

Pero aun por encima de todo ello, suficiente para ensalzar el film a la categoría de los destacados del año, está Margot Robbie. La protagonista confirma al fin esa condición de estrella que le fue denegada (por motivos obvios) en Suicide Squad, componiendo un personaje mucho más complejo de lo que a priori parecía, y sabiendo compensar una balanza cargada de histrionismos y matices mínimos. Ella, junto a una no menos excelente Allison Janney, constituye la guinda del pastel.

De manera que si me has hecho caso y te has quedado por aquí en vez de irte a las primeras de cambio, enhorabuena: has descubierto que Yo, Tonya no es una película habitual, sino que a su manera se descubre como una rara avis dentro del género más manido de la historia del cine. Y lo consigue por la inteligencia con la que trata los subtextos y discursos secundarios de una trama ya de por sí extraña, por la agilidad que le infunde Gillespie tras la cámara, y por un reparto femenino excelso. De haber durado veinte minutos menos incluso estaríamos hablando de la película del año, oye. Del mismo modo que Tonya Harding no es la princesita que aparenta, su biopic no es el rutinario estreno oscarizable de la temporada. Sino una muy interesante propuesta que de seguro aparecerá en las listas de lo mejor de 2018.
7,5/10

Crítica de Una vida a lo grande (Downsizing)

Siempre me ha dado la sensación de que Alexander Payne no terminaba de estar cómodo con el supuesto equilibrio que debe alcanzar cualquier creador a la hora de oponer sus inquietudes artísticas a aquello que se espera de él en términos de aceptación popular. ¿Es un autor personal, radical, único? ¿Es en cambio un buen artesano de un cine indie más o menos convencional, más o menos mainstream? Es como si el responsable de Entre copas se viera obligado a transitar a ratos una vertiente y a otros la otra, o quizá las dos al mismo tiempo sin terminar de darles un flow común. Un cojeo perpetuo que en ocasiones ha dado resultados impecables en títulos brillantes (Election, Los descendientes) y en otros ha arrojado destellos de genuino buen cine en películas algo más imperfectas (A propósito de Schmidt, Nebraska). Una vida a lo grande parece, es, una película mucho menos compacta que la anterior. Menos depurada, menos enfocada y más irregular. Pero parece como si, por una vez, el director hubiera decidido abrazar su propio desequilibrio para usarlo como modus operandi.

Porque estamos ante una película que, sin romper con sus propios esquemas narrativos ni genéricos sí decide dar varios giros de planteamientos y enfoques. Empieza como una especie de fábula de ciencia ficción en la que la humanidad ha encontrado como posible solución al progresivo desgaste de la Tierra y agotamiento de recursos la miniaturización de los ciudadanos. En un proceso voluntario, algunos sujetos de la clase media deciden emprender una nueva vida en un pueblo en miniatura reduciéndose a si mismos -y también a sus gastos, a sus emisiones de contaminantes y a su cantidad de residuos generada- hasta alcanzar una altura de aproximadamente medio palmo. Un proceso que se presenta en la película como algo cool, una nueva tendencia con prestigio social y que genera cierta admiración y envidia en el resto de personas de tamaño, digamos, convencional. Un enfoque con un subtexto inquietante, perturbador, pero no exento de grandes dosis de surrealismo bufo casi subreptício.

Pronto esta sátira de la clase media, de la psicosis trendy entorno al cambio climático (que, eso sí, nunca niega), ese retrato de los seres pequeñitos de tamaño real y los literalmente reducidos, todo eso toma un cariz melancólico en cuanto el protagonista decide emprender su propio proceso de jibarización integral. Payne adopta un posicionamiento algo más severo y se coloca en el terreno de la distopía serena, del relato de ciencia ficción pesimista aun sin necesidad de levantar la voz. No tanto en sus formas como en su fondo: el espectador acompaña al protagonista en su periplo porque el director mantiene la cámara a la altura de sus ojos. Si antes veíamos a los reducidos desde las alturas ahora es la gente de tamaño normal los que nos observan en contrapicado. Y peor aún: pronto los "gigantes" desaparecen de la ecuación y el espectador se integra en "el mundo pequeño" para, pronto, olvidar siquiera que forma parte "de un mundo pequeño". De manera muy consciente Payne deja de recordarnos en todo momento que nuestro tamaño es aproximadamente el de una figurita de acción y plantea el resto de la película como si se tratara de una aventura a escala real. Por eso los ocasionales recordatorios (objetos cotidianos de tamaño gigantesco, flores que parecen árboles, insectos que se ven como pájaros) trastean de manera mucho más efectiva con las nociones inconscientes que tiene el espectador sobre la escala del mundo.

Y en esta tesitura, y con la reflexión entorno a las escalas (también de los problemas), Payne presenta la nueva faceta de su historia: el retrato social. El estudio de un individuo y también de una sociedad desigual, cuyas diferencias entre las clases pudientes y la plebe empobrecida también se ha trasladado desde el mundo convencional. Este último enfoque narrativo le servirá para terminar de afilar sus dardos -hacia nuevas sensibilidades neohippies tranochadas- y apuntalar sus tesis, basadas en la idea de que a menudo hay que cambiar los esquemas mentales para encontrar un lugar propio y un propósito personal. Una idea pura, simple y cristalina insertada en una historia con aire de falsa feelgood movie, desconcertante e inquietante, pero también tierna y profundamente humanista. Llena de momentos de una cotidianidad delirante, de otros de serena belleza visual, algunos casi vulgares y muchos directamente absurdos.

Una película, en fin, profundamente personal, desligada de corsés estilísticos y preconcepciones temáticas, mutante e inclasificable. Y por todo ello, tristemente, quizá también destinada a ser injustamente ignorada o menospreciada.

8/10


Por Xavi Roldan

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