Crítica de Déjame salir (Get Out)

Crítica de Déjame salir (Get Out)Hete aquí una de esas películas de las que mejor no decir absolutamente nada ni de su argumento, ni de ninguno de sus muchos aciertos a nivel de guión. Así que de entrada, quedaos con que Déjame salir está lo suficientemente cargada de sorpresas (no confundir con giros, ojo; a ver si me acuerdo luego de aclararlo) como para ser la película-sorpresa de la temporada. Y nosotros ya venimos preparados, habida cuenta de las infinitas alabanzas que se ha llevado tras su paso por carteleras norteamericanas; imagino que yendo totalmente vírgenes a su visionado, el impacto habría sido aún mayor. Y es que Jordan Peele, guionista y director del asunto, ha salido de la comedia en pequeña pantalla para dirigir otra... cosa, que si bien se adscriba a otro género (esto parece querer ser un híbrido entre el terror y Adivina quién, como probablemente hayáis leído ya en mil y otra críticas), mantiene mucho humor. Eso sí: negro, negrísimo.

Ahí está la única baza que pretendía revelar para defender mi valoración sobre esta historia, en la que un hombre de color acaba pasando un fin de semana en una casa bien blanca: de los muchos disfraces y vestimentas que va adoptando a lo largo de su ajustadísimo metraje, Déjame salir se interpreta también con una hiriente sátira, parodia social que carga las tintas y no se corta un pelo, tras su apariencia de entretenimiento de género, como si ésta le permitiera carta blanca para expresar libremente su mordaz crítica. O sea, que estamos ante una película que, por encima de todo, es inteligente y trata de igual al espectador. El resto de bondades que pueda albergar la propuesta me lo guardo, os tocará a vosotr@s descubrirlo.

Sí puede afirmarse que la película funciona y sorprende sin, como decía antes, el abuso de giros imposibles. Más bien al contrario, Peele no rehuye de vuelcos inesperados, pero no fuerza en absoluto la máquina, manteniéndose consecuente en su locura: porque Déjame salir se va convirtiendo poco a poco en un cuento, una pesadilla retorcida con tanto de Hitchcock como de King, de Carpenter como de Haneke. Material más que suficiente como para valerse por sí mismo sin la necesidad de un libreto que se esfuerce por desarmar una y otra vez al espectador (lo que le restaría enteros a su lógica interna). Así, a pesar de su ¿imposible? argumento, la película no flaquea un sólo instante, todo queda perfectamente encajado y está puntillosamente estudiado para que nada sea arbitrario. Mérito de todos, ojo: del guión y una dirección juguetona, como de las sorprendentes interpretaciones de todo el casting, cuyos aparentes histrionismos también hallan su explicación.

De esta manera, lo que consigue Peele es un espectáculo total, por así decirlo: sin ser en absoluto la película que podría uno esperarse, Déjame salir es una gratísima alegría para el cine de terror, al acercarse a él sólo de refilón... estando, a la vez, totalmente adscrita en el mismo. Suena raro, cuando la veáis lo entenderéis. Quedaros con que cuanto menos sepáis, mejor, porque si ya queda poco margen para la sorpresa, en el cine hoy en día, no vayáis a estropearos la más gorda que podáis haberos echado a la cara en los últimos tiempos. No asusta, pero aterroriza; es una ficción imposible, pero describe desde el esperpento una realidad social; no descubre nada, pero se confirma como gran descubrimiento de la temporada. En serio, no debe dejarse escapar.
7,5/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Guardianes de la galaxia 2 (Guardians of the Galaxy - vol. 2)

Crítica de Guardianes de la galaxia 2
Cuando se estrenó la primera entrega de los Guardianes de la galaxia (y pese a competir ese año con pesos pesados), un servidor no dudó en tildarla de la mejor película palomitera, blockbuster, o de superhéores (escoged la etiqueta que más rabia os dé) del año. De la secuela no sé si llegaré a decir lo mismo, pero que en un momento en el que asoma de nuevo la oscuridad en el género de mutis y pijamas, entre lamentables lobeznos y horripilantes murciélagos, llegue Guardianes de la galaxia 2, es toda una alegría.

Porque una vez más, el tándem Marvel-Disney vuelve a escribir una guía sobre cómo se hacen las adaptaciones viñeteras. Una vez más se apuesta por la espectacularidad y el humor, sin por ello despreciar la existencia de un guión. Una vez más, se tira de autoconsciencia y consiguiente (auto)burla. Ojo, no es en absoluto negativo: si leemos historietas sobre mapaches y árboles parlantes (como de ricachones disfrazados de murciélago y superhombres periodistas), no buscamos dramas kafkianos precisamente; hay honrosas excepciones, saltos hacia la seriedad necesarios en el mundo del cómic, pero para renovarlo, refrescarlo o directamente resucitarlo. Bastante seriedad hay en el cine, como para apostar de nuevo por ella y olvidarnos de los condenados divertimentos que generaron Lee, Kirby y compañía. Eso lo entiende la pareja de estudios antes citada, y por tanto, se ríe: tanto de nosotros (en el fondo, la que nos ocupa es la enésima repetición de una fórmula ya conocida), como de ellos (hay incluso autoparodia por aquí) y con nosotros (esta es una fiesta a la que se nos ha invitado). Y el resultado es un entretenimiento de primera.

Guardianes de la galaxia 2 ya no sorprende, y como era de esperar, agarra los patrones que funcionaron en la anterior entrega y los exprime hasta la última gota. Su argumento es nimio, hasta el punto de no saber hacia dónde demonios va el film durante varios pasajes de su exagerado metraje. Y es irregular, contando con un segundo arco moderadamente olvidable.

Pero Guardianes de la galaxia 2 es también una apuesta por la inmediata evasión desde sus primeros compases, incluyendo en ellos su banda sonora, el acostumbrado horror vacui digital, su espectacularidad apaganeuronas, su arbolito bailongo y su mayor baza: la antiépica. Un recurso que sigue sin fallar, basado en el contraste directo entre la mayor bacanal visual posible, y el ridículo. En serio, sólo hay que ver sus primeros minutos: presentación de personajes y aptitudes, preparación para un combate, bicho gigantesco y con muchos dientes… y nosotros siguiendo a Baby Broot pegándose un baile a ritmo de Electric Light Orchestra. Títulos de entrada con efecto de neón, y ya lo tenemos: por delante quedan más de dos horas de maquillajes estrafalarios, héroes cuyo poder reside en silbar para que se mueva una flechita, y numerosas escenas de acción que seguramente se resuelvan de modo atípico. ¿El neón de los títulos? Por el homenaje ochentero será, claro. Otro motivo de alegría para los tiempos que corren.

Y es que corren días en que cualquier copia al estilo de antaño se tilda de homenaje y se canoniza (Netflix sabe algo de ello al respecto); cuando en verdad, un homenaje debería distar del plagio para poder hablar desde su intransferible personalidad a los referentes que quiera. Con un excelente James Gunn al frente de la dirección del cotarro, este Volumen 2 se hace con una fuerte identidad, entre gamberra y entrañable, deudora únicamente de su anterior entrega; y desde ahí trabaja, sólo a posteriori, en marcarse uno de los más hilarantes, honestos, desenfadados homenajes a las aventuras y las series B de los 80 (y 90), de un tiempo a esta parte. Hasta su mínimo, intrascendente argumento (y más en relación a la macrosaga cinematográfica que lo rodea), recuerda a historias alquiladas en el videoclub de la esquina. Aquellas con archienemigo de pacotilla y gente ataviada con chupas de cuero (leyendo su reparto puede uno tener clara la época y clase de películas a las que cita Gunn). Aquellas con caspa a borbotones aquí sustituida por brillos digitales. Es imposible haber bebido de las producciones de antes y no pasar por alto flaquezas para sonreír distraídamente, y participar activamente a la fiesta.

Una fiesta que incluye sorpresas delirantes, gozosos pasajes de acción y momentos socarrones que culminan en un clímax tan a lo grande (la obvia pelea final) como pequeño: ese juego de la antiépica a la que hacía referencia culmina por todo lo alto a la hora de repartir puntos, resuelta la partida. Es cierto que, quizá, lo gozáramos más cuando se nos invitó a la primera edición del convite, pero aquí la maquinaria sigue a pleno rendimiento, con un (otro) gran acierto que sumar a la ya bastante larga lista de logros de Marvel desde que fue absorbida por Disney. Así sí, demonios.
7/10

Por Carlos Giacomelli

Crítica de Pieles

Lo que tenemos debajo


Pieles, de Eduardo Casanova, avalada por la productora de Álex de la Iglesia y Carolina Bang, Pokeepsie Films, se basa en varios personajes de distintos cortos creados por el popular Fidel de la serie de Aída, que los junta a todos y crea otros nuevos, para desarrollar un filme de historias cruzadas, donde los protagonistas son personas con graves deformaciones físicas (una chica con un ojete en la boca, un tipo con la cara completamente quemada, una mujer deforme cual hombre elefante, una obesa mórbida, una prostituta sin ojos...). Todos ellos ven sus vidas mezcladas por historias de amor, pasión, familia y aceptación de uno mismo.

La película, con un diseño de producción curioso (gestionado por el propio director y guionista de la cinta, donde todas las escenas destacan por el predominio de los colores rosa o morado), puede contar con el rechazo inmediato de cualquier espectador virgen al cine de Casanova y a la provocación típica de John Waters, de la que el español es fiel vástago, debido a su profundo melodrama y a la deformada imagen física de sus protagonistas, pero enseguida empezamos a entrar en las historias y a apreciar a esos personajes, que nos hacen partícipes de sus desgracias, no tan alejadas de las nuestras. Porque lo que importa está bajo la piel, tanto en el filme como en la vida real.

Por Mario Parra

La industria del cine aumenta su interés por los videojuegos en 2017

mejores videojuegos

Es una realidad: la industria de los videojuegos es una de las más potentes del momento. Han llegado a todas las casas y sólo ahora otras disciplinas como la literatura, el arte conceptual o el cine empiezan a incorporarlos. En el caso del cine, llevamos años viendo lanzamientos de adaptaciones (y viceversa, adaptaciones de películas al mundo del videojuego). Pero es ahora, en 2017, cuando parece consolidarse, tal y como afirman algunos pensadores y filósofos relacionados con el mundo de los mejores videojuegos.

La consolidación se debe, por una parte, a un mayor número de películas basadas en videojuegos (ya hemos visto recientemente la saga Warcraft, Tomb Raider, Final Fantasy). En este aspecto, está claro que la cosa venía de lejos (podemos buscar ejemplos de adaptaciones de videojuegos años atrás, con Residen Evil o Street Fighter). Sin embargo, el otro elemento que muestra esta consolidación es la presencia cada vez mayor del videojuego en los propios guiones y escenas de películas "convencionales".

En Elle, por ejemplo, una de las tramas tiene que ver con el diseño de un videojuego. En Holy Motors se trata de forma estética la técnica de capture motion utilizada básicamente en los videojuegos. Muchas son las películas que en sus aspectos secundarios están empezando a normalizar este aspecto tan común de nuestras vidas. Lo mismo puede decirse de los móviles: cada vez aparecen más en las películas de acuerdo con el uso que les damos todo el rato (los miramos constantemente).

Videojuegos y cine: la llegada del transmedia

Tal y como se afirma desde el campo de la filosofía, este acercamiento entre cine y videojuegos es el resultado de una confluencia natural. Parece ser que las nuevas gafas de realidad mixta acabarán por unificar cine y juegos. ¿Cómo? Proyectando películas interactivas (es decir, jugables) en el escenario tridimensional de nuestra casa. Así pues, este movimiento de adaptaciones de una industria a la otra, tiene una finalidad abstracta.

Porque no se puede dejar de lado el otro aspecto de la balanza: cómo el cine ha influido muchísimo en el mundo del videojuego de los últimos años, con la llegada de tramas narrativas, construcciones dramáticas y otros elementos propios del séptimo arte que se han ido incorporando, a medida que mejoraba la tecnología, a los videojuegos de más éxito.

Crítica de Life (Vida)

Crítica de Life (Vida)

Terror entre estrellas

Life (Vida), y lo digo desde ya, debe convertirse en un clásico del género de terror, y en concreto del horror espacial, con Alien en el trono, bien secundada por Pandorum y Horizonte final, y con ese hijo pródigo pero divertido llamado Fantasmas de Marte. Y es que el filme de Daniel Espinosa es brillante desde su comienzo, con un equipo de astronautas de diferentes nacionalidades recluidos en una estación espacial, tras hallar vida extraterrestre en un estado celular. Pero obviamente, todo se va al garete y comienzan los problemas cuando el bicho crece y escapa del laboratorio donde era estudiado.

El largometraje, además de contar con un reparto de estrellas del calibre de Jake Gyllenhall, Ryan Reynolds o Rebecca Ferguson, juega con el recuerdo de la brillante primera entrega de Alien y nos lleva donde quiere. Nos metemos de lleno en esa estación y sentimos el miedo de los personajes, ante algo que desconocen y les ataca sin miedo. No saben cómo detenerlo y cada vez que un personaje sufre en la pantalla, nosotros nos agarramos a la butaca como hacía mucho tiempo que no hacíamos.

Mucho se está hablando de futuros estrenos en el género, como el remake de It, pero mejor no adelantarse y disfrutar de esta entretenida historia de terror espacial. Ya sabéis, en el espacio nadie puede oír tus gritos, pero en la sala de cine sí, así que discreción.

Por Mario Parra

Crítica de La cura del bienestar (A Cure for Wellness)

Crítica de La cura del bienestar (A Cure for Wellness)

El agua que genera pesadillas

Gore Verbinski parecía haberse perdido en los últimos años en el universo Disney, entre franquicias piratas, llaneros solitarios abocados al fracaso y camaleones pistoleros (la cinta de animación Rango es quizá lo más interesante de este periplo, sin llegar a ser una obra redonda), y los aficionados al fantástico le aguardaban con los brazos abiertos, tras el relativo buen sabor de boca dejado por su remake yankee de The Ring, que sin ser mejor que la obra original nipona, sí cumplía con unos cuantos sustos efectivos, la traslación de un icono del género a Occidente y tenía buen gusto e interesantes ideas, para tratarse de un remake, que ha de lidiar con las fronteras limitadas por el filme del que parte.

Unos cuantos años después de asustar con ciervos y televisores averiados a Naomi Watts, el cineasta estadounidense regresa por sus fueros, con la historia de un broker que ha cometido ciertos delitos financieros, con una misión por parte de la cúpula de su empresa con el fin de limpiar su historial: viajar a los Alpes suizos y traer de vuelta a uno de sus superiores, para encasquetarle el marrón bursátil y que cargue con el muerto (hablando en plata), ya que parece haber perdido la cabeza durante su estancia en un balneario en la zona. Una vez allí, el joven empresario se encuentra con un centro muy hospitalario, donde todos los ancianos parecen vivir en paz y armonía, pero no logra dar con la persona que busca. Tras un inesperado accidente de coche en el bosque, volviendo al pueblo del lugar, se fractura una pierna y es obligado a permanecer en ese sanatorio, donde todo se va volviendo... raro. Y hasta aquí puedo leer.

La cura del bienestar nos trae a un director en forma, con reminiscencias de Lynch o Cronenberg, e incluso de producciones europeas alemanas o francesas de terror, para regalarnos una pesadilla donde te planteas constantemente qué ocurre y si lo que vemos es real o está solo en la mente del protagonista. Una odisea de la que nos hace partícipes, y que a veces recuerda formal y argumentalmente a otros largometrajes de género de peso como En la boca del miedo, e incluso a dramas del estilo de El expreso de medianoche.

Aunque el filme pueda parecer de metraje excesivo (algo menos de 2 horas y media de duración), el espectador se adentra tanto para revelar el misterio que esconde ese extravagante y aparentemente apacible balneario, con unas imágenes oníricas y desagradables difíciles de borrar, que es imposible aburrirse en algún momento. Una obra de género áspera, que lleva a la desesperanza, pero que resulta difícil no querer, por la valentía de ofrecer algo así dentro de una cartelera cada vez más tibia y acomodada, y con pocas propuestas de un terror diferente y genuino. Muy recomendable.

Por Mario Parra

Crítica de Kong: La isla calavera (Kong: Skull Island)

Crítica  de Kong: La isla calaveraManda kingkones, que si por algo falle esta nueva, enésima reimaginación del mítico monete gigante visto por primera vez a principios de los años 30, sea por haber hecho más cosas bien, de las que se esperaban (o temían). Y es que Kong: La isla calavera empieza tan inesperadamente en forma, que tanto da la animadversión que pudiera generar el proyecto antes de su estreno. Y aguanta el tipo tan dignamente, que a la hora, hora y cuarto de metraje, ya nos tiene a todos, hasta el último de los mortales, absolutamente extasiados, zambullidos en este festival de chistes, homenajes que son casi parodias y empacho digital. A estas alturas, un remake más de King Kong, afectado además por su condición de crossover Godzilla (otro remake innecesario), requería de unas formas y un tono muy concretos; cosa que entienden a la perfección tanto el tándem de guionistas (Dan Gilroy y Max Borenstein; de las manos del primero salió Nightcrawler, del segundo es justamente la última incursión al universo del monstruo japonés) como el director, un Jordan Vogt-Roberts que sale del indie (la estimabilísima Los reyes del verano fue su debut y único trabajo hasta la fecha).

Gracias a ellos y a un reparto también sorprendente y en perfecta sintonía con lo que esta megaloproducción requería, se obra el milagro: los primeros dos tercios de la película son una gozada sin apenas mácula, una propuesta divertida y delirante a partes iguales. Kong: La isla calavera no esconde su condición de fotocopia de Godzilla (cambiando el marco de la acción y poco más), pero sí maquilla el cansino resultado de aquella trufándolo de evidentes referencias que van de Depredador a Apocalypse Now, de Aliens: El regreso a Aguirre, la cólera de Dios; así de loca está. Una broma cómplice, una acertadísima condición de no tomarse ni por un momento en serio a sí misma, presentada con interpretaciones absoluta y deliberadamente histriónicas (ideales Tom Hiddleston, Brie Larsson, Samuel L. Jackson, John Goodman o, sobre todo, John C. Reilly), y con un coqueto juego a la dirección y montaje, por el que se alternan con socarronería planos apoteósicos con minimalistas planos detalle, planos secuencia generosos con miniescenas de décimas de segundo, jugando así al anticlímax una y otra vez y pescando por sorpresa al espectador prácticamente siempre.

Todo ello acompañado de una selección de canciones de la época (los 70) tan benevolente como agradecida; todo ello acompañado de efectos especiales que, y ahí su última gran sorpresa de esta gloriosa hora y cuarto, en ningún momento se convierten en protagonistas principales. No, está claro que no es un guion de Oscar: es evidente que el film pasa por todos los lugares comunes habidos y por haber y, de hecho, a la mínima que rebaja un tono de su buen humor, quedan en evidencia sus vertiginosas carencias. Pero que consiga sobreponerse a la obligada intrusión de los efectos especiales, que consiga sacar de su panfletístico discurso un mensaje más irónico y autoparódico que otra cosa (James Cameron debería ver esta película una y mil veces y replantearse después la existencia de su casposísimo Avatar), que haga que tanto actor oscarizado u oscarizable conforme un grupo más creíble y humano de lo esperado… O qué demonios, que pase en un maldito suspiro todo, tiene mucho mérito.

Por eso jode que al final, deba acabar cumpliendo con el cupo de efectos especiales, y dedicar un último tramo a las hostias digitales. Que están muy logradas (Jordan Vogt-Roberts se divierte con los planos generados por ordenador), ojo. Y a fin de cuentas es a lo que veníamos: a ver a King Kong repartiendo leña en poco menos que un pressing catch selvático. Pero habíamos llegado tan inesperadamente bien a la prometida eyaculación de efectos especiales, que cuando llega ya no nos interesa, ni a nosotros ni a los propios responsables del film, que descuidan la épica y dejan los minutos finales en un sonoro meh, y a otra cosa mariposa. Oh, ¿qué otra cosa? Esperad al final de los títulos de crédito para averiguarlo.

En resumen: si Kong: La isla calavera tenía que ser una secuela/plagio del anterior Godzilla falla estrepitosamente, pero lo hace para bien: allá donde Gareth Edwards (director de aquella) se muestra incapaz de dotar a su película de humor autocrítico y calidez humana, Vogt-Roberts hace justo lo contrario haciendo del suyo un film perfectamente disfrutable por la empatía que se desprende por todos los personajes, humanos y no. Y si el bicho japonés se acababa convirtiendo en un héroe anónimo norteamericano para desesperación de muchos, aquí la misma carta se juega con la suficiente gracia como para entender perfectamente que estamos ante una broma, una gloriosa y muy bienvenida broma. Lástima de su deslucido tercio final dedicado exclusivamente a la acción y el CGI. Aunque quizá seamos nosotros, que le pedimos demasiado al cine comercial de hoy en día.
7/10
Por Carlos Giacomelli

Crítica de Los Hollar (The Hollars)

Crítica de Los Hollar (The Hollars)

Palomitas y kleenex


Los Hollar, el segundo largometraje de John Krasinski como director, cuenta la historia de una familia, obviamente de apellido Hollar, cuya madre es hospitalizada a causa de un tumor cerebral que debe ser operado con urgencia. Los dos hijos y su marido deberán apoyarla en esos duros momentos, mientras uno de los vástagos lidia con una crisis de pareja con su novia embarazada, otro con un divorcio que le impide ver a sus hijas, y el marido con la bancarrota de su empresa y el dolor de ver a su esposa sufriendo.

Pese a un argumento tan dramático, el filme está salpicado de momentos cómicos para que todo sea menos duro. Gracias a unos intérpretes más que solventes (el propio John Krasinski, Margo Martindale, Sharlto Copley, Richard Jenkins, Anna Kendrick, Mary Elizabeth Winstead...), Los Hollar, producto típico de Sundance, con las dosis justas de comedia y drama, puede solventar una correcta tarde de cine, aunque la historia ya la hayamos visto muchas veces y sea de sobras conocida. No obstante, algunos momentos de humor parecen muy impostados, metidos con calzador y no se logran rematar del todo.

Al fin y al cabo, aunque toque tirar de pañuelos, esto es América y siempre logramos salir adelante, siempre que la familia esté unida y nos apoyemos los unos a los otros.

Por Mario Parra

Crítica de El fundador (The Founder)

Crítica de El fundador (The Founder)
El fundador nos relata la historia real de Ray Kroc, un comercial sin demasiado éxito en su empresa, que se dedica a vender máquinas para hacer batidos en restaurantes de poca monta, hasta que se da de bruces con un pequeño establecimiento de éxito regentado por los hermanos McDonald.

Impresionado por la cantidad de clientes del local, decide asociarse con los dueños para expandir el modelo de negocio de comida rápida por todos los Estados Unidos.

El director del filme, John Lee Hancock, muy dado a los biopics de grandes figuras norteamericanas, como fue el caso de Walt Disney en Al encuentro de Mr. Banks, vuelve por los mismos derroteros, al mostrarnos demasiadas luces y muy pocas sombras de su protagonista, en una historia cuasi documental que ensalza al hombre que posibilitó que esta franquicia de restauración se halle en todos los puntos cardinales del mundo. Las partes más interesantes de la película aparecen al final, pero muy brevemente, casi en chispazos, al presentarnos a un hombre despiadado, que no parará jamás en su empeño empresarial, aunque ello le cueste su matrimonio, sus amistades o su relación con los creadores del primer McDonalds's. Pero ya estamos muy cerca de la recta final de un filme tedioso en ocasiones, aunque también interesante por lo que cuenta, para que prestemos mucha atención o para que el director se pueda centrar en esos tramos más oscuros de la vida del obstinado empresario. Y es que su intención siempre ha sido alabar al personaje, que llevó el sueño americano más allá.

Con una brillante interpretación de Michael Keaton, que lleva unos años de non-stop, el largometraje se queda a medio gas y podría haber dado más de sí, si se hubiera centrado más en la vida personal de su protagonista y menos en su esfuerzo por lograr que la cadena de restaurantes generase dinero.

Por Mario Parra

Crítica de Logan

Crítica de Logan
Si existe un X-Men popular y que ha destacado por encima del resto de mutantes de la franquicia cinematográfica creada por Bryan Singer, sin lugar a dudas es Lobezno, el único que ha contado con su propia trilogía, que empezó como un mero divertimento en X-Men orígenes: Lobezno, continuó con una digna y oscura secuela en Lobezno inmortal, y ahora finaliza de la mano del solvente cineasta James Mangold (Copland, Noche y día, El tren de las 3:10) con Logan, en la cual nos encontramos en el año 2029, en un mundo donde apenas quedan mutantes. Logan trabaja como chófer de limusinas, intentando alejarse de las peleas y el mundo superheróico, y se encarga de cuidar del Profesor Xavier, muy anciano e incapaz de controlar sus poderes mentales. Sin embargo, los Reavers, un grupo de cazadores de los últimos mutantes, se cruzan en el camino de Lobezno al intentar capturar a una niña dotada con los mismos poderes que este.

Estamos ante un filme atípico en la saga de los mutantes, donde la espectacularidad es sustituida por muchos más momentos íntimos y personales, los de unos personajes hastiados, solitarios, viejos, y en un mundo que les ha dado la espalda. Gracias al buen hacer de sus principales intérpretes, Hugh Jackman y Patrick Stewart, nos adentramos en sus vidas, muy alejadas de las que fueron antaño. Esto no quiere decir que no haya acción, pues la hay a raudales, gracias a unas peleas y persecuciones que quitan el hipo, donde la sangre salpica a través de la pantalla y no se escatima en violencia; lo que siempre hemos querido ver en un filme de estas características, que resulta más adulto que otras obras coetáneas del mismo género.

Mención especial también para el grupo de supervillanos que persiguen a nuestros protagonistas, unos cyborgs con partes humanas y partes robóticas, que no tienen contemplaciones. Llegamos al final de un camino con esta película, tras dos décadas siguiendo las aventuras y desventuras de este querido personaje. Es obvio que, dentro de unos años, Lobezno regresará a las pantallas, probablemente con otros rasgos físicos. Sin embargo, siempre será inolvidable todo lo que ha dado Hugh Jackman por este rol y cómo le hemos dado la mano para continuar su sendero hasta hoy. Hasta siempre, Lobezno. Y muchas gracias por la diversión. ¡Brindemos todos juntos!

Por Mario Parra

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